Reenmarcar significa cambiar su interpretación o punto de vista. Consiste en poner un nuevo marco para ver un cuadro o cambiar la forma de verlo, con lo que su signifi- cación cambia para usted. Por ejemplo, cuando se despierta de una pesadilla su corazón late aceleradamente. Está usted verdaderamente asustado, convencido de que se está ca- yendo o de que le están persiguiendo. Entonces se da cuenta de que estaba usted soñan- do y siente un gran alivio. Su corazón dejar de funcionar rápido y usted se tranquiliza. Su mente ha «reenmarcado» la experiencia, cambiando su significado de «corro peligro» a «no es más que un sueño». Su cuerpo y todo su estado de ánimo siguen la marcha de su mente. El reenmarcar los errores significa aprender a pensar en ellos de una forma que suprima su carácter de pesadilla. En vez de como una pesadilla, usted considera sus erro- res como un componente natural e incluso valioso de su vida. A su vez, esta nueva con- cepción le permite responder más flexiblemente cuando comete errores, para aprender de ellos y progresar.
El magisterio de los errores
Los errores están en función del crecimiento y el cambio de mentalidad. Constituyen un prerrequisito absoluto de cualquier proceso de aprendizaje. El año pasado usted com- pró una pintura barata, pensando que resultaría. Este año es usted alguien diferente, tie- ne un año más y ya ha aprendido algo al ver como la pintura pierde color. Es usted di- ferente en virtud de la información que no tenía hace un año. No resolverá nada dañar su autoestima recriminándose no haber sido capaz de ver entonces el futuro. Saque par- tido de la experiencia, salga a la calle y compre una pintura decente. Pague por su lec- ción una vez, pero sólo una vez. El atacarse a sí mismo es como pagar dos veces: una por la pintura nueva y otra en la.forma del ataque de su crítica.
No hay forma de aprender ninguna tarea o habilidad sin errores. Este proceso se de- nomina aproximación sucesiva: aproximarse cada vez más a un resultado satisfactorio mediante el feedback que proporcionan los errores. Cada error le dice lo que tiene que corregir, cada error le lleva gradualmente más cerca de la secuencia conductual mejor para la realización de la tarea. En vez de temer los errores, tiene usted que darles la bien- venida durante el proceso de aprendizaje. Las personas que no pueden soportar cometer errores tienen un aprendizaje difícil. Temen tomar un nuevo empleo porque se enfrenta- rían a nuevas rutinas y desafíos. Temen probar un deporte nuevo por todos los errores que tendrán que cometer antes de que su cuerpo aprenda los sutiles ajustes necesarios para mover una raqueta o utilizar un palo de golf. No se comprará un ordenador o in- tentará arreglar el carburador debido a que le resultan sencillamente insoportables los ine- vitables errores que comporta hacer algo nuevo.
El enmarcar los errores como feedback necesario para el proceso de aprendizaje le deja libre para relajarse y atender a su dominio gradual de la nueva tarea. Los errores constituyen información sobre lo que funciona y lo que no. No tienen nada que ver con su valía o inteligencia. No son más que pasos en pos de una meta.
Los errores como aviso
El sueño de perfección convierte los errores en pecados, en vez de avisos. Los erro- res pueden funcionar como la campana de su máquina de escribir que le impide salir- se de la página, o el zumbador que le avisa para que se ponga el cinturón de seguri- dad del coche. Si tiene usted un accidente de tráfico menor, puede servir de aviso para que se concentre más en la conducción. Si usted recibe un suspenso en un examen es- colar, puede ser un aviso de que sus hábitos de estudio han de mejorar. Cuando usted tiene una fuerte discusión con su pareja por una cuestión menor, esto puede ser la ad- vertencia de que no se comunican respecto de otra cuestión subyacente. Pero el per- feccionismo cambia el aviso en acusación. Y se vuelve usted tan atareado en defender- se de los ataques de su crítica patológica que no tiene oportunidad de sacar provecho del error. Usted puede combatir el perfeccionismo atendiendo al aviso en vez de a su culpabilidad.
Errores: el prerrequisito de la espontaneidad
El miedo a los errores acaba con su derecho de autoexpresión. Le hace temer ser es- pontáneo, decir lo que piensa y siente. Si nunca se le permite decir algo incorrecto, pue- de usted no sentirse nunca suficientemente libre para decir lo que tiene que decir: que quiere a alguien o que quiere compensar un daño que hizo. El sueño de perfección le as- fixia porque le niega el derecho a un mal paso o a un sentimiento excesivo.
