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UN CONCEPTO ERRÓNEO DE SÍ MISMO

In document John Macarthur- Comentario Del NT - Hechos (página 140-143)

sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga (vv. 36-43).

El texto que estamos estudiando presenta un ejemplo de verdadera fe salvadora: el eunuco etíope. Pero antes expone el primer intento satánico de sembrar cizaña en la iglesia: Simón el mago. Simón parecía ser un creyente verdadero; incluso uno tan perspicaz que Felipe lo aceptó como tal y lo bautizó. Simón incluso “estaba siempre con Felipe” (v. 13). Por consiguiente manifestó las tres características de un creyente verdadero: creyó, fue obediente en el bautismo, y continuó con Felipe. Él ilustra la dificultad de distinguir el trigo de la cizaña. No fue sino hasta que intentó comprar la autoridad para conferir el Espíritu Santo que fue desenmascarado.

¿Dónde se equivocó Simón? ¿Cómo alguien que llegó tan cerca pierde la verdadera salvación? La fe debe estar cimentada en la verdad, lo que no ocurrió con la fe de este individuo. Este pasaje revela cuatro faltas evidentes y enormes en la teología de Simón: tenía un concepto erróneo de sí mismo, de la salvación, del Espíritu, y del pecado. Esas faltas le impidieron obtener fe verdadera y lo dejaron en la posición de perecer eternamente.

UN CONCEPTO ERRÓNEO DE SÍ MISMO

Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. (8:9-11)

Un concepto humano erróneo excluye del reino a multitudes. La idea de que el hombre es esencialmente bueno es tan generalizada como condenatoria. Adormece a sus víctimas en una falsa sensación de seguridad, haciéndoles creer que Dios aplaude sus buenas obras. En realidad, Él ve las supuestas buenas obras con que se visten como trapos “de inmundicia” (Is. 64:6). Toda visión de hombre como básicamente bueno y capaz de ganarse la aceptación de Dios reduce a las personas a la realidad del juicio y las ciega a su necesidad de un Salvador. Quienes no se ven como pecadores no verán ninguna necesidad de un Salvador.

Simón tenía un concepto egoísta de sí mismo. Antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, lo que lo llevó a hacerse pasar por algún grande. Vio en la enseñanza de Felipe un medio para

obtener mayor grandeza personal. Magia se refería originalmente a la tradición de los reyes magos: los sacerdotes de los medo-persas. Era una mezcla de ciencia y superstición, que combinaba astrología, adivinación y prácticas ocultistas con historia, matemáticas y agricultura. Podía ser engañosa o demoníaca. (Para más información sobre los reyes magos, véase Matthew 1-8, MacArthur New Testament Commentary [Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Mateo 1- 8] [Chicago: Moody, 1985], pp. 26-28.)

El dominio de Simón sobre los habitantes de Samaria era total. Todos, desde el más pequeño hasta el más grande, le

oían atentamente. Impresionados por los poderes ocultos del hombre, exclamaban: Este es el gran poder de Dios. Ese

título muestra que Simón reclamaba deidad para sí mismo (cp. Mr. 14:62). Que Simón se viera como Dios revela el concepto personal más hereje imaginable. Los padres de la iglesia primitiva informaron que Simón fue uno de los fundadores del gnosticismo y que se veía como Dios encarnado:

Los dos primeros maestros que propagaron ideas gnósticas dentro de círculos cristianos fueron Simón y su sucesor Menandro. A diferencia de representantes posteriores y más famosos del gnosticismo, tanto Simón como Menandro reclamaron divinidad para sí mismos. Según Hechos 8:9-11, Simón se hacía llamar “el gran poder de Dios”. El término griego que usaba, dunamis, fue utilizado por teólogos posteriores en referencia tanto al Hijo como al Espíritu Santo… Mártir Justino también reporta la afirmación mesiánica de Simón (Harold O. J. Brown,

Heresies [Herejías] [Garden City, N.Y.: Doubleday, 1984], p. 50).

El pervertido punto de vista de Simón en cuanto a sí mismo le brindó a Satanás una abertura a fin de usarlo para extender falsa doctrina a través de la iglesia. La falsa enseñanza de este hombre, elaborada posteriormente en gnosticismo a gran escala, iría a amenazar a la Iglesia desde Pablo en adelante durante siglos.

Igual que muchos magos charlatanes de hoy día (cp. Hch. 13:6), es probable que Simón creyera en sus poderes. El hecho de que él quizás no hubiera sido un fraude consciente lo hacía aun más peligroso y creíble. No sorprende entonces que los samaritanos estuvieran atentos, porque con sus artes mágicas Simón les había engañado mucho tiempo. Después de todo, ellos creían en Dios y tenías esperanzas mesiánicas. Eso los hacía especialmente vulnerables a alguien como Simón. Por desgracia, personas en nuestra época supuestamente sofisticada son igual de indefensos ante charlatanes que afirman ser obradores de milagros en el nombre de Dios.

