LA AMPLIACION DE LOS HORIZONTES
C) La batalla de Gaugamela [73]
Diodoro presenta una descripción de la batalla más o menos semejante a la que da para las batallas de Gránico y de Isos. Según él, los persas en las tres batallas habían dispuesto su caballería en una primera línea y su infantería en una segunda línea por detrás; y en esta batalla Alejandro hizo lo mismo. Con la única excepción de que los carros provistos de hoces llegaron hasta la infantería macedonia, el combate fue en su totalidad entre unidades de caballería. Los tesalios fueron nuevamente los mejores de toda la caballería; de hecho, cuando Parmenión no pudo recibir ayuda de Alejandro, los tesalios le salvaron del desastre. Los macedonios sufrieron dos importantes derrotas y ganaron únicamente a causa de un mal entendido cuando la jabalina de Alejandro, que erró el tiro dirigido a Darío, acertó a tirar al suelo a su auriga y los que se hallaban alrededor creyeron que era Darío el que había caído. Así pues, se dieron a la fuga, dejando expuesto el flanco de Darío, que también acabó por huir.
En conjunto, es un relato pueril y sin ningún valor. Está convenientemente salpicado de trompetas, gritos, riendas que se rompen, caballos qye relinchan y hombres caídos; multitud de proyectiles, nubes de polvo y horribles formas de morir a causa de los carros provistos de hoces —hombres hechos pedazos, brazos aún armados con sus escudos y amputados, y cabezas cortadas que aún tenían la expresión del momento en que se produjo la separación de sus respectivos cuerpos. Este relato se debe a la vivida imaginación de Clitarco, con algunos toques más burdos añadidos por Diodoro. Algunos detalles del orden de combate, especialmente de la infantería macedonia, que no aparece sin embargo en ningún enfrentamiento cuerpo a cuerpo, podrán aprovecharse cuando lleguemos a alguna reconstrucción más aceptable.
Es evidente que Curcio ha entremezclado dos o más narraciones para elaborar la suya propia, y una de ellas es la misma que usa Diodoro porque encontramos en Curcio (IV, 15, 28-IV, 16, 6) la misma descripción de la caída del auriga, el ruido de fondo continuo, las nubes de polvo, la petición de ayuda de Parmenión, los tesalios marchando a la carga y su éxito. La primera parte de la batalla está tomada de algún otro lugar, porque los carros tuvieron más éxito y luego fueron rechazados por otros métodos distintos de los que aparecen en la versión de Diodoro. Alejandro y sus jinetes estaban casi rodeados y fueron salvados sólo por la «caballería de los agrianes» (no citada en ningún otro lugar) que fue al rescate, y hubo mucha más lucha en torno a la impedimenta macedonia que en el relato de Diodoro. Un rasgo particular de esta parte de la batalla es que Alejandro aparece recibiendo una pregunta estúpida por parte de Parmenión («¿Qué pasa con la impedimenta, señor?», IV, 15, 6), preocupándose por lo que estaba ocurriendo en el campamento en el que se hallaba la impedimenta (IV, 15, 13) o convirtiéndose en un punto de referencia para los macedonios fugitivos, a quienes convencía de que volvieran al combate (IV, 15, 19). Estos detalles proceden sin duda de algún escritor que no llegó a darse cuenta de que el rey estaba siempre en el centro del combate y que no era un general que, alejado, contemplaba la escena. Sólo el principio y el final de la batalla surgen con bastante claridad de entre la confusa mezcla de incidentes; lo mismo deben de haber percibido en el mismo momento los individuos que participaron en la batalla.
Plutarco da sólo unos cuantos episodios. Su historia sobre la impedimenta es la misma que en Curcio (IV, 16, 6-8); él, como Curcio (IV, 15, 26-7), hace que Aristandro el adivino, vestido con una túnica blanca, señale un águila sobre la cabeza de Alejandro y anime a las tropas; y, de nuevo, como Curcio (IV, 16, 3), Plutarco presenta a Alejandro furioso por la estupidez de Parmenión. Plutarco es el único que da una descripción completa de la ropa que llevaba Alejandro (XXXII, 5-6) y su descripción, extraordinariamente gráfica; de la escena en la que Alejandro estaba atacando y los caballos del carro de Darío estaban retrocediendo presas del pánico (XXXIII, 3-5) se inspiró probablemente en una pintura o mosaico que mostrase ese momento de la batalla. Plutarco cita a Calístenes, el historiador de la corte, para dos de las observaciones que hace (XXXIII, 1, y XXXIII, 6), y nos referiremos a ello más adelante.
