DE MESOPOTAMIA A AFGHANISTAN
B) Peticiones de hombres y dinero a Europa y Asia
Durante las campañas de Alejandro en Asia, Antípatro reunía en Macedonia y remitía desde allí a la mayor parte de los refuerzos procedentes de Europa cualquiera que fuese su nacionalidad, o bien sus propios delegados enviados a la patria a tal fin los reclutaban allí mismo (A., I, 29, 4, macedonios, tesalios y eleos; III, 5, 1, mercenarios griegos y tracios). Así, cuando Polibio, que resume aquí un relato de Calístenes, nos informa de que «cuando estaba a punto de invadir Cilicia le llegaron a Alejandro procedentes de Macedonia otros 5.000 soldados de infantería más y 800 de caballería como refuerzo», esto no nos indica nada acerca de la nacionalidad de las tropas (Polib., XII, 19, 2; Calístenes, F 35). Es más, incluso cuando se emplea la palabra «macedonio» se suele hacer en oposición a «persa» o a «griego» y por lo tanto no tiene el sentido específico de ciudadano macedonio. De tal manera, cuando Arriano nos dice que Alejandro recibió en Gordio 3.000 infantes macedonios, 300 jinetes macedonios y 150 jinetes eleos (A., I, 29, 4), no debemos pensar que estos macedonios eran todos ellos ciudadanos de élite, los verdaderos «macedonios», los únicos que estaban capacitados para servir en los hipaspistas, en la falange y en la caballería de los compañeros.
Tampoco debemos considerar que estas dos informaciones sobre refuerzos, la de Polibio y la de Arriano, son variantes de una misma acción. En efecto, ambas se diferencian tanto por el número como por la época. Los refuerzos que menciona Arriano llegaron a Gordio hacia abril del 333 a.C. y los refuerzos que cita Polibio los recibió Alejandro cuando estaba a punto de invadir Cilicia, es decir, en julio— agosto del 333 a.C. Es un contingente de estos últimos el que aparece descrito en la batalla de Isos de noviembre del 333 a.C. como «agrianes recién llegados» (C., III, 9, 10). Así, y volviendo a Calístenes (F 35), vemos que los agrianes estaban entre los 5.000 infantes «de Macedonia» y que la palabra «otros» implicaba que Calístenes había mencionado otro ejército de refuerzo, anterior pero no muy alejado en el tiempo (es decir, el de Gordio).
¿Cuáles eran las necesidades de Alejandro? Sobre la base de las cifras que hemos manejado para su tres grandes batallas de Asia, Alejandro mantuvo los mismos efectivos en los hipaspistas y en la falange e incrementó sólo ligeramente, en unos 200, el número de la Caballería de los Compañeros. Puesto que las bajas por muerte en el Gránico se cifraron en algunas decenas, en Isos se elevaron a 150 jinetes y 300 infantes y en Tiro a unos 400 individuos en total, las sustituciones de los muertos en estas unidades especiales no fueron muy elevadas numéricamente; por otro lado, hubo muchos heridos y una parte de ellos debió de quedar incapacitada para seguir prestando servicio en esas unidades. Parece, por todo ello, probable que Alejandro pudo mantener la operatividad de estas unidades recurriendo sólo al excedente anual de nuevos soldados de Macedonia (a saber, 1.000 individuos al año para la falange y 100 al año para la caballería de los compañeros).
Por consiguiente, Alejandro no tenía necesidad en absoluto de recurrir al ejército de ciudadanos macedonios que había dejado al mando de Antípatro; que no lo hiciese es lo que cabría esperar de un hábil general en unos años en los que la flota persa se hallaba muy activa y en los que Agis se hallaba fomentando la agitación en Grecia. En este mismo contexto es importante tener presente que estas
unidades especiales estuvieron constantemente presentes en las operaciones militares y formaron la punta de lanza del ataque en las tres batallas; fueron la acción continua y el uso especializado que se hizo de ellas lo que les proporcionó su destacable espíritu de cuerpo, e incluso los enfermos y los heridos participaban en las campañas con la esperanza de poder volver a incorporarse a sus unidades (como ocurrió en Isos). No fueron distraídos de sus obligaciones ni desaprovechados en misiones de guarnición, bloqueo y control de líneas de comunicación; estas misiones eran ejecutadas por las tropas de los aliados griegos, los mercenarios griegos, las tropas ligeras balcánicas y la caballería aliada o mercenaria (por ejemplo, A., I, 17, 7-8; I, 23, 6; II, 1, 4; II, 13, 7). Incluso dentro de las tropas de primera línea, Alejandro tendía a dirigir personalmente las tres unidades especiales, por ejemplo en otoño del 333 a.C., cuando envió a Parmenión por delante sin ningún contingente macedonio, sino sólo con la caballería tesalia, los lanceros tracios, la infantería de los aliados griegos y los mercenarios griegos (A., II, 5, 1).
