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Las estancias de Bordeu y Dagnino Pastore

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Mientras Ponce y sus agentes le seguían los pasos al Señor de los Cielos en Chile, los enviados del cartel de Juárez a la Argentina estaban montando sus empresas en ese país a toda máquina. González Quirarte, Iñíguez y otros miembros del cartel de Juárez compraron algunas de las mejores estancias, con la ayuda de un entusiasta vendedor de bienes raíces argentino, Nicolás Di Tullio. Para el deleite de los lugareños en la provincia de Buenos Aires, los mexicanos se gastaron una fortuna en equipos agrícolas, camiones y todo tipo de lujos.

Una de sus mayores adquisiciones fue la estancia Rincón Grande, de cinco millones de dólares, en uno de los campos mejor ubicados del país. Se trataba de un lote de la estancia La Peregrina, de mil cien hectáreas, que incluía un hermoso lago rodeado de colinas a sólo 28 kilómetros del balneario de Mar del Plata. La Peregrina pertenecía desde hacía mucho tiempo a la familia Bordeu, uno de cuyos miembros, Juan Manuel Bordeu, fue famoso como corredor de automóviles.

González Quirarte se había propuesto convertir Rincón Grande en una propiedad de lujo. Tras comprar la estancia, invirtió 400 mil dólares en la remodelación del casco principal, la construcción de una piscina, un sauna y en la decoración del interior. Como buen mexicano y amante de los colores fuertes —y como síntoma de la poca preocupación que tenía por llamar la atención— mandó pintar la tranquera de color fucsia, instaló mármol negro en los pisos de la entrada y, para los patios interiores, hizo traer de México bancos de hierro forjado. Tiempo después, cuando la policía argentina junto con agentes de la Interpol mexicana inspeccionaron el lugar, encontrarían 250 trajes de los mejores diseñadores europeos, docenas de pares de botas de cocodrilo, víbora y lagarto, así como monturas de cuero y plata tasadas en miles de dólares cada una. Asimismo, para poder llegar a Mar del Plata sin perder tiempo, González Quirarte había mandado pavimentar el camino que iba de la puerta del casco de la estancia hasta la ruta principal. Una vez terminada la pavimentación, los mexicanos podían ir de compras o a cenar a la ciudad en cuestión de minutos.

En Mar del Plata, González Quirarte había comprado tractores y maquinaria agrícola por valor de 1.1 millones de dólares, así como 16 camionetas de doble tracción para los agradecidos peones de la estancia, quienes hasta ese entonces se habían movilizado a caballo. Para los comerciantes de los alrededores de Rincón Grande, acosados por la recesión económica, la llegada de los mexicanos fue como un maná del cielo. Según creían algunos de ellos, estaban presenciando los primeros beneficios de la economía global de la que tanto habían escuchado, pero cuyas inversiones habían tardado tanto en llegar a la provincia de Buenos Aires.

Para los jefes del cartel de Juárez, Rincón Grande tenía una excelente ubicación estratégica. Mar del Plata, con una población flotante de casi cincuenta mil personas por fin de semana, muchas de ellas turistas extranjeros, era una ciudad ideal para que los narcotraficantes mexicanos no levantaran muchas sospechas. Asimismo, varios hoteles y empresas comerciales pertenecían a las obras sociales de poderosos gremios del partido peronista, que podían ofrecer importantes conexiones políticas. Y Mar del Plata se había convertido en un centro bancario relativamente sofisticado desde los Juegos Panamericanos de 1995, que ofrecía servicios bancarios para realizar transacciones con cualquier lugar del mundo. Además, la ciudad había construido para los Panamericanos un aeropuerto internacional y una red telefónica ultramoderna. Para el cartel de Juárez, era un excelente lugar para invertir y hacer negocios.

Además de Rincón Grande, los mexicanos compraron la empresa El Espejo, propietaria de varias estancias valoradas en un total de cinco millones de dólares en Coronel Dorrego, otra de las mejores zonas agrícolas del país. El director y copropietario de El Espejo era el ex ministro de Economía argentino José Dagnino Pastore, quien junto a su mujer, Irene Lipka, era también el principal accionista. Cuando fue llamado por un juez argentino a declarar sobre la venta de sus campos a los narcotraficantes mexicanos, en una citación que no fue divulgada a la prensa, Dagnino Pastore dijo que le había vendido su propiedad a un estanciero de la zona, y que nunca había escuchado hablar sobre los mexicanos. Según el ex ministro, su esposa Irene había heredado la estancia de su padre veinte años atrás, y la familia había decidido venderla porque su rendimiento no era satisfactorio. El comprador fue Raúl O. Marinone, un veterinario y estanciero de Coronel Dorrego. Pero Dagnino Pastore señaló en su testimonio reservado que no tenía idea de que Marinone estaba comprando para otro. De acuerdo a investigadores judiciales argentinos, Marinone trabajaba junto con Di Tullio, el agente de bienes raíces de González Quirarte.

Una vez establecidos en Mar del Plata, los miembros del cartel de Juárez hicieron buenas migas con allegados a Diego Ibáñez, el difunto líder del sindicato petrolero de Mar del Plata. Juntos se abocaron al proyecto de construir un edificio

de departamentos en el balneario de Playa Grande, y a remodelar el histórico hotel Tourbillon, para convertirlo en un moderno hotel de cinco estrellas. Los enviados del cartel de Juárez también se compraron un departamento de lujo en La Recoleta, uno de los barrios más caros de Buenos Aires. Pagaron 305 mil dólares por un departamento en la Avenida Alvear, y gastaron otras decenas de miles de dólares en su decoración interior. Por un tiempo, el departamento sirvió de residencia a González Quirarte. Posteriormente, tras la huida del narcotraficante, la policía encontraría en el lugar más de cien botellas de tequila de varias marcas, así como un cargamento de latas de chiles picantes importadas de México. A pesar de su enamoramiento de la Argentina, los mexicanos sufrían de nostalgia.

