El quinto grupo de los que se oponen de modo particular a la religión es el de los modernos. Creen en la moderación. Detestan los excesos del bien o del nial. La esencia de la vida para ellos es el compromiso; tienen «espíritu abierto» hasta tal punto, que nunca se afirman en un absoluto de justicia y de verdad; la Sagrada Escritura les llama «tibios», pero ellos prefieren llamarse «amplios».
Estos modernos son buena gente según los criterios del mundo. Casan a su hija en una iglesia en la que no fue bautizada12; les agradan los
cultos del domingo de Pascua, pero más todavía el desfile de modelos que le sigue; en las disensiones admiten fácilmente la existencia de un Poder que gobierna el universo.
Leen siete libros al año, todas las novelas recomendadas por la publicidad, o porque un vecino suyo las ha leído; figuran en el Consejo de administración de los hospitales, de las asociaciones de padres de familia, dan dinero a clínicas para el control de la natalidad y al fondo del socorro rojo, pero permanecen siempre en el límite que les permite el impuesto sobre la renta.
Envían a sus hijos a las mejores escuelas que pueden pagar; jamás les envían a la iglesia, pero sí les dejan ir al cine al menos dos veces por semana; toman prestadas sus ideas políticas del locutor de la radio y sus teorías económicas de su hijo que siguió durante un año, en la universidad, un curso con un profesor marxista. Confiesan que hay demasiados divorcios, pero que, después de todo, no estamos en la Edad Media; creen que la mayoría siempre tiene razón y que la religión añade a la vida cierto sabor sentimental y simbólico; en una palabra, según opinión de sus vecinos, son «buena gente».
Su lenguaje es correcto; sus modales, elegantes; evitan hacer sufrir a los demás; desaprueban el libertinaje; para ellos, jurar, blasfemar, es una vulgaridad; en resumen, se trata de «personas honradas y modernas».
Escépticos, dudan de la existencia misma de la verdad y consideran todo entusiasmo religioso como una locura. La religión les ha proporcionado más ocasiones de tomarla a burla que de convertirse. Se vanaglorian de su objetividad, pero ésta consiste solamente en pasear su mirada por todos los planetas, sin fijarla en ninguno.
Aman la búsqueda de la verdad, pero evitan escrupulosamente la responsabilidad de descubrirla; quieren escuchar a todos los maestros, sin ser discípulos de ninguno; encuentran más fácil poner todas las cuestiones en duda que examinarlas.
No les preocupa conocer si una opinión es justa o falsa, pero sí si es «progresista» o «reaccionaria», «liberal» o «contemporánea»; les encanta hacer distinción entre «el Jesús histórico» y «el Cristo paulino», y dicen que se harían cristianos si fueran eliminadas todas las «exageraciones» y «falsificaciones». Se dedican a un solo oficio para el que no existe aprendizaje: la crítica.
Las transacciones y especulaciones de la bolsa, los sucesos efímeros del día, la ciencia superficial de los locutores, encuentran el camino directo de su corazón. Pero la religión para ello es fastidiosa, cuando no es irrisión. La religión, dicen, les entristece, y tienen necesidad de relajarse.
¿Cuál es la reacción de los «modernos» frente a la Cruz? Volvamos a sus ascendientes, aquellos que lanzaron al Crucificado la quinta palabra. Los Evangelistas los llaman: «los que pasaban delante de la cruz». Los modernos de entonces se gozaban en los equívocos, en los chistes, desprestigiosos de la religión. Encuentran ocasión en la cuarta palabra del Salvador en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?» Esta palabra fue pronunciada en hebreo: «Elí, Elí, Lamma Sabacthani».
Los espectadores de sobra sabían lo que significaba. Pero, para aquellos que se querían mofar, era ésta una bonita ocasión de hacer un juego de palabras. Aparentando entender «Eloí» más bien que «Elí» y Elías más bien que Dios, dicen: «He aquí que llama a Elías. Veamos si viene Elías a liberarlo» (Mt 27, 47-49; Mc 15, 34-36). El rasgo picante consiste en el hecho de que, según ellos, el que se decía Mesías llamaba a un hombre cuya venida debía preceder a la del Mesías.
Esta es la típica actitud de los que dan a la religión un sentido distinto
del que tiene realmente. Toman Eloí por Elí, Dios por Elías, el servicio
social por religión, la fantasía por contemplación, la morbosidad por mortificación, el sicoanálisis por confesión, la política por Papado. Los diletantes13 y los modernos creen que decimos Elías cuando, en realidad,
decimos Dios.
