LA CONQUISTA DE LAS COSTAS DEL MEDITERRANEO ORIENTAL
C) La ocupación de las satrapías sur occidentales.
La victoria en Isos abrió dos posibilidades alternativas: perseguir a Darío hasta el corazón del imperio persa antes de que pudiese reclutar otro ejército, o «conseguir el dominio sobre la flota persa desde tierra», una política ya enunciada por vez primera en Mileto. La persecución debe de haber sido tentadora, porque Alejandro podía haber avanzado rápidamente hasta Babilonia sin encontrar ninguna oposición seria. Pero consideró esencial conquistar primero la costa del Mediterráneo oriental, de modo que la flota persa acabase cayendo al verse privada de sus bases. En el momento de la batalla, Farnábazo, con la flota principal compuesta por 100 barcos, había estado en Sifnos conferenciando con Agis, rey de Esparta, que planeaba declarar la guerra a Macedonia y solicitaba barcos, hombres y dinero. Otras flotillas se hallaban en Cos y Halicarnaso y una guarnición persa controlaba Quíos, la base principal. Las noticias de la derrota de Darío hicieron que Farnábazo volviera a Quíos, y Agis sólo recibió diez barcos y treinta talentos, con los que intentó buscar apoyos en Creta (ver Fig. 2).
Toldo el mundo miraba hacia el este, mientras que Alejandro marchaba por el norte de Siria y mientras que Parmenión capturaba el tesoro de Darío y a las mujeres de muchos generales persas en Damasco. Alejandro se dirigió posteriormente al sur y llegó desde Homs, vía el Krak de los Caballeros, a las primeras ciudades fenicias —Arado (Arvad), Marato y otras— en el reino de Geróstrato, que se hallaba sirviendo con la flota persa. Todas ellas se sometieron. Biblos (Gebal) y Sidón (Saida) hicieron lo propio inmediatamente. Los enviados de la rival de Sidón, Tiro, aceptaron obedecer las órdenes de Alejandro. El pidió entrar en la ciudad y sacrificar a Heracles (con el que se identificaba al dios tirio Melkart); una respuesta afirmativa implicaría que le aceptaban como señor supremo. Los enviados transmitieron esta petición. El pueblo de Tiro rehusó, creyendo que su isla fortificada era inexpugnable y que el resultado de la guerra aún estaba en suspenso. Alejandro explicó a su estado mayor (aunque con los obiter dicta de A., II, 17) por qué era necesario emprender la tarea hercúlea de tomar Tiro. De hecho, ello le costó unos siete meses. Pero fue un tiempo bien invertido. Su concepción estratégica era correcta: consolidar una base de operaciones que incluyese Grecia y el Egeo así como la costa del Mediterráneo oriental antes de embarcarse en una gran expedición contra Persia.
Que Alejandro consideraba sin duda esta marcha hacia el sur como una simple operación preliminar antes de la invasión del núcleo del imperio persa quedó claro durante sus negociaciones con Darío. En Isos la tienda de Darío fue el botín personal de Alejandro y en la misma se encontró a las mujeres e hijos de Darío llorando porque le creían muerto. Alejandro envió a Leónato, un miembro de su propia casa, a decirles que Darío seguía vivo y que Alejandro les trataría con honores reales. «Así lo afirman Tolomeo y Aristobulo», escribe Arriano. Luego cuenta la siguiente historia, cuyas fuentes no cita (también aparece en Diodoro, Curcio y Plutarco): al día siguiente, cuando Alejandro y Hefestión vestido de modo similar entraron en la tienda, la reina madre se dirigió en señal de obediencia a Hefestión como el que tenía mayor porte y quedó avergonzada cuando un asistente le dijo que se había equivocado. «No se ha cometido ningún error —dijo Alejandro—, porque Hefestión también es un Alejandro.»
posteriormente Alejandro trató a la familia real con compasión y respeto. Así, las damas estaban a su cargo cuando llegaron enviados de Darío hasta Marato pidiendo su devolución y ofreciendo a cambio amistad y alianza. La carta de contestación de Alejandro enumeraba los errores de Persia y Darío, incluyendo una acusación de complicidad en el asesinato de Filipo; Alejandro pretendía que los dioses le habían otorgado territorios en Asia y presentaba a los supervivientes persas de las batallas como súbditos suyos de grado.
