Definición de las élites
En la visión sobre las élites presentada en este trabajo consideramos a la monarquía y a su círculo de próximos como el hegemón, mientras que el resto de los actores debe contentarse con el rango de actores secundarios, dependientes del primero y con escasa autonomía funcional. Esta estruc- tura dificulta la constitución de alianzas entre los actores secundarios, al estar estas siempre trianguladas por la insoslayable presencia de la mo- narquía, y auspicia el predominio de la competición.
La institución monárquica es el principal polo de poder y actor que establece las reglas de juego del campo político-social y religioso. A pe- sar de esa hegemonía, palacio real y su entorno necesitan de un campo políticosocial plural por varios motivos:
— La competición desde el primer momento de la independencia con un movimiento nacional2 que posee también importantes recursos simbólicos y materiales (control de parte de la admi- nistración y de los cuerpos de seguridad, discurso político na- cionalista articulado, ideología socialista movilizadora, etc.), o posteriormente con el movimiento islamista que intenta apro- piarse del importante campo de la legitimidad religiosa obligan a tener en cuenta a otros actores, ante la imposibilidad de una erradicación completa de las fuentes de poder alternativas. Las
fuentes de legitimación de la monarquía se mantienen en su esencia, pero han ido erosionando sus bases.
— Los sucesivos golpes de Estado militares de los años setenta o los atentados de inspiración salafista treinta años más tarde muestran los peligros de un gobierno en solitario, en el primer caso, o la necesidad de seguir ampliando la base política para neutralizar los sectores rebeldes, en el segundo.
— El Estado marroquí carece de fuentes de ingresos importantes y estables que puedan paliar la situación de extrema pobreza en la que vive un segmento importante de la población, y en cambio necesita de recursos para garantizar la paz social.
— El Estado marroquí es fuertemente dependiente del exterior (ayudas, remesas procedentes de la emigración, regímenes co- merciales con Europa, etc.). El apoyo exterior que se ha otorga- do a la monarquía reposa, especialmente tras el final de la gue- rra fría pero ya anteriormente, en la proyección de una imagen de Estado plural y liberalizado.
Por todo ello, la monarquía marroquí necesita la formulación de pactos sucesivos con diferentes actores político-sociales y económicos a pesar de su predominio sobre estos. Estos pactos tienen una naturaleza desi- gual. A través de ellos la corona da forma al sistema político-social, fa- voreciendo la ascensión de unos segmentos en detrimento de otros; legi- timando determinadas políticas, y alejándose de la responsabilidad del fracaso de otras, etc. Estas alianzas han ido variando con el tiempo, y de ellas ha dependido en gran parte la configuración de las élites secunda- rias.
Las élites primarias: la monarquía y su entorno
En el seno de las élites primarias se encuentra el rey y un reducido grupo de personas (quizás poco más de una veintena) en las que el monarca ha depositado su confianza basada bien en un conocimiento personal que viene de lejos, bien en su probada competencia profesional muchas veces acompañada de una formación en el extranjero, o bien en su control de determinados campos, al ser figuras con experiencia «heredadas» del rei- nado de Hasan II. El proceso de elitización responde tanto a criterios for-
males como al clientelismo y a las redes familiares. Mohamed VI ha aportado savia nueva al maduro sistema neopatrimonial heredado, reno- vándolo y vigorizándolo, y sobre todo propiciando un revulsivo genera- cional en su círculo más próximo.
Este grupo de élites primarias se nutre de: los miembros del gabi- nete real (especialmente los consejeros reales), los directores de algunos servicios del Estado y de las principales fuerzas de seguridad, algunos ministros delegados, secretarios de Estado o ministros que ocupan mi- nisterios de soberanía (cuyos titulares son elegidos por palacio), y unos pocos gestores empresariales vinculados con los negocios de palacio (Fe- liu, 2001).
La referencia a la monarquía debe iniciarse con el hecho de que se encuentra por encima de todo ordenamiento legal. Tal y como dispone el artículo 19 de la Constitución «El rey, Emir al Muminin [Comendador de los Creyentes, título religioso], representante supremo de la nación, sím- bolo de su unidad, garante de la perennidad y de la continuidad del Esta- do, vela por el respeto al islam y de la Constitución, y por la protección de los derechos y libertades de los ciudadanos, grupos sociales y colecti- vidades». Es el rey quien debe vigilar el cumplimiento de la Constitución y no al contrario, y quien tiene una responsabilidad central en las princi- pales esferas de la vida marroquí.3La práctica confirma esta visión y se puede afirmar que el rey, además de reinar, gobierna.
