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Una nueva familia

Para la mayoría de la gente con quien he hablado, acoger a alguien en su casa y todavía más, a una familia entera, es el don de la tierra que más dudarían en ofrecer. Jim resumió los miedos que comparte la mayoría de las personas sobre el hecho de acoger a alguien en su casa cuando dijo: «El riesgo de ofrecerle a una persona un lugar para estar es alto porque puede no querer marcharse y convertirse así en una carga económica. Me refiero a que, cuando una persona deshace su equipaje es muy difícil conseguir que se vaya. ¿Y si no tienen adónde ir? ¿Acaso vas a darle una patada y a ponerla de patitas en la calle donde la encontraste? De modo que no, no estaría dispuesto a abrir la puerta de mi casa a una persona que necesitara un techo, quizá le pagaría una noche de hotel, pero implicarme con una persona que no tiene casa sería un agobio porque tal vez yo fuera el único de los dos capaz de ganarse la vida.»

Este miedo sumamente real hace que las siguientes historias sean más excepcionales, empezando por los recuerdos que Ronaldo S. compartió en su carta: «Mi padrastro y yo nunca nos llevamos bien. Cuando yo tenía dieciséis años, me dijo que me fuera de casa y que no volviera, les visitara ni les llamara nunca más. No tenía ningún familiar a quien acudir, de modo que hice las maletas y me fui sin saber adónde dirigirme. Lo curioso es que, aunque no tenía la más mínima ida de adónde ir ni a quién acudir, no estaba asustado. Tal vez fue la combinación del hecho de ser tan joven y estar enfadado, o quizás había algo en mi interior que me decía que aquélla era una forma perfecta de que mi vida evolucionara. Después de exponerle mi situación a mi mejor amigo, Joey, él me sugirió que se lo explicáramos a sus padres. Eran seis hermanos y el mayor se acababa de ir a vivir fuera de casa, lo que significaba que podían tener un sitio para mí. Recuerdo vívidamente la escena: yo, de pie, en el salón de aquella casa explicando mi situación a sus padres. Me ofrecieron que me quedara allí, donde permanecí durante más de un año. Aparte del inmenso acto de bondad que hicieron al permitir que me quedara a vivir con ellos, también recuerdo que, durante las vacaciones de

Navidad, me preocupaba importunarles con mi presencia. Me emocioné muchísimo cuando vi que al pie del árbol de Navidad había un regalo con mi nombre. Aquellas personas fueron fundamentales en mi vida. Si aquellos no hubieran estado allí, mi viaje habría evolucionado de una forma muy diferente.»

Rolando reconoció que, aunque sus circunstancias no fueron fáciles, aquella situación fue esencial en el viaje de su vida. Muchas, muchísimas personas hicieron afirmaciones similares en sus cartas, señalando que, incluso cuando se encontraban en plena crisis, un sentido de propósito inundó su ser eclipsando temporalmente sus miedos, y que ese encuentro momentáneo con la gracia bastó para resistir incluso los rigores de no tener un techo bajo el cual cobijarse.

He elegido las siguientes dos cartas (entre bastantes más del cien similares) porque estas dos mujeres descubrieron que, de algún modo, aun en medio del caos más terrible, el universo nos sigue ofreciendo una mapa que nos guía para que podamos sobrevivir.

Esto es algo que descubrió Minerva C.: «Después de soportar casi once años de malos tratos de mi marido, éste me dejó “completamente sola” y me quedé sin ningún lugar adonde ir y responsable de mis tres hijos y mi madre. Pedí al hermano de mi marido y a su mujer si podía quedarme en su casa durante “un tiempo”. Ellos nunca me preguntaron cuánto tiempo nos quedaríamos. Nunca olvidaré su bondad. Creo firmemente que debemos hacer por otras personas menos afortunadas que nosotros todo lo que esté en nuestras manos. Nunca me arrepiento de ayudar a los demás aunque ellos no lo valoren, lo hago porque en lo más hondo de mi corazón sé que es lo correcto.»

Y Zoe escribió: «Tuve que buscar un lugar para vivir porque mi ex marido nos echó de casa a mí y a nuestras hijas. Una tarde fui a ver a un amigo que resultó estar con una persona que yo había visto dos veces. Le expliqué a mi amigo que no había podido encontrar un lugar para vivir, y aquella persona me dijo que tenía un apartamento disponible. Fuimos a verlo inmediatamente y al día siguiente me entregó las llaves, sin pedirme referencias ni ningún depósito, y nos mudamos allí. Aquella mujer fue un ángel. Me ofreció un lugar para vivir cuando me encontraba en un callejón sin salida, sin no siquiera saber lo desesperada que estaba.»

Mientras que el ofrecimiento de un techo bajo el que vivir es algo que se suele hacer en situaciones desesperadas, ofrecer alimento puede ser tanto un acto espontáneo de amor como una intervención que puede salvar la vida. Dar de comer a alguien crea una gratitud y un amor que duran toda la vida.