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Los chakras quinto, sexto y séptimo

En la mitad superior del reloj de arena se encuentran los chakras quinto, sexto y séptimo. Estos tres centros energéticos están relacionados con los poderes internos superiores. La conciencia más elevada de los chakras superiores trasciende los valores territoriales de los chakras inferiores y nos ayuda a ir más allá del pensamiento tribal anclado en la tierra. Las energías de los chakras superiores tienen el potencial de ayudarnos a liberarnos del miedo y de permitirnos ver nuestro potencial ilimitado. A través del constante flujo de energía entre los chakras inferiores y los superiores, viviendo en el mundo material y fomentando la conciencia de lo espiritual, el poder visible se transforma en un poder superior e invisible. La energía de los chakras superiores también nos motiva a avanzar desde las formas individuales y egocéntricas de ver los acontecimientos a buscar un significado simbólico y más profundo que trasciende los detalles.

A lo largo de mis años de trabajo como intuitiva médica, he visto a mucha gente que se aferraba a las heridas y al dolor emocional del pasado en detrimento de su salud y de su vida. Esta gente se puede pasa r y se pasa años haciéndose una pregunta que no tiene respuesta real: «¿Por qué me ocurrió eso a mí?» Es imposible curar esas heridas mediante el razonamiento lógico o reviviendo los detalles para intentar encontrar un culpable. Nunca he visto que el hecho de culpar a otra persona propiciara la curación de alguien. Pero la decisión de buscar un propósito superior más allá y por encima de la situación y el dolor personales es tremendamente sanadora.

Supongamos, por ejemplo, que una persona tuvo una relación terrible con uno de sus padres o un hermano durante la infancia, lo que es muy habitual, como lo es el hecho de estar resentido y tener recuerdos desagradables al respecto. En vez de sumirse en la energía negativa y los detalles antiguos celos o decepciones, recomendaría a esa persona que diera un paso atrás y mirara objetivamente el lienzo completo de su vida. ¿La forma en que afrontó esa difícil situación emocional le preparó para afrontar posteriores desafíos? Hemos de buscar formas de valorar y sacar partido a

nuestras experiencias, sobre todo a las difíciles. Para conseguirlo, deberemos reunir la voluntad y la valentía necesarias para reconocer cualquier orgullo o enfado que sintamos, el cual, de alguna manera, nos mantiene estancados en la idea de que nosotros actuamos correctamente. Estar en lo cierto o tener razón, cuando implica estar enfadado o ser infeliz, no tiene ninguna utilidad para nadie, y menos para nosotros mismos. Hemos de superar esta forma de ver las cosas.

Todo tiene su moraleja, si uno sabe descubrirla.

Lewis Carroll

Cuando ampliamos nuestra perspectiva y nos hacemos una idea más global de las cosas, descubriendo patrones y temas recurrentes, utilizamos lo que yo denomino visión simbólica. Esta perspectiva más amplia y mejor nos ayuda a ver el tipo de retos que recurren en nuestra vida y que estamos llamados a afrontar; así como las facultades que debemos desarrollar. ¿Podemos encontrar algún patrón recurrente en nuestro comportamiento o en los sucesos que nos ocurren, alguna coincidencia o señal —pruebas de la gracia— que indiquen hacia dónde vamos y cuál es nuestro propósito? Muchas de las personas que me escribieron superaron sus dificultades precisamente porque descubrieron la gracia de propósito obrando en sus vidas.

Cada vez que nos encontramos con alguien, inconscientemente respondemos con una actitud compasiva o crítica. Podemos responder con miedo —basado en una falsa creencia sobre el poder— sintiéndonos personalmente intimidados, o con compasión: la conciencia superior. Si, cuando tenemos un conflicto, nos detenemos unos segundos y nos distanciamos, sentiremos intuitivamente cómo cambia nuestra reacción.

Maeve escribió sobre sus remordimientos por no haber ayudado a una persona que no necesitaba ayuda: «Una noche salí con dos amigas y nos paramos a comprar algo en un establecimiento de comidas preparadas para llevar. No comí nada de lo que compré, con la idead de cenar al llegar a casa. Cuando estábamos saliendo del establecimiento, me paró un hombre que me preguntó si llevaba comida y si se la podía dar. Me lo pidió tres veces. Yo le

dije que no las tres veces, pues había comprado una plato especial que sabía que no volvería a comer en algún tiempo. Cuando llegué a casa aquella noche, abrí la bolsa de comida y descubría que se había agriado, de modo que la tuve que tirar. Nunca olvidaré a aquel hombre hambriento.»