De modo que debes venir a mi, considerándome señor de toda el Asia... De ahora en adelante, cuando te dirijas a mí, hazlo como al rey de toda el Asia, y no lo hagas en plan de igualdad, sino como a señor que soy de todas tus posesiones, y en ese tono, pídeme lo que necesites. De lo contrario, pensaré que me ofendes; y si me contestas aludiendo a tu soberanía, quédate y lucha por ella y no huyas, porque tengo el firme propósito de perseguirte donde quiera que te encuentres.
Alejandro hizo una petición absoluta: toda el Asia. No hay indicios de que Persia tenga que pagar tributo a «los macedonios» (como tuvo que hacer Aspendo) o estar sometida a los macedonios y los griegos, o que Alejandro intente destronar a Darío y entronizarse a sí mismo como rey de Persia. El asunto en disputa es el reino de Asia, una posición que los reyes de Persia habían considerado como prerrogativa suya; si, por lo tanto, Darío sostiene esa pretensión, debe quedarse y luchar. De lo contrario, puede llegar hasta Alejandro, recuperar a su familia y ser tratado con generosidad.
Una versión diferente, procedente de cualquier otra fuente, y transmitida por Curdo, es muy inferior a la de Arriano que acabo de dar. La carta original, ciertamente, quedó registrada en las Efemérides Reales. Si tengo razón al suponer que Arriano obtuvo su versión (genuina en substancia aunque no al pie de la letra) de esas Efemérides, a través de Tolomeo, entonces los fines personales de Alejandro en el invierno del 333-332 son claros[61].
Descripciones del sitio de Tiro, claramente resúmenes de versiones más largas, se conservan en Arriano y en Diodoro y en Curcio, compartiendo las dos últimas varios puntos comunes, tales como un monstruo marino, presagios y la crucifixión de 2.000 tirios tras la caída de la ciudad, lo que parece ser improbable. En todo caso, el tipo y la naturaleza del asedio y la defensa parecen ser razonablemente ciertos [62].
Los tirios eran un pueblo excepcionalmente capaz y valiente, grandes expertos en guerra naval, fortificación y artillería y se pensaba que su ciudad, una isla-fortaleza a unos 800 m de la costa, era inexpugnable. La muralla que circundaba la isla era de sillares unidos con yeso —no de piedras en seco como las griegas— y tenía una altura de unos 45 m (como la torre de Halicarnaso) en la parte que miraba al continente [63]. La población era del orden de los 50.000 habitantes, más que suficiente para cubrir el perímetro de la muralla que tenía casi 5 km. de longitud, y la ciudad estaba bien abastecida de provisiones y materiales de guerra. Aunque había una flotilla tiria con la flota persa del Egeo, los tirios disponían aún de 80 trirremes y esperaban ayuda de Cartago, colonia de Tiro. Además, la flota persa tenía la supremacía en el Egeo. Todas las circunstancias parecían estar a favor de Tiro.
En enero del 332 a.C., Alejandro empezó a construir un terraplén de unos 60 m de ancho desde el continente hasta la isla (la base del istmo actual), empleando'tanto soldados como nativos. Cuando el terraplén se aproximó a la isla y la profundidad del agua alcanzaba unos 5,5 m, los tirios entraron en acción con las catapultas emplazadas en su muralla y con proyectiles lanzados desde sus barcos. Los trabajos en el terraplén se suspendieron hasta que se construyeron dos torres de unos 45 m con madera del Líbano, protegidas en un lado con pieles húmedas para evitar las flechas incendiarias. Estas fueron llevadas hasta el final del terraplén, de modo que las catapultas colocadas en su parte alta pudiesen barrer el parapeto de la muralla y las situadas en los niveles inferiores atacasen a los barcos con sus proyectiles. Haciendo gala de gran imaginación y atrevimiento, algunos tirios condujeron un gran barco envuelto en llamas hasta el extremo del terraplén y otros desembarcaron de pequeños barcos en varios
puntos del mismo y ayudaron a avivar el fuego. Todo el material de asedio quedó destruido, y los tirios capturaron a algunos macedonios, a quienes ejecutaron lanzándolos al mar. Alejandro inició la construcción de un terraplén más ancho, empezando desde el extremo que apoyaba en el continente.
