Connie H. lo perdió todo en un incendio. Pero, aunque las llamas devoraron cada pedazo de su historia, una tribu compasiva se aseguró de que tuviera un futuro. «Cuando llegué a la escena, mi casa estaba rodeada de camiones de bomberos, gente que conocía y gente que no conocía. Mi hija me gritó: “Mama, no entres en casa, mantente alejada”; no obstante, yo me dirigí hacia la puerta y di un paso para entrar, pero el calor me hizo retroceder. Cuando abrí los ojos, vi a mi hija menor de pie delante de mí diciéndome: “Toda va a ir bien, mamá, todo va a ir bien.” Todas las voces que me rodeaban tenían razón en lo que decían: yo no podía hacer nada para ayudar. No tenía ningún sitio donde dormir, todas mis pertenencias se habían esfumado. Durante la hora siguiente, apareció un camión arrastrando un remolque. Mis familiares y gente que yo no conocía lo conectaron a la red de agua y electricidad de las casas vecinas. Llegó más gente con comida, unas veinte personas entre familiares y vecinos que no habían visto nunca se presentaron con costillas, trozos de pizza y bebidas.
»Un equipo de instaladores de TV vía satélite había salvado a mis dos perros de las llamas. El gato había sido rescatado por un bombero, pero después había desaparecido. Un grupo de diez niños del vecindario formaron una gran cadena y empezaron a rastrear la zona en busca de mi gato. Yo no los conocía y ellos no conocían a mi gato… y lo último que éste haría es acercarse cuando alguien le dijera “Aquí, mishino, mishino.” Pronto oscureció y sólo se quedó mi familia; mi yerno y mi hija me condujeron al remolque para que pudiera estar cerca de los restos de mi hogar. De repente, oímos un leve maullido. Lo seguí y encontré a mi gato bajo la pila de madera de la casa de mis vecinos, totalmente cubierto de hollín, hasta el morro. Lo limpié, lo llevé a mi remolque y me acosté; lo estreché entre mis brazos durante toda la
noche. Los tres primeros días, mi hija me ayudó a buscar un lugar donde vivir, consiguió muebles de alquiler y utensilios domésticos y me ayudó a trasladarme a un domicilio temporal. Me siento feliz de poder contar que estoy bien.»
A veces los retales de nuestro pasado se queman porque necesitábamos empezar de nuevo. Son muy pocos los que están dispuestos a cambiar su vida radicalmente, por muchas señales intuitivas que reciban de que es preciso hacer una cambio. En lugar de ello, la mayoría prefiere seguir en la peor situación del primer chakra —aferrados a un trabajo nefasto o a un matrimonio infeliz— en vez de arriesgarse a romper con el pasado. Romper con las raíces —un reto del primer chakra— y alejarnos de nuestro mundo conocido puede sobrecogernos. Pero el sino y el destino intervendrán para redirigir nuestros pasos. (El sino es cómo se despliega la vida cuando dejamos que el miedo determine nuestras elecciones. Sin embargo, la senda del destino se nos revela cuando afrontamos el miedo y hacemos elecciones conscientes.) Si hacemos frente a nuestras circunstancias sin enfado ni desesperación y tomamos la determinación de hacer lo mejor, fortalecemos nuestro futuro.
Un hombre me explicó que lo perdió todo —su trabajo y su matrimonio — el mismo día. Pero, aun así, en ese día crucial experimentó uno de los momentos más conscientes de su vida y se dio cuenta de que tenía dos elecciones: sumirse en la rabia y la amargura y consumirse en el enfado; o bien tomar conciencia de sólo Dios puede romper tan perfectamente las conexiones de una persona con su pasado. Decidió que la forma más sensata de soportar aquel sufrimiento era aceptar que había un razón de que su pasado tuviera que ser barrido tan de golpe. Decidió avanzar hacia delante con fe y construir una nueva vida.
Linda T. perdió su casa en un tornado. Escribió: «Con sólo dos días de antelación, me dijeron que el edificio donde vivía con mis hijos estaba condenado y tuvimos que evacuarlo por razones de seguridad. No tenía dinero ahorrado ni tampoco un seguro para una situación así. La compañía de mudanzas a la que llamé vino en mi recate en un tiempo récord, me trasladó los muebles y me permitió dejarlos en el servicio de guardamuebles por la
mitad del precio habitual, así como abonar los gastos cuando me hubiera recuperado económicamente. Aquello fue un regalo de Dios.»
Cuando nos damos cuenta de que la ayuda que hemos recibido ha sido un regalo de Dios, la guardamos en nuestra reserva de gracia para la supervivencia. El hecho de que la compasión inspirara a la gente y la llevara a ayudar a Linda es como un mensaje de lo divino que nos recuerda que no estamos solos. Para sobrevivir a una experiencia traumática necesitamos el amor y el apoyo de nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos e, incluso, de los desconocidos. Pero también necesitamos encontrar un sentido y un propósito a nuestra experiencia y decidir que la resistiremos.
Deborah P. escribe sobre otra experiencia traumática: «Mientras mi marido y yo estábamos de viaje, entraron ladrones en casa y nos robaron muchos objetos de gran valor. Nuestros vecinos se encargaron de todo hasta que encontramos plaza en un vuelo. Se quedaron despiertos hasta que el cristalero hubo arreglado la ventana, lo que no ocurrió hasta las dos de la madrugada. Pero lo que más valoramos de todo fue que acudieran al aeropuerto para darnos su apoyo y ayudarnos a encajar lo sucedido.» Este tipo de apoyo nos recuerda que la vida y las conexiones personales son mucho más valiosas que las posesiones materiales.
Oh, Dios, protege nuestras salidas y nuestros regresos. Déjanos compartir la hospitalidad de este hogar con todo aquel que nos visite, para que todos lo que entren aquí puedan conocer tu amor y tu paz.
Oración para bendecir una casa Romper con nuestra vida anterior y con nuestras raíces familiares es inquietante e intimidador. Es difícil volver a empezar de nuevo en un sitio completamente desconocido, sobre todo cuando dejamos un lugar de amábamos de verdad. Dar la bienvenida a un recién llegado, sea al vecindario o a la oficina, puede, sin lugar a dudas, ayudarle a adaptarse a la novedad. Cuando aceptamos a un extraño en nuestra tribu, le proporcionamos un bautismo simbólico. Las siguientes cartas muestran brevemente que un corazón abierto puede cambiar radicalmente las cosas en este tipo de situaciones.
Jennie M. escribió: «Cuando dejé Irlanda para ir a vivir a Nueva Zelanda, que está en la otra punta del mundo, la gente de allí supo encontrar tiempo en sus ajetreadas vidas, familias y trabajos para llevarme a sitios y enseñarme cosas que me hicieran más fácil el proceso de establecerme allí. No conocíamos a nadie y sabíamos muy pocas cosas sobre Auckland y Nueva Zelanda. No pedí ayuda, pero siempre me la ofrecieron voluntariamente, y la amistad y sincera amabilidad de aquella gente hicieron que nuestra transición fuera como cruzar la calle para ir a la casa de un vecino bien conocido y tomar una taza de té.»
Cora explica: «Vine a Alemania en 1987, procedente de Rumanía bajo el régimen comunista de Ceauşescu. Dos personas nos invitaron a mí y a mi familia a quedarnos en su casa y nos ayudaron al darnos la información que necesitábamos y el calor de una familia. Ahora yo hago lo mismo porque sé que es muy importante contar con el apoyo de una familia para sentirse en casa.»