¿Qué es lo que nos hace rehuir a una persona hambrienta o a un mendigo o reconocer, en cambio, que sólo de la gracia divina depende que no estemos en la misma situación que él? A veces miramos hacia otro lado porque tememos que las circunstancias de esa persona nos visiten también a nosotros. El instinto de supervivencia nos hace desear alejarnos de ella lo antes posible, pero la voz interior a menudo nos hace afrontar la realidad y la necesidad. La voz interior de Maeve, de hecho, le dijo que debería haberle dado la comida a aquel hombre. Nuestra voz interior a menudo nos insta a actuar compasivamente, traspasando los límites que marcan nuestros patrones normales de miedo y autoprotección.

De todos modos, a veces la voz interior nos lleva a decir no a otra persona, a denegarle la ayuda y a protegernos a nosotros mismos. Estaba comiendo en un restaurante con un amigo, cuando entraron dos niños y nos preguntaron por una dirección. El instinto me dijo que aquellos niños no eran de fiar, pero la mente me dijo que parecían demasiado inocentes. Nos contaron que se habían perdido e intentaban llegar a la casa de su tía, una historia que me hizo pensar que eran buenos chicos, aunque me seguían dando mala espina. Cuando acabaron de explicarnos lo mal que lo habían pasado —y de devorar la comida que les habíamos comprado— estuvimos a punto de pedirles un taxi para que llegaran sanos y salvados a su casa de su tía. Después de darnos las gracias por la comida y las indicaciones, salieron del restaurante… llevándose la cartera de mi amigo, que le robaron en algún momento ente la comida y la despedida. Si el instinto visceral nos insta a ayudar a otra persona y la mente intenta detenernos, lo mejor es que se lo preguntes al corazón para salir de dudas. Pero, si el instinto nos dice que nos protejamos, haremos bien en escucharle.

Cuando alguien nos pide ayuda, conviene que nos preguntemos: «¿Por qué yo? ¿Por qué esa persona me eligió a mí?» Cuando pregunto esto a mis alumnos, sus respuestas van desde: «Soy una presa fácil», y «Saben que no me podré negar» a «Dios quiere que ayude a los demás.» La intuición dirige a la gente hacia aquellas personas que la pueden ayudar. Con independencia de que alguien nos pida ayuda directamente o seamos nosotros quienes nos

demos cuenta por casualidad de que alguien parece tener problemas, nuestra intuición estará captando las señales procedentes de otro campo energético. Cuando ayudamos a un amigo o a un desconocido, o cuando pedimos ayuda, utilizamos el instinto visceral.

Al estar todos unidos por un campo energético común, podemos sintonizar con los sistemas energéticos de otras personas, con independencia de que sean amigos, familiares o desconocidos. Entonces comprendemos plenamente que las fronteras, meramente físicas y temporales, y las diferencias geográficas, culturales, religiosas y étnicas que nos separan no son más que ilusiones. En cuanto reconocemos esa gran verdad de que todos somos uno, la intuición nos llama a actuar incluso con la mayor valentía de la que jamás habíamos imaginado.

Cheryl relató una experiencia de este tipo: «Generalmente soy bastante reticente a pararme o recoger a las personas que veo en la carretera. Sin embargo, cuando me dirigía al trabajo en coche, vi a una mujer andando por el arcén y un coche parado con una rueda pinchada. Al principio, pasé de largo y tomé mi salida habitual. Pero algo en mi interior me dijo que no podía llegar a la oficina y sentarme ante mi mesa, como si nada. Giré, volví y le pregunté a la mujer si necesitaba algún tipo de asistencia o que la acercara a alguna parte. Ella me preguntó si la podía acercar a algún lugar para hacer una llamada y yo la llevé al restaurante más cercano. También le pregunté si tenía cambio para hacer la llamada. Aproximadamente dos semanas después, cuando salía de un colmado, me encontré con aquella mujer con su hija, de diez años. Se me acercó y me presentó a la niña; añadió que yo era la persona que le ayudó cuando había tenido problemas. Y también le dijo: “Ya lo ves, todavía hay gente buena en el mundo”. No he vuelto a ver a aquella mujer y lo único que puedo decir es que algo que vino de lo más profundo de mí ser me dijo que no podía dejar a aquella persona sola en el arcén. Y estoy muy agradecida por haberlo escuchado.»

Normalmente mantendríamos que una mera coincidencia que esas dos mujeres se volvieran a encontrar. Pero aprender que todavía hay gente buena en el mundo podría ser una gran lección espiritual para una niña. ¿Quién sabe cuántas personas en el mundo se beneficiarían del hecho de que esa niña crea en la bondad humana? Si aquello no fue un acto de poder y curación invisible inteligentemente disfrazado de rueda pinchada, entonces no sé qué fue. Los encuentros sincrónicos poseen un significado muy profundo; son

manifestaciones de un poder invisible que obra con nosotros y a través de nosotros.

