He aquí algunos ejercicios que puede hacer para incrementar su consciencia del error. 1. Tenga en cuenta que todo el mundo comete errores. Incluso los chicos buenos y los héroes. Los líderes políticos, los magnates financieros, las estrellas de la pantalla, los grandes filántropos, científicos y sacerdotes cometen equivocaciones. Los hermanos Wright fracasaron muchas veces antes de que su avión volase finalmente en Kittyhawk. Salk luchó durante años antes de desarrollar la vacuna de la polio. Los errores constitu- yen un derivado inevitable de cualquier aprendizaje o ensayo de algo nuevo.
Haga una lista de figuras públicas que han cometido errores significativos. Incluya sólo a aquellas personas hacia las cuales siente aprecio y respeto.
Haga una segunda lista de personas a las que conoce personalmente y admira. Enu- mere sus errores. Incluso su más querido profesor puede haber perdido los nervios por un pequeño contratiempo, el capitán de su equipo de fútbol escolar puede haber sido pi- llado copiando, y el vendedor de éxito puede haber malogrado una venta fácil.
¿Por qué incluso la gente buena y admirable comete errores? La respuesta es que en su momento no reconocieron su decisión como equivocada. No anticiparon plenamente las consecuencias de una acción. Como todo otro ser humano que ha caminado en el pla- neta, tuvieron un conocimiento imperfecto: no pudieron predecir con exactitud los efec- tos derivados de una decisión sobre la experiencia ulterior.
Personas brillantes, creativas y poderosas cometen errores porque el futuro es incog- noscible. Sólo puede ser objeto de conjetura. Ninguna dosis de inteligencia o comprensión puede generar una perfecta previsión del porvenir.
2. Tenga presente que incluso usted comete errores. Haga otra lista de sus pro- pios errores. Tómese un tiempo en esto, pues necesitará esta lista para ejercicios poste- riores. Si le parece que siempre comete errores y piensa que su lista podría seguir inde- finidamente, seleccione en su lista sólo sus diez errores más gordos.
Ahora viene lo difícil. Para el primer apartado de su lista, remóntese en el tiempo al momento en que tomó la decisión. Intente recordar sus ideas y sentimientos justo antes de actuar. ¿Sabía usted lo que sucedería, o bien anticipó una consecuencia más feliz? ¿Te- nía idea del dolor que iba a causar a otros? Si tenía en cuenta esta posibilidad, intente recordar cómo compensó esto con la imagen de un resultado deseable. Piense qué factor parecía más determinante entonces. Ahora intente recordar la necesidad o necesidades que le impulsaron a esa decisión. Recuerde la fuerza de esas necesidades y cómo influ- yeron en su elección. ¿Le parecía más atractiva alguna acción alternativa? Esta es la pre- gunta más importante: si pudiera volver a aquel instante, con las mismas necesidades, percepciones y predicciones de resultados futuros, ¿obraría de forma diferente?
Siga y repita este proceso con cada error de su lista. Naturalmente, debe usted pasar por alto los errores cuyo recuerdo es demasiado fragmentario para responder a estas pre- guntas.
3. Perdón de sí mismo. Usted merece perdón por sus errores, por penosas que ha- yan sido sus consecuencias, por tres razones:
1) Usted tomó la única decisión que podía, dadas sus necesidades y conocimiento en el momento de tomarla. Si usted trabajó seriamente con el ejercicio anterior, puede te- ner ahora más claro que no puede obrar de forma diferente a lo que le permite su cono- cimiento consciente en un determinado momento. Usted hizo simplemente lo que pudo.
2) Usted ya ha pagado su error. Su error le produjo consecuencias penosas. Usted ha soportado estas consecuencias y ha sentido ese dolor. A menos que su error haya da-
ñado a otros y tenga que realizar algún tipo de expiación, usted ya ha pagado el precio de ser humano.
3) Los errores son inevitables. Usted viene a este mundo sin saber nada. Todo lo que ha aprendido, desde ponerse en pie hasta manejar un ordenador, lo ha conseguido al pre- cio de literalmente miles de errores. Usted se cayó centenares de veces antes de andar y probablemente más de una vez «ha perdido algún archivo». El proceso de aprendizaje prosigue durante toda la vida. Y también los errores. No tiene sentido recriminarse a sí mismo algo que sólo puede evitar en el cementerio.
Visualización. Para desarrollar práctica en la consideración de los errores como algo que está en función de un limitado conocimiento, practique este ejercicio, que combina la relajación, visualización y afirmación.
Siéntese en una cómoda silla o échese de espalda. Extienda sus brazos y piernas. Cie- rre los ojos. Realice varias inspiraciones profundas y lentas. Sienta cómo se relaja con cada inspiración.