La disposición a cometer errores significa que está bien defraudar a la gente, tener un momento de dificultad, dejar que la conversación tome un cariz poco agradable. Con- sidere el caso de Andrea. Está pegada a las mismas dos personas en su trabajo porque cualquier relación nueva sería demasiado impredictible. Supongamos que a una persona nueva no le gustasen sus chistes y pensase que algunas de sus observaciones son estúpi- das. Tendría que vigilar todo lo que dice. La situación de Andrea ilustra cómo el miedo a los errores puede: 1) aislarle por temor a la opinión de los demás, y 2) ahogar la es- pontaneidad por tener que vigilar atentamente todo lo que dice.
Errores: la cuota necesaria
Tolere un porcentaje de errores. Algunas personas tienen la actitud patológica de que pueden evitarse todos los errores, de que las personas competentes, inteligentes y valiosas no los cometen. Esto es un absurdo paralizante que puede hacerle temeroso de sacar partido de las oportunidades en la vida. La posición más sana es que todo el mundo merece un porcentaje de errores. Debe tolerarse un cierto número de pifias so- ciales, errores en el trabajo, en vez del sueño desesperado de la perfección. Un crite- rio orientativo válido para la mayoría de personas es que de una a tres decisiones de cada diez son erróneas. Y otras varias pueden estar en una dudosa zona intermedia. Para los procesos mecánicos archisabidos, como escribir a máquina o conducir, el por- centaje es menor. No ha de esperar tener un accidente cada diez veces que coge el coche. Pero antes o después tendrá un accidente, deseablemente menor, y tendrá que tacharlo como un error al que tiene derecho con arreglo a su porcentaje normal de errores.
Los errores como algo inexistente en el presente
Para comprender esta idea, será de utilidad examinar primero las categorías más co- munes de errores.
1. Errores de hecho. Usted oye «autopista 45» por teléfono, escribe «autopista 49» y se pierde.
2. Fracaso en la consecución de un fin. Llega el verano y está usted aún demasia- do obeso para meterse en su bañador.
3. Esfuerzo desperdiciado. Recoge 300 firmas para formular una petición, y luego fracasa en ésta.
4. Errores de juicio. Usted decide comprar una pintura barata, y se decolora. 5. Oportunidades perdidas. La acción que usted decidió no comprar por valor de
cinco, vale ahora 30.
6. Olvido. Sale usted de picnic y se da cuenta de que se ha dejado el aderezo de en- salada en casa, en la nevera.
7. Hiperindulgencia en placeres legítimos. La fiesta fue divertida, pero ahora tiene una resaca.
8. Estallidos emocionales inadecuados. Grita usted a su cónyuge y luego se siente avergonzado de ello.
9. Retraso. Nunca se decide a subir a arreglar el techo, y de pronto comprueba que se ha echado a perder el papel pintado del comedor.
10. Impaciencia. Prueba meter un tornillo mayor en la tuerca y se rompe el tornillo. 11. Violación de su código moral. Dice usted una mentira inocente: «Está fuera de la ciu-
dad este fin de semana». El sábado, tropieza con la persona a la que está evitando. Esta lista podría seguir. El clasificar las formas de equivocarse ha sido un popular pasatiempo del ser humano desde que Moisés descendió de la montaña con los diez man- damientos.
Hay un hilo conductor común a estos ejemplos que le ayudará a comprender los erro- res. Un error es cualquier cosa que usted hace que, más tarde, tras reflexionar, desea-
ría haber hecho deforma diferente. Esto también es de aplicación a las cosas que no hizo
y que luego, tras reflexionar, desearía haber hecho.
Aquí la palabra clave es «después». «Después» puede ser una fracción de segundo o una década después de hecho. Cuando usted aplica excesiva fuerza a la tuerca y se rom- pe el tornillo, «después» es realmente muy pronto. Se parece a un «inmediatamente» pero no lo es. Hay un lapso de tiempo entre la acción y la lamentación. Es este lapso de tiem- po, corto o largo, la clave para liberarse de la tiranía de los errores.
En el momento exacto de la acción, está usted haciendo lo que le parece razonable. Es su interpretación posterior la que convierte la acción en un error. «Error» es un nom- bre que usted siempre aplica retrospectivamente, cuando repara en que pudo haber he- cho algo más razonable.