ULTIMA ASI AE: BACTRIA E INDIA
B) Del Hindu-Kush al Indo
Como preparación para el arduo cruce del Hindu-Kush Alejandro aligeró el peso de sus carros quemando todos los artículos superfluos; él mismo dio ejemplo y sus hombres le imitaron, A finales de la primavera del 327 a.C., se puso al frente de la vanguardia y, usando esta vez quizá el paso de Kaoshan (4.359 m), en diez días había establecido su cuartel general en Alejandría en Cáucaso. Allí permaneció durante seis meses. Mientras tanto, caballos y bueyes iban transportando el material pesado a través de la montaña, y los mercaderes y todos los que seguían al ejército tomaron sus propias medidas para el cruce. Los nuevos reclutas, que procedían de «todo tipo de tribus», recibían instrucción y disciplina permanentemente, porque durante esos seis meses tenía que convertir esa fuerza multirracial en un ejército homogéneo. Se mencionan en este tiempo sólo unos cuantos incidentes: un compañero ejecutado por haber abandonado su puesto como comandante de guarnición, un oficial destinado en Alejandría en Cáucaso cesado por incompetencia, un rebelde persa ejecutado por el propio Alejandro, un compañero puesto al frente de Alejandría en Cáucaso, un iranio nombrado sátrapa de Parapamísada y el territorio hasta el río Cofén (Kabul) y la ampliación de Alejandría en Cáucaso merced a la asignación de más nativos y de soldados no aptos para el servicio. Estos sucesos que tuvieron lugar en estos seis meses pueden servir como indicios de cómo debe de haber aleccionado Alejandro a sus subordinados para que actuasen en otras partes del reino de Asia.
Como era normal, los emisarios de Alejandro habían sido enviados por delante mientras que él seguía aún en Sogdiana, y habían logrado ya la sumisión de los gobernantes nativos de los valles del Kabul y sus tributarios. Estos gobernantes eran ahora sus subordinados (hyparchoi). Si a partir de ahora desobedecían o se resistían, serían tratados como rebeldes. Al principio todo fue bien. Los gobernantes acudieron a una reunión convocada por Alejandro durante el otoño; prometieron hacerle entrega de 25 elefantes de guerra (uno le hizo un regalo de 3.000 caballos) y acompañaron al cuerpo principal del ejército en su marcha a través del paso de Khyber hasta el Indo. El mando de este cuerpo principal le fue encomendado a Hefestión y Perdicas, y la primera resistencia que encontraron fue en la Peucelótide (Charsadda). Les llevó un mes capturar la capital; ejecutaron al dirigente local como rebelde y nombraron a otro en su lugar.
Hefestión fortificó y guarneció una ciudad, Orobatis, que contribuyó a reforzar sus líneas de comunicación con la base, Alejandría en Cáucaso. Sus misiones principales eran reunir provisiones y construir un puente sobre el Indo. Para ello, se hicieron barcos de hasta treinta remos con la madera local, en secciones transportables, que se montaron en el río y se usaron como soportes del puente, ya fuesen sujetos por medio de cables al modo griego, ya mediante anclas al modo romano posterior. También se emplearon balsas. Hefestión tuvo el puente dispuesto antes de que hubiera sido necesario
[102].
Mientras tanto, Alejandro se hallaba metido en una difícil cam paña. La experiencia en Bactria le había enseñado que la sumisión de los gobernantes de las áreas montañosas no era fiable, y estaba determinado a asegurar su flanco septentrional en el área que iba a convertirse en la frontera
noroccidental de su India Británica. Se llevó consigo a los hipaspistas, los tres batallones de astherairoi, los agrianes, los arqueros, la mitad de la Caballería de los Compañeros y los lanceros montados; según marchaba hacia lo alto del valle del Coes (Kunar) para recibir la sumisión de los aspasios, le llegaron noticias de que los nativos se estaban retirando a sus lugares fortificados. Entonces empezó a moverse con rapidez. Sus hombres derrotaron a la primera fuerza que se les enfrentó y capturaron la ciudad tras dos días de violentos asaltos con escalas y fuego de artillería y mataron a todos los prisioneros profundamente irritados porque Alejandro había sido herido en la acción. La ciudad fue arrasada. La siguiente ciudad se rindió con condiciones (ver Fig. 18).