Para tareas de guarnición y similares contó desde el principio con 7.0 infantes de los aliados griegos, 7.000 infantes balcánicos y probablemente 13.000 mercenarios griegos, e hizo amplío uso de ellos durante estos años. Las necesidades fueron especialmente elevadas en los años que transcurrieron entre el Gránico e Isos, cuando Alejandro tuvo que establecer guarniciones en las islas, en algunos lugares de la costa asiática y sobre todo en el área del Helesponto. Además, sabía que para el enfrentamiento con Darío necesitaría completar su ejército con una gran fuerza adicional de infantería. De hecho, si comparamos Isos con el Gránico, podemos estimar que empleó las siguientes tropas adicionales: 200 más en la Caballería de los Compañeros, 200 jinetes tesalios más, 1.500 arqueros y agríanes más, 1.000 lanceros tracios, 1.000 arqueros «macedonios» (en cuanto que opuestos a «cretenses») y 7.500 infantes griegos mercenarios. Parece, por lo tanto, bastante probable que el grueso de las tropas que le llegaron como refuerzos fuese balcánica más que macedonia, y mercenarios griegos más que aliados griegos. Además, también reclutó mercenarios griegos en Asia, por ejemplo en Mileto y Quíos.
Sí comparamos sus fuerzas en Isos con las que empleó en Gaugamela, según las estimaciones que hemos hecho, constatamos los siguientes incrementos: 400 jinetes de los aliados griegos, 1.200 jinetes griegos mercenarios, 200 jinetes odrisios, 500 agríanes y 10.500 infantes balcánicos y mercenarios griegos. Una parte de ellos debe de haber sido reclutada en Europa, pero también reclutó tropas que habían estado al servicio enemigo en Isos (A., II, 14, 7). Además, sabemos que recibió, directamente del Peloponeso y de Quíos, y reclutados por Antípatro, 7.500 mercenarios griegos y 500 jinetes tracios, también enviados por Antípatro; pero hay pocas dudas de que además deberíamos incluir a un gran número de tropas balcánicas adicionales (quizá unos 5.000) que no aparecen citadas en nuestras fuentes. Durante este período tuvo algunas obligaciones adicionales: guarniciones mercenarias en Menfis y Pelusio (A., III, 5, 3; cifradas en 4.000 por C., IV, 8, 4), una flota de 30 trirremes para defender a Egipto, así como importantes operaciones navales en el Egeo (A., III, 6, 3). Para cuando tuvo lugar la batalla de Guagamela ya había fundado una serie de asentamientos que probablemente absorbieron a la mayor parte de sus heridos y a mercenarios licenciados; éstos ocuparon el puesto de las tropas encargadas de vigilar las líneas de comunicación, por ejemplo en Cilicia, y supusieron una importante economía de hombres en términos militares.
Los grandes refuerzos que posiblemente Alejandro había pensado recibir con anterioridad, llegaron mientras se hallaba en Susa en diciembre del 331 a.C. Las cifras, que no las da Arriano sino Diodoro (XVIII, 65, 1) y, con ligeras diferencias, Curcio (V, 1, 40 y VIII, 1, 40), eran 500 jinetes macedonios y 6.000 infantes macedonios; de Tracia, 600 jinetes y 3.500 infantes {frailéis en Diodoro) y del Peloponeso 4.0 mercenarios griegos y 380, o quizá el doble, de jinetes. En este caso, los textos nos informan de que Antípatro envió sólo a los macedonios, que los tracios, reclutados probablemente por el «general en Tracia», partieron desde Tracia y que los mercenarios se hicieron a la mar directamente desde el Peloponeso. Deben de haberse concentrado en algún punto preestablecido de la costa asiática.