La narración de Arriano es totalmente diferente, puesto que se basa en un documento en el que figuraba el orden de combate de Darío y que, según Aristobulo, fue incautado después de la batalla y en el orden de combate macedonio que aparecería en las Efemérides Reales (en mi opinión), y que llegó hasta él a través de los escritos de Aristobulo y Tolomeo, si aceptamos su propia mención de las fuentes que emplea. Hay desde el principio una comprensión total del plan general de Alejandro, lo que se observa claramente mediante la referencia a sus órdenes, emitidas con anterioridad y ejecutadas en el momento oportuno. La descripción detallada de la acción se limita, en general, al papel jugado por Alejandro y por las unidades bajo su mando. Esto tiene fácil explicación si pensamos que la fuente principal fueron las Efemérides Reales, en las que quedaron registrados sus actos y sus órdenes. Apenas se dice nada acerca de lo que sucedió en el resto del campo de batalla.
Aun cuando Diodoro y Plutarco escribieron antes de que lo hiciese Arriano, ellos no hicieron uso de Aristobulo y Tolomeo (tal y como nosotros los conocemos a través de Arriano), porque no sentían especial predilección por órdenes de combate detalladas. Curcio, que era un lector omnívoro, puede haber tomado algunos detalles o nombres de ellos, pero en lo esencial prefería a los escritores más sensacionalistas y los asuntos más retóricos (como en IV, 14, 1-7 y 9, 26). Las fuentes originales también eran de dos clases. Calístenes y Clitarco escribían para un auditorio más popular, para el que los duelos épicos, los milagros y las paradojas eran la sal de las batallas, y sus relatos empezaron a circular antes. Las memorias de Aristobulo y la narración aburrida y detallada de Tolomeo fueron escritas sobre todo para aquellos interesados en los hechos reunidos y registrados, e incluso en la árida historia militar. Para nosotros, el relato de Arriano resulta de mucha mayor confianza.
Darío estaba al mando de un gran y formidable ejército. Había reclutado a la mejor caballería de todas sus satrapías, que se extendían hacia el este hasta el Uzbekistán, Afghanistán y los límites de Paquistán, y había recibido refuerzos de los sacas, una tribu escita aliada, al este del imperio, que sobresalía merced a sus arqueros montados. Cada unidad tenía entidad racial, y las unidades formaban grupos de tipo territorial, cada grupo al mando de un sátrapa que recibía su nombramiento de Darío. Así Maceo mandaba la caballería de Celesiria, que había escapado de la vigilancia de Alejandro, y también la de «Siria Mesopotamia». No hay ninguna duda de que toda la caballería apoyaba a Darío completamente y es una señal especialmente clara de lealtad el que algunas unidades hubiesen llegado desde Capadocia y Armenia por rutas alternativas. El número total de la caballería, según Arriano (III, 8, 6), «se decía» que era de 40.000 hombres (¡Diodoro daba 200.000!). La expresión de Arriano indica que Tolomeo y Aristobulo y, por consiguiente, en nuestra opinión, las Efemérides Reales no daban cifras generales de las fuerzas enemigas y que Arriano tomó de otros autores una cifra prudencial que incluso es posible que esté exagerada. Darío había armado a algunas unidades de caballería con lanzas en lugar de jabalinas y con espadas largas de tipo griego en lugar de cimitarras, como consecuencia de su experiencia en Isos, pero la mayor parte de las unidades estaban armadas de acuerdo con sus modos tradicionales. En algunas unidades persas y escitas tanto los hombres como los caballos se hallaban protegidos por placas de hierro unidas para formar una sola pieza (C., IV, 9, 3), efectivas durante alguna escaramuza, pero que limitaban seriamente su movilidad en cualquier maniobra.
Lo mejor de la infantería lo constituían los leales y espléndidamente pagados mercenarios griegos y la guardia real persa, de briliante trayectoria. Parece que los cardacos —persas instruidos y equipados como hoplitas para servir junto con los mercenarios griegos en la falange— habían sido disueltos tras su ignominiosa derrota en Isos. En general, la infantería combatía con su equipo tradicional y no tenía ninguna formación establecida en combate; muchos de ellos simplemente apoyaban a sus propias unidades de caballería (A.,
III, 11, 3). Aun cuando Arriano afirma que «según se decía» la cifra de los infantes llegaba al millón, Curcio (IV, 12, 13) daba 200.000, lo que da una proporción razonable entre infantes y jinetes; pero también en esta ocasión las cifras pueden haber sido exageradas.
