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Dar, recibir y el deseo de reconocimiento

Dad lo que tengáis. Para alguien, puede ser mejor de lo que jamás habríais imaginado.

Henry Wadworth Longfellow

El filósofo griego Epicteto escribió: «El universo no es más que una gran ciudad, poblada por seres, divinos y humanos por naturaleza, que se aman los unos a los otros.» Cuidarnos los unos a los otros es una obligación cósmica que todos compartimos. Cada uno de nosotros es un fragmento individual de un alma colectiva y estamos llamados a ayudarnos mutuamente, a vivir con una conciencia compasiva de toda la humanidad.

Pero, si dar y recibir fueran cosas sencillas, la gente no experimentaría tanta ansiedad, culpa y preocupación con motivo de estos actos. Al igual que la mujer sobre la que hemos hablado antes, que no se sentía valorada por su

labor como voluntaria, todos debemos afrontar el reto de aprender a ofrecer nuestra ayuda desprendiéndonos del deseo de reconocimiento. Una mujer resumió las emociones de muchas personas: «No es que yo fuera buscando algún tipo de agradecimiento, pero estoy segura de que habría sido agradable recibirlo.» Cierto, pero, mientras recorramos el camino de la ayuda impersonal y espiritual, deberemos compaginar el imperativo de dar con nuestro deseos personales. Nuestra tarea consiste en infundir a nuestra acción toda nuestra fe y nuestra creencia en su bondad y verterla al universo para que obre invisiblemente.

Entre la multitud de cartas que recibí sobre ayudas desinteresadas, la de Ruth H. es una de las más encantadoras: «Ayudar a los demás forma parte del modo en que me educaron. No es que me adoctrinaran sobre ello; fue el ejemplo que me dieron mis padres, los monitores de excursionismo, los voluntarios del centro de asistencia, vecinos con ganas de ayudar y mis compañeros de trabajo. Por lo que solía explicar mi padre, sé que a él también lo educaron así. Su padre era policía durante los años de la Depresión, pero también tenía una pequeña granja y un huertecito a modo de afición. Con ocho hijos, aquella afición se convirtió en una necesidad. Cada sábado por la mañana mi padre y su hermano mayor llenaban un carrito con huevos y hortalizas y los repartían entre los vecinos que tenían apuros económicos. Hacían el reparto sin espavientos, ni siquiera llamaban a la puerta. Se limitaban a dejar la comida en los portales de las casas. Hace poco hice un curso sobre liderazgo para servir. Desde entonces intento aplicar los principios que allí aprendí en el trabajo, y me pregunto en las situaciones difíciles: “¿Cuál es la mejor forma de solucionar esta situación?” Estoy motivada a ayudar a los demás a sobrellevar sus problemas y por eso les hago saber que no están solos.»

Thomas Merton, el famoso místico católico, escribió un libro titulado Ningún hombre es una isla, que yo considero un tipo de teología propia del tercer chakra. Merton explora el dilema espiritual de cómo debemos aprender a amarnos a nosotros mismos —otra forma de decir que debemos desarrollar la autoestima— para poder dar verdadera, libre e invisiblemente a los demás. Merton describe con gran brillantez el reto de despertar a la verdad de que cuidarse a uno mismo tanto como a los demás también es una forma de servirlos. De hecho, en el fondo, uno no puede cuidar genuinamente a otra persona —libre de resentimientos y de deseos de reconocimiento— a menos

que tenga la misma consideración y el mismo amor por sí mismo. Merton escribe:

No podemos amarnos a nosotros mismos a menos que amemos a los otros; y no podemos amar a otros a menos que nos amemos a nosotros mismos. Mas un amor egoísta de nosotros mismo nos incapacita para amar a otros. La dificultad de este mandamiento radica en la paradoja de que amarnos de forma altruista porque incluso el amor a nosotros mismos es algo que debemos a los demás.

¿Qué quiero decir con amarnos adecuadamente? Quiero decir, en primer lugar, desear vivir, aceptar la vida como un inmenso don y un gran bien, no por lo que nos da, sino porque nos capacita para dar a otros.

Pero si vivimos para otros, descubriremos gradualmente que nadie espera que seamos como dioses. Comprenderemos que somos humanos, como todo el mundo, que todos tenemos debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan en papel sumamente importante en las vidas de todos nosotros. Es por ellas que necesitamos a los otros y que los otros nos necesitan a nosotros. No todos tenemos los mismos puntos débiles; y por eso nos complementamos y nos complementamos mutuamente, aportando cada uno aquello que le falta al otro. Sólo cuando nos vemos en nuestro verdadero contexto humano, como miembros de una raza que está llamada a ser un organismo y «un cuerpo», empezamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y de los accidentes en nuestras vidas.

Aunque nunca he conocido a nadie que tuviera una enfermedad terminal como consecuencia de haber dado demasiado, mucha gente acumula rencor, resentimiento y celos cuando sus esfuerzos pasan inadvertidos. El sufrimiento del tercer chakra es alfo que se palpa inmediatamente, no hay sutilezas en las respuestas de un ego dolido o rechazado. El plexo solar es una zona energética sumamente sensible, y lo es doblemente porque es el centro de la intuición para la supervivencia. Uno puede desangrarse energéticamente si da demasiado de sí mismo o dar por

razones equivocadas. Como resultado de la fatiga del rescatador, se pueden desarrollar trastornos como la depresión, la fatiga emocional o el dolor crónico. Tomar conciencia del propio yo, de quiénes somos y de lo que podemos y no podemos hacer es una de las tareas más importantes de la maduración espiritual y del viaje del héroe.