Hay que decir la verdad y decirla afablemente, no se debe decir la verdad de forma desagradable, no se debe mentir sólo para complacer, ésta es la ley eterna.
Leyes de Manu
A menudo dudamos en seguir los dictados de la intuición por miedo. Todavía más a menudo, nos asustan los cambios que pueden conllevar nuestras acciones en nuestras vidas. Sin embargo, la guía intuitiva sólo trata sobre el cambio. Es información energética dotada del potencial de influir en el resto del mundo. Temer el cambio pero anhelar la claridad intuitiva es como temer la noche fría y oscura mientras vertemos agua sobre el fuego que ilumina nuestra cueva. En el quinto chakra, el centro de la «elección y la consecuencia», una revelación del tamaño de un grano de mostaza tiene suficiente fuerza como para traer una ilusión del tamaño de una montaña. La verdad pega sin misericordia. Tememos a nuestras intuiciones porque tememos el poder de transformacional que contienen nuestras revelaciones.
Cuando tenemos admitir lo que sabemos, nos convertimos en verdaderos expertos en el arte de la inconsciencia deliberada. Todo padre o madre que ha negado durante meses o años la adicción a las drogas de su hijo lo sabe. Toda mujer que ha ignorado las infidelidades de su marido lo sabe. Pero ignorar la verdad sólo crea más mentiras y energía destructiva.
Sin embargo, en cuanto admitimos la verdad, nuestra vida entra en una órbita de cambios, lo queramos o no. Algunas de las cartas que recibí trataban sobre la capacidad de sus autores de afrontar una información
dolorosa. Ellos fueron capaces de valorar al mensajero, en vez de dispararle. Y, a raíz de la aceptación de los hechos, aconteció un cambio personal positivo en sus vidas.
Sylvia L. escribe: «Los actos de servicio no siempre se viven como algo agradable; a veces la ayuda llega cuando alguien está dispuesto a decirte algo que necesitas oír aunque lo más probable es que no quiera oírlo. Éste es el tipo de ayuda que yo recibo más a menudo —un sándwich de realidad y verdad—. Frecuentemente no quiero oír lo que me dicen, pero bendigo a esas personas que son capaces de ignorar mis rasgos de personalidad y van directamente a lo más profundo de mi ser. Es algo que me saca de quicio, pero lo significa todo para mí. La verdad es que se me quiere a pesar de lo sumamente olvidadiza que soy.»
Deb M. escribió: «Cuando me acababan de diagnosticar un trastorno bipolar, los rápidos y cíclicos cambios de mi estado de ánimo asustaron a mis amigos, familiares, vecinos, y, después de un fuerte episodio maniaco en el trabajo, también a mi jefe. Me confiné en casa, deprimida, con tendencias suicidas y fuertemente medicada. La distribuidora de productos Avon empezó a pasar cada vez más tiempo conmigo y a escuchar mi desesperación. Ella tenía muchas clientas, trabajaba día y noche, pero siempre encontraba tiempo para mí. Empezó a sacarme a comer dos veces por semana. Desestimó todas las excusas que yo le daba – mi aspecto desaliñado, que no tenía dinero, que estaba demasiado cansada—. Me sacó de casa: al sol, a caminar (antidepresivos naturales). Ahora yo tengo las puertas abiertas para la gente y escucho a los desconocidos. Me acuerdo de cuando estaba sola y nadie tenía tiempo para escucharme, nadie más que aquella mujer. Estoy devolviendo a los demás lo que más me ayudó a mí: la atención afectuosa de otra persona. El único momento en que dudé de mi apertura fue cuando me violó un conocido en quien confiaba. Incluso entonces supe que mi apertura es una parte esencial de mí que no podía cerrar. Ésta es mi ofrenda al mundo: la capacidad de escuchar y de conectar emocionalmente con todo tipo de gente.»
