LLENO DE IRA FRENTE A LLENO DEL ESPÍRITU
18. La iglesia perseguida se extiende
En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad. (8:1b-8)
El domingo 8 de enero de 1956, a la orilla de un solitario río en lo profundo de la selva ecuatoriana, cinco misioneros fueron asesinados por indios aucas primitivos. La noticia de la masacre conmocionó al mundo entero. Para algunos, esas muertes parecieron una tragedia sin sentido. Muchos censuraron las carreras misioneras prometedoras interrumpidas, las cinco mujeres jóvenes privadas de sus esposos y los niños que quedaron huérfanos.
Aquellos con visión espiritual más profunda vieron la situación de manera distinta. Nate Saint, uno de los cinco mártires, había escrito:
Al sopesar el futuro y buscar la voluntad de Dios, ¿parece justo que pongamos en peligro nuestras vidas por solo unos pocos salvajes? Al hacernos esta pregunta, nos dimos cuenta de que no es el llamado de los miles necesitados, sino más bien la simple insinuación de la Palabra profética de que habrá en su presencia en el último día algunos de cada tribu; y sentimos en nuestro corazón que es agradable al Señor que nos interesemos en abrir paso a la prisión auca para Cristo (Elisabeth Elliot, Portales de esplendor [Grand Rapids: Editorial Portavoz, 1959], p. 182).
Elisabeth Elliot, viuda de otro de los mártires, Jim Elliot, comentó:
Para el mundo en general esta fue una triste pérdida de cinco vidas jóvenes. Pero Dios tiene su plan y su propósito en todo. [Hubo aquellos cuyas vidas fueron cambiadas] por lo que ocurrió en Palm Beach. En Brasil, un grupo de indios en una estación misionera en lo profundo de Mato Grosso, después de oír la noticia, se puso de rodillas y clamó a Dios perdón por los hermanos indígenas que no conocían de Jesucristo. Un oficial [estadounidense] escribió a una de las viudas desde Roma: “Yo conocía a su esposo. Era para mí el ideal de lo que debía ser un cristiano”. Un comandante de la fuerza aérea con base en Inglaterra, con muchas horas de vuelo en aviones de propulsión a chorro, comenzó inmediatamente a hacer planes para ingresar en la Missionary Aviation Fellowship (Asociación Misionera de Aviación). Un misionero en África escribió: “Nuestro trabajo no volverá a ser el mismo. Conocíamos a dos de los hombres. Sus vidas han dejado [huellas] en las nuestras”.
Cerca de la costa de Italia, un oficial de la marina [estadounidense] sufrió un accidente en el mar. Mientras flotaba solo sobre una balsa, recordó las palabras de Jim Elliot (las cuales había leído en un informe en el diario): “Cuando llegue el momento de morir, asegúrate de que [lo único] que tienes que hacer es morir”. Oró para que fuera salvado, sabiendo que tenía más que hacer que morir. No estaba listo. Dios contestó su oración y fue rescatado. En Des Moines, Iowa, un muchacho de dieciocho años oró una semana en su habitación, y luego anunció a sus padres: “Voy a entregar mi vida completamente al Señor. Quiero tratar de ocupar el lugar de uno de esos cinco” (p. 262).
A primera vista, la muerte de Esteban también pudo parecer inútil. He aquí otra promisoria carrera truncada. Él era un predicador poderoso y milagroso, con profundo conocimiento del Antiguo Testamento. Tal era el carácter piadoso de su
vida que fue uno de los siete elegidos por la iglesia para supervisar sus asuntos cotidianos. ¿Por qué fue necesario que alguien tan dotado tuviera tan breve ministerio?
Además, su ministerio pareció haber terminado en fracaso. No solo fue asesinado como hereje, sino que su muerte también desató la primera persecución contra toda la Iglesia. Esa cacería, encabezada por Saulo de Tarso, dispersó la comunidad de Jerusalén. Sin embargo, tal visión sesgada de la muerte de Esteban revela una falta de comprensión acerca del modo en que el Espíritu Santo obra. La persecución, que parece algo negativo, en realidad resultó ser un factor positivo. Produjo la primera gran extensión misionera de la iglesia primitiva. El intento de Satanás por acabar la pasión de la Iglesia simplemente esparció las cenizas e inició nuevas pasiones en todo el mundo. En palabras de Tertuliano, padre de la iglesia primitiva, la sangre de los mártires se convirtió en la semilla del cristianismo.