Siempre y cuando Simón creía ser Dios, o casi Dios, no podía alcanzar un sentido apropiado de sí mismo. Las personas deben verse perdidas, débiles e indefensas sin Dios antes de que puedan ser salvas. Simón, atrapado firmemente en las garras del orgullo, no lo hizo.

El orgullo es una falta universal y mortal. Es el pecado más característico y controlador en toda la miseria humana. El orgullo es un pecado fácil de disfrutar, ya que no conlleva pérdida de reputación pública, prestigio, salud o riqueza asociados con otros pecados socialmente aceptables. Es más, al orgullo se le ha redefinido como una virtud. A menudo se le enmascara bajo motivos al parecer correctos. En Herodes se disfrazó de integridad y decapitó a Juan el Bautista. En los fariseos se ocultó como santidad y rechazaron al Santo. Entre las autoridades judías se enmascaró como celo por Dios y ejecutaron al Hijo de Dios.

La soberbia costó el Edén, y los ángeles caídos al cielo. Condenó a Sodoma y Gomorra. Costó la razón a Nabucodonosor, el reino a Roboam, la salud a Uzías, y la vida a Amán.

La Biblia tiene mucho que decir acerca del mal del orgullo. Job 35:12 declara: “Allí clamarán, y él no oirá, por la soberbia de los malos”. El salmista señala que “el malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Sal. 10:4), e implora al Señor que destruya “todos los labios lisonjeros, y la lengua que habla jactanciosamente” (Sal. 12:3). Proverbios 6:16-19 describe siete cosas que el Señor odia. Encabezan la lista “los ojos altivos”. Proverbios 8:13 declara: “El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino”, mientras Proverbios 16:5 advierte que “abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune”. Las conocidas palabras de Proverbios 21:4 establecen que “Altivez de ojos, y orgullo de corazón… son pecado”. Pablo advierte que “el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gá. 6:3). Nadie puede ser salvo mientras se aferre a su orgullo, porque “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Stg. 4:6). En Lucas 18:9-14, el Señor Jesucristo contó una parábola en que enseñó que el soberbio no puede ser salvo:

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Solo aquellos con la humildad de niños pequeños son los que están en condiciones de entrar al reino (Mt. 18:2-4). En una de las invitaciones más poderosas a los pecadores, Santiago escribió:

Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará (Stg. 4:6-10).

Solamente los humildes, conscientes de sus defectos y carencias, tienen esa sensación de perdición que los lleva hacia Dios. Son los pobres de espíritu, no los orgullosos de corazón, quienes experimentan fe salvadora (Mt. 5:3). Nada menos que un juicio real de la miseria personal, y un corazón contrito y humillado, junto con deseos de perdonar, preparan al alma para recibir salvación.

UN CONCEPTO ERRÓNEO DE LA SALVACIÓN

Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito. (8:12-13)

Las artes mágicas de Simón no podían igualar el poder de Felipe otorgado mediante el Espíritu (vv. 6-7). Por medio del ministerio de Felipe estalló un avivamiento en la ciudad. Cuando los habitantes creyeron a Felipe, que anunciaba el

evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. El mensaje de Felipe

constaba de dos partes. El reino de Dios se refiere al control soberano de Dios sobre la esfera de salvación a la que entran quienes le pertenecen por medio de la fe en su Hijo. El nombre de Jesucristo simboliza todo lo que Él es. Felipe les predicaba acerca del reino de los salvos y luego se centraba en las verdades acerca del Señor Jesucristo, quien es el único que provee entrada a dicho reino. Debido a la predicación de Felipe, muchos creían, y se bautizaban tanto hombres como mujeres. A medida que más personas creían, Simón veía que sus seguidores disminuían. Su declive en popularidad, un anhelo de estar asociado con Dios y con el Mesías, y un deseo de aprender lo que percibió como el poder de Felipe, motivó a Simón mismo a creer. Después de haberse bautizado, estaba siempre con Felipe, al menos por tres razones perceptibles. Primera, quería mantener contacto con las personas que seguían al predicador. Al unirse al movimiento de Felipe, Simón iba donde estaba la acción y conservaba viva la oportunidad de influir. Segunda, viendo las señales y grandes milagros que se

hacían, estaba atónito. El hombre tenía, por decirlo así, un interés profesional en averiguar el origen de los asombrosos

poderes de Felipe. Tercera, según muestra su conducta posterior, quiso encontrar la manera de adquirir ese poder para sí mismo. A menudo los magos vendían entre sí sus trucos y ​encantamientos.

Pronto se hizo evidente que el bautismo de Felipe no lo salvó. El bautismo no tiene poder para quitar el pecado. Sin embargo, es importante y se ha ordenado para todos los creyentes después de la salvación, a pesar de que no juega ningún papel en ella. (Para un mayor análisis de este punto véase el estudio de Hechos 2:38 en el capítulo 6 de esta obra.)

