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c) Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)

De origen suizo, Rousseau es, sin embargo, uno de los nombres más asociados a la cultura de Francia. Su discurso es claro y fluido y, sin duda alguna, debe ser considerado un clásico de la lengua francesa. Innovó en pedagogía, y con él la

atención escolar se volvió hacia el estudiante: sus condicionantes, posibilidades, etc.

Desprecia el tiempo que le ha tocado vivir. Explica que no hay hombres auténticos, sino que todos se refugian tras la máscara de sus profesiones, de sus títulos o de su dinero. ¡Qué acompañamiento de vicios los siguen! No hay amigos sinceros, ni estima verdadera, ni confianza. La sospecha, la frialdad, el miedo, la traición se esconden tras este velo uniforme y pérfido de politesse. «Así es como hemos llegado a ser gente de bien». Echa de menos el espíritu de las ciudades- Estado griegas: en ellas cada hombre se sabía parte de la totalidad, y compartía orgullosamente con sus conciudadanos sus leyes y su religión. Sin embargo el cristianismo hizo perder aquella pluralidad y predicó la mansedumbre: el cristianismo es una religión para esclavos41. Sería difícil entender a Rousseau al

margen del sentimiento del patriotismo, que estaba desarrollándose con tanta fuerza en el siglo XVIII.

Dejando de lado los libros científicos, que nos enseñan los hombres tal como son ahora, y meditando sobre las operaciones primeras y más simples del alma humana, Rousseau encuentra dos principios anteriores a la razón: uno que se refiere al bienestar y a la conservación de nosotros mismos, y otro que inspira una repugnancia natural por ver morir o sufrir a cualquier ser sensible y, sobre todo, a nuestros semejantes. Nuestro espíritu combina estos principios, sin que sea necesario hacer entrar el de la sociabilidad, y desde ellos resultan todas las reglas del derecho natural.

Él parte desde el estado de naturaleza, que es un estado —explica él— que nunca ha existido ni existirá. (En Rousseau, el estado de naturaleza es una figura distinta de los autores de su época. Los otros trataban de mostrar los derechos naturales del hombre en este estado, y este ginebrino invoca tal estado para mostrar la falta de eticidad al margen de la vida social. Utiliza las mismas palabras pero con un contenido distinto).

En este estado los hombres no tenían relaciones mutuas, y no conocían la vanidad, ni la estima, ni el desprecio, ni la menor noción de lo tuyo y lo mío, como, en general, no poseían ninguna idea sobre la justicia. Vagando por los bosques, sin lenguaje, sin casa, sin guerras ni relaciones, sin necesidad de sus semejantes, como tampoco sin deseos de hacerles daño, puede que incluso sin reconocer a los otros individualmente, el hombre salvaje, sometido a pocas

pasiones y bastándose a sí mismo, no disponía más que de la inteligencia propia de este estado. No puede estar de acuerdo con Hobbes cuando éste afirma que, al no existir idea del bien y del mal, el hombre es naturalmente malo, porque en el estado de naturaleza el hombre no puede ser un vicioso, porque no conoce la virtud. Hobbes ha visto bien los fallos de las explicaciones anteriores sobre el derecho natural, pero ha sacado conclusiones equivocadas.

Rousseau propone lo que podemos llamar una «ética de tránsito», es decir, trata de mostrar cómo han de pasar los hombres desde el aislamiento a la sociedad política y jurídica. Ciertamente, ya vivimos agrupados, pero este hecho no es suficiente. Tiene mala opinión de los regímenes parlamentarios existentes entonces. Los votos que emiten los parlamentarios, bien están comprados con dinero, bien los parlamentarios están condicionados por las «sociedades intermedias», y las decisiones que adoptan estos organismos no pasan de constituir la «voluntad de todos», la volonté de tous. Frente a esta voluntad viciada es necesario conocer la verdadera voluntad, a la que llama ‘voluntad general’, volonté générale. La voluntad general es siempre buena y justa, la fuente de toda moralidad, y cuando la asamblea vota no la crea, sino que la desvela, puesto que siempre ha existido. Llegamos al conocimiento de tal voluntad prescindiendo de los intereses particulares, sean los individuales, sean los de los grupos, de modo que salga a la luz el verdadero interés general de todos los ciudadanos.

Recurre a la figura del contrato social. Para llegar a esta justicia incondicional es necesario que cada cual se entregue íntegramente a todos y, más tarde tendrán lugar las votaciones. Como todos se han entregado a todos, nadie puede intentar volver una carga más onerosa para los otros, porque inmediatamente se volverá más pesada también para él. La igualdad es la garantía última de la justicia.

¿Cómo saber cuál es la verdadera volonté générale, que no tiene por qué coincidir con la voluntad de todos? Rousseau se evade ante este problema. Desde mediados de su Du contrat social abandona el estudio de los requisitos que ha de reunir la voluntad general, y su discurso se convierte en un canto encendido a la obediencia al Estado. Rousseau fue el primer autor que diseñó doctrinalmente el Estado contemporáneo. Los otros sistemas de «derecho natural», con sus individuos libres y sus derechos presociales, fueron solamente un momento de transición desde el derecho natural premoderno hasta la doctrina del Estado que, en la configuración que le dio Rousseau, no reconoce derechos individuales.

Cabalmente, el Estado, tal como resulta desde la pluma de Rousseau, es totalitario. Georg Jellinek destacó, a comienzos del siglo XX, este rasgo del Estado

roussoniano, y fue contestado por Boutmy, que insistió en el pathos de Rousseau por la libertad. Efectivamente, Rousseau ensalza la libertad; pero nos propuso un Estado que no reconoce individualidades y en el que el mayor peligro para la justicia viene constituido, precisamente, por las individualidades. Los Estados constituidos en los siglos XIX y XX no han acabado de superar este carácter

tendencialmente totalitario.