La virtud del universo es la totalidad. En él todas las cosas se consideran iguales.
Tao Te Ching
Ayudar a los demás no es sólo un ideal social, es un ideal espiritual y una necesidad espiritual. Prácticamente todas las tradiciones nos dicen que, ayudando a los demás, servimos a lo divino. Nadie puede evolucionar en conciencia espiritual de manera aislada. El Talmud afirma: «Todos los hombres son responsables los unos de los otros.» Y Jesús enseñó: «Lo que hacéis al más pequeño de mis hermanos, me lo hacéis a mí.»
Los cuentos populares y de hadas también están llenos de lecciones sobre los valores del amor, la compasión, la generosidad y el cuidado de la familia, los amigos, los enfermos y los ancianos. Éstas son las virtudes que le importan a Dios. Y éstas son las virtudes que debemos desarrollar e ir puliendo en nuestro viaje espiritual.
Las enseñanzas místicas clásicas nos recuerdan que el proceso de la iluminación se despliega para cada uno de nosotros a lo largo de un camino que recorremos solos. Pero, en ese camino, importan todas las personas con
quienes nos cruzamos. Nuestro hambriento compañero de viaje puede ser un ángel disfrazado, que pondrá a prueba nuestra naturaleza virtuosa. En los cuentos populares, el generoso es ampliamente recompensado y el egoísta sufre desagradables consecuencias que incluyen en la pérdida de todas las posesiones, incluyendo el amor. El mensaje es que somos espiritualmente responsables los unos de los otros y que nuestro propósito en la vida es descubrir y cuidad lo divino que hay en el interior de cada persona.
El mensaje también es que los dioses o el cielo o el universo observan nuestras acciones, toman nota de ellas y nos recompensan en consonancia. En el Bhagavad Gita, el Señor Krishna dice al héroe Arjuna: «Participa en actos de servicio altruistas, / Porque el servicio puede conducirte al fin hasta mí.» El Corán hace hincapié en que Dios observa cómo distribuimos nuestra riqueza y evalúa nuestros actos para determinar cómo seremos bendecidos:
Una palabra cariñosa y un perdón valen más que una limosna seguida de agravio. […] ¡Creyentes! No malogréis vuestras limosnas alardeando de ella o agraviando, como quien gasta su hacienda para ser visto de los hombres, son creer en Alá ni en el último Día. Ese tal es semejante a una roca cubierta de tierra. Cae sobre ella un aguacero y la deja desnuda. No puede esperar nada por lo que ha merecido.
Comparemos esto con lo que predica Jesús:
Cuidad de no alardear de vuestras buenas acciones en público para atraer la atención; de lo contrario, no obtendréis ninguna recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando deis limosna, no lo pregonéis a los cuatro vientos; eso es lo que hacen los hipócritas en las sinagogas y las calles para ganarse la admiración de los demás. En verdad os digo que ellos ya han tenido su recompensa. Pero, cuando deis limosna, la mano izquierda no debe saber lo que está haciendo la derecha; dar limosna debe der un acto secreto, y el Padre, que ve todo lo que se hace en secreto, os recompensará.
En el judaísmo, el budismo, el taoísmo y la sabiduría de los indígenas americanos encontramos teologías del servicio similares; todas ellas señalan que hay una fuerza superior que toma nota de nuestro comportamiento. El budismo y el catolicismo son conocidos por su rica historia de santos, bodhisattvas y místicos, muchos de los cuales llegaron a ser venerados en virtud de su servicio a la humanidad. Por ejemplo, la obra de la madre Teresa de Calcuta con los pobres, los marginados y los enfermos de la India la hizo merecedora del respeto y la gratitud mundiales, así como el Premio Nobel de la Paz en 1979. Una vez dijo: «La peor enfermedad hoy en día… es la sensación de ser rechazado, de que nadie se preocupe de ti y todo el mundo te abandone. El peor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia el prójimo que vive en la calle, víctima de la explotación, la corrupción, la pobreza y la enfermedad.» La maldad ocurre, como se ha dicho muchas veces, porque la gente buena no hace nada, y Buda nos avisó de que no debemos subestimar la maldad, pensando que no nos afectará: «No penséis con ligereza sobre el mal diciéndoos “no vendrá a mí”. Igual que un cántaro se llena gota a gota, del mismo modo el necio, acumulándola poco a poco, se llena de maldad.»