El primer esfuerzo misionero de la iglesia primitiva, que se inicia en este capítulo, se vislumbra en el capítulo 5 cuando personas de las ciudades cercanas a Jerusalén llevaban sus enfermos para que los apóstoles los sanaran (5:16). El alcance de Esteban hacia los judíos griegos, los de tierras extranjeras, fue un paso hacia la evangelización mundial. En el capítulo 8 se ve a la iglesia llegando hasta Judea, Samaria e incluso hasta los gentiles. Los creyentes estaban llevando el mandato del Señor de ser “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). Este capítulo marca otro paso histórico. Jerusalén, que hasta este momento ha dominado la historia, empieza a ubicarse en un segundo plano, ilustrando la verdad de que oportunidad pasada por alto es oportunidad perdida. La iglesia continúa allí, pero los días explosivos de milagros apostólicos y crecimiento exponencial se esfumaron. Pablo escribió que el evangelio llegó “al judío primeramente” y después “al griego” (Ro. 1:16). El asesinato de Esteban, casi sin lugar a dudas, fijó un punto con relación al rechazo final del evangelio por parte de los líderes judíos y comenzó el diseño de Dios para que el evangelio ingresara a nuevo territorio.
En los versículos iniciales de este importante capítulo se destacan tres características progresivas que describen la expansión inicial: persecución, que lleva a la predicación, la cual lleva a la productividad.
PERSECUCIÓN
En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. (8:1b-3)
La persecución que la iglesia había enfrentado hasta este momento se había dirigido a los apóstoles y sus asociados que proclamaban al Jesús resucitado. Pedro y Juan habían hallado oposición de las autoridades judías, y Esteban había tenido una muerte de mártir. No obstante, hasta el momento, ninguna persecución se había dirigido a los miembros de la iglesia. Eso iba a cambiar rápidamente. En el mismo día de la muerte de Esteban, hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén. Tal acoso, detonado por el asesinato de Esteban, fue dirigido por un judío griego llamado Saulo de Tarso. Él era un brillante alumno del rabino reverenciado Gamaliel, “en el judaísmo aventajaba a muchos de [sus] contemporáneos en [su] nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de [sus] padres” (Gá 1:14). Según el propio testimonio de Saulo, fue “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Fil. 3:5-6). Su compromiso y su celo se enfocaron en eliminar a la Iglesia. (Para más información biográfica en cuanto a Pablo, véase
Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Romanos [Grand Rapids: Editorial Portavoz, 2010], pp. 15-20).
Irónicamente, este mismo Saulo que consintió en la muerte de Esteban sufriría después muchísimo más por la causa de Cristo, de lo que sufrió Esteban. Ya en la primera persecución física, Esteban encontró la muerte, mientras Pablo fue maltratado muchas veces (cp. 2 Co. 11:23ss) hasta que finalmente lo asesinaron. Así se expresó el Señor Jesucristo acerca de él: “Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hch. 9:16). Pablo soportó la turbación de enfrentar la muerte muchas veces (2 Co. 4:8-12).
El ministerio de Pablo fue en muchas maneras parecido al de Esteban. Este predicó a Cristo en las sinagogas igual que Pablo (Hch. 17:1-2). El pueblo judío rechazó el mensaje de Esteban, como ocurrió con el de Pablo (Hch. 18:5-6). Esteban fue acusado de hablar contra Moisés, la ley, y el templo, igual que Pablo (Hch. 21:28; 24:6; 25:8; 28:17). Esteban fue apedreado y también Pablo (aunque esta no fue la causa de su muerte) (Hch. 14:19-20). Ambos fueron juzgados ante el concilio (Hch. 6:12ss; 22:30ss). Por último, ambos murieron como mártires.
