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DENUEDO PARA HABLAR

In document John Macarthur- Comentario Del NT - Hechos (página 159-164)

refinó. Saulo era un líder natural dotado, con sólida fuerza de voluntad. Era un hombre de fuertes convicciones, una persona emprendedora y valiente, un maestro en el uso del tiempo y los talentos, un individuo motivado, además de pensador y orador profundamente dotado.

El Espíritu Santo también eliminó características indeseables y las reemplazó con otras ambicionadas. Reemplazó el cruel odio de Saulo con amor; el espíritu inquieto y agresivo con paz; el trato petulante hacia las personas con amabilidad; el orgullo con humildad. Solamente el Espíritu de Dios puede santificar tan concienzudamente una vida. Más adelante Saulo expresó esa verdad a los corintios: “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).

COMUNIÓN CON LOS SANTOS

Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. (9:18-19)

Al momento en que Ananías pronunciara sus palabras, cayeron de los ojos de Saulo algo así como escamas, y recibió al instante la vista. En respuesta a la exhortación de Ananías (cp. Hch. 22:16), Saulo se levantó y fue bautizado. Por

medio de esa acción se unió abiertamente con las mismas personas a las que había odiado y perseguido. Sus odiados enemigos se volvieron sus amigos, mientras que sus antiguos amigos se convirtieron instantáneamente en sus enemigos (cp. v. 23). Conforme al patrón constante de testimonios de los creyentes en Hechos, el bautismo de Saulo siguió a su conversión.

Saulo disfrutó su primer contacto de comunión cristiana habiendo tomado alimento y recobrando las fuerzas. Permaneció por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco, permitiéndoles celebrar con él su conversión y ministrarle a sus necesidades. Podemos imaginar el inmenso gozo de esos días y la incesante alabanza a Dios.

Una señal segura de una vida transformada es el deseo de estar con compañeros cristianos. En 1 Juan 3:14 se declara: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida”. Creyente es aquel “que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado” (Sal. 1:1). Él puede decir con el salmista: “Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos” (Sal. 119:63).

Por supuesto, eso no significa que los cristianos no deban tener contacto con incrédulos (1 Co. 5:9-10). Pero un cristiano practicante que prefiere la compañía de individuos del mundo, lo más probable es que siga siendo uno de ellos.

DENUEDO PARA HABLAR

En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios. Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes? Pero Saulo mucho más se esforzaba, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo. (9:20-22)

Aquellos transformados por la gracia salvadora de Dios no pueden dejar de narrar su experiencia (Hch. 4:20) y Saulo no fue la excepción. Después de algunos días de comunión con los santos, en seguida predicaba a Cristo en las

sinagogas. A los cristianos conmocionados y sorprendidos por la conversión de Saulo se añadían los horrorizados judíos,

quienes estaban esperando que él apresara cristianos, no que predicara a Jesucristo en sus sinagogas. Desde el principio él sintió esa valerosa compulsión que más tarde le hizo exclamar: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16). En las mismísimas sinagogas a las que Saulo había ido con órdenes de arrestar cristianos, ahora comenzó a predicar a

Cristo. El contenido de esa predicación fue que Jesús es el Hijo de Dios, un título para nuestro Señor que expresa su

deidad (cp. Jn. 10:31-36). (Para un análisis del tema del señorío de Jesucristo, véase Comentario MacArthur del Nuevo

La conmoción y consternación que la predicación de Pablo produjo son inconcebibles para nosotros. El más celoso defensor del judaísmo se convirtió en el más celoso evangelista para el cristianismo. Como es lógico, todos los que le

oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes? No lograban entender el drástico cambio en Saulo.

Lejos de languidecer bajo el apremio de la confusión convertida en hostilidad, Saulo mucho más se esforzaba, y

confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo. Igual que Esteban antes que

él, enfrentó a los judíos en debate público acerca de la deidad y el mesianismo de Jesús. La fe salvadora viene “por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).

Que Saulo confundía a los judíos en este diálogo no debería sorprender a nadie. Él tenía la más delicada educación que el judaísmo del siglo I pudiera brindar, y ellos no podían esperar igualarle el conocimiento de las Escrituras. Una vez que comprendió quién era Jesús, Saulo tuvo la clave para revelar todo el Antiguo Testamento. Luego pudo usar su enorme conocimiento de esas Escrituras y su brillantez controlada por el Espíritu, así como la verdad de los milagros, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, para demostrar que Jesús era realmente el Cristo esperado por tanto tiempo.

