esta ocasión como prueba visible de que moraba en estos gentiles. El Espíritu estaba consciente de que sería difícil que los hermanos judíos con Pedro se convencieran, así que confirió la misma manifestación experimentada por los judíos cristianos en Pentecostés. Cabe señalar aquí que, como a lo largo de Hechos, hablar en lenguas es un fenómeno en grupo, no individual. (Para mayor información sobre hablar en lenguas véase mi libro Los carismáticos [El Paso, Tx.: Casa Bautista de Publicaciones, 1995], y Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Primera Corintios [Grand Rapids: Editorial Portavoz, 2003].)
CONFESIÓN SIMBÓLICA
Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. (10:47-48a)
Aquí, como siempre en el Nuevo Testamento, el bautismo sigue a la salvación. En realidad, todo el argumento de Pedro para bautizar a Cornelio y a los demás descansa en el hecho de que habían recibido el Espíritu Santo, y por consiguiente eran salvos. El bautismo, por tanto, no juega ningún papel en la salvación. Por medio de él los creyentes confiesan públicamente en forma simbólica, la transformación interior de la salvación. En lugar de hacerlo él mismo, Pedro sabiamente mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús mediante los cristianos que lo acompañaban. Por tanto involucró a los judíos en esta realidad trascendental, sabiendo que ellos estarían aun más dispuestos a apoyarla. Pedro pudo anticipar la reacción cuando se presentó de nuevo en Jerusalén y quiso todo el apoyo que pudo juntar.
DULCE COMUNIÓN
Entonces le rogaron que se quedase por algunos días. (10:48b)
Ya que eran aspectos muy valiosos tanto la alegría de la comunión con aquellos que tenían en común la misma fe preciosa, así como la oportunidad de aprender del noble apóstol todo lo que pudieran acerca de su Señor y de la salvación, Cornelio y sus compañeros convertidos le rogaron a Pedro que se quedase por algunos días. El deseo de comunión cristiana y de aprender es una señal de verdadera fe salvadora. Lidia (Hch. 16:15) expresó igual deseo después de convertirse.
Este capítulo histórico ha presenciado la inclusión de gentiles como iguales en la Iglesia. La última barrera se había derrumbado. Más tarde, Pedro describió esta fabulosa experiencia en Hechos 15:7-8: “Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros”. Así se abrió el camino para la extensión del cristianismo en todo el mundo romano a través de los incansables esfuerzos misioneros de la iglesia primitiva.
24. La iglesia gentil
Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión, diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos? Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido, diciendo: Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión; algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. Cuando fijé en él los ojos, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. Y he aquí, luego llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor. Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía. En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo. (11:1-30)
La noticia de que los odiados gentiles fueron incluidos en la iglesia llegó a Jerusalén antes de que Pedro la diera a conocer, ya que se quedó en Cesarea por unos días (Hch. 10:48). Saber esto causó conmoción en la comunidad cristiana hebrea. Tan importante fue tal noticia que Lucas, movido por el inspirador Espíritu Santo, repite también en este capítulo el relato de la conversión de los gentiles.
Esa insólita repetición marca el acontecimiento con significado único. El cristianismo no se iba a convertir simplemente en otra secta del judaísmo. Si eso hubiera ocurrido, la gran comisión del Señor Jesucristo (Mt. 28:19-20) nunca se habría llevado a cabo. A diferencia del Israel de antes, la Iglesia no dejaría de canalizar las bendiciones de la gracia y del perdón de Dios hacia el mundo entero.
La extensión de la iglesia hacia los gentiles fue, por tanto, un paso crucial para manifestar el plan redentor de Dios. Esa extensión, que comenzó con el ministerio de Pedro a Cornelio y su casa, continúa ahora con la fundación de la iglesia gentil. Después de haber pasado de Jerusalén a Judea y Samaria, el evangelio estaba a punto de dar su paso final, aunque todavía en curso, de ir “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8).
La fundación de esta primera congregación gentil se desarrolla en cuatro etapas: trabajo preparatorio, origen, crecimiento y generosidad.