Como fue el primer redentor así será el último Aunque del primero se dijo (Éx 4:20): “Entonces Moisés tomó su
11. Cómo manejar la persecución
Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil. Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años. Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios. (4:1-31)
En toda su historia la Iglesia de Jesucristo ha enfrentado persecución. Por ejemplo, durante las persecuciones romanas de los primeros tres siglos, los cristianos fueron arrojados ante animales salvajes, crucificados, convertidos en antorchas humanas y torturados en todas las maneras crueles que hombres perversos pudieron concebir. Innumerables miles de mártires encontraron la muerte con una tranquilidad y serenidad que enervaba a sus atormentadores. Así, según la tradición, lo hicieron todos los apóstoles a excepción de Juan.
No obstante, lejos de destruir a la Iglesia, la persecución solo sirvió para purificarla y fortalecerla. A la Iglesia la hace fructificar la forma en que los sufrimientos hacen madurar a los creyentes individuales. Después de sobrevivir tres siglos de violentos ataques, la Iglesia emergió como la fuerza dominante en el Imperio romano. En palabras del padre de la Iglesia, Tertuliano, “La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”.
En tiempos modernos, la Iglesia (al menos en Occidente) casi no ha enfrentado persecución física. Los ataques de Satanás se han vuelto más sutiles: por ejemplo, de la clase de arremetida detallada en Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. En lugar de amenazar el cuerpo, las persecuciones de Satanás hoy día apuntan al ego, amenazando nuestro orgullo egoísta, nuestra necesidad de aceptación, o nuestra posición. Satanás ha destruido gran parte de la eficacia espiritual de la Iglesia sin tener que matar a los creyentes que la conforman. En realidad, en lugar de matarlos, es mucho
más eficaz hacer que los creyentes vivan de manera egocéntrica, complaciente, indolente y mundana, con el fin de impedir que las personas sean atraídas a la fe cristiana. A los mártires se les respeta por la fuerza de su carácter; a quienes transigen se les desprecia. No tardó mucho en surgir la primera oposición a la Iglesia, y vino de los mismos líderes judíos que habían ejecutado a Jesús. Hechos 4, 5, 7, 8 y 12 narran esas persecuciones. Que la Iglesia debiera enfrentar persecución no fue sorpresa, puesto que el Señor Jesucristo advirtió a sus seguidores que la esperaran. En Juan 15:18-20, declaró:
Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
Él les advirtió en Juan 16:2: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”.
Los apóstoles también enseñaron la certeza de la persecución. Pablo escribió a Timoteo: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). Pedro añadió: “Para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 P. 2:21). Los cristianos que llevan vidas piadosas, centradas en Cristo, inevitablemente entrarán en conflicto con el sistema satánico del mundo. Y podría llegar pronto el día en que los creyentes sean físicamente perseguidos, torturados y hasta martirizados, a medida que el mundo aumenta su odio hacia el verdadero evangelio. Hechos 4 relata el primer brote de persecución contra la Iglesia. Los versículos 1-31 pueden dividirse simplemente en dos secciones: persecución manifiesta y persecución que se enfrenta.
PERSECUCIÓN MANIFIESTA
Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil. (4:1-4)
El uso que Lucas hace del pronombre plural ellos sugiere que tanto Pedro como Juan estaban hablando al pueblo. Tal vez, después de la curación y el sermón de Pedro, ambos apóstoles se pusieron a dialogar con la multitud. Sin embargo, antes de que terminaran de hablar, las autoridades del templo llegaron a la escena para arrestarlos. Los sacerdotes eran quienes realizaban el sacrificio de la tarde. Estos se hallaban divididos en veinticuatro grupos y eran elegidos por sorteo para servir en un momento dado. Habían esperado ansiosamente la semana para ministrar y, sin duda, estaban molestos por el disturbio que ocasionaran Pedro y Juan.
El jefe de la guardia del templo era el director de la fuerza de vigilancia del templo, que estaba compuesta por
levitas. Era el segundo en rango solo por debajo del sumo sacerdote y era responsable de mantener el orden en los terrenos del templo. Los romanos daban a los judíos el derecho de vigilar el templo, y este stratēgos (palabra que significa comandante o general) estaba jerárquicamente en autoridad junto al sumo sacerdote.
Los saduceos eran una de las cuatro sectas que conformaban el judaísmo, junto con sus archirrivales los fariseos, los esenios y los zelotes. Aunque pocos en número, tenían gran influencia. Ellos conformaban la fuerza religiosa y política dominante en Israel, ya que todos los sumos sacerdotes durante ese período eran saduceos. Por sobre todo eran terratenientes aristócratas y ricos. A fin de proteger su posición política y su riqueza, se oponían firmemente a cualquier oposición abierta a Roma. Juan 11:47-48 realza las preocupaciones de los saduceos: “Entonces los principales sacerdotes [saduceos] y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación”. Luego el sumo sacerdote, un saduceo, ofreció una solución para mantener la filosofía saducea: “Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (vv. 49-50).
La religión de los saduceos era, en gran medida, de costumbrismo social. Creían solo en la ley escrita, rechazando la tradición oral tan vital para los fariseos. No creían en la resurrección del cuerpo, ni en recompensas o castigos futuros. A diferencia de los fariseos, negaban la existencia de ángeles y espíritus (Hch. 23:8). Finalmente, negaban la predestinación y la soberanía de Dios, y creían que el hombre era el amo de su propio destino. Estos teólogos liberales fueron los primeros en perseguir a la Iglesia.