La segunda fase del asedio se inició mediante la ejecución de la política de Alejandro de «derrotar a la flota persa en tierra», puesto que se le unieron las flotillas fenicias de la flota persa, exceptuados los tirios; inmediatamente les siguieron las unidades chipriotas y por último llegaron otros barcos procedentes de Licia, Rodas, Solos y Malo (bordeando la costa del continente que guarnecían sus fuerzas). Incluso le llegó uno desde la propia Macedonia y poco después llegaron por mar 4.000 mercenarios originarios del Peloponeso. Ahora disponía de más de 200 barcos. Los tirios rechazaron la batalla naval y bloquearon sus dos puertos, que fueron también bloqueados por Alejandro, estacionando a su flota en el terraplén próximo. A continuación llevó su terraplén mucho más ancho hasta quedar a tiro de lanza de la ciudad, pero al mismo tiempo inspeccionó otras partes de la muralla, llevando sus barcos lo más cerca posible de ella.
Empleó barcos para transportar caballos, trirremes y plataformas triangulares, realizadas atando dos cuadrirremes, con las proas juntas y con sus popas unidas mediante largas vigas. El anclaje de estos barcos era un problema, porque los tirios cortaban los cabos, o usando barcos acorazados o buceando, hasta que los macedonios sustituyeron estos cabos por cadenas. Otra dificultad procedía de las grandes rocas lanzadas por los tirios para impedir las aproximaciones; tuvieron que ser izadas mediante poleas, tras haber sido atadas con sogas, y arrojadas en otro lugar. Cuando más se aproximaban a la muralla, más sufrían los macedonios por el diluvio de tierra al rojo vivo y por la lluvia de proyectiles.
Como la presión iba en aumento, los tirios hicieron una salida sorpresa a mediodía contra los barcos chipriotas que se hallaban anclados y en su mayor parte sin tripulación. Tuvieron éxito allí, pero antes de que pudieran regresar, fueron derrotados por Alejandro que consiguió reunir sus barcos rápidamente, rodeó la isla y los sorprendió desprevenidos.
A partir de entonces perdieron toda esperanza de huida o de ayuda procedente de Cartago o de Persia. Pero los defensores inventaron nuevos modos de resistencia, construyendo torres de madera encima de sus murallas de 45 m, montando ruedas giratorias para interceptar el fuego de la artillería, colgando sacos rellenos de material absorbente para disminuir el efecto de las piedras lanzadas por los balistas contra la muralla y cortando las cuerdas de los arietes con hoces montadas en largos palos. Los macedonios sufrieron mes tras mes los proyectiles del enemigo y el viento y el clima que deshacía gran parte de su trabajo, pero al final idearon no sólo un tipo de plataforma sobreelevada en la que podía emplazarse un poderoso ariete manejado por un gran número de hombres, sino también un medio de fijarlo firmemente contra la muralla. Una vez que este método dio resultado, consiguieron abrir brecha en un tramo de muralla en el lado meridional de la isla.
En un día de julio, con el mar en calma, Alejandro lanzó ataques por todo el contorno de la isla, pero la mayor concentración se dirigía contra los dos puertos y el tramo de muro roto, hacia donde él y sus hombres condujeron los barcos portadores de arietes, abrieron una amplia brecha, llevaron hasta allí barcos provistos de pasarelas y se abrieron paso a través del muro destruido. Las tropas de asalto eran hipaspistas conducidos por Admeto, que fue el primero en llegar al muro, muriendo allí, y uno de los batallones de asthetairoi, el de Ceno de Elimiótide. Alejandro y sus compañeros personales iban inmediatamente por detrás de Admeto y establecieron una cabeza de puente, desde la que avanzaron hacia el interior de la ciudad.