Darío aportó un tipo especial de carro con hoces como arma novedosa. Tirados por dos o por cuatro caballos y conducidos sólo por un auriga, los carros llevaban hojas afiladas como cuchillas de afeitar en los cubos de las ruedas y en los lados y el extremo frontal del timón. La intención era que estos carros, lanzados a toda velocidad, rompiesen las formaciones de la caballería y la infantería enemigas de modo tal que la caballería persa, con sus unidades en formación (generalmente una columna rectangular) cargase sobre cualquier hueco o atacase a las unidades en desbandada del enemigo. Pero como un carro necesita una pista llana, Darío preparó tres de estas zonas a distancias prefijadas. Igualmente, plantó algunas áreas con abrojos, objetos puntiagudos para inutilizar a la caballería enemiga.
Así, Darío se vio obligado a hacer uso de una parte determinada del campo de batalla, dejando por lo tanto la iniciativa en manos de Alejandro e impidiendo su propio movimiento. Aunque no haya podido ser localizado con precisión, este terreno era en parte tierra arable y en parte tierra para pastos, como lo sigue siendo hoy día (ver fotografías en Fuller, 168), y se halla en una extensa llanura muy apropiada para las evoluciones de la caballería. Darío esperaba poder hacer uso de su gran superioridad en caballería de modo tal que Alejandro no pudiese sacar a su ejército de la franja de terreno que le había asignado en todas direcciones.
Una orden de combate escrita de las fuerzas persas fue incautada tras la batalla (A., III, 11, 3). La incautación es mencionada por Aristobulo, como dice Arriano, pero no está claro si éste tomó el orden de combate (que reproduce) de las memorias de Aristobulo o de la historia de Tolomeo, que usó los propios papeles de Alejandro. En todo caso, no hay razones para dudar de que mostraba la disposición de las tropas de Darío el día anterior a la batalla, Era como sigue (Fig. 14).
La totalidad del ejército se hallaba desplegada en una línea continua de profundidad variable. El centro, donde el propio Darío, montado en su carro, se había situado, era el lugar donde la profundidad era mayor. Allí, en la parte frontal, quince elefantes indios y cincuenta carros estaban apoyados por la caballería india, cuyos caballos habían sido acostumbrados a luchar junto a los elefantes. Tras ellos iban los «carios deportados» (que habían sido trasladados desde su país de origen al Asia interior hacía mucho tiempo), arqueros mardianos y las dos guardias reales —primero la guardia de caballería compuesta de 1.0 nobles y conocidos como la «caballería de los familiares», y tras ellos la guardia de infantería compuesta por 1.000 persas y llamados los «portadores de manzanas» porque llevaban una manzana de oro en lugar de una punta en los regatones de sus lanzas. A cada lado de los portadores de manzanas se hallaba la infantería griega mercenaria, probablemente 6.000 en total. Tras esas fuerzas, el centro se completaba con una línea de infantería de reserva en una formación de más de ocho hombres en fondo.
Cada una de las alas se hallaba compuesta por sendas masas de caballería. En el ala izquierda, y a contar desde la izquierda, se hallaban escitas y bactrianos y 100 carros; tras ellos, bactrianos, dahos y aracosios. En el ala derecha, y contados desde la derecha, armenios y capadocios y 50 carros; tras ellos, sirios y medos. Entre las retaguardias de las alas de caballería y el centro, había, a la izquierda, contingentes mixtos de infantería y caballería (persas, susianos y cadusios) y a la derecha algunos contingentes mixtos, pero con mayor proporción de caballería (partienos, sacas, topiros, hircanos,
albanos y sacesinos).
Este orden de combate y la preparación del terreno muestra que Darío pretendía romper y desordenar la línea enemiga mediante el ataque de sus carros y elefantes para, acto seguido, envolver a toda la fuerza enemiga con sus masivas alas de caballería. Colocó el doble de carros, mucha más infantería y lo mejor de su caballería (persas, escitas y bactrianos) —con excepción de la caballería de los familiares— en el lado izquierdo de la línea por si el propio Alejandro concentraba a sus mejores jinetes en su derecha, como había hecho en Isos.