Sus mismas palabras denotan pasividad, indiferencia y falsa prudencia: «Veamos si viene Elías a liberarlo» (Mt 27, 49). ¡Esperad, tomadlo con calma! ¡No os precipitéis! ¡Esperad a ver qué hace la Iglesia a propósito del marxismo! ¡Esperad a ver si ella cambia sus leyes sobre el matrimonio! ¡No os precipitéis en dar a Dios vuestra alma!
Las dificultades de los modernos siempre son de palabra, nunca reales. Los que permanecen alejados de Dios padecen una confusión que ellos mismos se crean. Toman a la Iglesia por una cosa diferente de lo que es, de la misma manera que los que pasaban tomaban a Dios por Elías. No es la verdad que conocen lo que les aleja de la salvación, es el error que han aprendido. Se dan cuenta cuando penetran en una iglesia. Desde fuera, las vidrieras parecen como enrejados de plomo sin ningún sentido; pero, desde dentro, muestran dibujos de una hermosura y un encanto exquisitos.
Del mismo modo que Nuestro Señor no respondió a la burla de la cuarta palabra, tampoco responde ahora a las chanzas. Las almas delicadas no se abajan nunca al nivel de los bufones, «porque la burla brota de corazones mezquinos».
Pero les responde indirectamente. A los que pasaban, a los diletantes, a los modernos demasiado prudentes, les da la llave de la salvación: la necesidad de un ardor abrasador como la sed al servicio de una causa. Ninguno de los sufrimientos del cuerpo humano es comparable al de la sed. ¿Quién no ha oído hablar de «la sed agobiante que embarga el respiro de los que mueren en el campo de batalla»?
Durante casi tres horas, coronado de espinas, había tenido su cabeza desnuda bajo los ardores de un sol cegador, mientras que su vida se escapaba con la sangre por cuatro fuentes. ¡Era natural, por consiguiente, que pidiera de beber!
13 Diletante: en lo que toca a religión, no comprometido, no practicante, tibio,
indiferente. En lo profesional, aficionado, mediocre, no profesional, generalmente porque no tiene cualidades para ello. (Nota del Editor)
¡El, el Hombre-Dios! ¡El, que cerró las puertas al océano cuando saltaba de su abismo! ¡El, que colocó las estrellas en sus órbitas y los cuerpos en el espacio! ¡El, que había dicho: «Quien crea en mí no tendrá jamás sed»! (Jn 7, 37). ¡El que de pie en el Templo, el último día de una fiesta, había clamado con potente voz: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba»! (Jn 7. 37). No es a Dios al que se dirige en este momento, ni a los verdugos, ni a su Madre, sino al hombre. Él le pide de beber: «Tengo sed».
Había una sed verdadera: la que experimenta todo crucificado. Pero bajo el símbolo físico de la sed se ocultaba una realidad espiritual, y San Juan, que estaba al pie de la cruz, nos la hizo conocer: decía esto para que se cumpliera la Sagrada Escritura. ¿Qué Escritura? Sus propias palabras: «Tuve sed y me distéis de beber» (Mt 25, 35). Era la sed de las sedes, la sed de la salvación de las almas.
Mientras los espectadores permanecían fríos, Él se abrasaba con un fuego vivo; mientras ellos tenían sus pies en el arroyo sin profundidad, Él se zambullía en el abismo; mientras esperaban firmes, El pasaba, al lanzar este grito, por un infierno. Mientras los modernos decían: «Veamos», Nuestro Señor les respondía: «Volveos ardientes». «Yo he venido a echar fuego en la tierra, y ¿qué he de querer, sino que se encienda?» (Lc 12, 49).
La religión no admite un amor que calcule. Es necesario amar la vida como el vino y beber la muerte como el agua. La religión es amor.
... El amor no es amor14
si, pudiendo cambiar, cambia,
o si se aleja cuando está lejos del amado.
¡Oh no! Es una roca siempre fija
que sin desquiciarse aguanta las tormentas. ... El tiempo no es el azote del amor,
aun cuando toca las mejillas y los labios rosados con su encorvada hoz.
El amor no cambia al ritmo de las cortas horas, sino que permanece hasta el juicio final.
SHAKESPEARE (soneto 116)
14 ...Love is not love / Which altere, when it alteration finds, / Or bends with the
remover to remove. / O! No! it is au ever- fixed mark / That looks on tempests, and is never shaken; / ... Love's not Time’s fool, though rosy lips and checks / Within his bending sickle's compass come / Love alters not wich his brief hours and weeks / But bears it out even to the eadge of doom. (Shakespeare.)