La muerte de Esteban fue entonces el catalizador para la tormenta de persecución dirigida por Pablo, que estalló sobre la iglesia. Las predicciones del Señor Jesucristo se estaban haciendo realidad: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:20); “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Jn. 16:2).
A causa de la persecución, todos los creyentes fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los
apóstoles. “Todos” no significa que cada individuo cristiano, excepto los apóstoles, salieran de Jerusalén. Que la iglesia
en Jerusalén siguió existiendo es evidente por Hechos 9:26; 11:2, 22; 15:4; y 21:17. Lo que esto significa es que la iglesia se dividió y que muchos de sus miembros fueron obligados a huir. Hechos 11:19-20 sugiere que quienes huyeron fueron principalmente griegos. Además, “desde este momento la iglesia en Jerusalén parece haber consistido casi totalmente de ‘hebreos’” (F. F. Bruce, The Book of the Acts [El libro de Hechos] [Grand Rapids: Eerdmans, 1971], p. 174). Era simplemente natural que los griegos a los que pertenecía Esteban fueran quienes soportaran el peso de la persecución.
Como fieles guardianes, los apóstoles permanecieron en sus puestos. Se quedaron en la ciudad por devoción a su Señor y por el deseo de pastorear al rebaño en Jerusalén. Una razón adicional aparece en el versículo 2: Jerusalén todavía era un campo misionero. Los hombres piadosos que llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto
sobre él, tal vez no habían sido creyentes. Lucas usa el término piadosos en otras partes para hablar de judíos
compasivos (cp. Lc. 2:25; Hch. 2:5). Quizás se trataba de amigos de Esteban de la sinagoga griega a la que asistía. El
gran llanto, prohibido por la Mishná en el caso de un criminal ejecutado, equivalía a una protesta pública por la muerte
de Esteban. A pesar del rechazo por parte de los dirigentes, aún había personas como estas cuyos corazones podrían estar receptivos al evangelio. Los apóstoles se quedaron, en parte, para continuar sus esfuerzos de evangelización.
Mientras tanto, la tormenta de persecución no disminuyó, a medida que Pablo asolaba la iglesia. Entrando casa por
casa, dotado de “poderes de los principales sacerdotes” (Hch. 26:10), arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. No contento con hostigar a los santos en Jerusalén, “Perseguía yo este Camino hasta la muerte,
prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres” (22:4). Los perseguía “hasta en las ciudades extranjeras” (26:11) con el permiso de los líderes judíos (22:5). Irónicamente, fue en una de esas misiones que Pablo se convirtió (9:1ss). En su celo por sus creencias (cp. Gá. 1:13), cumplió la predicción del Señor registrada en Juan 16:2. Sinceramente creyó estar sirviendo a Dios al encarcelar y ejecutar creyentes. Y solo un enfrentamiento directo con el Señor Jesucristo, lo convencería de lo contrario.
Los efectos de la persecución de Pablo fueron devastadores. Lumainomai (asolaba) aparece solo aquí en el Nuevo Testamento. Significa “destruir”, “arruinar”, o “dañar”. En escritos extra bíblicos la palabra se usaba para describir la destrucción de una ciudad (Walter Bauer, William Arndt y F. Wilbur Gingrich, A Greek-English Lexicon of the New
Testament and Other Early Christian Literature [Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento y otra literatura cristiana
primitiva] [Chicago: Univ. of Chicago Press, 1979], p. 481) y destrozo por parte de una bestia salvaje (Fritz Rienecker y Cleon L. Rogers, hijo, Linguistic Key to the Greek New Testament [Clave lingüística del griego del Nuevo Testamento] [Grand Rapids: Zondervan, 1982], p. 278). Saulo literalmente hizo trizas a la iglesia, acción que lo perseguiría tanto por el resto de su vida que se sintió totalmente indigno de ser llamado apóstol (cp. Hch. 22:3-5, 19-20; 26:9ss; Gá. 1:13; 1 Co. 15:9; 1 Ti. 1:13). La persecución dio lugar a la dispersión de la iglesia. Pero Dios utilizó la ira de los hombres para sus propósitos del evangelio.
