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El poderoso sermón de Pedro—Segunda parte La necesidad de arrepentimiento

Ese pasaje describe al Mesías como Siervo sufriente, obediente incluso hasta el punto de la muerte.

10. El poderoso sermón de Pedro—Segunda parte La necesidad de arrepentimiento

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad. (3:19-26)

A lo largo de la historia redentora, los voceros de Dios han llamado al arrepentimiento a los pecadores. Dios le dijo a Jeremías que declarara a la rebelde nación de Israel: “Así ha dicho Jehová: El que cae, ¿no se levanta? El que se desvía, ¿no vuelve al camino? ¿Por qué es este pueblo de Jerusalén rebelde con rebeldía perpetua? Abrazaron el engaño, y no han querido volverse” (Jer. 8:4-5). A Ezequiel le ordenó: “Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Ez. 14:6). En 2 Reyes 17:13 se resume la triste historia de los tratos de Dios con Israel en el Antiguo Testamento: “Jehová amonestó entonces a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes, diciendo: Volveos de vuestros malos caminos, y guardad mis mandamientos y mis ordenanzas, conforme a todas las leyes que yo prescribí a vuestros padres, y que os he enviado por medio de mis siervos los profetas”. El principal ministerio de los profetas fue llevar a Israel al arrepentimiento. Pero la nación se negó a escucharlos, y sufrió las terribles consecuencias de destrucción y cautiverio.

El mensaje tampoco cambió en el Nuevo Testamento. Mateo 3:1-2 relata: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Según Mateo 4:17, “desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.

Arrepentirse también fue la orden de la predicación apostólica. En su sermón del día de Pentecostés, Pedro ordenó a sus oyentes: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:38). Pablo caracterizó su ministerio en Éfeso como de estar “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). En su defensa ante Agripa declaró: “No fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hch. 26:19-20).

Al preparar la conclusión de su sermón, Pedro continúa en esa tradición y llama a sus oyentes al arrepentimiento. Ellos debían arrepentirse por haber rechazado a su Mesías y estaban en rebelión contra Dios. En la primera parte de su sermón, los sentenció por su culpa. Ahora les ofrece esperanza, asegurándoles que no es demasiado tarde para arrepentirse. Si lo hacen recibirán las bendiciones prometidas del pacto.

Arrepentimiento es un término clave en el Nuevo Testamento. El significado literal de metanoeō (arrepentirse) es “cambiar de opinión o de propósito”. Arrepentirse implica más que una simple decisión intelectual. Es un cambio de mentalidad que resulta en un cambio de conducta. El uso que Pedro hace de epistrephō (convertirse), una palabra usada frecuentemente en el Nuevo Testamento para referirse a pecadores que se vuelven a Dios (Lc. 1:16-17; Hch. 9:35; 11:21; 14:15; 15:19; 26:18, 20; 2 Co. 3:16; 1 Ts. 1:9; 1 P. 2:25), refuerza ese significado. En la parábola de los dos hijos, el Señor Jesucristo dio una ilustración del verdadero arrepentimiento:

Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma

manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios (Mt. 21:28-31).

Tenga en cuenta que el segundo hijo no solo cambió de opinión sino que siguió esa decisión con un cambio en su conducta. Juan el Bautista exigió que todo el que afirmara haberse arrepentido validara tal confesión con la evidencia de una vida transformada (Mt. 3:6-8). Tal es la naturaleza del arrepentimiento.

El plan de Dios para los hombres es que se arrepientan (Hch. 17:30). A fin de lograr ese propósito usa al menos cuatro motivadores. Primero, el conocimiento de que la verdad revelada de Dios debe ocasionar arrepentimiento en los hombres. En Mateo 11:21-24, Jesús reprendió duramente a las ciudades de Corazín, Betsaida y Capernaum por negarse a arrepentirse:

¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.

Lucas 16:30-31 ilustra la suficiencia de la Palabra para causar arrepentimiento: “Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos”.

El apóstol Juan definió con estas palabras su propósito en escribir su Evangelio: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn. 20:30-31). Dios ha dado a los hombres toda la evidencia que necesitan para llegar a la conclusión apropiada respecto a Jesucristo. Quienes no se arrepienten no tienen excusa. Segundo, Dios usa la aflicción por el pecado para llevar a los hombres al arrepentimiento. En 2 Corintios 7:9-10, Pablo escribió:

Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.