Del gabinete real forman parte seis consejeros vinculados directa- mente con el rey, además de una veintena de encargados de misión cuya jerarquía es fijada por el soberano y de unos 150 colaboradores, muchos de ellos realizando el vínculo entre el gabinete y los diferentes ministe- rios.4La estructura y funcionamiento de este gabinete se ha mantenido a lo largo de las décadas con algunas modificaciones. En época de Hasan II buena parte de las figuras que lo formaban accedían al gabinete como un intervalo entre dos Ministerios, e incluso a veces significaba ser rele- gado de la escena pública. Con Mohamed VI sus dimensiones han aumentado; la atribución de funciones es más clara y concreta —aunque sus funciones son cambiantes más allá de lo que establecen los respecti- vos dahires (edicto real)—; tiene una mayor visibilidad pública que debe ir acompañada de un comportamiento discreto; la pertenencia a este círculo representa un momento álgido en la carrera profesional de sus miembros; y es un mecanismo de cooptación de élites tecnócratas aleja- das, a diferencia del pasado, de las filas de los partidos políticos. El ga-
binete real sigue siendo el poder en la sombra con una función de control del gobierno, pero sobre todo de dirección de los asuntos más relevantes de la agenda nacional.
Los consejeros reales ocupan una posición privilegiada en el cam- po político gracias a su relación directa y en muchos casos de amistad personal con el monarca (trabada en el Colegio real al que asisten niños de todo el Reino en lo que quiere ser una muestra de la «sociedad real» marroquí). Entre los representantes de esta categoría debe destacarse a Mohamed Rochdi Chraibi (formado en el Colegio real), que ejerce ofi- ciosamente de director de gabinete; o Abdelaziz Meziane Belfkih, de gran ascendiente en la elección de ministros, y de directores de las gran- des empresas públicas y grandes direcciones de la administración, quizás también de walis y gobernadores, y gestor de grandes operaciones como el puerto Tánger Med y responsable de temas tan diversos como la ense- ñanza o la cuestión amazig. En menor medida son influyentes Mohamed Moatassim (responsable de la correspondencia del rey; fue ministro y posteriormente pasa a ser wali de la Gran Casablanca), Zulija Nasri (res- ponsable de asuntos sociales, especialmente de la Fundación Mohamed V para la solidaridad, y muy cercana al rey), André Azulay (una figura clave durante el reinado de Hasan II en cuestiones económicas y que pese a haber perdido peso específico con el actual rey es valorado por su red de contactos internacionales en Estados Unidos, Francia y ahora en España), Abbas Al Jirari (de asuntos religiosos), Omar Kabbaj o Fadel Benyaich.
Pero no todos los hombres más cercanos son consejeros reales, al- gunas de las figuras más próximas por su relación de amistad trabada en el Colegio real ocupan puestos muy diversos: Fuad Ali Al Himma, du- rante años el hombre más cercano al rey (pertenece al grupo del Colegio real) y responsable de temas especialmente importantes (desde el Sáhara hasta la seguridad del Estado) dimite de sus cargos y crea el Movimien- to de todos los demócratas (MTD) —que se transforma posteriormente con el concurso de otros partidos en el Partido de la autenticidad y la modernidad (PAM)— para presentarse a las elecciones legislativas de septiembre de 2007, en una operación que formalmente está dirigida a «sanear» la vida política y contrarrestar el ascenso islamista. Otros son ministros de soberanía, entre los que destaca la figura de Taieb Fassi Fih- ri, ministro de Asuntos Exteriores.
la seguridad: el Comandante en jefe de la gendarmería real, el general de división Hosni Benslimán a cargo de la seguridad del rey; Mohamed Yas- sin Mansuri de la Dirección general de estudios y documentación (DGED), amigo personal del rey de los tiempos del Colegio real, primer civil que se ocupa de este servicio de espionaje exterior que depende del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Reales (FAR)5y que forma parte de las delegaciones marroquíes en acontecimientos diplomáticos de pri- mer orden; Abdellatif Hammouchi de la Dirección general de vigilancia del territorio (DGST o DST, la policía política), que no procede del círculo del rey6o el ministro del Interior, Chakib Benmussa (tecnócrata, había formado parte del comité ejecutivo del grupo ONA).
