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La conquista de los distritos meridionales entre la India y Mesopotamia

LA CONQUISTA DEL «ASIA» MERIDIONAL

B) La conquista de los distritos meridionales entre la India y Mesopotamia

En junio del 32.5 a.C. Alejandro envió a Crátero a establecer y extender su control sobre las regiones meridionales y le ordenó que le aguardase en Carmania; él, evidentemente, pretendía llegar a Carmania por una región más meridional, Más adelante, en julio, navegando más allá del delta del Indo, decidió enviar una expedición por mar, que constituiría una tercera columna de conquista. Pero esta expedición también pretendía resolver la cuestión de si este mar meridional era un mar interno y limitado o parte del mar Océano que rodeaba toda la masa de la tierra habitada.

Alejandro conocía sin duda la historia que contaba Heródoto acerca del capitán griego que había navegado, hacía ya 50 años, desde el Indo hasta el «Golfo Arábigo» (nuestro Mar Rojo) en 30 meses; pero este relato debe haber parecido poco creíble, puesto que el tiempo empleado era absurdo y la existencia de una ruta marítima de ese tipo no era conocida por los indios contemporáneos, Sin duda se guió más por su propio sentido de probabilidad geográfica. Aristóteles había hablado del «mar exterior, Océano», que era visible al este de la India; aunque ello podría ser cierto si se iba más hacia el este, parecía mucho más verosímil aún si se miraba hacia el sur [116].

En efecto, Alejandro había visto en el mar meridional peces anormalmente grandes e incluso ballenas, y al otro lado del delta había una región desértica, que según los teóricos griegos era típica de las costas del Océano. Enviar una expedición por mar era el único medio de llegar a conocer la verdad; si empezaba a navegar en dirección oeste, o bien acabaría por verse dirigida hacia el sur y luego hacia el este y se trataría de un mar interior, o bien continuaría siempre en dirección oeste y acabaría por llegar al «Mar Rojo» (nuestro Golfo Pérsico).

Si llegaba a descubrirse una ruta marítima, los beneficios de la conexión entre la India y Mesopotamia desde el punto de vista comercial y de control serían enormes. Así pues, Alejandro realizó sacrificios a Posidón, Océano y otros dioses {Ind., 23, 11; D., XVII, 104, 1) y les pidió que se mostraran favorables hacia la expedición marítima. Era un acto de confianza en la teoría geográfica griega y en la buena disposición de los dioses, pero esa expedición estaba llena de peligros.

Algunos de esos riesgos los conocía Alejandro por propia experiencia. Había visto los vientos del verano, que soplaban violentamente sobre la costa, y las fuertes mareas que ocasionaban líneas continuas de altas olas. Con unas condiciones meteorológicas así una flota tenía que permanecer en alta mar a menos que pudiese encontrar la desembocadura de algún río con una buena entrada; y si lo que había era sólo una playa arenosa y poco inclinada sólo los barcos ligeros (,kerkouroi) podían tener alguna oportunidad de llegar a tierra a través de esas olas. Teniendo en cuenta todo eso, Alejandro ordenó a su almirante, Nearco, que esperara hasta finales de octubre, momento en el que los vientos alisios cederían su lugar a vientos ligeros y más favorables (A., VI, 21, 2). Lo que más le preocupaba a Alejandro, según Nearco, era «la longitud del viaje y la posibilidad de que concluyese en un desastre absoluto si la expedición se encontraba ante una costa desierta o sin lugares de recalada o con escasez de provisiones». Pensaba no en barcos mercantes a vela, que podían transportar grandes cantidades de provisiones para

una tripulación pequeña, sino en barcos a remo con una tripulación abundante y con poco espacio para almacenaje —barcos de treinta remos (triakontoroi') y barcos ligeros a remo (kerkouroi)[117].

