• No se han encontrado resultados

JESÚS: CUMPLIMIENTO DE LA PROFECÍA

In document John Macarthur- Comentario Del NT - Hechos (página 198-200)

JESÚS: CUMPLIMIENTO DE LA PROFECÍA

De la descendencia de éste, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel. Antes de su venida, predicó Juan el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies. Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle. Y sin hallar en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Mas Dios le levantó de los muertos. Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. (13:23-37)

No solamente la historia del Antiguo Testamento señala a Jesucristo, sino que también lo hace así la profecía del Antiguo Testamento (Ap. 19:10). Él fue la simiente de la mujer que hirió la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). Fue el Hijo nacido de una virgen cuyo nombre era “Dios con nosotros” (Is. 7:14). Él fue el Admirable Consejero, el Dios Fuerte de Isaías 9:6. Miqueas 5:2 predijo que el Mesías nacería en Belén, y allí nació Jesús (Mt. 2:1). El Mesías debía ser descendiente de Abraham (Gn. 12:2-3), Jacob (Nm. 24:17), e Isaí (Is. 11:1), y Jesús lo fue (Mt. 1:1; Gá. 3:16; Lc. 3:32). Debía ser descendiente de David (Jer. 23:5; 2 S. 7), y Jesús lo fue (Mt. 1:1). Salmos 110:4 predijo que el Mesías sería un sacerdote según el orden de Melquisedec, y Jesús lo fue (He. 6:20). Siglos antes de que Jesús entrara en Jerusalén sobre un asno, Zacarías 9:9 predijo que el Mesías haría precisamente eso. Salmos 41:9 predijo la traición de Judas, y Zacarías 11:12 la cantidad exacta de dinero que el traidor recibiría por hacer eso. El cumplimiento de esas profecías y docenas más proveen abrumadora prueba de que Jesús de Nazaret era de verdad el Mesías profetizado y anhelado.

El versículo 23 une los dos primeros puntos de Pablo. Históricamente, Jesús era de la descendencia de David. Proféticamente, Él era aquel que, conforme a la promesa, Dios lo levantó por Salvador a Israel. Jesús era el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento del Mesías venidero. En Él se llevó a cabo la promesa de Dios en el Antiguo Testamento. La primera profecía que Pablo mencionó fue la del precursor del Mesías. Isaías 40:3-5 describe su ministerio:

Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.

En Malaquías 3:1 Dios dijo de él: “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí”. Esas profecías se cumplieron en Juan el Bautista, quien predicó el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de

Israel. El bautismo de Juan no era, por supuesto, el bautismo cristiano, el cual todavía no se había instituido. Era una

limpieza ceremonial judía que simbolizaba el verdadero y sincero arrepentimiento. Juan invocó a todo el pueblo de

Israel a arrepentirse y preparar sus corazones para la venida del Mesías. El arrepentimiento siempre ha sido un elemento

necesario de la salvación.

Juan no era el Mesías, porque cuando terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies. Su extraordinaria humildad, aunque era el hombre más grande que había vivido hasta este momento (Mt. 11:11), lo mantuvo lejos de tales pretensiones. Al ser confrontado por las autoridades judías, Juan claramente se diferenció del Mesías que aún no se había revelado:

Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías (Jn. 1:19-23).

Juan ni siquiera se consideró digno de desatar el calzado de los pies del Mesías, la tarea del más bajo de los esclavos. El ministerio de Juan era conocido por los oyentes de Pablo, ya que había tenido seguidores en Asia Menor (Hch. 19:1-3). Todos en la audiencia debieron haber sabido de la identificación de Juan con Jesús de Nazaret como el Mesías (Jn. 1:29, 36). Pablo había llegado a un punto importante en su sermón, e hizo una pausa para resaltarlo. Volviendo a dirigirse a los dos grupos en la audiencia como varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, Pablo les declaró: A vosotros es enviada la palabra de esta salvación anunciada por Juan. Esta fue proclamada y por tanto estaba disponible “a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16).