Estos son los discípulos que Jesús escoge: Santiago y Juan, los hijos del trueno, que pedían descargara un rayo sobre los samaritanos, pero cuyo celo, una vez bien orientado, retumbará a través del mundo como el trueno; Pedro, impulsivo, ardiente, impetuoso, desenvainará temerariamente la espada en la noche y, sin embargo, por amor a Dios, exhalará su último suspiro crucificado cabeza abajo, porque le parece que no convenía morir como el Señor; Magdalena, en fin, apasionada y sensual, una de esas mujeres que entregan su cuerpo sin entregar su alma, aquella que, abrasada por el contacto de la mano de Cristo, entregará su cuerpo a la penitencia por salvar las almas por la gracia.
En la religión no hay lugar para los calculadores. «Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, mas porque eres tibio y no eres ni caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca» (Apoc. 3, 15-16). Tiste es el menosprecio para los indiferentes.
Las posibilidades de conversión son mucho mayores en una pasión mal dirigida que en la indiferencia. Por la gracia de Dios, la dirección de la llama puede cambiar, puede elevarse en lugar de descender, incitar al bien más que al vicio. Pero donde hay indiferencia, falsa tolerancia y una anchura de espíritu que no es más que flojera, y considera todas las causas sin comprometerse con ninguna, los resultados son nulos.
Hay en la cárcel muchos santos en potencia, y muchos demonios en potencia al servicio de Dios. En ambos casos, la sed existe; la sed de Satanás o la sed de Dios. Y la sed puede cambiar de objeto.
Lenin, por ejemplo, fue un San Francisco al revés, y San Francisco, un Lenin. Uno y otro partieron de la idea de la violencia. Lenin creía llegar a la reforma social por la violencia hecha a una clase; San Francisco creía en la reforma social por la violencia hecha a sí mismo.
Tenían los dos razón en cuanto al punto de partida: la violencia. «Desde los días de Juan el Bautista hasta el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11, 12). La diferencia entre ellos venía de la dirección de esta violencia.
El odio y el amor salen de la misma pasión, como la risa y el dolor se abrevan en la misma fuente de lágrimas. La diferencia se halla en el motivo y el fin de la vida. La religión es algo que es necesario odiar o amar. No se puede mirarla como mero espectador.
Son en gran número los que tienen reputación de ser virtuosos, cuando no son más que pasivos. Les alabamos por su amplitud de espíritu,
pero tienen un espíritu tan amplio que no se deciden jamás por nada. Se parecen a los icebergs en las frías corrientes del norte: quieran o no, están obligados a ser icebergs; pero descender en el Gulf-Stream, la templada corriente del sur, y permanecer iceberg, he aquí lo que probaría el carácter.
¡Modernos! No esperéis una prueba fabricada por nosotros mismos, como los que pasaban delante de la Cruz. Aquéllos dictaban sus normas para aceptar la divinidad de Cristo; vosotros dictáis las vuestras para aceptar la divinidad de la Iglesia. Queréis comerciar con la religión: esto es imposible.
La Iglesia jamás ha puesto a la venta los artículos del Credo; jamás aceptó, para ganar un alma, compromisos sobre una verdad divina. No faltan las boticas religiosas para esto; por eso hoy han quebrado tan gran número de ellas. Y lo más interesante es que estas boticas religiosas que, para ganaros a vosotros los modernos, han aceptado compromisos sobre la verdad de Dios, son, precisamente, las que vosotros desecháis.
Las pruebas de la divinidad de Cristo nunca son tan irresistibles que destruyan vuestra libertad. Son suficientes para convenceros sin haceros violencia. Nunca Cristo forzará la puerta de vuestra razón: «He aquí que estoy a la puerta y llamo». El cerrojo está por vuestro lado, no por el lado de Dios.
El fin propio de la especulación no es solamente destruir el error, sino conservar y consolidar la estructura de la verdad.
Hay un gran peligro en querer analizar demasiado:
Poco a poco sustraemos del hecho la fe y el sofisma; de la verdad, la ilusión.
Y con lo que resta nos morimos de hambre.15
Tal vez tengáis un conocimiento mayor de hechos aislados que los que poseen la mayor parte de los hombres —éste es, con frecuencia, el caso de los modernos—, pero no habéis hecho nada con vuestra voluntad.
¿Habéis meditado alguna vez que el conocimiento se acrecienta con el
amor?
