VICTORIA ESPIRITUAL
27. Pablo predica a Jesús
Ellos, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad. Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd: El Dios de este pueblo de Israel escogió a nuestros padres, y enalteció al pueblo, siendo ellos extranjeros en tierra de Egipto, y con brazo levantado los sacó de ella. Y por un tiempo como de cuarenta años los soportó en el desierto; y habiendo destruido siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su territorio. Después, como por cuatrocientos cincuenta años, les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero. De la descendencia de éste, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel. Antes de su venida, predicó Juan el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies. Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle. Y sin hallar en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Mas Dios le levantó de los muertos. Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree. Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas: Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced; porque yo hago una obra en vuestros días, obra que no creeréis, si alguien os la contare. (13:14-41)
Warren Wiersbe escribe: “Si algún arcángel con inclinación homilética me permitiera seleccionar otro tiempo y lugar en el cual vivir, al instante le pediría que me transportara a la Gran Bretaña durante la soberanía de la reina Victoria” (Walking with the Giants [Cómo caminar con los gigantes] [Grand Rapids: Baker, 1980], p. 51). Wiersbe observa que entre los grandes predicadores que florecieron durante esa época estaban Charles Spurgeon, Canon Henry Liddon, Alexander Maclaren, R.W. Dale, Alexander Whyte y Joseph Parker.
Pero para aquellos que, como Warren Wiersbe, gustan de la gran predicación (como deberían hacer todos los cristianos), una época aun más emocionante para estar vivo fue durante los primeros años de la iglesia. Fue entonces que se realizó la más grande predicación de la historia de la iglesia. Ya en Hechos, Lucas ha presentado tan magistrales predicadores como Pedro, Felipe y Esteban. Hechos 13 contiene el primer (y más fabuloso) sermón registrado del más grande predicador de todos los tiempos: el apóstol Pablo.
Aunque este es el primero de sus sermones registrados en Hechos, Pablo no era un predicador principiante. Había predicado en Damasco inmediatamente después de su conversión (Hch. 9:20), durante sus tres años en Arabia (Gá. 1:15- 18), y mientras servía como pastor en Antioquía (Hch. 13:1). En realidad, él no podía dejar de predicar (1 Co. 9:16), ya que fue para ese propósito que el Señor lo llamó (Hch. 26:15-20; 1 Co. 1:17, 21-23; 2 Co. 5:19-20; Ro. 15:19; Ef. 3:8; Col. 1:25, 28; 1 Ti. 2:7; 2 Ti. 1:11). Las palabras de Pablo a los creyentes en Roma reflejan la importancia que ponía en la predicación: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Ro. 10:14). Sus palabras a Timoteo son el clásico llamado a esta responsabilidad: “Que prediques la palabra” (2 Ti. 4:2). A Tito le dijo: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana
doctrina”, y “habla… con toda autoridad” (Tit. 2:1, 15), resaltando que la predicación debe ser doctrinal y con autoridad. Por desgracia, muchos en la iglesia de hoy no tienen el mismo compromiso de Pablo para predicar la Palabra. Hay una escasez de predicación bíblicamente sana, que crea “hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová” (Am. 8:11). De los púlpitos de hoy vienen los sonidos inciertos de psicología, cháchara relacional, comentarios sociales, narración de historias, homilías superficiales y retórica política. Muchos ven la predicación como un anacronismo en la época actual de iglesias fáciles de manejar y orientadas en entretener. Programas, miembros intratables de la iglesia, y detalles administrativos carcomen el tiempo de preparación de los pastores que quieren predicar.
Aunque muchos restan importancia a la predicación bíblica, esta no es menos vital para una iglesia espiritualmente fuerte. El predicador representa a Cristo para su pueblo, reforzando el concepto de autoridad y sumisión dentro del cuerpo de Cristo. Convertir la iglesia en un grupo de terapia o en un centro de entretenimiento socava esa autoridad. La predicación bíblica sana también defiende la autoridad de la Palabra de Dios. Qué extraño es que muchos que afirman la infalibilidad de la Biblia no la predican de modo expositivo (cp. John MacArthur, “The Mandate of Biblical Inerrancy: Expository Preaching” [El mandato de la infalibilidad bíblica: predicación expositiva], The Master’s Seminary Journal 1 [primavera 1990]: pp. 3-15).