Ahora Pablo anticipó y contestó dos preguntas que podrían haber surgido en las mentes de sus oyentes, una técnica que empleó con frecuencia en sus escritos (Ro. 3:3, 7-9, 21; 6:1, 15; 7:7, 13; 9:14; 11:1, 11; 1 Co. 15:35; Gá 3:21).

La primera pregunta fue aquella con la que el pueblo judío ha luchado desde los tiempos apostólicos hasta ahora: si Jesús es el Mesías, ¿por qué los líderes judíos no lo reconocieron como tal? Pablo dio la misma respuesta de Esteban: a causa de sus corazones endurecidos y ensombrecidos por el pecado. Explicó que los habitantes de Jerusalén y sus

gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle. Los supuestos expertos en el Antiguo Testamento (escribas, fariseos, saduceos y sacerdotes)

fracasaron por completo en entender la enseñanza de las Escrituras (cp. Mt. 22:29; Jn. 5:39). De haberlo hecho, habrían reconocido a Jesús como el Mesías. Aquellos que son ignorantes de la Palabra escrita inevitablemente serán ignorantes de la Palabra viva. La ignorancia se había vuelto una forma de vida para ellos, así que sustituyeron la verdad con ritualismo. Irónicamente, cumplieron entonces las mismas profecías de las Escrituras que no entendían al condenar a Jesús.

Pablo contestó después una segunda pregunta que surgiría: si el Mesías fue rechazado, ¿anula eso el plan de Dios? Lejos de ello, respondió Pablo. Isaías 53:3 predijo que el Mesías sería “despreciado y desechado entre los hombres”. Odiaron a Jesús sin motivo, tanto que sin hallar en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. Por tanto, ellos involuntariamente cumplieron Salmos 69:4: “Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa” (cp. Jn. 15:25).

Incluso el horrible crimen de la crucifixión cumplió la profecía. Pablo declara en el versículo 29 que habiendo

cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Entre las

profecías cumplidas en la cruz estaban que el Mesías sería objeto de oprobio, ante quien menearían la cabeza (Sal. 109:25; cp. Mt. 27:39); que las multitudes en el sitio de la crucifixión lo mirarían y lo observarían (Sal. 22:17; cp. Lc. 23:35); y que sus verdugos se dividirían entre ellos la ropa echando suertes (Sal. 22:18; cp. Jn. 19:23-24). Salmos 69:21 predijo que le darían hiel y vinagre para su sed, y Mateo 27:34 registra el cumplimiento de esa predicción. El lamento de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46) fue el cumplimiento de Salmos 22:1, y sus palabras “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46) fueron profetizadas en Salmos 31:5. Los verdugos de Jesús no le rompieron ninguno de sus huesos (Jn. 19:33), así como Salmos 34:20 predijo que sucedería. Zacarías 12:10 predijo la perforación de su costado con una lanza, registrada en Juan 19:34.

Aparte de esas profecías, es asombroso el mismo hecho de que el Antiguo Testamento predijera que el Mesías sería

crucificado. La crucifixión no era una forma judía de ejecución y, ni siquiera se conocía en tiempos del Antiguo

Testamento. Sin embargo, Salmos 22 y Números 21 describen tal muerte (cp. Jn. 3:14).

La sepultura de Cristo también cumplió la profecía. A las víctimas de crucifixión comúnmente las lanzaban a tumbas masivas, ya que tal muerte era reservada normalmente para las clases más bajas de delincuentes. Sin embargo, después de la muerte de Jesús, lo pusieron en el sepulcro. Ese detalle al parecer insignificante fue el cumplimiento de Isaías 53:9, que declara: “Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte”.

En el versículo 30 Pablo llega a la verdad culminante de su sermón cuando hace sonar la nota clave de la predicación apostólica declarando que Dios levantó a Jesús de los muertos (cp. Hch. 2:24, 32; 3:15; 4:10; 5:30; 10:40). De todas las pruebas en cuanto a que Jesús es el Mesías, esa es la más grandiosa. Como más tarde Pablo iría a escribir en Romanos 1:4, Jesús “fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

Como evidencia para la resurrección, Pablo citó el hecho de que él se apareció

In document John Macarthur- Comentario Del NT - Hechos (página 198-200)

Documento similar