Un ser humano es parte de lo que nosotros llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo y experimenta sus pensamientos y sus sentimientos como algo separado del resto […] una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es como una cárcel para nosotros, que nos limita a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas que están cerca de nosotros. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta cárcel ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a toda criatura y a toda la naturaleza en su belleza.

Albert Einstein

La ciencia y la religión nos dicen que somos energéticamente interdependientes; la materia y la energía son las mismas en todo el universo. Nuestras interconexiones espirituales y nuestras señales intuitivas forman, de hecho, una Internet energética que nos engloba a todos. Las circunstancias extraordinarias con personas con quienes es posible que no nos volvamos a encontrar físicamente en muchos años.

La próxima carta cuenta una historia extraordinaria sobre una conexión que es obvio que tenía que ocurrir, a pesar de que su punto de partida fue una tragedia. Christine P. escribe:

«En 1977, cuando acababa de empezar la universidad, me enamoré por primera vez; fue de un monitor de esquí que conocí en un cursillo. Los dos nos enamoramos profundamente. Él vivía en el norte de California y yo en Los Ángeles. Meses más tarde, en un puente a medio semestre, tuve la necesidad de verlo y convencí a una amiga para que me llevara en coche a donde él vivía. Fue maravilloso. Me sentí especial, amada y llena de esperanzas sobre aquella incipiente relación. Pero no tenía que ser.

»De vuelta a casa, cuando llevábamos tres horas conduciendo, a mi amiga y a mí nos sorprendió una lluvia torrencial, que, junto con una niebla muy densa, dificultó mucho la conducción. Nos paramos y esperamos a que pasara la tormenta. Entonces mi amiga me dijo que tenía la desagradable

sensación en la boca del estómago de que algo no iba bien. Eso fue sobre las diez de la noche. Llegamos a casa, sanas y salvas, alrededor de la medianoche. Decidí quedarme a dormir en casa de mi amiga porque estaba agotada.

»A la mañana siguiente recibí una llamada de un amigo íntimo de mi novio. El amigo me dijo que mi novio había salido la noche anterior con un grupo de conocidos a tomar unas copas. De vuelta a casa, el que había sido designado conductor del jeep de mi novio perdió el control del vehículo y éste se salió de la carretera, precipitándose por un empinado terraplén y acabando en un riachuelo. Todos los pasajeros salieron despedidos del vehículo, incluido mi novio, quien cayó justo delante del jeep, que lo arrolló y acabó con su vida. Los demás sólo tenían unos cuantos rasguños y magulladuras.

»Mi corazón se llenó de un dolor que jamás había experimentado. El proceso de curación fue lento y difícil y me pregunté si aquel dolor desaparecería alguna vez. Durante ese periodo, releí todas las cartas que me había enviado mi novio, miré las fotografías donde estábamos los dos juntos y seguí recordando todos los buenos momentos que habíamos compartido. Entonces se me ocurrió que debería enviar algunas de aquellas fotografías a sus padres, que vivían en Illinois. No los conocía, pero conseguí su dirección y les escribí una carta muy emotiva acompañando las fotografías. Se creó un vínculo muy especial entre la madre de mi novio y yo, un vínculo que se convirtió en una profunda amistad que ya ha durado veintiséis años. Veinte años después de la muerte de mí primer novio, tras incontables cartas, regalos, llamadas telefónicas y un gran apoyo por su parte durante mi matrimonio de diez años y posterior divorcio, por fin decidí hacer una visita a aquella mujer. Tuve que conducir tres horas desde el aeropuerto de Chicago hasta un pequeño y tranquilo pueblecito rural. Cuando llegué a su casa, me encontré la entrada principal adornada con globos en señal de bienvenida y a una menuda y dulce mujer esperándome con los brazos abiertos. El tiempo que pasamos juntas fue tan especial que supe que aquella amistad tenía que ser. Habíamos establecido un vínculo como de madre e hija. Sus dos hermanas y sus familias también me abrieron las puertas de sus casas.

»Dios cierra un capítulo y comienza de nuevo en el siguiente, un anteproyecto de amor y compasión al que nosotros vamos dando forma con detalles únicos. La muerte de mi primer amor no fue en vano, y cada días

recuerdo que las formas que tiene Dios de proveer son increíblemente sencillas, pero siempre sumamente poderosas. Quienquiera que busque la esencia en las cosas materiales, seguro que se pierde la mayoría de los regalos que nos hace Dios cada día.»