Sin embargo, no se debe confundir a la aflicción o al remordimiento por el pecado con verdadero arrepentimiento. Judas “sintió remordimiento” por ​traicionar a Jesús, pero no se arrepintió. Es posible tener tristeza por el pecado sin arrepentirse, así como es posible tener conocimiento sin arrepentimiento.

Tercero, la bondad y la generosidad de Dios deben motivar al arrepentimiento. En Romanos 2:4, Pablo reprende a Israel por no entender: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”. Dios, en gracia común, bendice a los hombres con cosas buenas para que disfruten. Jesús afirmó en Mateo 5:45 “que [Dios] hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Esta gracia común debe llevar a las personas al arrepentimiento. Una motivación final para arrepentirse es el temor al juicio final. El apóstol Pablo advirtió a los atenienses paganos: “Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hch. 17:30-31). La triste realidad del juicio venidero debería llevar a toda persona racional a arrepentirse y volverse a Dios por perdón. No existe otra vía de escape.

En la primera parte de su sermón, Pedro dio a sus oyentes abundante evidencia de que Israel había llegado a la conclusión equivocada acerca de Jesucristo. Entonces los llamó a arrepentirse y revertir su veredicto concerniente a Jesucristo y a poner su fe en Él. Para ayudar a persuadirlos les ofrece resultados prometidos si se arrepienten: Dios les

perdonará los pecados, el reino vendrá, el Mesías volverá, el juicio se evitará, y las bendiciones se llevarán a cabo.

DIOS LES PERDONARÁ LOS PECADOS

para que sean borrados vuestros pecados; (3:19b)

Las palabras de Pedro sin duda recordaron a la multitud el clamor de David en Salmos 51:9: “Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades”. El legalismo del judaísmo del siglo I, como cualquier sistema de justicia por obras, no podía producir perdón. Solo servía para cargar a “los hombres con cargas que no pueden llevar” (Lc. 11:46). La gloriosa verdad es que Dios misericordiosamente ha provisto para los hombres lo que no pueden conseguir por sí mismos. En Isaías 43:25, Dios declara: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”, mientras en Isaías 44:22 añade: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (cp. Nm. 14:18; Sal. 65:3; 85:2; 86:5; 130:3-4).

Solo hay una manera de recibir el perdón de Dios: por medio de la fe en su Hijo Jesucristo. Pedro proclamó audazmente al concilio: “A éste [Jesús], Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31). “Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hch. 10:43). Pablo escribió a los efesios que es en Él “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7; cp. Col. 1:14). En Efesios 4:32 agregó: “Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. La muerte expiatoria de Jesucristo logró lo que el sistema levítico no podía hacer, “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (He. 10:4). Exaleiphō (borrados) representa borrar la tinta de un documento (cp. Col. 2:14). A diferencia de la tinta moderna, la del mundo antiguo no tenía contenido de ácido. En consecuencia, no deterioraba el papiro o el pergamino usado para documentos. En lugar de eso permanecía en la superficie donde se podía borrar fácilmente con una esponja húmeda. Dios hace mucho más que simplemente tachar los pecados de los creyentes: los borra por completo. Se van más allá de la posibilidad de ser revisados o recordados. Incluso el horrible pecado de rechazar y ejecutar al Mesías no era indeleble y se podía borrar. Aquellos que ponen su fe en Cristo están unidos con Él en su muerte y resurrección (Ro. 6:4-5). Por tanto, Cristo ha “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:14). Como resultado “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).

El perdón produce gozo y alivio de la culpa. Horatio Spafford expresó esa realidad de forma hermosa en su himno clásico “Alcancé salvación”. Allí plasmó las siguientes palabras conocidas:

Seguro me siento al saber que Jesús

me libra del yugo opresor;

Él quita la afrenta, la clava en la cruz,

y alcancé salvación por su amor.

Esas palabras hallan eco en todo corazón redimido.

EL REINO VENDRÁ

para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, (3:19c)

El arrepentimiento no solo traería la bendición individual del perdón de los pecados, sino también, finalmente, bendición

colectiva. La frase tiempos de refrigerio se refiere al reino milenial. Durante generaciones, Israel había esperado ansiosamente ese reino. Anhelaban ver al Mesías reinando personalmente en la tierra y que sus enemigos fueran vencidos. Los profetas habían hablado de un período glorioso de descanso para el pueblo que había conocido poca paz durante los siglos. Trágicamente, cuando el Rey vino a ofrecer ese reino, lo rechazaron. Y, como señala Pedro, es imposible tener el reino sin aceptar al Rey.