Dejando a Crátero para que destruyese cualquiera de las ciudades vecinas que se resistiese, Alejandro marchó rápidamente a la capital de los aspasios que, tomados por sorpresa, prendieron fuego a su ciudad y huyeron a las montañas con graves pérdidas. La siguiente ciudad fue también incendiada por sus habitantes. Con vistas al siguiente paso, el de la pacificación, Alejandro ordenó a Crátero que construyese una ciudad fortificada allí y que la poblase con voluntarios nativos y con soldados no útiles para el servicio. El propio Alejandro, al frente de tres columnas, se dirigió contra la mayor concentración de rebeldes, les derrotó después de un durísimo combate y capturó
40.0 hombres y 230.000 bueyes. La resistencia en Aspasia se había terminado. Los mejores bueyes fueron enviados hacia Macedonia.
El siguiente pueblo, los gureos, no ofreció resistencia. Alejandro transportó hombres, caballos y equipo de sitio «con muchas dificultades» a través del rápido río que cruzaba el territorio (Panjkora), muy crecido durante el invierno, y su súbita aparición en el territorio asacenio provocó la desbandada de una concentración enemiga de 2.000 jinetes, 30.000 infantes y 30 elefantes. Tenía que atacar ahora a los asacenios en sus ciudades, cuyas guarniciones habían sido reforzadas por mercenarios indios del otro lado del Indo. Primero vino la más fuerte de ellas, Masaga, reforzada con 7.000 mercenarios.
Aquí Alejandro fingió que se retiraba, para de pronto hacer girar en redondo a la falange, cargar a la carrera y derrotar a los perseguidores; luego siguió un asalto de cuatro días con artillería, arietes, torres y galerías, una de las cuales se rompió bajo el peso de soldados impacientes; finalmente, a la muerte del comandante de Masaga, se abrieron negociaciones con su viuda, Cleófide, que consiguieron que los mercenarios solos salieran de la ciudad y acampasen junto a los macedonios.
Según Arriano, que sigue a Tolomeo, los términos del acuerdo eran que los mercenarios servirían en el ejército macedonio, pero de hecho los mercenarios habían planeado huir esa noche y cuando Alejandro se enteró, les atacó y acabó con ellos. No podemos saber si Alejandro tuvo motivos auténticos o no para actuar de este modo. Lo que está claro es que cualquier comandante que tenga que enfrentarse con mercenarios de otro origen sólo tiene dos posibilidades, o absorberlos o eliminarlos. Al día siguiente Alejandro destruyó la ciudad. La operación en su conjunto se había saldado con 25 muertos en su bando así como numerosos heridos, entre ellos él mismo [103].
Una agradable pausa en la lucha tuvo lugar cuando unos embajadores de Nisa hicieron saber que su ciudad se hallaba consagrada a Dioniso puesto que había sido fundada por él a su regreso de la India. La prueba de ello era la vid, que era la planta a él consagrada y que en toda la India sólo se daba allí. Alejandro y sus macedonios celebraron la presencia de Dioniso haciendo sacrificios y fiestas en su honor; y Alejandro sintió que los macedonios no se opondrían a secundarle en su intención de ir mucho más al este que lo que Dioniso había hecho. Alejandro les reconoció a los niseos su libertad y además, 300 jinetes niseos y el hijo y el nieto del gobernante de Nisa le acompañaron en la siguiente campaña.
Más adelante, en el valle del Coaspes (Swat), se hallaban dos ciudades fortificadas. Bacira (Bir- kot) y Ora (Udigram). Alejandro dejó una fuerza para vigilar a la primera y destruyó la segunda, a pesar de sus fuertes murallas de piedra, con lo que consiguió asustar tanto al enemigo que éste abandonó Bacira y se refugió en Aornos, que era considerada inexpugnable. Ahora empezó a tomar disposiciones con vistas a la pacificación. Nombró a un compañero como sátrapa de la región al oeste del Indo, y dentro de
la satrapía fortificó Bacira como asentamiento macedonio, convirtió Ora y Masaga en puestos de vigilancia, situó una guarnición en Peucelótide y se hizo con el control de algunas ciudades que se hallaban junto al Indo (ver Fig. 18).