INTREPIDEZ PARA SUFRIR

Pasados muchos días, los judíos resolvieron en consejo matarle; pero sus asechanzas llegaron a conocimiento de Saulo. Y ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarle. Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta. Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle. Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso. Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo. (9:23-31)

La frase de Lucas pasados muchos días marcó un período que se define más específicamente en la declaración de Gálatas 1:17-18: “Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días”. En realidad, entre los versículos 22 y 23 transcurrieron tres años. Se insinúa que Saulo pasó ese tiempo aprendiendo del Señor en el reino nabateo de Arabia. (Esta es una región que no se debe confundir con el territorio de la moderna Arabia, sino que está ubicado cerca de Damasco al sur de la península de Sinaí. Algunos historiadores afirman que una colonia de nabateos vivía en Damasco.) Saulo regresó y comenzó a predicar en Damasco con más fuerza que nunca, exasperando por completo a los judíos que resolvieron en consejo matarle. En la providencia de Dios, las asechanzas de ellos

llegaron a conocimiento de Saulo, quien observó en 2 Corintios 11:32: “En Damasco, el gobernador de la provincia del rey Aretas guardaba la ciudad de los damascenos para prenderme”. Al parecer, los judíos no eran los únicos a los que Saulo había irritado. Durante sus tres años en la Arabia nabatea había hablado a fondo y predicado el evangelio, y ya no era bien recibido tanto por los judíos como por los árabes. Unidos en su deseo de acabar con Saulo, ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarle. La ciudad estaba rodeada por un muro, y la única salida era a través de las puertas. Sin embargo, los cristianos hallaron otra salida. Era evidente que uno de ellos tenía acceso a una casa sobre el muro de la ciudad, por tanto, los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta. Después de haber logrado escapar, Saulo llegó a Jerusalén, donde trataba de juntarse con los discípulos. Estos, con toda razón, le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Saulo les debió haber parecido el prototipo del lobo disfrazado de oveja, que ahora intentaba destruir desde el interior lo que antes había tratado de destruir desde afuera. No se sabe cuánto tiempo duró esta situación caótica, pero el tiempo imperfecto del verbo traducido trataba sugiere que los repetidos intentos de Saulo por unirse a la comunidad fueron rechazados. Finalmente, Bernabé (llamado “Hijo de consolación” en Hch. 4:36) tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Con el gran prestigio de Bernabé para garantizarlo, Saulo fue finalmente aceptado. Después de obtener aceptación, Saulo estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente

en el nombre del Señor. Retomando donde Esteban había quedado, hablaba y disputaba con los griegos. Debido a la

actitud intolerante que él mismo había hecho tanto por iniciar (cp. Hch. 8:1), ellos se volvieron sobre él y al instante

procuraban matarle. No se registran las maneras en que intentaron esta acción.

La iglesia descubrió pronto que casi era tan malo tener a Saulo con ellos como contra ellos. Rápidamente, el hombre agitó un avispero y, sin duda, en la mente de algunos, tanto por el propio bien de ellos como por el de él, decidieron enviarlo a casa. Según Gálatas 1:18, su estadía solo duró quince días. Los hermanos supieron la conspiración de los griegos probablemente de la propia visión de Saulo descrita en Hechos 22:17-21:

Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí. Yo dije: Señor, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pero me dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles.

Por la propia seguridad de Saulo, le llevaron hasta Cesarea (el puerto marítimo sobre el Mediterráneo) y le enviaron a Tarso, el pueblo natal de él en Cilicia. Así fue como Saulo desapareció de la escena por algunos años. Sin embargo, durante ese período no estuvo ocioso. Entre este tiempo y cuando Bernabé lo encontró en Tarso y lo llevó a Antioquía (11:25-26), se hallaba haciendo agresivamente lo que el Señor le había llamado a hacer. Según Gálatas 1:21, él fue “a las regiones de Siria y de Cilicia”. Al menos algunas de las iglesias de esa región mencionadas en Hechos 15:23 debieron haber sido fundadas por él en esos años.

Con el revoltoso Saulo fuera del escenario, tanto como perseguidor de la iglesia como el blanco principal de quienes odiaban a Cristo, la situación se calmó en Palestina. Lucas vuelve a resumir el progreso de la iglesia declarando que

entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo. Además de la salida de Saulo, cambios políticos

contribuyeron al alivio temporal de la iglesia. El derrocamiento del complaciente Pilato como gobernador, junto con la expansión de la autoridad de Herodes Agripa, restringió la libertad de acción de los judíos. Por tanto, no pudieron tomar medidas drásticas contra la iglesia.

Aquel día, en el camino cerca de Damasco, la vida de Saulo se transformó de manera dramática y total. Y, a partir de ese momento, lo mismo ocurrió con la historia del mundo, como veremos cuando él regrese al primer plano en el capítulo 13.

