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LA CAÍDA DEL “GOLDEN BOY”

In document Ojos vendados de Andrés Oppenheimer.pdf (página 117-119)

Martorana estaba en el apogeo de su carrera. Tras la firma del contrato con Banco Nación, su futuro parecía no tener límites. Pocos meses después, ese mismo año, Martorana lograría que IBM ganara un contrato aún más jugoso: un acuerdo comercial por 500 millones de dólares para modernizar el sistema de computación de la Dirección General Impositiva (DGI) argentina. Siempre sonriente, vestido con la mejor ropa, con el pelo un tanto más largo que lo usual en las más altas esferas empresariales —un vestigio de los años sesenta— Martorana era la personificación del ejecutivo exitoso. No sólo había llegado a la presidencia de IBM Argentina, sino que era una estrella en el mundo empresarial argentino, y un "golden boy" de la corporación a nivel internacional.

Estaba al mando de la subsidiaria de una de las principales multinacionales norteamericanas en un momento muy especial de la Argentina, en que el país se había acercado como nunca antes a Estados Unidos, y los funcionarios de las empresas norteamericanas eran vistos con más respeto que nunca por los argentinos. En sus casi veintisiete años de trabajo para IBM, Martorana había escalado de joven ingeniero electrónico en la ciudad de Rosario hasta ocupar el puesto número uno de la empresa a nivel nacional. Ahora sólo vestía trajes a medida, se movilizaba en un Alfa Romeo 164 de 50 mil dólares, y vivía en una casa de 500 mil dólares, con garaje para tres autos en el vecindario de Acassuso, a pasos del río de la Plata. Y como para ser fiel a la imagen del ejecutivo perfecto, Martorana corría todas las mañanas por el vecindario, para mantenerse en forma.

Sus empleados, en la oficina, a menudo bromeaban a sus espaldas por dos cosas que poca gente conocía fuera de IBM: su pasión por el psicoanálisis —veía a su terapeuta varias veces por semana, y a menudo trataba de convencer a sus amigos para que se hicieran miembros de la Escuela de Psicoanálisis de California— , y su obsesión por la limpieza. En los pasillos del piso veinte del edificio de IBM, donde estaba su oficina con vista al río y gran parte de la ciudad, corría la voz de que las pastillas color naranja que Martorana tomaba todos los días eran de extracto de zanahoria, y servían para que su rostro estuviera siempre bronceado.

Por otro lado, sus ayudantes y secretarias estaban acostumbrados a que Martorana Interrumpiera reuniones para lavarse las manos varias veces al día. En una ocasión, cuando se manchó la camisa mientras hablaba con una lapicera en la mano, Martorana trató infructuosamente de lavarse la mancha en el baño. "Cuando vio que la mancha no salía, se enojó tanto que nos dijo sorpresivamente que se iba a casa temprano. Pensamos que estaba bromeando, pero cuando nos dimos cuenta de que era en serio, nos quedamos boquiabiertos", recuerda Soriani, su número dos.

El predecesor de Martorana en el puesto de presidente de IBM Argentina, Víctor L. Savanti, quien se había jubilado de la empresa poco antes de cumplir los sesenta, los describe a ambos, Martorana y Soriani, como "hombres brillantes, muy ambiciosos, y que se creían los dueños del mundo". Ambos habían escalado posiciones juntos desde sus inicios en IBM en Rosario, aunque Martorana siempre había estado un paso más adelantado. Según me relató Savanti: "En una ocasión, llamé a Soriani a mi oficina para decirle que quería que hubiera más competencia entre los gerentes, y que a él le tocaba competir con Martorana por la promoción siguiente. Me contestó que a él no le molestaba seguir a las órdenes de Martorana". La estrella de Martorana dentro de IBM había crecido tanto que en enero de 1995, once meses después de la firma del contrato con Banco Nación, el mismo Gerstner, presidente de IBM a nivel mundial, hizo una mención pública de su nombre. Ocurrió durante la reunión anual de altos ejecutivos de las filiales de la empresa en todo el mundo, destinada a fijar estrategias para el año entrante. Cerca de sesenta gerentes de las varias subsidiarias internacionales de IBM estaban en la conferencia, realizada en un lujoso hotel de Palisades, Nueva Jersey.

"El mío era uno de los mercados más pequeños de todos los que estábamos allí", me comentó Martorana tiempo después. La mayor parte de los demás gerentes eran de Estados Unidos y Europa. En la tarde del segundo día de la reunión, según recuerda Martorana, Gerstner pronunció un discurso sobre la nueva era de IBM. La empresa se había convertido en una corporación con demasiada falta de flexibilidad, pesada, de reflejos muy lentos, dijo Gerstner. Hacía falta ser "más competitivos", dijo una y otra vez el máximo ejecutivo de la empresa, utilizando frases como "Nos quieren tragar vivos" y "Tenemos que odiar ser derrotados" para despertar las energías de sus gerentes.

En un momento de su discurso, Gerstner sacó una tarjeta del bolsillo. "Podemos hacerlo", dijo. Leyendo de la tarjeta, señaló que existía un país en que IBM había logrado ganar las mejores calificaciones en casi todas las categorías: tenía el mayor nivel de satisfacción de clientes, el mayor nivel de satisfacción de sus empleados, había logrado una mayor participación en el mercado, crecimiento

económico, y había ganado el premio a la empresa de mejor imagen en su país durante cuatro años consecutivos. Levantando la mirada, agregó: IBM Argentina.

"Ricardo, por favor, ponte de pie. Quiero que todos te vean", dijo el jefe máximo de la IBM, según recuerda Martorana. Entre los aplausos de sus colegas, el argentino se puso de pie. "Me puse todo colorado: no me lo esperaba. Entre los presentes, yo era uno de los menos importantes. Así y todo, me estaban poniendo como modelo. No lo podía creer", afirma Martorana. Ese mismo día, el presidente de IBM Argentina llamó a Buenos Aires para compartir con sus más estrechos colaboradores la noticia, según confirma Soriani.

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