De todos modos, las acciones intuitivas no siempre tienen que ver con el dolor. En la cara amable del hecho de compartir con valentía, Pat C. escribe: «Hace un año y medio tomé la decisión de decir en voz alta a las personas con quien estuviera hablando cualquier cumplido o pensamiento positivo que se me ocurriera. Durante muchos años había pensado: “ ¿Y a
quién le importa lo que yo piense?” Cuando me di cuenta de que a la gente le importa menos lo que pienso sobre mí y más lo que pienso sobre ella, me resultó más fácil compartir mis pensamientos. Lo que me motivó fue comprobar cómo reaccionaba la gente a los cumplidos. Hace poco he empezado a explicar lo que hago con la esperanza de extender el hábito.»
A veces, las experiencias traumáticas de otras personas nos ayudan a curarnos de nuestros propios traumas. El poder del quinto chakra incluye ser receptivo a las palabras y experiencias de otras personas y saber agradecer la sabiduría que nos intentan impartir. La curación a veces requiere un testigo capaz de observar o escuchar compasivamente nuestra pena y mitigarla. Un testigo curativo puede ser cualquier persona, desde un terapeuta o un médico hasta un amigo de confianza o, como en la próxima carta, un perfecto desconocido. Cuando nos encontramos con un testigo curativo, debemos aceptar la bendición de ese momento.
Janelle D. escribe: «Sentarse a escuchar mientras alguien habla y dejar que esa persona se encuentre con sus sentimientos y experimente sus emociones sin comentar nada, y crear un espacio seguro para que esa persona pueda encontrar su camino, con independencia de la coyuntura en que se encuentre, es un acto de servicio. Cuando tenía veintiún años, viajé por Europa haciendo autostop. Me violaron y me abandonaron en un área deshabitada. Cuando recuperé un poco la compostura, intenté que alguien me acercara a una zona habilitada. Volví a hacer autostop y me recogieron tres hombres diferentes en tres vehículos diferentes. Uno era un conductor de camión que no hablaba ninguno de los dos idiomas que yo hablo. Se mostró preocupado por lo que me había ocurrido, pero no podía comunicarse conmigo. El segundo hombre era un norteamericano que, básicamente, creía que yo había tenido lo que merecía. La tercera persona que me paró fue un anciano. Llevaba traje y tenía la más dulce de las sonrisas. En cuanto me subí al coche, se dio cuenta de que estaba alterada, y, al cabo de un raro, me preguntó que me había pasado. Yo se lo expliqué y él se quedó en silencio durante un buen rato. Al final, respiró profundamente y me habló. Me gustaría poder recordar las palabras exactas que dijo porque fueron sumamente elocuentes. Básicamente me contó que había estado en un campo de concentración durante la guerra. Todos los miembros de su familia habían muerto en campos de concentración o habían sido asesinados por ser judíos. Ninguna de las personas que él conoció antes y durante la guerra había
sobrevivido. Había sufrido tanto y había visto tanto sufrimiento a su alrededor que sabía que Dios tenía una finalidad especial para mantenerlo con vida. De modo que ahora, cuando veía a alguien que parecía necesitar algo, como yo, intentaba ayudarle porque él sabía qué es estar solo, desamparado y sin esperanzas. Y por eso podía entender lo que sentía y por lo que estaba pasando. Me dijo: “Te ha ocurrido algo terrible. Dios te dará la oportunidad de ayudar a otros porque tú has experimentado el dolor que ellos sentirán. Dios te guiará para que lo hagas, del mismo modo que me ha guiado a mí todos estos años.” Entonces me llevó a un albergue juvenil donde pasé la noche y arregló las cosas para que me pudiera quedar también al día siguiente a fin de descansar y recuperarme. Yo no tuve que hacer nada. La mujer del albergue me cuidó porque él se lo pidió. Nunca supe cómo se llamaba, pero sus palabras me ayudaron a encontrar el consuelo y, gracias a él, pude descansar y recuperarme en un lugar seguro.»
Esto es gracia sanadora en acción.