Cuando el invierno estaba terminado, a fines del 326 a.C., Alejandro sintió el «deseo» de hacer lo que se decía que Heracles no había conseguido: capturar Aornos (Pir-Sar), una montaña de cima plana, protegida naturalmente por todos sus lados, y que se alza a unos 2.134 m sobre el nivel del Indo [104]. Este deseo coincidía con un propósito lógico, a saber, demostrar la imposibilidad de que cualquier resistencia contra él pudiera triunfar en lugar alguno, tal y como había mostrado en la Roca Sogdiana y en la Roca de Corienes. Primero, una fuerza seleccionada al mando de Tolomeo ascendió, sin ser vista y dirigida por guías locales, a otra altura llamada actualmente Pequeño Una. La fortificó con una empalizada y un foso e hizo señales a Alejandro para que se le uniese. Sin embargo, los sitiados acababan de ocupar la ruta que había utilizado Tolomeo; por consiguiente, hicieron retroceder a Alejandro y luego prosiguieron su ataque contra la posición fortificada de Tolomeo. Durante la noche, un desertor indio llegó hasta Tolomeo y le transmitió la orden de Alejandro de que hiciese una salida y atacase a los defensores desde una posición superior cuando se hallasen ocupados atacando a la fuerza mandada por Alejandro. Al día siguiente esta táctica resultó tras duros combates. Sus fuerzas combinadas terminaron por controlar la ruta de ascenso y el propio Pequeño Una.
El siguiente obstáculo era la inmensa garganta de Burimar. Alejandro y sus hombres trabajaron durante tres días en su lado del barranco en la construcción de una rampa de rocas y tierra cuyos lados se hallaban sujetos por líneas de postes y árboles ordenados. La rampa se construyó no al borde del precipicio, como se había hecho en la Roca de Corienes, sino en un saliente más elevado que se proyectaba hacia el lado opuesto, con lo que se hallaba más cerca del enemigo. A pesar de los ataques de los indios, la rampa pudo ser ele vada a una altura suficiente como para que su artillería y sus arqueros pudieran hacer fuego sobre la posición enemiga. Al cuarto día, algunos macedonios consiguieron hacerse con un picacho en el lado enemigo «con una audacia indescriptible», y por fin pudo Alejandro tender un puente desde su rampa hasta el pico capturado. Los defensores iniciaron las negociaciones. Pero algunos desertores le comunicaron a Alejandro que tenían la intención de huir aprovechando la oscuridad. Seleccionó hombres para formar dos grupos de escaladores; iniciaron el ascenso al caer la noche y el grupo de Alejandro llegó a lo alto mientras los otros aún estaban subiendo. Los escaladores, 700 hombres de los guardias personales y los hipaspistas, cargaron a una señal de Alejandro y derrotaron al enemigo que ya se estaba dispersando. Aornos se hallaba en sus manos. La roca fue identificada por Sir Aurel Stein. «El genio de Alejandro y el coraje y espíritu de sacrificio de sus sufridos macedonios», escribió, les permitió vencer los obstáculos que Arriano describe tan vividamente y sin nada de exageración. Después de hacer sacrificios en acción de gracias y nombrar a un indio para que custodiase Aornos, Alejandro se dedicó a controlar el resto del territorio de los asacenios. Hallando resistencia en una ocasión en un lugar estrecho, él mismo se puso al frente de los honderos y los arqueros y despejó el camino. En una zona en la que la orilla del río Buranda era intransitable, sus hombres se abrieron camino construyendo una carretera. Muchos nativos huyeron cruzando el Indo y se unieron a Abisares, el gobernador de la Cachemira central, pero tuvieron que dejar sus elefantes tras de sí. Los naires indios al servicio de Alejandro les rodearon y el propio Alejandro participó junto a ellos en la cacería de elefantes. Su flanco norte estaba ahora seguro. En la primavera del 326 a.C. se reunió con Hefestión y le dieron a todo el ejército un descanso de un mes. Mientras se hacían los preparativos para la invasión de la «India», se celebró un festival de atletismo a pie y a caballo.