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Debate en la embajada

In document Ojos vendados de Andrés Oppenheimer.pdf (página 140-142)

En varias visitas a Buenos Aires, pregunté a sus familiares y amigos por qué Marcelo Cattáneo se habría metido un artículo de periódico sobre el caso IBM- Banco Nación en la boca antes de suicidarse. Sus respuestas fueron muy simples: no se había suicidado.

Marcelo Cattáneo no era un hombre de grandes ambiciones, ni de grandes altibajos emocionales. La mayoría lo describe como "un buen tipo": no tenía una inteligencia superior, pero era simpático, sociable, y con buenos contactos personales. Católico practicante, su vida rondaba en torno al club de rugby San Carlos, donde había jugado en primera división, llegando a ser capitán del equipo, y donde últimamente se desempeñaba como entrenador de rugby. En años recientes, había sido miembro de cuanta comisión había en el San Carlos, desde la comisión encargada de redactar el boletín del club hasta la que escogía el menú de su restaurante.

"Era el alma del club", me señaló uno de sus mejores amigos. Como entrenador de rugby, Marcelo había llevado al equipo del San Carlos a Europa, Sudáfrica y varios países de América Latina. Le dedicaba mucho tiempo a sus Jugadores, la mayoría de ellos adolescentes, dándoles a veces consejos de vida como si fuera su padre. Y era un hombre sumamente unido a sus hijos, según sus familiares y amigos. Si realmente se hubiera suicidado, jamás lo habría hecho sin dejar una nota para su esposa e hijos, me señalaron.

Había muchos otros detalles extraños en su presunto suicidio. Según algunos investigadores, era muy raro que un hombre de clase media relativamente acomodada, como Marcelo Cattáneo, se quitara la vida ahorcándose de un poste en un terreno baldío, cuando hubiera podido comprarse un revólver. Además, su cuerpo fue descubierto con anteojos de sol, un traje de gimnasia azul barato y zapatillas de tenis rojas, todas vestimentas que ningún miembro de su familia había visto antes. Lo único que sus familiares reconocieron en la morgue fue su ropa interior.

"Tengo grandes sospechas de que fue un homicidio", dice Guillermo Francos, un legislador de la oposición que conoció a Marcelo Cattáneo durante la investigación parlamentaria del Proyecto Centenario. "Todos los detalles macabros de este episodio parecen indicar como un mensaje de la mafia, de que esto le pasa a cualquiera que se decida a hablar".

Marcelo Cattáneo había desaparecido el miércoles 30 de septiembre de 1998, pocos días antes de su muerte. Había salido de su casa a las 8.30 de la mañana, como todos los días, para su nuevo empleo en una agencia de viajes, donde había empezado a trabajar tras el colapso de Consad y CCR. Su esposa,

Silvina de la Rúa, una ex ejecutiva de Consad por más de veinte años, lo llamó a la oficina a eso de la una de la tarde. Él le había respondido el llamado a su celular, una hora más tarde, en momentos en que ella estaba comiendo un sandwich en un bar de la calle Florida. Fue "una conversación de rutina", recordó la viuda después, en su testimonio a los investigadores. Ella le preguntó a qué hora volvería a casa, y su marido le contestó que no muy tarde. Fue la última conversación que habían tenido. Al volver a su casa esa noche, Silvina les había preguntado a sus hijos si su padre ya estaba allí.

La respuesta de los niños fue: "Todavía no". El jueves a la mañana, después de pasar la noche sin pegar un ojo, la señora Cattáneo había denunciado a la policía la desaparición de su marido.

Como no se halló ningún rastro de violencia en el cuerpo de la víctima, la policía determinó que fue un suicidio. Después de todo, se trataba de un hombre envuelto en un escándalo público, que había sido identificado por dos ex directores del Banco Nación como la persona que les había pagado los sobornos. Si bien Marcelo Cattáneo se había declarado inocente en varias audiencias judiciales, era obvio que seguía siendo el personaje central de la investigación. Un ejército de fiscales, reporteros, abogados defensores e investigadores privados le seguían los pasos, tratando de averiguar a qué otros funcionarios del gobierno de Menem se habían entregado "gratificaciones" por el contrato IBM-Banco Nación. Según las autoridades, la víctima se había sentido arrinconada, y no había encontrado otra salida que quitarse la vida.