Naturalmente, es necesario primero conocer para amar, pero es necesario en seguida amar para conocer, porque el conocimiento que viene
15 Little by Little subtract / Faith and fallacy from fact, / The illusory from the
de fuera por el estudio no es nada comparado con el conocimiento que viene de dentro por el amor. Conocer una cosa es atraerla hacia sí; amar una cosa es ser atraído por ella.
¿Habéis probado alguna vez amar a Dios en vosotros, fundados en lo poco que conocéis de Él? En este caso, vuestro conocimiento avanzaría a grandes pasos: «Quien quiere hacer la voluntad de Dios conocerá si mi doctrina es de Dios o si es mía» (Jo. 7, 17).
Vosotros, los modernos, no seréis convencidos por argumentos, pues seguramente vuestra instrucción religiosa es suficiente. Lo que os es necesario es buena voluntad. El mejor antídoto contra el veneno del escepticismo es el amor. Atizad en vosotros el fuego y el entusiasmo. Dios no sabe qué hacer de las almas tibias.
Amad a vuestro prójimo con amor desinteresado, sacrificado, apasionado, y encontrarías a Dios. Visitad a los enfermos en los hospitales, a los pobres en los tugurios. Dadles vuestros bienes, pero, sobre todo, escuchadles. Observad la diferente actitud entre los que tienen fe y los que carecen de ella. ¡Qué paz en el sufrimiento los unos, qué rebeldía los otros! Poco a poco llegaréis a ver que, si la presencia de Dios origina tal diferencia en sus vidas, del mismo modo será en la vuestra.
Sufrid con el prójimo con una simpatía profunda. Amadlo sin egoísmos y aprenderéis más que en los libros. Elías no os visitará; lo hará Cristo en el sufrimiento y en la pobreza. «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36).
Nuestro Señor dice: «Tengo sed». Era, en la Cruz, un modo de decir: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Dios siempre encuentra un pretexto para darnos alguna cosa.
«Dame de beber», dice a la samaritana. Pero el que pide dice además: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva» (Jn 4, 10). ¡Si tiene sed de nosotros es que nuestra necesidad de Él es muy grande! No es El quien pierde si no le amamos; somos nosotros.
Sin Él, nuestros corazones están jadeantes; nuestros labios, resecos. Hoy creemos que de las rocas de este mundo brotarían manantiales para nosotros, pero mañana los encontramos secos. Cada día trae una nueva decepción y el vano reflejo del mismo espejismo.
En última instancia, la palabra de Nuestro Señor, desde lo alto de la cruz, pone de manifiesto el secreto de vuestra infelicidad: vuestra mediocridad. No tenéis gran amor, no os abrasáis, no tenéis sed. Lo mismo que nosotros, que, conociendo al Salvador y su cruz, nos hemos contaminado con vuestra pasividad. Como vosotros, hemos llegado a ser tibios.
Las cohortes de Satanás ponen más pasión en propagar el mal que los hijos de Dios en propagar la verdad. Del mismo modo que Prometeo robó el fuego del cielo, de esta manera el fuego de Pentecostés ha sido robado de nuestros altares y se eleva ahora en los templos del antidios.
En cierto sentido, todos nosotros somos modernos: no amamos al Amor como debiéramos. Dios es un fuego devorador y nosotros unas brasas casi apagadas. Cristo vino a traer fuego a la tierra, y nosotros ponemos una cortina de humo.
Todos esperamos que Elías le libere. ¿Por qué no le liberamos en seguida nosotros mismos? ¡Hemos subido al Calvario, pero descendemos sin haber sido crucificados! ¡Infelices! ¡Desgraciados los que, bajando del Gólgota, llevan las manos blancas y sin heridas!
En la cruz, el Salvador clama: «Tengo sed», y le damos vinagre y hiel. Si la Cruz tiene algún sentido, ella significa que nuestra bondad humana no es suficiente. Con razón nos podría decir Jesús:
Me llamáis Muestro, y no me obedecéis. Me llamáis luz, y no me veis.
Me llamáis camino, y no me andáis, Me llamáis vida, y no me deseáis. Me llamáis prudencia, y no me seguís. Me llamáis belleza, y no me amáis. Me llamáis riqueza, y no me pedís. Me, llamáis eterno, y no me buscáis.
Me llamáis gracia, y no ponéis en mí vuestra confianza. Me llamáis nobleza, y no me servís.
Me llamáis poder, y no me honráis. Me llamáis justicia, y no me alimentáis. Si te condeno, no me eches a mí la culpa.
(Grabado sobre una vieja losa en la catedral de Lübeck, en Alemania,)