Kairos (tiempos) indica una época fija, establecida o predeterminada. Jesús usó la expresión en Hechos 1:7 para

contestar las preguntas de los discípulos acerca de la restauración del reino. Les dijo: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad”. La determinación soberana de Dios de la época del reino abarca el arrepentimiento de Israel. Es solo cuando “todo Israel [sea] salvo [que] vendrá de Sion el Libertador” (Ro. 11:26).

El reino será un tiempo de mucho refrigerio necesario para Israel. Ezequiel dijo que sería una época de “lluvias de bendición” (34:26). Isaías vio el reino como un tiempo en que Dios derramará “aguas sobre el sequedal” (44:3). Joel 2 ofrece una descripción de la venida del reino, incluso refiriéndose a este tiempo como de satisfacción (2:26). Ningún pueblo en la historia ha sido tan maltratado como el judío. A través de los siglos han padecido invasiones, deportaciones, persecuciones y matanzas. Todo ha culminado en nuestro siglo en el demencial intento nazi de exterminarlos por completo. A pesar de haber vuelto a su tierra, sus enemigos no les dan tregua. El descanso ofrecido por Dios en el reino satisfará los deseos de sus corazones.

El reino será una época dorada de bendición para Israel (y gentiles creyentes), superando incluso la época de los reinados de David y Salomón. Isaías 11:6-10 describe el apacible descanso del reino con estas conocidas palabras:

Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar. Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa.

Isaías 35:1-10 añade:

Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro. Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad. El lugar seco se convertirá en estanque, y el sequedal en manaderos de aguas; en la morada de chacales, en su guarida, será lugar de cañas y juncos. Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará. No habrá allí león, ni fiera subirá por él, ni allí se hallará, para que caminen los redimidos. Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.

El reino no se logrará a través de esfuerzos humanos, sino que vendrá de la presencia del Señor. Él lo llevará a cabo según su voluntad soberana. Apocalipsis 5 presenta la escena en el cielo cuando el Cordero, el Señor Jesucristo, toma el título de propiedad del universo. El despliegue de ese rollo (capítulos 6–19) describe su método de retomar del usurpador lo que por derecho es suyo, culminando en la venida del reino (Ap. 20:4-6).

Por tanto, Pedro puso directamente en los hombros de ellos la responsabilidad por la tardanza de la venida del reino. Fue por falta de arrepentimiento que, humanamente hablando, se pospuso el reino. Por medio de Pedro, Dios les proveyó la oportunidad de arrepentirse de ese pecado. Por desgracia, aunque unos pocos individuos respondieron, la nación como un todo siguió rechazando la generosa oferta de Dios. No queda nada para ellos excepto el cumplimiento de la triste profecía del Señor en Lucas 19:41-44:

Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.

El primer y devastador juicio divino por el rechazo de Israel cayó sobre ellos en el 70 d.C., cuando los romanos saquearon Jerusalén, destruyeron el templo y mataron a más de un millón de judíos. Los oyentes de Pedro pagaron un precio terrible en el tiempo y la eternidad por su rechazo a las reiteradas solicitudes de Dios de arrepentirse. Sin embargo, “No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció” (Ro. 11:2). El reino, aunque demorado al menos dos mil años, vendrá cuando Israel se haya convertido. Zacarías 12:10—13:1; 14:1ss profetizó el día de salvación para los judíos y la subsiguiente venida del Rey y su reino.

EL MESÍAS VOLVERÁ

y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. (3:20-21)

Como ya se ha señalado, es una frase trillada que no puede haber reino sin rey. Pedro anunció que si la multitud revertía el veredicto de la noche de Pascua, Dios enviaría a Jesucristo, el Mesías que fue antes anunciado. Nuestro Señor expresó esa verdad en Mateo 23:39 cuando habló a la incrédula ciudad de Jerusalén: “Os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Él no regresará hasta que Israel se arrepienta y lo reconozca como su Mesías (Ro. 11:26; Zac. 12:10—14:9).

Algunos se pudieron haber preguntado por qué, si Jesús era el Mesías, no se quedó y estableció su reino. En respuesta,

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