Ephistēmi (vinieron sobre) da la idea de caer de repente, a veces con intención hostil (cp. Hch. 6:12). Los mandos estaban muy resentidos con los apóstoles por varias razones. En primer lugar, les molestaba que enseñasen al pueblo. Los apóstoles no tenían fama, autorización ni credenciales como maestros y, sin embargo, reunieron un enorme gentío y causaron gran conmoción. Eso era intolerable para los líderes, puesto que Pedro y Juan eran “sin letras y del vulgo” (v. 13); es decir, no habían recibido formación rabínica. Peor todavía, eran de Galilea, de donde no se podía esperar nada bueno (Jn. 1:46; 7:41, 52). El comentarista Albert Barnes declara: “Les ofendió que galileos ignorantes, sin relación alguna con la función sacerdotal, y sin que ellos los autorizaran, pretendieran erigirse como maestros religiosos” (Barnes’ Notes on the New Testament: Acts-Romans [Notas de Barnes sobre el Nuevo Testamento: Hechos-Romanos] [reimpresión de la edición 1884-85, Grand Rapids: Baker], p. 74). Que Pedro y Juan estuvieran haciendo eso en el templo, el centro del dominio de los saduceos, era especialmente humillante.
Pero la principal fuente de irritación fue que Pedro y Juan anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. Los líderes judíos habían ejecutado a Jesús como un blasfemo y, ahora, los apóstoles lo anunciaban audazmente como el Mesías resucitado. Sin duda, los saduceos vieron esto como un ataque directo a su autoridad. Tampoco les complacía que los apóstoles estuvieran predicando la resurrección de entre los muertos. Como ya se indicó, los saduceos rechazaban la idea de una resurrección general. Si Jesús había resucitado, ellos quedaban expuestos como herejes. Además:
la idea de una resurrección general era un concepto apocalíptico con todo tipo de connotaciones mesiánicas. Las ideas mesiánicas de los judíos de esa época significaban rebelión, derrocamiento de amos extranjeros, y restauración del reino davídico… Las notas del sermón de Pedro los alarmó: resurrección, Autor de la vida, un nuevo Moisés. Estas eran ideas revolucionarias. El movimiento no se debía extender. Había que cortarlo de raíz (John B. Polhill, The New American Commentary: Acts [Nuevo comentario estadounidense: Hechos] [Nashville: Broadman, 1992], p. 140).
Incapaces de tolerar la predicación de los apóstoles, las autoridades les echaron mano, y los pusieron en la cárcel
hasta el día siguiente. Para entonces habían pasado varias horas desde que Pedro y Juan entraran al templo, y era ya tarde. El sermón de Pedro debió haber sido mucho más largo de lo que registra el capítulo 3, puesto que comenzó poco
después de la hora novena (3:1). El hecho de que fuera tarde significaba que era demasiado tarde a fin de convocar al concilio para un juicio ese día, y la ley judía no permitía juicios nocturnos (aunque a esa regulación se le hizo caso omiso en el caso de Jesús). Pedro y Juan fueron encarcelados toda la noche para juzgarlos al día siguiente ante el mismo concilio que había juzgado a su Señor.
No obstante, encarcelar a los apóstoles no anuló el efecto de su predicación. Muchos de los que habían oído la
palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil. Según se ha demostrado en varias ocasiones a
través de los siglos, la persecución ocasionó la extensión de la Iglesia. Cinco mil representa el número acumulado de varones en la congregación de Jerusalén, no los que se agregaron esta vez. Esta es la última mención de una cantidad específica en Hechos; a partir de entonces, la Iglesia creció demasiado rápido como para mantener una cuenta exacta. Sin embargo, Lucas sí hace notar el crecimiento continuo de ella (5:14; 6:7; 9:31; 12:24; 16:5; 19:20; 28:31).
PERSECUCIÓN QUE SE ENFRENTA
Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Entonces
viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años. Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios. (4:5-31)
Esta sección relata la reacción de la Iglesia ante el brote inicial de persecución. De tal respuesta los creyentes pueden aprender siete principios acerca de cómo manejar la persecución en todo tiempo y lugar.
SER SUMISOS
Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? (4:5-7)
Pedro y Juan no ofrecieron resistencia durante su arresto (v. 3), ni se opusieron cuando comparecieron ante el concilio (cp. 1 P. 2:18-24). Se sometieron tranquilamente, sabiendo que Dios controlaba sus circunstancias. La persecución les daba una oportunidad que de otra manera no tendrían: predicar ante el concilio.
Los gobernantes (también llamados jefes de los sacerdotes) representaban a las veinticuatro órdenes sacerdotales.
Junto con los ancianos (jefes de familias y de tribus) y los escribas (expertos en la ley, principalmente fariseos), conformaban el concilio. A la mañana siguiente se reunieron en Jerusalén. El concilio era el organismo gobernante de la nación (bajo la autoridad final de los romanos) y también su corte suprema. Tenía setenta y un miembros, incluido el sumo sacerdote. En el momento de este incidente estaba dominado por los saduceos. Anás no era el sumo sacerdote en ese tiempo, pues los romanos lo habían depuesto a favor de su yerno Caifás. Sin embargo, aún conservaba el título de sumo sacerdote, así como a los ex presidentes de Estados Unidos se les sigue llamando presidente. Aunque sin servir oficialmente como sumo sacerdote, Anás ostentaba el verdadero poder tras bastidores. Cinco de sus hijos, uno de sus yernos (Caifás) y uno de sus nietos servían como sumos sacerdotes. La identificación de Juan y Alejandro es incierta. Algunos manuscritos dicen “Jonathan” en vez de Juan, y Anás tenía un hijo llamado Jonathan, quien más tarde reemplazó a Caifás como sumo sacerdote. Nada más se sabe de Alejandro. Todos los que eran de la familia de los
sumos sacerdotes podría referirse, generalmente, a aquellos de las familias élites de las que provenían los sumos