Podían hacer uso de los vientos favorables pero, a diferencia de los buques mercantes, no dependían en el mar del viento, por lo que podían seguir viajando a remo durante una calma chicha de las que dejaban inmóviles a los cargueros. «La longitud del viaje» era peligrosa porque sólo podía transportarse una cantidad limitada de agua y comida en esos buques y las condiciones de navegación en el mar para los barcos sin cubierta y con tiempo caluroso eran muy duras. «Una costa desierta» no ofrecería ni agua ni alimentos; Alejandro había visto costas así a ambos lados del Indo y había dispuesto que se excavaran pozos con antelación para que la flota pudiera hacer aguada en ellos. «Una costa sin lugares de recalada» obligaría a la flota a seguir en el mar incluso en condiciones meteorológicas desfavorables; esto a su vez podría llevar a la muerte por inanición a los tripulantes si es que un temporal no estrellaba contra la costa a los barcos. «Una costa con escasez de provisiones» alude al hecho de que en los barcos de remo escaseaban pronto la comida y el agua y era necesario, por consiguiente, hacerse con ellos en una costa convenientemente habitada o en depósitos y almacenes preparados al efecto. Nearco consideró que podría tener éxito sólo «si el mar era navegable en esos lugares y si la empresa no era superior a la propia capacidad humana» (ver Fig. 19).

Con la finalidad de prevenir en lo posible todos esos riesgos que podrían afectar a la flota, Alejandro había pensado partir dos meses antes que la flota y mantenerse cerca de la costa con una parte al menos de sus fuerzas, para localizar puertos, excavar pozos, establecer almacenes de suministros, concertar mercados con los indígenas, buscar lugares de recalada y hacer las previsiones posibles ante cualquier circunstancia (A., VI, 23, 1, por ejemplo). Debe de haber ideado procedimientos para indicarle a la flota que disponía de esos medios aun cuando él hubiese proseguido su camino. Además de remeros y marinos los barcos transportaban tropas suficientes como para hacer frente a cualquier tipo de resistencia poco importante y poder llevar a cabo un desembarco; estaban bien armados y tenían catapultas de sitio. Los hombres se hallaban contagiados del entusiasmo y el interés de Alejandro en la empresa y confiaban en su «extraordinaria buena fortuna».

El ejército que iba a prepararle el camino a la flota tenía también una misión muy peligrosa. Incluso aunque Alejandro no conocía en su conjunto las dificultades que le aguardaban en Gedrosia (y Nearco cree que, efectivamente, las ignoraba), contaba con algunas regiones desérticas del tipo de las que ya había visto al oeste del delta del Indo. Se preparó ante esta eventualidad lo más posible acumulando provisiones para cuatro meses tanto para los hombres como para los animales, que tendrían que ser transportadas en carretas. Cuando todo estuvo dispuesto, el ejército de Alejandro salió de Pátala a finales de agosto del 325 a.C., para poder aprovechar las lluvias monzónicas (Str., 721) así como para ir lo suficientemente por delante de la flota y poder prepararle el terreno. Pretendía reunirse con Nearco no en ruta, sino en la desembocadura del Tigris o del Eufrates (A., VI, 19, 5; D., XVII, 104, 3; C., IX, 10, 3).

Como las proposiciones de trato que había hecho previamente fueron rechazadas por los dos primeros pueblos, los arabitas y los oritas, Alejandro consiguió un efecto de sorpresa cruzando un desierto por la noche y apareciendo en los bordes del fértil valle del Purali al alba. Su caballería, lanzada a la carga, mató a todos los que ofrecieron resistencia e hizo muchos prisioneros. Cuando el cuerpo de ejército principal, al mando de Hefestión, se reunió con él, avanzó hasta el poblado más importante de los oritas, Rambacia, donde decidió fundar un centro urbano para los oritas y los aracosios. Mientras que Hefestión se dedicaba a poner esto en marcha, tres fuerzas distintas se dedicaron a realizar incursiones de pillaje en el territorio orita, tras lo cual Alejandro avanzó contra una concentración de oritas y gedrosios en un desfiladero (el paso de Kumbh) que daba acceso al territorio gedrosio. Durante este avance los jefes oritas capitularon. Se les ordenó reunir a su pueblo y regresar a sus hogares con la promesa de Alejandro de que no recibirían daño alguno.

los agrianes, algunos arqueros, algo de caballería y una fuerza de mercenarios griegos, tanto de infantería como de caballería. Leónato tenía la misión de completar el centro urbano y mantener la ley y el orden entre los oritas; también tendría que preparar provisiones para cuando llegase la flota. De hecho, Leónato llevó a cabo brillantemente ambas misiones y Alejandro le concedió una corona de oro posteriormente; en efecto, derrotó a los oritas y a sus vecinos en una gran batalla, infligiéndoles 6.000 bajas, pudo hacerle entrega a Nearco de provisiones para diez días y sustituyó a algunos de los hombres de Nearco con los suyos propios. Antes de marcharse, Alejandro fundó una Alejandría en la costa, cerca de la desembocadura del Phur, en un lugar donde había un puerto natural muy resguardado [118].

