DE MESOPOTAMIA A AFGHANISTAN
C) Necesidades de liderazgo y administración
El mayor riesgo al que se enfrentaba Alejandro era que pudiese ser asesinado o morir en combate. Puesto que confiaba tan ciegamente en sus amigos, había estado en serio peligro frente a Alejandro el Licesta en opinión de los miembros de su estado mayor, y sus guardias personales y los pajes reales estaban constantemente en alerta para evitar cualquier conspiración. En combate se exponía sin ninguna precaución. Quizá pensase que eso formaba parte del valor (arete), o quizá creyera que llevaba un género de vida admirable; se decía que los hipaspistas reales llevaron ante él el escudo de la Atenea Troyana durante la batalla, lo que quizá tuviera para él el mismo significado que un pedazo de la Cruz podría haber tenido para un cruzado. El haber sido herido tantas veces, pero no haber quedado incapacitado, debe de haber parecido casi un milagro, como había ocurrido en el caso de Filipo. Si hubiera llegado a morir, ningún miembro de la familia real estaba preparado para ocupar su lugar. Y por si fuera poco, no había hecho caso del consejo de Parmenión de que se casara y tuviera un heredero. En los casos en los que resultó gravemente herido o se encontró seriamente enfermo, como en Tarso, las operaciones se detuvieron y las tropas estuvieron cerca del pánico; pero no parece que haya encargado a nadie que actuase en su lugar.
Entre los macedonios principales, sobre todo aquellos a quienes Filipo y Alejandro habían convertido en amigos, compañeros, guardias personales y generales, había mucha endogamia. Pueden haberse formado una y otra vez camarillas influyentes, pero no hay indicios que muestren que Alejandro se encontrase sometido y dominado por estos grupos de presión. Parece haber asumido que todos los hombres de este círculo superior serían leales si no hacía concesiones especiales ni otorgaba favores; y en este aspecto tenía en apoyo de este comportamiento tanto la secular tradición de servicio a la monarquía teménida como su propia personalidad y su mentalidad abierta. Parece haber realizado las promociones y los nombramientos sobre la base del mérito personal, y tenía un profundo conocimiento de sus hombres, porque estaba constantemente en su compañía en la paz, en la caza y en la guerra. Si tenía un defecto, era que confiaba plenamente en aquellos a quienes había otorgado su amistad.
Los puestos de la mayor confianza fueron otorgados a aquellos que ya habían dado prueba de que merecían la misma con Filipo, a saber Antípatro y Parmenión. Por lo demás, en su servicio administrativo introdujo toda una serie de mecanismos de control mutuo. Así, por ejemplo, un comandante al frente de una guarnición era por lo general independiente del gobernador militar de una satrapía, y un responsable financiero independiente del gobernador civil; todos ellos tenían que responder directamente ante Alejandro, como hemos visto en el caso de Egipto. En el terreno financiero se tomaban precauciones especiales. Alejandro permitió a las comunidades asiáticas que recaudaran sus propios impuestos mediante sus métodos tradicionales, y ordenó a sus delegados que trasladaran lo que les correspondía en dinero o en especie a las autoridades financieras —Filóxeno, por ejemplo, en Asia Menor, al oeste del Taurus, Cerano en Fenicia y Cleómenes en Egipto, cada uno de los cuales sólo necesitaba un pequeño gabinete para llevar al día los registros. A un nivel superior había cargos financieros de ámbito regional que reunían, transportaban y libraban cantidades destinadas, por ejemplo,
a tropas de escolta, muleros, transportistas, mensajeros, etc.; además, a veces estaban comisionados para reclutar tropas, pagarlas y llevarlas hasta Alejandro.
Estos individuos eran llamados hiparcos, y eran nombrados directamente por Alejandro y responsables ante él; Menes, por ejemplo, había sido nombrado para Cilicia, Siria y Fenicia, con una flota cuya asignación era de 3.000 talentos en el 331 a.C. (A., III, 16, 9-10). Las más importantes de todas eran las comisiones especiales a las que se confiaban grandes cantidades de metal, y éstas les eran encargadas a Parmenión y Filóxeno, por ejemplo, y el cargo permanente de «custodio del tesoro de Alejandro», que alcanzaba proporciones gigantescas. Este último puesto se le encomendó a Hárpalo, amigo de Alejandro y de su misma edad, uno de los que habían sido exiliados por su causa y luego llamado por él. Hárpalo engañó a Alejandro, se marchó a un exilio voluntario, fue llamado, perdonado y reinstalado en su puesto en el 331 a.C. Este iba a ser uno de los raros casos en los que el corazón de Alejandro le traicionó.