Por su parte, Iñíguez, el ex oficial de la policía judicial mexicana convertido en guardaespaldas del Señor de los Cielos, había preferido vivir en Las Cañitas, un barrio que se puso de moda en años recientes. Iñíguez era uno de los pocos integrantes del cartel de Juárez que viajaba por América del Sur bajo su nombre verdadero. Cuando policías argentinos y mexicanos fueron a buscarlo a su departamento, se toparon con el encargado del edificio, que llevaba una camisa de cowboy tejano. "Me la dio Jorge, el mexicano que vive arriba", les dijo el portero a los policías. Pero Iñíguez ya se había esfumado.

Otro de los mexicanos que compraba a lo grande en Buenos Aires era un gigantón de dos metros de altura llamado Jaime Martínez Ayón, de unos 47 años, que según funcionarios norteamericanos y mexicanos se desempeñaba como contador del cartel. Martínez Ayón viajaba frecuentemente a la Argentina, y a menudo visitaba potenciales socios comerciales junto con Iñíguez, manteniendo informado de todo a González Quirarte. Al igual que Iñíguez, Martínez Ayón viajaba bajo su nombre verdadero. Cuando funcionarios de la Procuraduría General de México lo interrogaron cinco años después, Martínez Ayón negó saber que estaba trabajando para el cartel de Juárez.

Según él, había sido contratado por un tal Guillermo Ochoa, que ya había fallecido, para administrar sus propiedades en la Argentina. Los investigadores mexicanos no le creyeron una palabra. Cuando le preguntaron si había guardado sus recibos de salario o constancias de gastos de viaje a Guillermo Ochoa, Martínez Ayón dijo que no. Los policías mexicanos no se extrañaron: según ellos, los narcotraficantes arrestados siempre buscaban algún muerto en el periódico a quien endilgarle todos los cargos que la Justicia trataba de presentar contra ellos.

¿Sabía el gobierno argentino que los cabecillas del cartel de Juárez habían llegado al país y estaban comprando propiedades a diestra y siniestra? Si las autoridades argentinas no lo sabían después de algunos meses, no era porque no les hubiesen avisado. Según cables de la Interpol de México que me fueron mostrados por el gobierno mexicano, ellos habían alertado a la Policía Federal Argentina sobre la presencia de González Quirarte en Buenos Aires desde el 16 de junio de 1997, dos semanas antes de la muerte del Señor de los Cielos. A partir de ese momento, México bombardeó a las autoridades argentinas con pedidos de ayuda para localizar a los narcotraficantes mexicanos en el país.

Uno de los cables, fechado el 26 de julio, dice así: "Sabemos que González Quirarte estableció su base en la Argentina". El gobierno argentino, sin embargo, respondió que no podía hallar ni el rastro del traficante, y continuaba diciendo públicamente que la Argentina se distinguía de otros países latinoamericanos por no ser un refugio para los carteles de la droga. Luego del primer cable de la Interpol de México, los mexicanos enviaron un segundo cable el 4 de julio, el día de la muerte del Señor de los Cielos durante su operación de liposucción general en un hospital de la Ciudad de México.

El cable estaba catalogado de urgente, y la Interpol pedía que los aeropuertos argentinos fueran puestos en estado de alerta para arrestar a cualquier miembro del cartel de Juárez que intentara abandonar el país. Los policías mexicanos pensaban que quizás se produciría un cónclave de la plana mayor del cartel de Juárez en algún lugar de México, para evaluar cómo se manejarían los negocios tras la muerte del jefe de la organización.

Otros cables de la Interpol, fechados el 12, 22 y 26 de julio, revelan que México entregó a las autoridades argentinas los nombres de otros traficantes mexicanos que, se sospechaba, estaban viviendo en la Argentina, y pidió que se investigaran unos veinte números de teléfono de Buenos Aires a los que —según se había establecido por escuchas telefónicas— estaban llamando miembros del cartel de Juárez desde México.

Sin embargo, las autoridades argentinas no hicieron mucho, ya fuera por falta de interés o porque no tomaron muy en serio los pedidos de cooperación. A los ojos de los funcionarios mexicanos, el gobierno argentino o era ineficiente o sospechosamente lento en sus investigaciones. Quizás, sospechaban, la dejadez del gobierno de Menem se debiera a que si los narcotraficantes mexicanos habían invertido tanto dinero en la Argentina como lo sospechaba la Interpol, el país quedaría expuesto como un refugio de los carteles de la droga, cosa que no le convenía en absoluto a su dirigencia política.

Las sospechas de la policía mexicana estaban bien fundadas. Algunos años después, una gigantesca investigación de Estados Unidos revelaría que el cartel de

Juárez había ingresado en la Argentina mucho más dinero del que había empleado para la compra de las estancias y los autos de lujo. ¿Cómo lo descubrieron? Porque los investigadores norteamericanos le venían siguiendo el rastro al cartel de Juárez en la Argentina desde hacía tres años. Ya en 1995, mucho antes de que Ponce descubriera los cheques de viajero canjeados en la Argentina, agentes encubiertos del Servicio de Aduanas de Estados Unidos habían advertido que los traficantes mexicanos estaban enviando dinero de la venta de drogas en Chicago y Los Ángeles a dos cuentas del Citibank en Nueva York, y de allí a varias cuentas en la Argentina. Muy pronto, los investigadores norteamericanos descubrirían la verdadera dimensión de las conexiones económicas y políticas de los narcotraficantes mexicanos en la Argentina. Las sorpresas de la investigación recién empezaban.

Capítulo 2

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