Cada chakra tiene una palabra que caracteriza su energía. La del primer chakra es tribu. El lema de este chakra es «Todos somos uno.» El primer chakra es la conexión con nuestras raíces, nuestro mundo físico, nuestra familia. Es el sistema de apoyo básico, el campo energético que más implicado está en las tareas básicas de la vida y la supervivencia: techo, comida, ropa, trabajo, familia y amigos. El primer chakra contiene la energía de nuestra conciencia primordial —de nosotros como parte de una familia—. El sacramento del bautismo es el rito que yo asocio al primer chakra, el cual simboliza que somos aceptados por nuestra familia o comunidad. Los sacramentos se basan en conexiones divinas. No los celebramos sólo porque sean costumbres sociales. Transmiten valores humanos y divinos importantes y universales. Crean conexiones divinas entre nuestras conciencias y nuestras almas, entre nosotros y los demás, y entre nosotros y Dios.
La tarea vital o desafío espiritual del primer chakra es aceptar nuestra vida física en el embalaje en que vino y saber ver ese embalaje como esencial para nuestra encarnación y nuestro viaje sagrado. En otras palabras, nos bautizamos. Cada uno de nosotros tiene alguna imperfección sagrada, algo que se nos ha dado para que lo soportemos sin rendirnos —tal vez sea un trastorno físico o una carga familiar con la que tenemos que aprender a vivir — algo que nosotros no podemos cambiar pero que deber cambiarnos a nosotros. Debemos conectarnos con el misterio divino a través de esa imperfección sagrada. Esa marca o carga que nos otorgaron los dioses en el momento de nuestro nacimiento nos indica que nuestra vida no se desplegaría siendo una secuencia lógica y ordenada de correcto e incorrecto, bueno y malo, dolor y placer. Buscaremos la bendición en la roca que no podamos apartar de nuestro camino y nos sentiremos agradecidos por nuestras vidas, aceptando ese viaje que sólo nosotros podemos vivir. El momento en que dejamos de preguntarnos «¿Por qué a mí?» y aceptamos que algunas cosas no se pueden explicar racionalmente marca el principio de la aceptación del misterio espiritual de la voluntad divina. En muchas de las
cartas que recibí, sus autores citaban el momento en que se desprendieron de la necesidad de saber por qué se encontraban en una situación difícil como el primer paso en el camino del fortalecimiento personal. La Oración de la Serenidad con que concluye este capítulo nos puede guiar en esta tarea: «Dios, concédeme la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar.»
Carol C. escribió: «El acto de servicio más importante que jamás me han hecho cuando mi hermana me donó un riñón. Literalmente, me salvo la vida. A un nivel emocional, me di cuenta de cuánto amor me rodeaba y todavía estoy sorprendida por la cantidad de gente que rezó por mí. En el plano simbólico entendí que aquello formaba parte de mi contrato con mi hermana, así como con todas las demás personas a quienes les conmovió mi experiencia. Tenía que someter mi voluntad a la voluntad divina. Para mí, sentirme tan vulnerable y tener que pedirle a alguien que hiciera un sacrificio como aquél era como intentar hablar en un idioma desconocido. El hecho de que ni siquiera tuviera que pedirlo porque todas mis hermanas y mi marido me ofrecieron un riñón para que siguiera viva me colmó de gratitud.»
La ley de la energía —lo semejante se atrae— gobierna a la totalidad de la comunidad humana. Un hombre se paró en una gasolinera y le preguntó a un empleado:
—¿Cómo es la dente de esta ciudad? Estoy pensando en venirme a vivir aquí y me gustaría saber con antelación qué tipo de vecinos me voy a encontrar.
El empleado de la gasolinera le contestó:
—Bueno, ¿cómo son sus vecinos en la ciudad donde vive usted? El hombre respondió:
—Son unos cotillas desagradables que nunca tienen una palabra amable para nadie.