Por descontado, hay pocas personas que se sienten impelidas a vivir como la madre Teresa de Calcuta, y dudo de que ni siquiera Dios espere que muchos de nosotros sintamos la misma llamada. Pero esa cantidad reducida de personas excepcionales —esos santos— hacen que examinemos nuestra propia reacción ante las personas que necesitan ayuda, así como nuestros valores personales y nuestras acciones.
En el linaje de santos que cambiaron una visión mística de la unidad de todas las almas con la práctica del servicio, otra Teresa, santa Teresa de Jesús (1515-1582), fue famosa en su tiempo. En su obra más conocida, Castillo interior o Las moradas, santa Teresa describe las etapas del despertar del alma como el recorrido a través de muchas moradas, cada una de las cuales contiene muchas celdas. Cada morada representa un nivel de conciencia superior de la naturaleza divina y la conexión con Dios, ascendiendo el alma a las distintas moradas a través de la plegaria y el trabajo consciente interior. Santa Teresa menciona siete planos interiores de oración, que groso modo se corresponden con los siete chakras, el quinto de los cuales es especialmente importante para nosotros: la quinta morada
simboliza la etapa del sometimiento, cuando elegimos entre adherirnos a la voluntad personal o a la divina, la sabiduría de la aceptación. (La aceptación también es el desafío inherente al quinto chakra.) Para utilizar el poder personal y la guía intuitiva al servicio de los demás y de lo divino, tenemos que aceptarnos a nosotros mismos y aceptar nuestro poder interior, así como reconocer la necesidad de desarrollar tanto ese poder como la responsabilidad.
Aquí santa Teresa explica a sus novicias por qué necesitamos amar y cuidar a nuestros semejantes:
El Señor sólo nos pide dos cosas: amor de Su Majestad y del prójimo […] La más cierta señal que (a mi parecer) hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos); mas el amor de prójimo sí. Y estad ciertas que, mientras más en éste os vierais aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene que, en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar.
Su mensaje de que las personas están unidas a Dios por sus actos de servicio está claro:
Obras quiere el Señor, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes porque ella lo como, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Ésta es la verdadera unión con su voluntad.
Para santa Teresa, el amor al prójimo es un «amor místico», una conexión transpersonal con lo divino que hay en el interior de cada persona. Al conectarnos con lo divino que hay en los demás, nos conectamos con Dios. Los hindúes también vieron la naturaleza divina en los hombres, tanto la
transitoria como la eterna. Otros místicos y santos católicos, como san Ignacio de Loyola y Thomas Merton, escribieron extensamente sobre cómo encontrar a Dios profundizando de manera consciente en el cuidado de los demás, y Teilhard de Chardin escribió sobre la unión mística de las almas.
Nuestras acciones —nuestras obras— son tanto una expresión de nuestra fe —nuestra creencia en la bondad— como una expresión de nuestro amor. Cuando un budista ayuda a los enfermos o los heridos, es como si estuviera ayudando al mismo Buda, que representa toda la humanidad. Los bodhisattvas se suelen representar con la cabeza ligeramente girada hacia atrás, como si miraran a los demás animándolos a seguir su guía. Y el Nuevo Testamento dice: «Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, cuanto necesitéis, tengáis aún sobrante para toda buena obra.»
Los místicos y los santos son plenamente conscientes de la presencia de Dios en su interior y en los demás. Su meta consiste en practicar esa conciencia en todo momento —en la oración, en las obras, cuando tratan con sus semejantes—. De esta práctica de percepción, de despertar y de abrirnos a quienes nos rodean y a lo que nos rodea, de esta conciencia de nosotros mismos y de nuestros semejantes, nacen los actos de poder invisibles.