RESPUESTA ADECUADA
21. Vida transformada
Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió. Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios. Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes? Pero Saulo mucho más se esforzaba, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo. Pasados muchos días, los judíos resolvieron en consejo matarle; pero sus asechanzas llegaron a conocimiento de Saulo. Y ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarle. Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta. Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle. Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso. Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo. (9:1-31)
A edad temprana, John Newton fue al mar. Igual que la mayoría de marineros de su época, llevó una vida de rebelión y libertinaje. Por varios años trabajó en barcos de esclavos, capturando esclavos para venderlos a las plantaciones del Nuevo Mundo. Se hundió tanto que en cierto momento [él mismo] se volvió esclavo, cautivo de otro comerciante de esclavos. Finalmente, llegó a ser el capitán de su propio barco de esclavos. La combinación de una aterradora tormenta marina, junto con su lectura del clásico de Thomas á Kempis, Imitación de Cristo, plantó las semillas que dieron como resultado la conversión de Newton. Se convirtió en un líder del movimiento evangélico en la Inglaterra del siglo XVIII, junto a hombres como John y Charles Wesley, George Whitefield, y William Wilberforce. En su lápida está [grabado] el siguiente epitafio, escrito por el mismo Newton: “John Newton, empleado, antaño infiel y libertino, traficante de esclavos en África, fue por la misericordia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo preservado, restaurado, perdonado y nombrado para predicar la Fe que tanto había tratado de destruir” (William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, vol. 12 [Barcelona: Clie], p. 67). Cuando compuso el amado himno “Sublime Gracia” conocía de primera mano las verdades que este proclamaba.
Mel Trotter era barbero de profesión y borracho por perversión. Tan depravado se había vuelto que, cuando su joven hijita murió, le robó los zapatos con que la iban a enterrar y los empeñó por dinero para comprar bebida. Una noche
entró tambaleándose a la misión Pacific Garden en Chicago y fue salvado maravillosamente. Agobiado por los hombres de las zonas marginales abrió una misión de rescate en Grand Rapids, Michigan. Llegó a fundar más de sesenta misiones y se convirtió en supervisor de una cadena de ellas que se extendía de Boston hasta San Francisco (Elgin S. Moyer, Who Was Who in Church History [Quién es quién en la historia de la Iglesia] [New Canaan, Conn.: Keats, 1974], p. 411). Un día en agosto de 386, un profesor de retórica llamado Aurelio Agustín se sentó abatido en su jardín. Aunque hijo de una madre cristiana, había abandonado la fe materna en favor de la religión persa conocida como maniqueísmo. También tuvo una amante, con quien vivió trece años. Abandonando el maniqueísmo como algo insatisfactorio, continuó una vana búsqueda de la verdad. A través de la predicación del padre de la Iglesia, Ambrosio, llegó a convencerse intelectualmente de la verdad del cristianismo. Sin embargo, se contuvo, “sin poder aceptar la fe por debilidad al tratar con la tentación sexual” (R. S. Pine-Coffin, “Introduction” to Saint Augustine: Confessions [Introducción a San Agustín: Confesiones] [Nueva York: Penguin, 1978], p. 11). Ahora, en medio de su confusión oyó la voz de un niño cantando en latín tolle lege (“toma y lee”). En sus Confesiones, describe lo que sucedió después:
Comprimiendo el ímpetu de mis lágrimas me levanté en seguida, seguro de que en aquella voz había para mí un divino mandato de tomar el libro y leer lo primero que vieran mis ojos… Volví entonces apresuradamente al lugar en que estaba sentado [su amigo] Alipio, pues allí había dejado el libro del apóstol. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el capítulo en que habían caído mis ojos. Decía: No andéis en comilonas ni embriagueces; no en la
recámara y en la impudicia, ni en contiendas y envidias; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no os dejéis llevar de las concupiscencias de la carne (Ro. 13:13-14). No quise leer más, ni era menester. Porque al terminar
de leer la última sentencia una luz segurísima penetró en mi corazón disipando de golpe las tinieblas de mi dubitación. (Las confesiones VIII, cap. XII, traducido por Antonio Bambrilla Z. [Argentina: San Pablo Riobamba], pp. 336-37).
Liberado de una vida de pecado y confusión, Agustín se convirtió en el teólogo más grande que la Iglesia conociera desde el apóstol Pablo.
La historia de la Iglesia está repleta de relatos como estos, los cuales resaltan el maravilloso poder del evangelio para transformar pecadores. Pero ninguna transformación es tan destacada, o ha tenido consecuencias tan trascendentales para la marcha de los acontecimientos, como la conversión de Saulo de Tarso. Tan significativo suceso fue su conversión que la Biblia la registra no menos de tres veces (cp. Hch. 22:1-16; 26:4-18).