—Vaya —contestó el encargado—, siento decirle que se encontrará más o menos lo mismo en esta ciudad. Le recomiendo que siga buscando,
Después se paro otro hombre en la gasolinera e hizo la misma pregunta al mismo empleado:
—¿Qué tipo de gente vive en esta ciudad? Y, de nuevo, el empleado le contestó:
—Bueno, ¿qué tipo de gente vive cerca de usted ahora? —Gente afable, maravillosa —contestó el hombre. Y el empleado le respondió:
—Encontrará más o menos lo mismo en esta ciudad.
La ley de la atracción, obrando a través del primer chakra, atrae hacia nosotros tipos de personas que reflejan nuestros valores sociales, morales, políticos, étnicos y religiosos. Entre los valores, se incluyen las actitudes que tenemos ante la sociedad y cómo vemos la naturaleza esencial de la humanidad. ¿La gente es fundamentalmente buena o mala? ¿Estamos dispuestos a ayudar a los demás? ¿Puede el universo enviarnos gente cuando la necesitamos? ¿Podemos contar con eso cuando necesitemos ayuda? Todas éstas son preguntas del primer chakra sobre las cuales todos nos posicionamos hace mucho tiempo, incluso aunque no nos las planteáramos conscientemente. Las respuestas a estas preguntas determinan cómo nos conectamos con la energía de la gente que nos rodea, pertenecemos a una comunidad, echamos raíces y creamos un hogar donde nos conocen y nos quieren.
El primer chakra simboliza la conexión individual con los demás, la cual atrae a la gente hacia nuestra casa, en forma de amigos, vecinos y hacedores de milagros, como descubrió Linda B. cuando tuvo que afrontar unas circunstancias vitales que no podía cambiar sino tan sólo aceptar. Linda escribió: «Mi hijo de cinco años, que tiene diabetes de tipo 1, se hizo amigo de un vecino de su edad cuya madre se preocupó de aprender a controlar los niveles de azúcar en sangre de mi pequeño y administrarle insulina, lo que es una gran responsabilidad. Ella había visto una vez una ambulancia delante de nuestra casa cuando tuvimos una urgencia, pero hizo el esfuerzo para que los niños no tuvieran que jugar siempre en mi casa, como ocurre con los demás amigos de mi hijo. Su valentía enseñó a mi hijo que hay otras personas que pueden hacerse cargo de él y también me dio a mí un respiro que tanto necesitaba. Con aquel acto, mi vecina se convirtió en una amiga para siempre.»
Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; todo hombre es un fragmento del continente.
John Donne
Cada chakra contiene una verdad universal que vibra constantemente en el interior de nuestro campo energético. La verdad «todos somos uno» resuena en el interior del centro energético del primer chakra y nos hace
plantearnos la pregunta: «¿En qué medida somos responsables los unos de los otros?» Ésta es, sin lugar a dudas, una de las preguntas filosóficas y teológicas centrales de la vida, por no decir la cuestión arquetípica que gobierna el mundo. Exactamente, ¿en qué medida somos responsables los otros? ¿Soy el guardián de mi hermano? La pregunta sobre la responsabilidad se puede enfocar desde una perspectiva moral y también desde una perspectiva ética, pero se trata fundamentalmente de una cuestión espiritual individual. Cada uno de nosotros tenemos que respondernos a esa pregunta. Y cada uno de nosotros tenemos que respondernos a esa pregunta. Y se nos pedirá que la respondamos una y otra vez, como si estuviéramos haciendo constantemente un examen cósmico.
Una noche mientras estaba viendo un programa de televisión con una amiga, irrumpió un anuncio que instaba al espectador a enviar ayuda a los niños pobres y que pasan hambre. Mi amiga dijo:
—Dios mío, pobrecitos. Espero que la gente responda.
Aquella misma noche llamó para hacer una donación. Su empatía, auténticamente sentida, fue una respuesta natural del primer chakra: el reconocimiento de su parentesco con las personas que viven en el mundo y la aceptación de sus responsabilidades para con ellas, que le llevaron a responder a sus necesidades de asistencia básica.
