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Cómo se forman los valores

Woodrow Wilson implicó a Estados Unidos en la primera guerra mundial para «ase- gurar la democracia en el mundo». Los soldados de Estados Unidos ocuparon sus pues- tos en las trincheras y barricadas de Europa creyendo que estaban luchando contra las fuerzas de la tiranía. Millares de ellos murieron. La creencia en el nacionalismo, en la superioridad del sistema político norteamericano y en valores tan abstractos como el de- ber y el honor determinó en 1917 el celo por la guerra justa, una guerra que se haría in- terminable. Por el otro bando, también murieron jóvenes por la profunda creencia en el nacionalismo alemán, en los ideales de entrega y deuda para con la patria.

Visto desde la perspectiva de siete décadas después, ninguna de ambas causas pare- cía digna de esa entrega. ¿Por qué hubieron de morir jóvenes alemanes debido a las am- biciones políticas del Kaiser? ¿Por qué hubieron de perderse vidas americanas para que los aliados pudieran usar el Tratado de Versalles para castigar y humillar a Alemania, sembrando con ello las semillas de la segunda guerra mundial? Pero no hay nada nuevo en esto. A lo largo de la historia, los hombres han dado su vida por sus creencias, y rara vez la causa ha resultado merecer este sacrificio.

¿Por qué son tan poderosas las creencias y valores? ¿Cuál es la naturaleza de la creencia que hace que los hombres estén tan a menudo dispuestos a entregar su como- didad, seguridad e incluso su vida para no sentirse culpables de obrar mal? La respuesta es que, si bien el contenido de una creencia puede ser arbitrario y es a menudo erróneo, la motivación para creer dimana de los impulsos más profundos del ser humano.

La mayoría de las creencias se forman del mismo modo, es decir, como respuesta a una necesidad básica. Sus primeras creencias surgieron de la necesidad de ser querido y aprobado por sus padres. Para sentirse seguro y querido, usted adoptó las creencias de éstos acerca de cosas como la forma de trabajar, de afrontar la cólera, los errores y el do- lor, de la forma y momento de practicar la sexualidad, de lo que se puede y no se pue- de hablar, de las metas justas en la vida, de cómo obrar en el matrimonio, de lo que uno debe a los padres y otros familiares, y de la confianza que hay que tener en uno mismo. Parte de las reglas y creencias que usted adquirió de sus padres estuvieron fomentadas por palabras cargadas de valor como compromiso, honestidad, generosidad, dignidad, in-

teligencia o fuerza. Estos términos, como sus contrarios negativos, fueron utilizados por

nuestros padres como jalones para medir a la gente y a la conducta. Algunos se los apli- caron a usted. Y en su necesidad de complacer a sus padres, usted puede haber acepta- do incluso nombres tan negativos como egoísta, estúpido, débil o perezoso.

y aprobación de los amigos. Para asegurarse la aceptación de los amigos, uno aprende a vivir de acuerdo con reglas y creencias que rigen áreas como la forma de relacionarse con el otro sexo, de afrontar la agresión, de lo que hay que revelar, de lo que uno debe a la propia comunidad y al mundo en general y de las conductas apropiadas al rol se- xual. La aprobación de los amigos depende a menudo de su disposición a aceptar las creencias del grupo.

Si sus amigos se oponen a la intervención de Estados Unidos en Latinoamérica, por ejemplo, siente una gran presión para apoyar esa creencia o, de lo contrario, corre el ries- go del ostracismo.

Algunos estudios han mostrado que las creencias cambian drásticamente en respues- ta a los cambios de rol o estatus. Por ejemplo, los sindicalistas que están a favor de los derechos de los trabajadores experimentan un cambio de punto de vista cuando son as- cendidos a puestos directivos. A los seis meses, a menudo cambian significativamente a las creencias y valores afines a la dirección. Una vez más, la necesidad de pertenencia y seguridad crean literalmente nuevas pautas de creencia para encajar mejor en el nuevo grupo de referencia.

Hay una tercera fuerza básica que ayuda a configurar sus creencias. Es la necesidad de bienestar emocional y físico. Se trata de la necesidad de autoestima; la necesidad de protegerse de emociones dolorosas como el daño o la pérdida; la necesidad de placer, ex- citación y sentido; y la necesidad de sentirse físicamente seguro. Considere el ejemplo del aspirante a concejal. Éste explica a su esposa que durante el próximo año va a tener poco tiempo para dedicarle a ella y a la familia. Pero es un sacrificio necesario, dice, por- que una vez elegido podrá hacer mucho por la comunidad. Lo cierto es que los pocos cambios triviales que podría hacer el concejal podrían no merecer el sacrificio de un año con sus hijos. Pero la verdad es irrelevante. Su creencia está forjada de la necesidad de significación, placer y excitación.

Considere ahora el caso de un hombre recientemente despedido de su trabajo de con- table. Le dice a un amigo que está ansioso por conseguir alguna vez un empleo así que «era aburrido, alienante y políticamente objetable. Nunca he conocido a un contable -dice- que no fuese un cretino absoluto». Se jura no trabajar en eso otra vez, y unos me- ses más tarde aconseja a su hermana que «trabaje en una fábrica de números del centro de la ciudad». Estas opiniones son obviamente una racionalización. Son un simple pro- ducto de la necesidad de mantener la autoestima. Este hombre está forzado a devaluar siempre a sus patronos o a considerarse un fracaso.

El novio le dice a su novia que necesita tres noches a la semana para estar solo o ver a sus amigos. Ella se dice: «Nunca dejes que un hombre te dé por segura», y le dice que quizá deban romper la relación. Su súbita convicción de que debe afirmarse a sí misma es en realidad una respuesta a su necesidad de evitar el daño y la pérdida.

Un hombre está en peligro de perder su pierna a causa de las complicaciones de la diabetes. Llega a la conclusión de que Dios le está castigando por una larga relación ex- tramatrimonial. Llega a la conclusión de que si rompe las relaciones con su amante po- drá salvar su pierna. Su necesidad de seguridad física y de sensación de control genera lo que en tiempos mejores él consideraría «pensamiento mágico estúpido».

Un último caso: el de una mujer que cree en el compromiso pleno a todas las tareas y odia el menor signo de pereza. Trabaja muchas horas intentando cumplir citas imposi- bles. Pero su regla de trabajo intenso está protegiendo en realidad su frágil autoestima. Su necesidad de considerarse competente y de sentirse a salvo de las críticas es el com- bustible de su creencia.