Mientras tanto, los chipriotas tomaron posesión de uno de los puertos y avanzaron a la ciudad desde ese lado. Los tirios concentraron sus fuerzas y siguió una lucha callejera. «Los macedonios procedían en todo con extrema irritación, cansados como estaban por el peso de un asedio tan largo, y por haber visto cómo los tirios habían ejecutado a prisioneros macedonios a la vista del ejército, arrojándolos al mar desde los 45 m de su muralla.»
Estas palabras son de Arriano.
Dio como pérdidas tilias al final 8.000 muertos y las macedonias a lo largo de todo el asedio de unos 400; pero los heridos y mutilados macedonios eran probablemente más de 1.000. Los que se refugiaron como suplicantes en el altar de Heracles fueron perdonados, muchos huyeron a las ciudades fenicias, especialmente a Sidón, y el resto de la población, en torno a los 30.000, fue vendido como esclavos. Alejandro hizo un magnífico sacri ficio a Heracles de acuerdo con su petición original. Las fuerzas terrestres y navales rindieron honores a Heracles y a los muertos macedonios mediante una parada ceremonial y competiciones atléticas.
El asedio había puesto a prueba la tenacidad y el espíritu de lucha de ambas partes, pero especialmente el de los macedonios. Cuando Alejandro consiguió bloquear a la flota tiria, podría haberse visto tentado a abandonar el sitio, puesto que acababa de perder sus torres y su equipo de asedio, pero sabía que la superioridad naval local no era suficiente, puesto que el resto de la flota persa estaba pasando el invierno en el Egeo y podía acudir en ayuda de Tiro. El asalto final estuvo planificado de modo brillante. Contra una fuerza de defensores compuesta de más de 10.000 hombres, Alejandro pudo llevar sólo dos barcos a la vez al punto principal del ataque, y éstos transportaron sólo a la primera oleada del batallón real de hipaspistas (1.000 hombres en total) y del batallón de falangitas (1.500) que fue nombrada en primer lugar en las órdenes del día. Incluso después de haber sido desalojados de esta parte de las defensas, los tirios superaban numéricamente con mucho a los macedonios y tuvieron una buena oportunidad de derrotarles antes de que pudieran llegar refuerzos por mar.
Como Tebas, Tiro tenía poderosos enemigos en las ciudades-estado vecinas, y fueron los chipriotas y a menor escala los otros fenicios los que hicieron posible la victoria, no sólo por mar sino también en el asalto final. Es sumamente dudoso que los tirios intentasen rendirse, puesto que los fenicios eran luchadores fanáticos, como habían puesto de manifiesto los sidonios en el 345 a.C., cuando se dice que 40.000 de ellos se quemaron a sí mismos y a sus casas cuando la ciudad estaba cayendo en manos persas. No menos dudoso es que Alejandro hubiera podido detener la lucha callejera. En todo caso, ejecutó su inexorable propósito de eliminar Tiro como base naval.
Cuando avanzó hacia el sur, con su flota y su ejército juntos, encontró resistencia en Gaza, la ciudad más meridional de Fenicia, que controlaba la entrada de la ruta que conducía, a través del desierto, a Egipto. Los ingenieros que habían hecho posible la victoria en Tiro advirtieron a Alejandro que esta populosa y bien defendida ciudad era inexpugnable, pero eso sólo hizo que fuese mayor su determinación por conquistarla por motivos de estrategia y prestigio.