PREDICACIÓN
Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados. (8:4-7)
Pero a pesar de la persecución, esos creyentes que fueron esparcidos no se escondieron de miedo en algún lugar, sino
que iban por todas partes anunciando el evangelio. Lo habían estado haciendo así antes de que estallara la persecución, y después de ser esparcidos siguieron predicando. Iban por todas partes se traduce de dierchomai, una palabra usada con frecuencia en Hechos para esfuerzos misioneros (8:40; 9:32; 13:6; 14:24; 15:3, 41; 16:6; 18:23; 19:1, 21; 20:2).
en la evangelización. Aunque algunos están especialmente dotados como evangelistas (Hch. 21:8; Ef. 4:11; 2 Ti. 4:5), todos los cristianos están llamados a proclamar a Cristo. La persecución de Satanás promovió exactamente aquello que pensaba destruir. Avivó a los creyentes con nuevo celo por proclamar el evangelio en nuevas regiones.
En el versículo 5, el Espíritu Santo se enfoca en un hombre como ejemplo de evangelización fiel. Felipe, el primer misionero nombrado en la Biblia, se convirtió en personaje clave para el resto del capítulo. No se trata del apóstol Felipe, quien se habría quedado en Jerusalén, sino de uno de los siete elegidos para servir a las necesidades de las viudas griegas (Hch. 6:5). Al igual que Esteban, su fidelidad a esa tarea lo llevó a que Dios lo usara en un ministerio más amplio (cp. Mt. 25:23). Aunque Pablo más adelante le dio instrucciones a Timoteo: “Haz obra de evangelista” (2 Ti. 4:5), Felipe es el único hombre en la Biblia a quien realmente se le dio el título de “evangelista” (Hch. 21:8). Ese es un honor apropiado a la luz de su obra pionera en la extensión del evangelio.
Comenzando su obra evangelizadora, Felipe descendió desde el altiplano de Jerusalén hasta la ciudad de Samaria, ubicada como a sesenta y cinco kilómetros al norte de Jerusalén. Esta era la antigua capital del reino del norte de Israel, fundada por Omri (1 R. 16:24), quien mudó la capital allí desde Tirsa. Después de casi siglo y medio de idolatría y rebelión contra Dios, la ciudad cayó ante los asirios dirigidos por Salmanasar V en el año 722 a.C. (2 R. 17:1-6; 18:9- 12). La caída de Samaria marcó el final del reino del norte. Muchos de sus habitantes fueron reasentados en otras tierras por los asirios (2 R. 17:6), quienes, a su vez, también ubicaron personas de otras naciones en esa región (2 R. 17:24ss). La mezcla resultante de judíos y gentiles se llegó a conocer como los samaritanos. En 2 Reyes 17:33 se registra su sincretismo religioso: “Temían a Jehová, y honraban a sus dioses, según la costumbre de las naciones de donde habían sido trasladados”.
Pronto surgió fricción entre samaritanos e israelitas. Cuando algunos samaritanos se ofrecieron para ayudar a reconstruir el templo, fueron rechazados con desprecio a pesar de afirmar que eran adoradores del Dios verdadero (Esd. 4:1-3). La hostilidad entre judíos y samaritanos aumentó durante el período ínter testamentario y fue evidente durante la época del Nuevo Testamento (cp. Lc. 9:52-53; Jn. 4:9; 8:48).