Simón vio la salvación como algo puramente ritualista, como un asunto externo y como una acción adicional en su vida, en lugar de verla como una trasformación total de su propia persona desde el interior (2 Co. 5:17). La fe que no transforma la vida no es fe salvadora. Santiago escribió: “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg. 2:14, 17-18). Los demonios tienen fe (Stg. 2:19), pero no son salvos. Ellos creen, y hasta tiemblan, pero no aman la justicia ni odian el pecado, lo cual es la evidencia de la salvación. Tampoco eran salvos aquellos descritos en Juan 2:23-25 mediante fe superficial: “Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre”. Simón creyó en las señales pero no en Aquel cuyo poder estaba detrás de esas señales. La verdadera salvación no es simple profesión ni un acto ritual. Es la transformación divina del alma que cambia de amarse a sí mismo hacia amar a Dios, de amar el pecado hacia amar la santidad.

UN CONCEPTO ERRÓNEO DEL ESPÍRITU

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. (8:14-21)

La noticia del asombroso éxito del ministerio de Felipe llegó hasta los apóstoles que estaban en Jerusalén. Cuando ellos oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan para comprobarlo. Que se hubiera incluido a los samaritanos en el reino era horrible para los judíos devotos, quienes los despreciaban y los consideraban parias mestizos. La misión de Pedro y Juan tenía tres propósitos: primero, llegaron para ayudar a Felipe con la cosecha espiritual. La respuesta de los samaritanos era demasiado grande para que la manejara un solo hombre. Segundo, llegaron para brindar autorización y bendición apostólica a la obra de Felipe entre los samaritanos. Los

apóstoles eran los líderes de la iglesia y conservaron ese estado aun después que esta se extendió más allá de Jerusalén. Finalmente, habiendo venido de Jerusalén, oraron por los samaritanos para que recibiesen el Espíritu Santo. Aunque estos habían creído y se habían bautizado, el Espíritu Santo aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Muchos de los que enseñan que los cristianos reciben al Espíritu después de la salvación se apoyan en este pasaje y en otros similares. Sostienen que aquí hay un claro ejemplo de personas que eran salvas, pero que aún no habían recibido el Espíritu Santo. Tal enseñanza hace caso omiso del carácter transitorio de Hechos. (Para mayor información sobre el carácter transitorio de Hechos y el asunto de la posterioridad relacionada con la venida del Espíritu, véase mi libro Los

carismáticos [El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1995].) También va en contra de la clara enseñanza bíblica de

que “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). No existe tal cosa como un cristiano que aún no ha recibido el Espíritu Santo, ya que “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” en la conversión (1 Co. 12:13).

¿Por qué los samaritanos (y después los gentiles) tuvieron que esperar a los apóstoles antes de recibir el Espíritu? Durante siglos, los samaritanos y los judíos habían sido encarnizados rivales. Si los samaritanos hubieran recibido el Espíritu independientemente de la iglesia en Jerusalén, esa grieta se habría perpetuado. Muy bien podría haber habido dos iglesias separadas, una judía y una samaritana. Pero Dios había diseñado una sola iglesia, en que “no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos… [son] uno en Cristo Jesús” (Gá. 3:28). Al retrasar la venida del Espíritu hasta que Pedro y Juan llegaran, Dios preservó la unidad de la Iglesia. Los apóstoles debían ver por sí mismos, y dar a la iglesia en Jerusalén testimonio de primera mano, de que el Espíritu había descendido sobre los samaritanos. Estos también debían aprender que estaban sujetos a la autoridad apostólica. Los creyentes judíos y los samaritanos estaban, por tanto, vinculados en un solo organismo. Hoy día los creyentes reciben el Espíritu en la salvación (cp. 1 Co. 12:13). No hubo necesidad de demora después que judíos, gentiles, samaritanos y santos del Antiguo Testamento estuvieran ya incluidos en la Iglesia. Cuando Pedro y Juan llegaron, imponían las manos en los creyentes samaritanos, y recibían el Espíritu Santo. Eso fue demasiado para Simón, quien cuando vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu

Santo, les ofreció dinero. Evidentemente, los creyentes estaban hablando en lenguas como ocurrió el día de

Pentecostés, de modo que había una señal perceptible de esta gran realidad suficiente para despertar el interés del mago. Felipe lo había impresionado, Pero Pedro y Juan lo dejaron anonadado. Simón les pidió de manera descarada y entusiasta: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu

Santo. Él trató a los dos apóstoles como si fueran compañeros practicantes de magia, y estuvo listo a negociar el precio a

fin de comprar el secreto del poder que exhibían. Con esta acción, Simón prestó su nombre para acuñar el término “simonía”, que a través de la historia se ha referido a la compra y venta de cargos eclesiásticos.

Sin embargo, nada de lo que Dios tiene está a la venta, ¡y sin duda no el Espíritu Santo! En realidad, no hay nada que hombres pecadores puedan ofrecerle. El Espíritu derrama libremente salvación y bendición espiritual sobre sus hijos. En Isaías 55:1, Dios exclama: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”. Pero miles y miles, ignorantes de esa realidad, se esfuerzan de manera desesperada e inútil por comprar la bendición de Dios.

Sin vacilar, Pedro reaccionó con indignación ante el intento de Simón. Con su característica franqueza le dijo: Tu

dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Pedro estaba furioso, como indica su prosa vehemente.

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