Como Gaza ocupaba una planicie de unos 75 m de altitud y tenía sólidas murallas, decidió construir un gran montículo de tierra de la misma altura a todo su alrededor. Cuando estaba cerca de su conclusión y había alcanzado la altura apropiada en el lado meridional, donde la muralla parecía menos fuerte, las máquinas de sitio y las torres fueron conducidas hasta lo alto, pero con grandes dificultades y algunas bajas, puesto que se hundían en el suelo arenoso. En el día previsto para el asalto un presagio obligó a Alejandro a consultar a su vidente preferido, Aristandro, cuya interpretación fue: «Oh, rey, conseguirás tomar la ciudad, pero tú deberás tener una extrema precaución en el día de hoy.» Prevenido por ello, Alejandro se mantuvo fuera del alcance de las armas enemigas cuando se inició el asalto, pero cuando la guarnición hizo una salida protegida por la cobertura de su fuego y empezó a desalojar a los macedonios del montículo, entró en acción con los hipaspistas y resolvió la situación, pero fue herido por el proyectil de una catapulta, que atravesó su escudo y su coraza hiriéndole en el hombro, y causándole una gran pérdida de sangre. Aunque la herida curó con muchas dificultades, Alejandro recibió ánimos por el presagio, ya que pensó que capturaría la ciudad.
Durante su convalecencia llegaron por mar las máquinas de asalto usadas en Tiro y se aumentó el montículo de modo que tuviera una altura uniforme de 75 m y una anchura de 365 m alrededor de toda la ciudad. Este inmenso terraplén, igual que el que se construyó en Tiro, fue realizado por todo el ejército,
trabajando como chinos y requisando medios de transporte y animales de tiro en los alrededores. Una vez que se ubicaron las torres en el montículo, el fuego de las catapultas desalojó a los defensores de los parapetos y cubrió a los equipos de hombres que minaban los muros mediante túneles y a los que manejaban los arietes. Los defensores construyeron torres de madera en lo alto de sus murallas como respuesta y rechazaron tres asaltos. En noviembre del 332 a.C., el segundo mes del asedio, tuvo por fin éxito un cuarto asalto, ejecutado en todos los puntos por los 12.000 infantes de la falange, siendo el primero en escalar el muro Neoptólemo, miembro de la familia real molosa.
La guarnición persa y los de Gaza lucharon hasta el último hombre [64]. El número de muertos fue probablemente comparable al de Tiro e igualmente las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos. Alejandro repobló el sitio con gentes de los pueblos vecinos y emplazó una guarnición con vistas al futuro.
Los éxitos en Halicarnaso, Tiro y Gaza le dieron a Alejandro la confianza suficiente para intentar más adelante lo que era aparentemente imposible. Mucho dependió de la inventiva de sus ingenieros, Díades y Carias, discípulos del principal ingeniero de Filipo, Polieido, un tesalio, y de la maestría de sus carpinteros y de los carpinteros de ribera —macedonios, griegos y fenicios— que construyeron torres más altas, arietes más fuertes y plataformas flotantes mayores que las que hasta entonces se habían hecho. Se mejoraron y a veces se inventaron catapultas, de torsión y no torsión, largas escalas, elevadas mediante grúas, poleas y sogas, pasarelas móviles, manteletes y lanzadores de piedras. El otro factor del que dependía Alejandro era la preparación de oficiales y hombres para iniciar el asalto desde lo alto de escalas o pasarelas que se aproximan o descienden sobre las murallas. De todo ello dispuso hasta el final de sus campañas.
Durante la estación de navegación del 332 a.C. los almirantes macedonios volvieron a hacerse con el control del área egea, donde la política persa de imponer tiranos y reclutar piratas se había demostrado muy impopular (ver Fig.'2). Las poblaciones de Ténedos, Quíos y Cos se alzaron con la ayuda macedonia y expulsaron a los persas, mientras que las fuerzas macedonias desalojaron a los persas de Lesbos. Farnábazo fue capturado en Quíos pero escapó posteriormente. Rodas, que controlaba la entrada hacia el Egeo suroriental, se colocó a las órdenes de Alejandro [65]. La única isla en manos persas, aunque sólo en parte, era Creta, donde Agis, rey de Esparta, estaba operando con un grupo de mercenarios griegos que habían escapado del campo de batalla de Isos. En noviembre del 332 a.C. las rutas marítimas quedaron abiertas y Alejandro envió 10 trirremes desde Gaza a Macedonia en busca de