Es lógico que alguien tan especial tuviera una conversión exclusiva. Saulo era judío por nacimiento, romano por ciudadanía, griego por educación, y cristiano solamente por la gracia de Dios (cp. Fil. 3:4-9). Fue misionero, teólogo, evangelista, pastor, organizador, dirigente, pensador, luchador por la verdad, y amante de las almas. Nunca ha vivido un hombre más piadoso, excepto nuestro Señor mismo. Saulo nació en Tarso, una ciudad importante (Hch. 21:39) en la provincia romana de Cilicia. Tarso estaba situada cerca de donde se unían Asia Menor y Siria, no muy lejos de Antioquía. Fue famosa por su universidad, que junto con las de Atenas y Alejandría estaba entre las más honradas en el mundo romano. El padre de Saulo debió haber sido ciudadano romano, ya que el mismo Saulo tenía esa ciudadanía por nacimiento (Hch. 22:28). Sus credenciales judías eran igualmente impecables. Igual que su padre antes que él, fue un fariseo (Hch. 23:6) que estudió en Jerusalén bajo el rabino más respetado de su época, Gamaliel (Hch. 22:3). Puesto que al parecer no había conocido a Jesús, debió haber regresado a Tarso para vivir después de terminar sus estudios.
Saulo hace su primera aparición en la Biblia en relación con Esteban. Según se observó en el estudio de Hechos 6:9 en el capítulo 15 de esta obra, Saulo pudo haber sido uno de los griegos que debatió sin éxito con él. Cuando Esteban fue ejecutado, Saulo cuidó las túnicas de quienes participaron en el apedreamiento. Su posición tan cercana a la acción sugiere que estuvo profundamente relacionado con todo el asunto.
No hay duda en cuanto al papel de Saulo en la persecución que se inició tras la muerte de Esteban: él fue el autor intelectual y cabecilla. Según se observó en el análisis de Hechos 8:1-3 en el capítulo 18 de esta obra, Saulo era terriblemente hábil en perseguir creyentes. La confraternidad cristiana de Jerusalén se fragmentó bajo la fuerza de los ataques que él le hizo. Muchos de los creyentes griegos, quienes según parece llevaban el peso de la persecución, huyeron de Jerusalén. Durante el desarrollo de los sucesos, Saulo fue tras la pista de los que huyeron a Damasco. En su testimonio a Agripa (Hch. 26:9-11), pronunció la ferocidad de su asalto:
Pues bien, yo mismo estaba convencido de que debía hacer todo lo posible por combatir el nombre de Jesús de Nazaret. Eso es precisamente lo que hice en Jerusalén. Con la autoridad de los jefes de los sacerdotes metí en la
cárcel a muchos de los santos, y cuando los mataban, yo manifestaba mi aprobación. Muchas veces anduve de sinagoga en sinagoga castigándolos para obligarlos a blasfemar. Mi obsesión contra ellos me llevaba al extremo de perseguirlos incluso en ciudades del extranjero.
Después de la pausa del capítulo 8, que describe el ministerio de Felipe, la escena cambia de nuevo a Jerusalén. Saulo, observa Lucas, estaba respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Perseguir cristianos lo consumía; esto se había vuelto la luz de su vida. El mismo aire que estaba respirando constaba de amenazas de
muerte contra los discípulos del Señor. El vocablo discípulos se refiere a todos los creyentes, no solamente a los doce
apóstoles. Todo cristiano es un seguidor y aprendiz del Señor Jesucristo. Saulo quería que todos cayeran en sus manos. Al oír de un grupo de cristianos en Damasco, motivado por ambición mortal y celo religioso tergiversado, Saulo vino
al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Al sumo sacerdote, en su calidad de presidente del concilio, lo veían los romanos como director del estado judío. Por tanto, tenía autoridad sobre los asuntos judíos internos como este. En consecuencia, Saulo necesitaba qué él le diera cartas de extradición para las sinagogas de Damasco a fin de tener autoridad para atrapar cristianos. El hombre tenía la intención de hallar y llevar presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran a este Camino, fueran hombres o mujeres. Damasco, la antigua capital de Siria, contaba con una gran población judía. Eso se evidencia por la masacre de entre
diez y veinte mil judíos en el año 66 d.C. (F. F. Bruce, The Book of the Acts [El libro de Hechos] [Grand Rapids: Eerdmans, 1971], p. 194). Dado el tamaño de la población judía, allí habría habido varias sinagogas.
La descripción del cristianismo como el Camino aparece varias veces en Hechos (19:9, 23; 22:4; 24:14, 22). Al parecer se deriva de la descripción del mismo Jesús como “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). El Camino es un título oportuno para el cristianismo, ya que se trata del camino de Dios (Hch. 18:26), del camino de entrada al Lugar Santísimo (He. 10:19-20), y del camino de la verdad (2 P. 2:2).
Después de obtener los documentos necesarios, Saulo y su comitiva partieron hacia Damasco. La ruta normal al norte y este los haría pasar por Samaria. El avivamiento allí, liderado por Felipe, Pedro y Juan, pudo haber enfurecido aun más a Saulo. Con intensa hostilidad se aproximó a Damasco y al encuentro que le cambiaría el mundo por completo.