El Nuevo Testamento resalta varias veces la importancia de predicar. Jesús le dijo a un posible seguidor: “Ve, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60), incluso mientras Él mismo lo hacía (Lc. 4:18-19, 43). Pablo hizo hincapié en la singularidad y la amplitud de este deber cuando encargó a su joven protegido Timoteo “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2). El apóstol ordenó: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1 Ti. 5:17). La propia pasión de Pablo y su llamado eran predicar la Palabra.
La predicación bíblica ha sido el catalizador de todo gran avivamiento en la historia de la Iglesia. Los padres de la iglesia tomaron la posta de los apóstoles y, por medio de su predicación, el cristianismo conquistó el Imperio romano. La predicación de los grandes reformadores Lutero, Calvino, Knox, Zuinglio y Latimer trajo la luz de la verdad a la Iglesia tras siglos de oscurantismo. La poderosa predicación de John Owen, John Bunyan, Richard Baxter, Thomas Manton, Thomas Brooks, Thomas Watson, y Jeremiah Burroughs, entre muchos otros, encendió el avivamiento puritano en la Inglaterra del siglo XVII. John Wesley, George Whitefield y Jonathan Edwards dirigieron el gran avivamiento del siglo XVIII. El siglo XIX, como ya se indicó, fue bendecido con la predicación de Spurgeon, Parker, Maclaren y Whyte. Quizás la iglesia de hoy sabe poco de avivamiento porque sabe poco de predicación fuerte, bíblica y doctrinal.
La iglesia nació el día de Pentecostés cuando Pedro predicó (Hch. 2:14ss). El evangelio se extendió a Samaria por medio de la predicación de Felipe (Hch. 8:4-5, 12). Cuando el evangelio se extendió al mundo gentil, el catalizador volvió a ser la predicación por parte de mensajeros elegidos de parte de Dios.
Habiendo visitado primero la patria de Bernabé, la isla de Chipre, el equipo misionero visitó después la región de la tierra de Pablo: Asia Menor. Saliendo de Chipre, navegaron hacia el norte cerca de trescientos kilómetros a través del mar Mediterráneo y desembarcaron en Atalia, el puerto de Perge. En ese punto Juan Marcos dejó a Pablo y Bernabé, y regresó a Jerusalén.
Pablo y Bernabé, al parecer, no predicaron en Perge en aquel tiempo, aunque sí lo hicieron en su viaje de regreso (Hch. 14:25). Algunos han especulado que Pablo estaba enfermo (cp. Gá. 4:13), posiblemente con malaria, y que debió salir de las llanuras costeras e ir a las regiones montañosas más frías (Antioquía de Pisidia estaba a mil doscientos metros sobre el nivel del mar). En todo caso, no se quedaron allí sino que, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. Esta ciudad estaba situada en Asia Menor y no se debe confundir con Antioquía en Siria, de donde los misioneros emprendieron su viaje.
El escueto comunicado de Lucas pasa por alto lo que debió haber sido un arduo viaje (en especial si Pablo estaba enfermo de malaria). El camino de Perge a Antioquía de Pisidia, aproximadamente a ciento cincuenta kilómetros de distancia, era difícil y peligroso. Se abría paso a través de las escarpadas montañas de Tauro, pegado a precipicios que ascendían a alturas vertiginosas. Los viajeros también debían cruzar los turbulentos ríos Aksu y Eurimedonte. Los montes Tauro eran famosos por las bandas de ladrones que los infestaban. Los bandidos, que habían plagado las épocas de Alejandro Magno y César Augusto, seguían asolando en tiempos de Pablo. Cuando el apóstol escribió: “En caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones” (2 Co. 11:26), muy bien pudo haber tenido este viaje en mente.
Tras concluir su difícil viaje, Pablo y Bernabé llegaron a Antioquía. En lo que se convirtió el patrón del ministerio de Pablo, entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron. En las sinagogas, Pablo encontraba una audiencia dispuesta de personas interesadas en la verdad religiosa. Además, era costumbre conceder a rabinos visitantes, como Pablo, el derecho de dirigirse a la sinagoga. Tanto él como la audiencia de la sinagoga compartían el terreno común del Antiguo Testamento. Pablo podía hacer uso de ese reservorio común de conocimiento como punto de partida cuando
presentaba el evangelio. Finalmente, su gran amor por sus compatriotas judíos y el deseo ardiente de verlos salvos (Ro. 10:1) llevó al apóstol a predicar el evangelio en las sinagogas.