Empezando por los pies, examine la tensión de las diferentes partes del cuerpo y re- lájelas. A medida que respira, perciba cualquier tensión en sus pies, y déjela salir cuan- do respira. Mantenga su respiración lenta y regular. Perciba ahora cualquier tensión en las piernas al inspirar, y deje que la tensión salga al respirar. Pase a sus muslos para la siguiente inspiración, luego a las nalgas y la pelvis, luego a su estómago y zona inferior de la espalda, luego al tórax y parte superior de la espalda.
Ahora dirija su atención a las manos. Inhale y sienta cualquier tirantez, exhale y dé- jela salir. Haga lo mismo con los antebrazos, los bíceps, hombros y cuello. Siga en estas
zonas durante varias inspiraciones si es preciso.
Perciba cualquier tensión en los músculos del mentón, y déjela salir al respirar. A con- tinuación, céntrese en los ojos, luego en la frente y luego en la cabeza.
Siga respirando, lenta y profundamente, relajándose cada vez más. Ahora empiece a hacerse una imagen de sí mismo. Véase a sí mismo tal como era antes de un error re- ciente (quizá uno de los errores de su lista). Véase donde está, vea su cara, vea la po- sición de su cuerpo. Tenga presente que hizo lo que pudo, dado su conocimiento en aquel momento. Repítase las siguientes afirmaciones. Simplemente, déjelas entrar en su mente:
Soy un ser humano singular y valioso. Siempre hago lo mejor que sé hacer.
Me amo (o quiero) a mí mismo, incluidos mis errores.
Repita estas afirmaciones tres o cuatro veces, cambiando la expresión para adaptar- la a usted.
Ahora visualícese a lo largo de su rutina diaria. Vea lo que va a estar haciendo el res- to del día o mañana. Vea que es una persona singular, que es valiosa y que intenta vivir lo mejor que puede. Mire como usted siempre hace lo que le parece mejor en el momento en que lo hace.
Concluya con esta afirmación: «Hoy me gusto más que ayer. Mañana me gustaré aún más».
Cuando esté usted listo, abra los ojos y levántese lentamente. A lo largo del día re- pita las afirmaciones cada vez que le vengan a la cabeza. Practique todo el ejercicio de relajación dos veces al día. Antes de levantarse por la mañana, y por la noche, antes de acostarse, son buenos momentos, pues usted ya está relajado y receptivo.
El ejercicio funcionará mejor para usted si construye sus propias afirmaciones. Las afirmaciones que funcionan mejor son las breves, sencillas y positivas. Las afirmaciones complejas no parecen pasar a su subconsciente. Las afirmaciones que contienen negati- vos, como «no me criticaré», parecen ser entendidas por su subconsciente como si se hu- biesen quitado los negativos: «Me criticaré». Construya afirmaciones positivas: «Habla- ré bien de mí».
Para ayudarle a construir sus propias afirmaciones de autoestima, he aquí algunos ejemplos que han funcionado con otras personas.
Soy básicamente bueno tal como soy. Tengo valía porque lucho por sobrevivir. Tengo necesidades legítimas.
Está bien satisfacer mis necesidades según creo. Soy responsable de mi vida.
Acepto las consecuencias de mis actos.
Me siento afable y complacido conmigo mismo.
Siempre hago lo mejor que soy capaz de hacer en cada momento. «Errores» es un término que utilizo después.
Soy libre de cometer errores.
Todo lo que hago es un intento por satisfacer necesidades legítimas. Estoy ampliando mi consciencia para tomar decisiones más sensatas. Me estoy deshaciendo dé las decisiones no sensatas del pasado.
Puedo hacer lo que quiero, pero lo que quiero está determinado por lo que conozco. Todo lo que hago tiene un precio.
Los deberes, obligaciones e imposiciones son irrelevantes.
En el momento de elegir, hago sólo lo que mi conocimiento me permite.
Es absurdo criticar las acciones de los demás; también ellos hacen lo que les per- mite su conocimiento.
Como todo el mundo hace lo que puede, fácilmente puedo sentir compasión y empatia. Mi tarea básica en la vida es extender el conocimiento.
Nadie vale más o menos que yo.
Mi mera existencia es prueba de mi valía.
Puedo aprender de mis errores sin culpa o inquietud.
El conocimiento de cada cual es diferente, por lo que las comparaciones son ociosas. Cuando no estoy seguro de qué hacer, puedo examinar las consecuencias.
Puedo inventar nuevas formas de satisfacer una necesidad y elegir sensatamente la mejor opción.