El tema de la muerte de Marcelo Cattáneo fue discutido en una reunión del sector político de la embajada de Estados Unidos en la Argentina, pero no se llegó a ninguna conclusión sobre el asunto. Según revelan los cables confidenciales enviados por la embajada al Departamento de Estado en Washington D.C., la misión diplomática norteamericana en la Argentina no envió ninguna evaluación o interpretación de la muerte de Cattáneo. "La embajada se limitó a enviar unos treinta informes de prensa [argentinos] a la oficina de asuntos argentinos del Departamento de Estado", me señaló Payton Howard, un funcionario de la Oficina de la Libertad de Información del Departamento de Estado, meses después de recibir mi solicitud formal de desclasificación de los documentos del caso bajo el Acta de Libertad de Información (FOIA) de Estados Unidos. Un funcionario de la embajada de Estados Unidos en la Argentina que participó de la reunión me confirmó que "tuvimos una discusión respecto a la muerte de Cattáneo, y varios funcionarios expresaron puntos de vista diferentes. Al final, decidimos considerar el tema como una cuestión de política interna de la Argentina" que no tenía mayores implicaciones para la relación bilateral, y que por lo tanto no requería una evaluación por parte de la embajada.

Pero pronto surgieron varios otros interrogantes sobre la muerte de Marcelo Cattáneo. Sus familiares se enteraron de un misterioso episodio ocurrido el sábado 4 de octubre, un día antes de su muerte, en el club San Carlos. Dos desconocidos con una filmadora fueron vistos en el campo de deportes donde la hija de Marcelo Cattáneo, Carolina, estaba jugando al hockey. Después de filmarla durante algunos minutos, y cuando el entrenador del equipo de hockey se les acercó para preguntarles quiénes eran, ambos se alejaron rápidamente, casi corriendo.

Luego, un mes después del aparente suicidio, la prensa informó que un vagabundo que merodeaba por el área en que fue hallado el cadáver de Cattáneo decía haber visto otra gente en el lugar la noche de su muerte. El vagabundo le dijo al periódico Página/12 que había hablado con la víctima poco antes de su muerte, y que Marcelo había estado en compañía de otros hombres pocas horas antes.

Un día después de que la nota saliera publicada, el vagabundo, Pedro Rodríguez, fue citado a declarar ante el fiscal que investigaba el caso. Rodríguez era uno de alrededor de una docena de indigentes gays que solían pasar la noche en el terreno baldío detrás de la Ciudad Universitaria que muchos conocían como la Aldea Gay. Muchos de ellos se dedicaban a recoger latas vacías en las calles para venderlas a empresas de reciclaje. Según Rodríguez, el día antes del descubrimiento del cadáver de Marcelo, ambos habían sostenido una larga conversación durante la cual la víctima le había confesado que iba a morir. Lo habían amenazado con matar a sus hijos si no se suicidaba.

"Voy a ser yo, o mi familia", habría dicho Marcelo Cattáneo. ¿Quién estaba amenazando a su familia? "Mi hermano es mi peor enemigo... Y anda por aquí", habría respondido el presunto suicida. Rodríguez agregó que, mientras hablaban, vio a dos hombres a unos cincuenta metros de distancia, que los estaban mirando. Cuando Marcelo Cattáneo los vio, había dicho: "Deben ser mi hermano y un amigo", y se encaminó hacia ellos. Rodríguez dijo que ésa fue la última vez que vio a Marcelo Cattáneo con vida.

Cuando el fiscal le preguntó por qué había esperado tanto tiempo para darle esta información a las autoridades, el vagabundo explicó que, en varias ocasiones, "me amenazaron muchas veces... Me dijeron que no siguiera buscando latas alrededor de Ciudad Universitaria, o mi cabeza aparecería flotando en el río".

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