El versículo 15 sugiere la liturgia común para las sinagogas del siglo I. La reunión se abría con la recitación de la
shema (Dt. 6:4ss), la profesión de fe judía. Tras más oraciones llegaba la lectura de la ley y de los profetas. Luego
venía la enseñanza, por lo general basada en la lectura de las Escrituras de esa semana. Puesto que era costumbre invitar a destacados visitantes a que impartieran la enseñanza (y tanto más ya que Pablo era estudiante del famoso rabino Gamaliel), los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de
exhortación para el pueblo, hablad.
El Espíritu Santo preparó soberanamente las circunstancias, abriendo la puerta de par en par a fin de que el apóstol proclamara el evangelio. Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano para captar la atención de la audiencia (cp. Hch. 12:17; 19:33; 21:40; 26:1), comenzó su mensaje. Los varones israelitas eran los judíos presentes, mientras que la frase los que teméis a Dios se refiere a gentiles prosélitos. Pablo les ordenó: oíd, porque lo que estaba a punto de decir contenía el mensaje más importante que alguna vez oirían. Dos personajes principales dominaron el sermón de Pablo: Dios el Padre (vv. 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 30, 33, 37) y el Señor Jesucristo. Aunque solo se le menciona por nombre en el versículo 23, la vida, muerte y resurrección de Jesús fue el tema principal. El mensaje evangelístico de Pablo se compone de manera lógica en tres partes. Presenta a Jesús como culminación de la historia, cumplimiento de la profecía, y justificador de los pecadores.
JESÚS: CULMINACIÓN DE LA HISTORIA
El Dios de este pueblo de Israel escogió a nuestros padres, y enalteció al pueblo, siendo ellos extranjeros en tierra de Egipto, y con brazo levantado los sacó de ella. Y por un tiempo como de cuarenta años los soportó en el desierto; y habiendo destruido siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su territorio. Después, como por cuatrocientos cincuenta años, les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero. (13:17-22)
Los hombres han lidiado por mucho tiempo con la pregunta de a dónde va la historia (si es que va a alguna parte). ¿Hay un propósito, meta o culminación de la historia? ¿O es simplemente una sucesión de amaneceres y atardeceres, una serie sin sentido de años que fluyen rápidamente hacia ninguna parte? ¿Es la historia, como enseñaban los filósofos estoicos de la época de Pablo y como enseñan las religiones orientales de hoy día, una serie interminable de ciclos?
El filósofo existencialista francés, Jean-Paul Sartre, expresa la desesperanza sombría de esta visión en su novela La
Náusea. En ella, uno de sus personajes comenta: “Mientras vivas, nada ocurre. El escenario cambia, las personas vienen
y van, eso es todo. No hay comienzos. Días se añaden a días sin ton ni son, una interminable y monótona adición” (Robert Denoon Cumming, ed., The Philosophy of Jean-Paul Sartre [La filosofía de Jean-Paul Sartre] [Nueva York: Random House, 1965], p. 58). Más adelante en la novela el escritor agrega: “Solo estaba pensando, le dije riendo, que aquí nos sentamos todos, a comer y beber para preservar nuestra valiosa existencia, y en realidad no hay nada, nada, absolutamente ninguna razón para existir” (citado en C. Stephen Evans, Existentialism: The Philosophy of Despair and
the Quest for Hope [Existencialismo: La filosofía de la desesperación y la búsqueda de esperanza] [Grand Rapids:
Zondervan, 1984], p. 47).
Ver la historia como algo sin propósito atrae a personas pecadoras, ya que les concede libertad para hacer lo que quieran sin ningún temor a rendir cuentas a un juez moral divino. Como uno de los protagonistas en la novela de Dostoievski, Los hermanos Karamázov, expresara: “si no hay Dios, entonces todo está permitido” (citado en Evans,
Existentialism [Existencialismo], p. 17). No obstante, tal “libertad” es en realidad una abrumadora carga de
desesperación y desesperanza. Quitar a Dios de la escena reduce a un hombre a “una configuración al azar de átomos en la estela de la irrelevante historia casual” (Francis A. Schaeffer, Death in the City [Muerte en la ciudad] [Downers Grove, Ill.: InterVarsity, 1972], p. 18).