Las democracias antiguas, como las modernas, tienden a crear grandes burocracias, especialmente para gobernar a otros, como había hecho Atenas en el siglo v (ver Arist., Ath. Pol, XXIV, 3). La política de Alejandro era la contraria; permitió a las comunidades asiáticas gobernarse por sí mismas y utilizó a sus oficiales macedonios y griegos sólo en los niveles superiores. Como resultado, no tuvo problemas en hallar hombres capaces y de confianza para que ocupasen los puestos importantes de gobernadores civiles, gobernadores militares, funcionarios financieros, comandantes de guarniciones, comandantes de flota, oficiales de reclutamiento, encargados de las cecas, etc.; y no debemos sorprendemos, porque se estaba apoyando en aquellos que se habían formado dentro del ámbito del ejército macedonio. Administradores que fracasaron en su misión, como Arimas en Siria, parecen haber sido la excepción, y fue cesado fulminantemente. Cuando Alejandro nombró a asiáticos como gobernadores civiles, fue por razones políticas, no porque tuviese escasez de europeos adecuados, y la razón básica era su deseo de promover el autogobierno regional, tal y como el que se había puesto en práctica en Macedonia, los Balcanes y los estados griegos. Ciertamente, esta política tenía sus defectos: Tebas se había rebelado en el 335 a.C. y Agis acababa de alzar a unos rebeldes en el Peloponeso, además de los recientes disturbios que se habían producido en los Balcanes. Pero, en general, esta política había tenido éxito, y fue la que le permitió a Alejandro conservar su fuerza militar y administrativa y concentrarse en conquistas ulteriores.
En Asia, los levantamientos contra algún sátrapa macedonio habían sido raros. Por supuesto, se estaba aún en el período de buen entendimiento, pero durante el mismo Alejandro había hecho mucho para ganarse la adhesión de los asiáticos a su persona como rey de Asia. Entre los factores más importantes estaba la prosperidad económica determinada por la apertura del oriente al sistema capitalista de occidente: la introducción de una economía plenamente monetaria, el fomento del desarrollo urbano, la protección del comercio marítimo y el desarrollo de las comunicaciones terrestres desde el golfo Termaico hasta el golfo Pérsico. Las gentes vieron el alba de una koine económica, y sus beneficios calaron hondo en la sociedad asiática. El reino de Asia había empezado como una fantasía de la imaginación de Alejandro en la primavera del 334 a.C. A finales del 331 a.C. era una realidad, que se extendía hasta el corazón de Asia.
Ningún republicano, por capaz que fuese, podría haber triunfado como Alejandro había triunfado en sus primeros cinco años de poder, o podía haber alcanzado la posición en la que se enfrentó a una elección tan decisiva para las vidas de muchos millones de individuos. Un gran colaborador en la consecución de sus objetivos fue la monarquía macedonia: ella fue la que hizo el éxito posible. En el 331 a.C. esa monarquía estaba experimentando algunas tensiones, no a causa de la guerra, a la que estaba acostumbrada, sino a causa de su traslado a Asia. Era cierto que el estado macedonio funcionaba en el lugar en el que estaba el propio rey, y donde estuviera presente una parte del pueblo macedonio a su servicio; pero debía haber muchos macedonios que ansiaban ver a su rey y a ellos mismos de vuelta en Pela y Egas. Alejandro tomó medidas especiales para dejar claro que el centro del estado se hallaba en
su propio cuartel general; por ejemplo, dispuso que «cincuenta hijos de los amigos del rey» fuesen enviados «por sus padres desde Macedonia para servir como guardianes de la persona del rey» (D., XVII, 65, 1; C., V, 1, 42) y llegaron poco después de la victoria de Gaugamela para recibir su instrucción en Asia. Otra fuente de tensión era la facilidad de Alejandro para adoptar varías personae, frente a las preferencias de los macedonios, a quienes les hubiese gustado que se hubiese conformado con ser rey de Macedonia.