En octubre —el mes en el que, según las órdenes recibidas, Nearco tenía que partir— Alejandro entró en Gedrosia. Pretendía conquistar a los gedrosios, cuyos jefes aún no se habían sometido, y reunir provisiones para la flota. Sesenta días iban a transcurrir antes de poder alcanzar la capital de Gedrosia, Pura. Al principio podía encontrarse todavía agua procedente de las lluvias monzónicas, tal y como Alejandro había esperado (Str., 721), así como animales salvajes y árboles; de hecho, los comerciantes fenicios que iban con el ejército pudieron cargar sus carros con resina de mirra y espicanardo, que alcanzaban altos precios en occidente. Los primitivos aborígenes que vivían en la franja costera tenían poco que ofrecer y el ejército vivía básicamente de las provisiones que iban en los carros. Más adelante, tuvieron dificultades para encontrar agua.

Alejandro dejó a parte de la caballería en la costa para marcar los puntos de recalada y para conseguir agua para la flota, pero marchó con el cuerpo principal hasta los puntos de aguada del interior y, por último, hasta un lugar también interior, donde podía hallarse trigo y otros productos alimenticios. Alejandro pretendía que el destino de todo ello fuese la flota, de modo que lo cargó en carretas cerradas, que fueron marcadas con su sello real y enviadas hacia la costa. Pero las tropas que escoltaban la caravana rompieron los sellos y distribuyeron la comida entre «los más acosados por el hambre» (A., VI, 23, 4), que no eran soldados, pues aquéllos ya habían recibido sus raciones, sino civiles de los que acompañaban al ejército. Alejandro perdonó este acto de indisciplina cuando supo el estado de necesidad en el que se hallaban, pero cuando consiguió hacerse con más trigo gracias a sus correrías, lo envió a la costa, como provisiones para la flota. Posteriormente, con todo ello estableció un depósito de alimentos para ella. Según avanzaban, el envío de provisiones desde Orítide fue disminuyendo (Str., 722); las caravanas eran cada vez más escasas y cada caravana transportaba menos provisiones. Se envió a grupos de gedrosios hacia el interior para que consiguiesen trigo, dátiles y ovejas, que fueron comprados por los soldados y los comerciantes.

En este momento Alejandro tuvo que tomar una decisión trascendente. Si decidía tomar la ruta interior para su siguiente etapa, su ejército llegaría hasta la capital gedrosia sin dificultad —tal y como Leónato pudo hacerlo uno o dos meses después— y sin duda tenía conocimiento de esa ruta gracias a los propios gedrosios. Pero la flota quedaría entonces abandonada a su propia suerte; y a partir de lo que él mismo había visto y de lo que podía haberle contado acerca de la costa que se encontraba más allá, las posibilidades de que la flota fracasase por completo si no disponía de su ayuda debieron de parecerle extremadamente elevadas. Si, por el contrario, proseguía por la ruta costera o casi costera, acerca de la cual las informaciones locales eran pesimistas pero imprecisas, su ejército tendría que arrastrar algún riesgo, pero se encontraría lo suficientemente cerca de la flota como para «subvenir siquiera sus necesidades básicas» (A., VI, 24, 3). ¿Qué haría? Era una elección dolorosa. Decidió, por fin, seguir la ruta costera para poder apoyar a la flota, como Nearco indicó posteriormente. Incluso cuando llegó a Pura por ese camino, seguía temiendo que la flota se hubiese perdido por completo (Ind., 24, 1 y 25, 2), pero sabía que al menos había hecho todo lo que se hallaba en su mano para ayudar a Nearco.

El ejército que siguió por la ruta costera constaba de los hipaspistas, tres batallones de la falange, algunos arqueros, la guardia real de caballería, algunas hiparquías de caballería y los arqueros montados —quizá un total de 12.000 hombres si las unidades se hallaban al completo y, en todo caso, una fuerza