Se necesita una valentía considerable para abrir el primer chakra de par en par y admitir la verdad de algo que va en contra de lo que nos ha enseñado nuestra familia o tribu. Por ejemplo, si nuestro clan nos enseñó que la gente debe cuidar de sí misma, pero nosotros creemos que debemos ayudar a los demás, Dios nos enviará gente a la que ayudar, y deberemos afrontar la desaprobación de nuestra tribu, comunidad o grupo de amigos. El hecho de reconocer cualquier sentido de responsabilidad para con los demás también es un despertar espiritual. E implica reconocer la autoridad de las leyes universales sobre las leyes físicas o las obligaciones sociales.
Incluso aunque una persona no reconozca conscientemente una verdad universal, ésta le va afectar encontrará oportunidades para reconocer, por ejemplo, que todos somos uno hasta que convierta esa verdad en parte de su credo vital y actúa de acuerdo con sus dictados. En cuanto esa persona se abra a esta ley, percibirá una intensificación de su intuición. Y sintonizará más con las personas que tienen preocupaciones y vulnerabilidades relacionadas con el primer chakra. Por ejemplo, será más receptiva a la gente necesitada e
intentará ayudarla más que antes, o se desprenderá gradualmente de sus juicios negativos sobre las personas, porqué habrá dejado de tenerles miedo tanto a ellos como a sus circunstancias y de ver estas últimas como algo contagioso, como hace mucha gente.
Por descontado, no podemos ayudar a todo el mundo, ni se espera de nosotros que lo hagamos. Debemos practicar el discernimiento incluso cuando escuchamos a nuestra intuición. Mucha gente afirma que se siente responsable de todo el mundo, lo que es una preocupación exagerada, desproporcionada y que se escapa a nuestro propósito. Antes de dedicarnos a ayudar a todo el mundo, nos dedicaremos a ayudar a nuestra familia, nuestros amigos, y, como recomendó santa Teresa de Jesús, nuestros vecinos; entonces sabremos que estamos sirviendo a Dios. La intuición y el sentido común nos mostrarán el camino.
Allen M. compartió su experiencia de ofrecer la ayuda que él sabía que podía ofrecer —y aceptar la ayuda que le ofrecían los demás— en su carta: «Un día a la semana trabajo como voluntario dirigiendo un programa a pequeña escala de reparto de ropa entre las personas que no tienen casa. El pasado invierno dos colegas míos dedicaron un par de horas a ayudarme a transportar quinientos abrigos que nos había cedido una organización externa. Fue una gran ayuda, porque yo tenía que completar un largo proceso de rellenar solicitudes de gente para que pudieran recibir los abrigos y no tenía ni idea de cómo los iba a transportar.» Si Allen no hubiera aceptado la ayuda de otras personas en su misión, todavía estaría trabajando en aquella labor.
Los cuentos y leyendas populares también aconsejan escuchar a nuestra guía interior y aceptar la ayuda que nos ofrece.
En Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola Estés no explica la historia de la bruja Baba Yaga y la huérfana Vasalisa, cuya madre, en su lecho de muerte, le entregó una muñequita mágica para que le guiara. Cuando Vasalisa es conducida a las profundidades del bosque por su malvada madrastra y sus hermanastras, aparentemente para encargarle la misión de conseguir ascuas para hacer fuego, que están en posesión de Baba Yaga, la niña confía en las instrucciones que le va dando la muñeca —que simboliza su espíritu o intuición— para que la guíe a través de multitud de senderos oscuros hasta la casa de la bruja. Allí, antes de entregarle el fuego, Baba Yaga propone muchas tareas imposibles a Vasalisa, incluyendo separar cosas entre
sí —separar el maíz mohoso del bueno, las semillas de amapola de la suciedad— y contestar preguntas misteriosas. La niña realiza correctamente todas las tareas y responde bien a todas las preguntas consultando a su muñequita, es decir, confiando en su sabiduría innata y en la intuición del primer chakra: un regalo de su madre o su tribu. Del mismo modo, nuestra intuición nos guía para que podamos llevar a cabo tareas aparentemente imposibles y nos enseña a afinar nuestros juicios. Aprendemos a distinguir entre las creencias tribales viejas y gastadas y las ideas nuevas y útiles, y a separar las semillas de información reconfortante de la suciedad y la mugre que nos rodea.