El Señor había desafiado la opinión convencional al anunciar su mesianismo a una mujer samaritana, dando un ejemplo de su compromiso con el mundo y los pecadores (cp. Jn. 4:4ss). Su orden expresa en Hechos 1:8 la cumplió inicialmente Felipe, quien predicaba a Cristo a los samaritanos. “Predicar” viene de kērussō, que significa “pregonar públicamente”, o “heraldo”. En los tiempos del Nuevo Testamento, los samaritanos habían abandonado su idolatría. Ahora adoraban al Dios verdadero, aunque a su manera confusa a la que Jesús describió como “adorar lo que no saben” (cp. Jn. 4:20-24). Los samaritanos, al igual que los judíos, esperaban la venida del Mesías (cp. Jn. 4:25). Dada esa base de fe, Esteban pudo proclamar simplemente a Jesús como el Mesías esperado por mucho tiempo. Con algunas personas debemos pasar tiempo en pre-evangelización, derribándoles su falso sistema de fe y probando la verdad del cristianismo. Solo entonces estarán preparados para entender el mensaje del evangelio. Otros, como los samaritanos, ya tienen ese trasfondo. Están listos para oír el evangelio.
El Espíritu Santo les había preparado los corazones para responder al mensaje de Felipe. En consecuencia, su predicación dio como resultado un despertar espiritual total, y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas
que decía Felipe. Las señales que el evangelista hacía lo autenticaban como un verdadero mensajero de Dios (cp. Hch.
2:43; 4:30; 5:12-16; 6:8; 14:3; 15:12, y el análisis en el capítulo 13 de esta obra).
El versículo 7 brinda algunos ejemplos de los milagros realizados por Felipe: De muchos que tenían espíritus
inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados. Lucas observa que aquellos
poseídos por espíritus inmundos, o demonios, eran liberados de su esclavitud. Con frecuencia Jesús encontraba y sanaba individuos poseídos por demonios (cp. Mt. 4:24; 8:16, 28; 9:32-34; 12:22-28; etc.), mientras Satanás reunía todas sus fuerzas en un inútil esfuerzo por oponérsele. Jesús aún seguía sanando a los endemoniados a través de este asociado de los apóstoles. Tales personas poseídas por demonios existen en nuestros días, aunque quizás no se manifiesten tan comúnmente en la cultura occidental como sucede en las culturas tercermundistas. Según C. S. Lewis observa, Satanás y sus demonios se adaptan a cualquier punto de vista del mundo que prevalezca en una sociedad dada. Están igualmente en casa con los materialistas occidentales como con los magos del tercer mundo (Cartas del diablo a su sobrino [Alcalá: Rialp, 2004], p. 3). A muchos individuos los controlan demonios que no dan señal externa de ello. Esto es especialmente cierto en quienes se dedican a promover falsa religión. (Para un estudio de si los cristianos pueden ser poseídos por demonios, véase mi libro How to Meet the Enemy [Cómo enfrentar al enemigo] [Wheaton, Ill.: Victor, 1992].)
A pesar de las afirmaciones del movimiento de la llamada “guerra espiritual”, los creyentes modernos no tienen autoridad o capacidad para expulsar o echar fuera demonios directamente. En otras partes he observado que el don temporal de milagros fue el poder (dunamis) de echar fuera demonios (Comentario MacArthur del Nuevo Testamento:
Primera Corintios [Grand Rapids: Editorial Portavoz, 2003], p. 351). Igual que los demás dones de señales, este ya no
En ninguna parte de la Biblia se les dice a los creyentes que “aten a Satanás” o que ejerzan autoridad sobre demonios. Satanás no será atado hasta que un ángel santo lo haga en el futuro (Ap. 20:1-3). Y quienes intentan hacer valer su autoridad sobre los demonios se arriesgan a acabar como los exorcistas judíos, los hijos de Esceva, en Hechos 19:13-16. Es peligroso reclamar para nosotros autoridad que Dios no nos ha concedido. La instrucción bíblica para realizar guerra espiritual se presenta en Efesios 6:10-18. Sin poder resistir el poder de Felipe dado por Dios, los espíritus inmundos salían de sus víctimas, dando grandes voces. A menudo los demonios vociferaban al ser expulsados de un individuo (cp. Mr. 1:23, 26; 3:11; 5:7; Lc. 4:33, 41), tal vez en ira y protesta.
Además de echar fuera demonios, Felipe también sanaba a muchos paralíticos y cojos. Tales curaciones de graves enfermedades físicas hacían evidente el poder de Dios. No es de extrañar, entonces, que las personas prestaran gran