La llegada de estos refuerzos le permitió a Alejandro compensar sus bajas (la mayoría heridos, sin duda) entre los hipaspistas y los seis batallones de la falange, así como formar un séptimo batallón en ésta (compuesto por 1.500 hombres); compensó sus pérdidas como decimos y quizá aumentó el número de sus arqueros «macedonios», al tiempo que pudo incrementar de forma muy considerable las cifras de sus tropas balcánicas y griegas.
Sabemos poco de sus pérdidas, excepto que los muertos en combate eran relativamente escasos debido a que la armadura protectora era muy efectiva, excepto contra proyectiles de catapulta. A menudo un hombre recibía una herida y podía seguir combatiendo, puesto que las armas no eran de acero (cf. Livio, XXXI, 34, 4) y porque los médicos podían curar con razonable éxito los cortes de espada y los golpes de lanza. Ocasionalmente, tenemos noticias de alguna muerte por enfermedad, pero no hay indicios de ninguna epidemia. La salud era evidentemente buena, porque Alejandro acuartelaba su ejército en campamentos y no en alojamientos en ciudades, y porque las tropas se endurecían merced a la rígida instrucción y a las marchas.
Arriano nos cuenta que Alejandro destinó la caballería que le llegó a Susa a la Caballería de los Compañeros y la infantería «a las otras unidades» (es decir, prescindiendo de las unidades de caballería, taxeis) «según el origen nacional de sus componentes», es decir, a unidades de la Baja Macedonia, Elimiótide, Tinfea, Lincéstide y Oréstide, cuyos pueblos eran llamados ethne, «naciones», como en Tucídides (II, 99, 2 y 6). Al mismo tiempo, es dudoso que Alejandro tomase a estos 6.000 infantes falangitas del ejército de Antípatro, compuesto de 12.000 falangitas, no sólo porque Antípatro hacía frente a riesgos tan grandes como los de siempre cuando fueron solicitadas esas tropas, sino también porque el enviado por Alejandro a Macedonia parece haber llevado a cabo nuevos reclutamientos (C., VII, 1, 40; cf. A., I, 24, 2). Es razonable suponer que Alejandro estaba empezando ahora a utilizar a individuos aptos pero que hasta entonces no habían sido incluidos en la clase de los «macedonios» propiamente dichos, y que ahora empezaron a ser instruidos y promocionados a esa clase. Esto, sin embargo, no deja de ser una hipótesis [75]
Cuando recapitulamos todas esas cifras, podemos ver la magnitud de las fuerzas que sirvieron a las órdenes de Alejandro en el período 334-331 a.C. Durante los últimos meses del 331 a.C., tenía consigo en Asia a unos 26.000 individuos procedentes de Macedonia, de los que quizá unos 2.400 no eran ciudadanos macedonios; al menos 29.000 mercenarios griegos, unos 21.000 soldados balcánicos y más de 10.000 aliados griegos, incluyendo a la caballería tesalia: un total de unos 86.000. Muchas de estas tropas estaban destinadas en guarniciones, en líneas de abastecimiento y en las nuevas ciudades fundadas por Alejandro, pero todos ellos se hallaban bajo su mando. En el Mediterráneo oriental había iniciado su campaña en Asia con unos 36.000 hombres en la flota y había licenciado a la mayor parte de ellos; pero en los últimos meses del 331 a.C. debe de haber contado al menos con 36.000 hombres sirviendo en las flotas que protegían Egipto, que guardaban el Helesponto y que operaban en torno al Peloponeso (esta última al mando de Anfótero y que contaba con 100 barcos de Chipre y Fenicia). Luego, en la propia Macedonia había confiado a Antípatro a 12.000 falangitas y 1.500 jinetes macedonios; éstos formaron el núcleo del ejército de unos 40.000 hombres, incluyendo aliados griegos, que participó a las órdenes de Antípatro en la campaña del 331-330 a.C. contra Agis de Esparta. En ese año, pues, Alejandro tenía a unos 150.000 hombres en armas, de los que quizá una cuarta parte fuesen ciudadanos macedonios.