Pero, a pesar de tal cinismo y desesperación, la historia sí va a alguna parte. Todo judío y gentil prosélito en la audiencia de Pablo sabía exactamente a dónde: a su culminación en el venidero reino del Mesías. La comunión del hombre con Dios, hecha añicos por la caída, sería restaurada cuando el Mesías viniera y liberara a los hombres de la
esclavitud del pecado. La historia se resolvería, finalmente, en que los redimidos volverían a estar en total comunión con Dios y le darían gloria. La encarnación de Jesús y su muerte expiatoria, su Segunda Venida para establecer su reino milenial terrenal, y su gobierno eterno sobre cielos nuevos y tierra nueva son la culminación de la historia.
Pablo tenía la intención de presentar a Jesús como el ansiado Mesías. Pero siendo un comunicador habilidoso sabía que primero debía captar la atención de su audiencia. Así que comenzó abordando un tema apreciado por los corazones de sus compatriotas: el cuidado providencial de Dios por Israel.
La historia de ese cuidado empezó cuando el Dios de este pueblo de Israel escogió a los padres de ellos. Dios tiene el control total de la historia. De modo soberano escogió a los padres (Abraham, Isaac, Jacob, José) de la nación. Después de la era patriarcal, Él enalteció al pueblo, siendo ellos extranjeros en tierra de Egipto. Esa frase se refiere al propósito soberano de Dios efectuado con relación al aumento en cantidad e influencia de estos.
Finalmente “se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José” (Éx. 1:8). Por temor al poder de las cantidades crecientes de israelitas, los esclavizó y maltrató cruelmente. Sin embargo, Dios no olvidó a su pueblo, y con
brazo levantado los sacó de Egipto. La frase con brazo levantado, denotando su poder (Sal. 89:10, 13, 21; 136:12; Is.
40:10; 51:9; 62:8; Jer. 21:5; 27:5; 32:17, 21; Ez. 20:33-34), se convirtió en la expresión común de la liberación de la esclavitud egipcia por parte de Dios a la nación (Éx. 6:6; Dt. 4:34; 5:15; 7:19; 9:29; 26:8; 2 R. 17:36; Sal. 44:3).
Después del Éxodo, Dios siguió cuidando a la nación, y por un tiempo como de cuarenta años los soportó en el
desierto. La evidencia de los manuscritos está dividida por igual entre etropophorāsen (los soportó) y etrophophorāsān
(“cuidó de ellos”) (Bruce M. Metzger, A Textual Commentary on the Greek New Testament [Comentario textual del griego del Nuevo Testamento] [London: United Bible Societies, 1975], p. 405). Ambas declaraciones son ciertas. Dios cuidó a la nación durante los cuarenta años de vagar en el desierto (Dt. 1:31; 2:7; 8:2, 4; 29:5; Neh. 9:21) y soportó el pecado y la rebelión de ellos (Neh. 9:16-19; Sal. 95:7-11; Am. 5:25-26; He. 3:7-11, 17-18). Dios cuidó de su pueblo a pesar de la rebelión, soportándoles el pecado porque tenían un papel clave en el plan divino para la historia. Después que el pueblo vagara cuarenta años en el desierto, Dios condujo a la tierra prometida a una nueva generación de Israel. Y habiendo destruido siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su territorio, todo lo cual tardó como cuatrocientos cincuenta años. Deuteronomio 7:1 enumera las siete naciones que fueron destruidas. Tras esa destrucción, Dios les dio en herencia su territorio. Desde el cautiverio en Egipto hasta la distribución de la tierra, resaltó Pablo, pasaron cuatrocientos cincuenta años: cuatrocientos de cautiverio en Egipto, cuarenta de vagar por el desierto y, aproximadamente, diez desde el cruce del Jordán hasta la división de la tierra en Josué 14:1ss. A lo largo de todo ese período, Dios mostró su poder, su cuidado y su fidelidad hacia Israel. Después de tomar posesión de la tierra, el pueblo de Israel siguió siendo infiel, pero Dios siguió siendo fiel. Cuando fueron oprimidos por sus enemigos, Él les dio jueces (libertadores) hasta el profeta Samuel. Samuel une el período de los jueces con el de los reyes. Él fue el último juez, y ungió al primer rey, Saúl. Samuel fue tanto juez como profeta. Cayendo presa de su falta de confianza en Dios y de su deseo de ser como las otras naciones, los israelitas pidieron rey. En 1 Samuel 8:5, “le dijeron [a Samuel]: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto,
constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”. Aunque esa petición era un rechazo al Señor (v. 7), Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. El nombre judío de Pablo, Saulo, sin duda se lo dieron en honor al primer rey de Israel. E igual que Pablo (Ro. 11:1; Fil. 3:5), Saúl era un