22. Señales de un ministerio personal eficaz

Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida. Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor. Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía. Y aconteció que en aquellos días enfermó y murió. Después de lavada, la pusieron en una sala. Y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres, a rogarle: No tardes en venir a nosotros. Levantándose entonces Pedro, fue con ellos; y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas. Entonces, sacando a todos, Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó. Y él, dándole la mano, la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor. Y aconteció que se quedó muchos días en Jope en casa de un cierto Simón, curtidor. (9:32-43)

Por grandes que puedan haber sido sus ministerios, los más nobles siervos de Dios siempre han sacado tiempo para ministrar a individuos. Moisés casi se agotó haciendo eso, hasta que su suegro lo reprendió por manejar mal el tiempo y le sugirió que delegara (Éx. 18:14ss). A pesar de las multitudes que lo acosaban, el Señor Jesucristo siempre tuvo preocupación y tiempo para las personas (cp. Mt. 9:19-22). Esteban participó en el cuidado personal de viudas (Hch. 6:1- 6). Pablo, aunque consumido por alcanzar ciudades y naciones, se granjeó el cariño de aquellas personas cuyos nombres están en todas sus epístolas. El gran apóstol compartió su vida y su labor con ellas (cp. Ro. 16). Los atareados reformadores Lutero y Calvino no descuidaron sus deberes pastorales. La idea de un hombre de Dios que ministra solo a grandes multitudes es extraña en la Biblia. Dios espera que todos los cristianos, líderes incluidos, vuelquen sus vidas en otros (2 Ti. 2:2).

El apóstol Pedro sabía qué era predicar a las masas. Desde el día de Pentecostés en adelante habló a enormes multitudes en Jerusalén. También predicó dos veces ante el concilio (Hch. 4, 5). Este pasaje revela el otro lado del ministerio de Pedro: su servicio personal a individuos. Seis elementos de tal servicio se insinúan, no de su directa enseñanza sino indirectamente de sus acciones. Pedro era eficaz con individuos porque participaba, exaltaba a Cristo, estaba disponible, era devoto, era fructífero y se encontraba libre de prejuicios.

PEDRO PARTICIPABA

Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida. Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. (9:32-33)

El escenario cambia de Pablo otra vez a Pedro, quien vuelve a ser el personaje central en la narración de los tres capítulos siguientes. Pablo se ha convertido y valientemente ha proclamado tanto en Damasco como en Jerusalén su recién encontrada fe. Su predicación exasperó de tal manera a sus oponentes que, primero en Damasco y después en Jerusalén, estos trataron de matarlo. Para ahora ha huido de Jerusalén hacia su ciudad natal de Tarso. Varios años después, como se registró en el capítulo 13, el ministerio de Pablo dominará el resto de la narración de Hechos.

La continua expansión de la iglesia fuera de Jerusalén (con la ayuda de la persecución observada en Hch. 8:1-2) requirió movimiento de parte de Pedro. La declaración aconteció que Pedro, visitando a todos, muestra el incesante carácter del ministerio del apóstol en esa época. En uno de sus viajes vino también a los santos que habitaban en

Lida. Pedro no permaneció en alguna oficina jerárquica sino que se hallaba en movimiento, lo que hacía que para Dios

fuera fácil dirigirlo. Quienes participan activamente en el ministerio son, por lo general, los que reciben de Dios las principales oportunidades ministeriales. Siempre ha parecido que Dios confía sus ministerios más prósperos a sus santos más atareados. El simple hecho de estar plenamente activo en el ministerio coloca a alguien en oportunidades

estratégicas.

Lida, conocida en el Antiguo Testamento como Lod, estaba situada a unos quince kilómetros al sureste de la costa

marítima de Jope. Era un lugar importante, ya que la atravesaban los caminos de Egipto a Siria y de Jope a Jerusalén. Hoy día es la ubicación del aeropuerto internacional de Israel. Cuando Pedro llegó halló allí a uno que se llamaba

Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. El uso de la expresión a uno para describirlo, al

contrastarlo con la descripción de Dorcas como “una discípula”, sugiere que el hombre no era creyente. No existen ejemplos en el Nuevo Testamento de creyentes que fueran sanados (aunque Lázaro, Dorcas y Eutico fueron resucitados).

Lucas no especifica si Eneas estaba paralítico debido a un derrame cerebral, a una enfermedad como la poliomielitis, o a una lesión. En cualquier caso, la parálisis estaba más allá de las habilidades del conocimiento médico limitado de la época. El paralítico hacía ocho años que estaba en cama, y enfrentaba esa perspectiva para el resto de su vida.

La disponibilidad de Pedro debido a su participación le abrió una puerta para ministrar. El milagro, además del evidente efecto en la vida de Eneas, iba a ser usado por Dios para llevar a la fe en Jesucristo a grandes cantidades de personas en la región circundante.

PEDRO EXALTABA A CRISTO

Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor. (9:34-35)

Quienes han de ministrar con eficacia para Jesucristo deben tratar de exaltarlo, no de promoverse ellos mismos. Pedro entendía a la perfección su papel (cp. Hch. 10:25-26). Acercándose al enfermo, le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo (no Pedro) te sana (cp. Hch. 3:6). La desinteresada humildad de Pedro está en agudo contraste con muchos en el ministerio moderno que buscan su propia fama (y fortuna), en lugar de tratar de exaltar el nombre del Señor Jesucristo.

Pedro tomó en serio las palabras del Señor registradas en Juan 15:4-5: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. En su primera epístola, Pedro repitió esas palabras: “Si alguno habla, hable conforme a las

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