Los gastos de mantenimiento de sus fuerzas deben de haber constituido una fuente de preocupaciones desde el inicio. Aunque heredó de Filipo un ejército eficiente, una moneda fuerte y minas en plena producción, parece que no había importantes reservas. Los costos de las campañas balcánica y griega de Alejandro pueden haber sido sufragados merced a las grandes cantidades de botín (A., I, 2, 1; I, 4, 5, y Clitarco F 1 para Tebas), la venta de prisioneros y las confiscaciones de ganado, y pudo formar y enviar su fuerza expedicionaria contra Persia sin haber perdido esa buena reputación aun cuando se hubiera
hallado en números rojos. Es cierto que el ejército cruzó el Helesponto con provisiones para un mes únicamente, lo que inmediatamente resultó eficiente puesto que obtuvo pronto una victoria y sus fuerzas pudieron vivir a partir de entonces básicamente del territorio enemigo, ya fuese mediante regalos, confiscaciones, compra o saqueo. Además, los tributos cobrados a los antiguos súbditos persas, las contribuciones pagadas por las ciudades griegas (especialmente las que habían sido liberadas en Asia), las multas e indemnizaciones impuestas a los estados considerados como traidores a la causa, pronto constituyeron unos sólidos ingresos a los que hubo que añadir el botín de guerra desde la batalla del Gránico en adelante. Ya en el verano del 334 a.C. tenía la suficiente confianza en su posición financiera como para eximir de los impuestos básicos a Efeso y Priene; y si las razones económicas pueden haber jugado un papel en su decisión de disolver el grueso de su flota, puede que ello se debiera no tanto a que carecía de recursos sino más bien a que tenía previsto un uso mejor de los mismos.
La paga diaria de un jinete del ejército de Alejandro era posiblemente de dos dracmas, la de un hipaspista de una dracma y la de un mercenario dos tercios de dracma, es decir, cuatro óbolos. En aquella época el salario mínimo de un trabajador era de dos óbolos al día, y los soldados de Alejandro recibían además el suministro básico de alimentos, sin duda gratis. Podemos estimar la paga total del ejército en Gaugamela en unas 46.000 dracmas, es decir, unos ocho talentos de plata al día, y la paga de todas las tropas en activo en todos los teatros de operación era probablemente de unos 20 talentos al día o 7.300 talentos al año. Podemos recordar, con fines comparativos, que la producción anual de las minas de Filipo en Filipos había alcanzado los 1.000 talentos anuales, y que eso se consideraba una gran suma.
Para pagar a sus tropas y hacer frente a otros gastos, Alejandro tuvo necesidad de una moneda abundante y estable que, como la moneda de oro de la reina Victoria, tuviese como valor nominal el mismo que el del metal precioso en el que estaba acuñada. Alejandro heredó una moneda así de Filipo. Además, como Filipo ya tenía previsto llevar a cabo una gran campaña en el 336 a.C. y en los años siguientes, sin duda había acumulado un gran número de «filipeos» de oro y tetradracmas de plata. Este tesoro parece haber satisfecho parte de las necesidades de Alejandro en el 336 y el 335 a.C. En la época de Filipo la ceca principal había estado en Pela. El mineral procedía sobre todo del monte Pangeo, pero también de algunas zonas al oeste del Estrimón. La ceca de Anfípolis había jugado un papel secundario. Esto se hallaba en clara relación con los intereses de Filipo en los Balcanes, Europa central y el Egeo, puesto que Pela se hallaba en el centro de las comunicaciones macedonias con esas áreas. Pero cuando Alejandro cruzó a Asia, Anfípolis pasó a convertirse en la ceca principal y los metales en bruto que Alejandro obtenía en Asia Menor eran enviados a Anfípolis para ser convertidos allí en los «filipeos» que tan útiles eran para reclutar mercenarios.