De la dramática historia de la conversión de Saulo brotan siete características de la vida transformada: fe en el Salvador, fervor de súplica, fidelidad en el servicio, llenura del Espíritu, comunión con los santos, denuedo para hablar, e intrepidez para sufrir.
FE EN EL SALVADOR
Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió. (9:3-9)
La asombrosa conversión de Saulo, mediante la cual puso su fe en el Salvador a quien había perseguido tan cruelmente, se desarrolla en cinco fases: contacto, convicción, conversión, consagración y comunión.
CONTACTO
Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; (9:3)
Saulo se dirigía a toda prisa a Damasco cuando repentinamente se detuvo en seco. Le rodeó un resplandor de luz del cielo, y él y sus compañeros cayeron al suelo (Hch. 26:14).
Confrontado con la aparición de la resplandeciente gloria de Jesucristo, Saulo, el endurecido cazador de cristianos, se quedó mudo de terror. Los otros relatos de Lucas acerca de este suceso (Hch. 22, 26) dan más detalles. Por Hechos 22:6 nos enteramos que el encuentro se llevó a cabo a mediodía. El resplandor de luz del cielo no fue algo de creación material, ya que trascendió en esplendor incluso al resplandeciente sol del Oriente Medio (26:13). Quienes viajaban con Saulo oyeron la voz del Señor, pero no entendieron las palabras expresadas (cp. v. 7 con 22:9; Jn. 12:29), porque las palabras del Señor eran solamente para los oídos de Saulo. Este en realidad, vio a Jesús en glorioso esplendor según lo atestigua el mismo Saulo en varias ocasiones (Hch. 9:17, 27; 22:14; 26:16; 1 Co. 9:1; 15:8), mientras sus compañeros de persecución solo vieron la luz (Hch. 22:9). Paradójicamente, la última persona hasta entonces en haber visto a Cristo resucitado y glorificado fue Esteban. Aquí hay otra relación entre los ministerios de Esteban y Pablo (cp. capítulo 15 de esta obra). Es una prueba del poder de la gracia de Dios que quien participara en la muerte de Esteban sería el siguiente en ver a Jesucristo. Aunque no lo hace de manera tan dramática, Dios siempre inicia el contacto en la salvación (cp. Jn. 6:37, 44; 10:27- 29; 17:2, 6, 9, 11, 24; 2 Co. 4:6; Fil. 1:29; Stg. 1:18). Según se observó en el capítulo 20 de esta obra, el Espíritu Santo dispuso de forma soberana las circunstancias que llevaron a la conversión del eunuco etíope. Esto fue necesario, y lo sigue siendo, puesto que al estar muertos en sus delitos y pecados (Ef. 2:1), los incrédulos no pueden llegar a Dios por cuenta propia (cp. Ro. 3:10-12; 1 Co. 2:14; Ef. 2:4-10; Col. 2:13). Que la salvación es iniciada por Dios en ninguna parte se declara más poderosamente que en las palabras de Pablo a Tito:
Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tit. 3:3-5).
CONVICCIÓN
y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (9:4)
Prostrado en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? La repetición es enfática, como en otras partes de los escritos de Lucas (cp. Lc. 10:41; 13:34; 22:31). Esta repetición señala aquí un reproche a Saulo, destinado a producirle angustia en el alma, de modo que comprendiera cuán equivocado había estado, y que la culpa lo abrumara. Él era alguien que había odiado a Jesucristo sin ninguna causa (Jn. 15:25). Las palabras de nuestro Señor, ¿por qué me persigues? reflejan el vínculo inseparable entre Él mismo, como cabeza del cuerpo, y sus miembros. Ningún golpe propinado en la tierra deja de sentirse en el cielo por parte de nuestro compasivo Sumo Sacerdote. Al perseguir a los cristianos, Saulo infligía golpes directos sobre el Señor de ellos.
Saulo, quien había sido tan violento, fue reciamente enfrentado con la enormidad de sus crímenes, no contra los cristianos sino contra Cristo. Quienes van al infierno lo hacen definitivamente por rechazar al Salvador. Incluso quienes no persiguen creyentes, sino que simplemente viven separados de Jesucristo, son tan culpables de crímenes contra Dios como lo fue Saulo. Según el mismo Saulo escribiera después, “el que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema” (1 Co. 16:22). Jesús afirmó que el Espíritu Santo convencería a los hombres “de pecado, por cuanto no creen en mí” (Jn. 16:9). El crimen de todos los crímenes por el que los hombres se condenarán eternamente es negarse a amar y a seguir al Señor Jesucristo. La verdadera salvación debe incluir convicción de este pecado condenatorio, ya que es este mismo pecado y ningún otro lo que finalmente nos separa de Dios. Saulo sabía suficiente acerca de la fe cristiana como para odiarla y perseguirla. Él conocía las afirmaciones de Jesús y la verdadera historia de la redención divina según había predicado Esteban. Sabía que los apóstoles y sus asociados, Esteban y Felipe, tenían poder extraordinario sobre la enfermedad y los demonios. El Espíritu había tendido todo aquello como cimiento en la vida de Saulo. Cuando Jesús lo confrontó, la