A Hércules, el héroe arquetípico, le asignaron doce tareas en apariencia imposibles. Siempre que parecía no iba a poder completar una tarea, se presentaban las deidades compasivas Hermes (el mensajero) y Atenea (la sabiduría), símbolos de la guía interior o intuición. Mediante su esfuerzo, sufrimiento y servicio, el mismo Hércules se convirtió en un dios, muy venerado en la Grecia clásica como modelo de las virtudes de la fortaleza, la perseverancia y la aceptación de las tareas vitales.
Soy sólo una persona, pero aun así soy una. No puedo hacerlo todo, pero puedo hacer algo. No renunciaré a hacer algo que puedo hacer.
Helen Keller
Cuando nos permitimos preocuparnos por los demás, la vulnerabilidad de nuestro espíritu se pone inevitablemente de manifiesto. Una vez que esa vulnerabilidad se instala en nuestro interior, es difícil desconectar ese sensor intuitivo. Allen M. comenta: «Tenemos una idea tan romántica de los santos que no nos podemos imaginar a la madre Teresa de Calcuta teniendo que tomar decisiones difíciles sobre ayudar a una persona en vez de otra. Y hasta que nos encontramos en esa disyuntiva, no nos podemos imaginar que los necesitados y las personas sin hogar a quienes no podemos ayudar sentirán cualquier cosa menos agradecimiento. Sí, es posible que la naturaleza espiritual de la madre Teresa fuera de tal calibre que pudo disipar cualquier
sentimiento negativo de aquellos a quienes ayudaba. Pero es más probable que Dios le enviara elecciones difíciles como las que nos envía a todos y que en algunos momentos llegara a cuestionarse si había hecho una elección acertada. De todos modos, yo supongo que fue la gran persistencia con la que siguió eligiendo servir desinteresadamente a los demás, con independencia de las decisiones difíciles que tuviera que tomar, lo que realmente purificó su espíritu.»
Janie G. añade su propia sabiduría a la práctica del servicio, escribiendo: «Si todo el mundo pensara en cómo ayudar a otras personas siempre que se le presentara la oportunidad, el mundo sería un lugar más pacífico. Yo tengo cuidado en dar sólo cuando es apropiado sin fomentar la codependencia o los intercambios inapropiados. Y he desarrollado la capacidad de discernir cuando el servicio es (o no es) apropiado.»
La historia de Jaine G. trata sobre un desafío a la supervivencia típico del primer chakra. Escribe: «Mi marido y yo llevábamos treinta años juntos. Hace siete años, atravesamos una época muy difícil y nos separamos para intentar aclararnos un poco. Dimos una breve explicación a nuestros hijos mayores, de dieciséis y dieciocho años, y les dijimos a los dos pequeños, de ocho y diez años, que a su padre le había salido un trabajo lejos de casa y que pasaría fuera una temporada. En aquel entonces yo tenía dos trabajos, aparte de tener que cuidar de mis hijos pequeños, y estaba bastante agobiada. Sin que yo les pidiera ayuda, mis dos hijos mayores redujeron sus actividades y dedicaron incontables horas a cuidar de sus hermanos menores, cocinar y llevarlos en coche a diversas actividades. Siempre me habían echado una mano, pero estuvieron especialmente volcados en ayudarme durante todo aquel año sin que yo se lo tuviera que pedir. Me conmovió tanto lo dispuestos que estuvieron a limitar sus actividades sociales para apoyarme que estuve de acuerdo en intentar arreglar las cosas con su padre. Ahora estamos de nuevos todos juntos y felices, organizando la boda del mayor, que ha aprendido que las relaciones pueden salir adelante con el amor y el apoyo de la familia.»
Por supuesto, no todas las formas de asistencia o servicio emergen en situaciones de crisis. Pero en las historias que figuran a continuación, la ayuda llegó justo cuando alguien más la necesitaba.