Alejandro se hizo con las grandes cantidades de metal en bruto y acuñado que los sátrapas persas habían acumulado en los centros administrativos como Dascilio y Sardes, además de hacer uso de las minas de oro y electro existentes en Asia Menor (igual que parece haber hecho Filipo, habiendo anulado prácticamente las acuñaciones de Lámpsaco, Cícico, Focea y Mitilene en esos metales). A principios del 333 a.C., disponía de más dinero en efectivo en Asia que en Macedonia, puesto que envió a un representante suyo «con dinero» desde Panfilia al Peloponeso para reclutar mercenarios. Pero el gran cambio se produjo tras la victoria de Isos. En ese momento, en el invierno del 333-332 a.C., se hizo con una gran cantidad de metal y monedas de oro y plata persas en Cilicia y Damasco (J., XI, 10, 5, auri magno pondere; C., III, 13, 16, tan sólo en Damasco 2.600 talentos en monedas). Fue ahora cuando empezó a acuñar monedas con su propio nombre. Las cecas principales estuvieron primeramente en Tarso y Miriandro (rebautizada Alejandría en Isos), que se hallaban cerca de la fuente del metal. De hecho, estos centros habían servido ya como cecas de los sátrapas persas, y los grabadores que habían hecho los últimos cuños para los sátrapas persas siguieron realizando allí las primeras emisiones de Alejandro.
Mientras tanto en Europa, las cecas de Pela y Anfípolis empezaron también a emitir monedas de Alejandro. Los patrones habían sido previamente el ático para el oro y el tracio para la plata, este último muy adecuado de cara a los intereses de Filipo en los Balcanes y (a través de los Balcanes) en Centroeuropa, pero a partir de ahora fueron los áticos para los dos metales. Así, Macedonia empezó a competir con Atenas como estado emisor de una moneda que era válida por todo el Mediterráneo y en Asia, tanto en oro como en plata. Al poseer grandes reservas de oro sin acuñar, Alejandro pudo controlar también la tasa de conversión entre monedas, que estableció a razón de diez dracmas de plata a cambio de una dracma de oro, manteniendo la proporción entre ambos metales preciosos en diez a uno. En su estátera de oro, que valía dos dracmas, puso la cabeza de Atenea tocada con un yelmo corintio y en el reverso una victoria alada con una corona y una stylis. La gran calidad de los grabados debía mucho al arte contemporáneo de Atenas. Sin embargo, no es plausible pensar que Alejandro tomó esos emblemas de Atenas, porque desde los inicios de la moneda macedonia en el 479 a.C., ningún rey macedonio había tomado prestado emblema alguno de Atenas y ahora Alejandro*estaba celebrando la victoria de Macedonia sobre Persia, y no la de Atenas. La Atenea que figuraba en las monedas era, en mi opinión, la diosa macedonia de la guerra, «Atenea Alcidemo», y en el león-grifo que lleva sobre el casco se ha querido ver representado el símbolo de la enemistad de Macedonia hacia Persia. La corona y la stylis posiblemente aluden a la batalla que aparece celebrada por la victoria alada. La stylis era un aparato para elevar el puesto de mando (aphlaston) de un barco; su uso aquí se explica, en mi opinión, como conmemoración del atrevimiento de los compañeros que se acercaron en barco prácticamente hasta la posición de Darío cuando fueron a espiar las posiciones persas (A., II, 7, 2).
En sus tetradracmas, didracmas (emitidas sólo en los primeros años) y dracmas de plata, Alejandro utilizó el emblema tradicional macedonio (Filipo lo había usado también en sus primeras monedas): la cabeza de un joven Heracles tocado con una piel de león, y en el reverso Zeus sentado en un trono con un águila y un cetro. Su moneda de bronce representaba al mismo Heracles y el reverso mostraba el arco y la maza de Heracles. El Zeus era probablemente Zeus Basileus, el rey de los dioses y los hombres, el cetro era el emblema del poder y el águila su mensajero —el águila que había indicado a Alejandro que derrotaría a la flota persa en tierra. Zeus, Atenea y Heracles, aunque específicamente macedonios, eran de comprensión universal para el mundo griego, y fueron identificados rápidamente con divinidades orientales en la mente de los súbditos asiáticos de Alejandro. En particular, el Zeus sentado era únicamente una ligera modificación del Baal representado en las monedas persas acuñadas en Tarso. La elección de los motivos por parte de Alejandro fue brillante, porque los mismos expresaban ideas y objetivos que eran significativos para él mismo, para los macedonios, para los griegos y también para los pueblos asiáticos. A diferencia de algunos de sus predecesores, no se representó a sí mismo en sus monedas [76].
Las comunicaciones terrestres desde Gaugamela discurrían a través de la parte septentrional del Creciente Fértil que se halla frente al desierto sirio y, desde allí, a través de Cilicia. Durante la campaña