En el ámbito económico destaca la figura de Mohamed Munir El Mayidi, secretario particular del rey y otro compañero de los tiempos del Colegio real y gestor de los holdings reales (Siger, ONA, SNI, etc.). Otras personalidades del mundo empresarial tendrían relaciones estre- chas con palacio real, como Anas Sefriui, con una de las mayores fortu- nas privadas de Marruecos y que según la prensa sería el hombre de paja del hermano del rey, Mulay Rachid.7
Las élites secundarias
Diversos estudios han mostrado la presencia histórica de las grandes fa- milias en la vida política y económica de Marruecos. Ali Benhaddou (1997) describe en su estudio sobre la genealogía de algunas de las prin- cipales figuras dirigentes del país, cómo estas proceden de familias (una cincuentena) cuyos miembros ya detentaron puestos de responsabilidad en el período sultanal, más de la mitad centrados en actividades económi- cas, y el resto figuras letradas o de ascendente religioso (chorfas y ule-
mas). Posteriormente las alianzas entre familias nobles, familias comer- ciantes y de negocios y familias vinculadas a la política crean una compleja red de alianzas y vínculos de naturaleza fundamentalmente en- dogámica,8solo en parte modificada por la llegada de nuevas figuras em- presariales o tecnócratas. Sigue siendo válida la afirmación de Waterbury (1975: 112): «Todos los marroquíes de clases dirigentes nacionales se co- nocen personalmente. Que sus relaciones sean amistosas u hostiles tiene menos importancia que el hecho de que existan». Estas relaciones confor- man la base de las élites secundarias brevemente descritas a continuación.
a) Élites formales
Figuras de segundo rango de las fuerzas armadas y los servicios secre- tos, y altos funcionarios del aparato coercitivo.Sobre estos cuerpos se debe señalar previamente que la mayor parte de ellos escapan al control parlamentario y del gobierno, y dependen directamente de palacio.
El proceso de construcción nacional comportó, al igual que en otros países, el establecimiento de unos cuerpos de seguridad efectivos, que controlasen el conjunto del territorio bajo el mando de la autoridad cen- tral y que garantizasen la unión de la nación alrededor de los principios sagrados. Al igual que sucedió en un primer momento con la administra- ción —integrada por militantes istiqlalíes, gracias a la política de marro- quinización—, el Istiqlal intentó sin éxito hacerse con el dominio de los cuerpos de seguridad, que finalmente quedaron bajo tutela de la monar- quía. El ejército fue reestructurado por Mohamed V, y Hasan II siendo todavía príncipe heredero recibió el encargo de dirigir las fuerzas arma- das reales (FAR). Bien pronto pasaron también bajo la dirección de Pala- cio: la seguridad nacional, la gendarmería real, los servicios secretos y las brigadas especiales. El monopolio sobre el uso de la violencia era ya en esos momentos absoluto.
Los sobresaltos de los golpes de Estado militares de principios de los setenta y la traición del que había sido mano derecha del rey, el gene- ral Mohamed Ufkir, aconsejaron de nuevo una reestructuración del cuer- po, que pasó a ser gobernado directamente por el monarca, al tiempo que desapareció el Ministerio de Defensa, que fue rebajado a «Administra- ción de la Defensa» dirigida por un secretario general. El inicio de la guerra en el Sáhara Occidental fue providencial al permitir confinar al ejército en los límites meridionales del reino y alejarlo del «Marruecos útil». Además, a diferencia de los vecinos Argelia y Túnez, el importan- te desarrollo de otros cuerpos de seguridad y policiales permitió restrin- gir el recurso al ejército y mantenerlo bajo vigilancia.
Este ejército sigue siendo hoy en día el gran desconocido, la gran incógnita, un cuerpo sobre el que no se ejerce ningún control democráti- co y una vía para el enriquecimiento de sus cuadros superiores (como muestra el caso del capitán de aviación Mustafa Adib,9las licencias de pesca concedidas a grandes generales,10o los vínculos con el contraban- do a través de las islas Canarias).
autónomo vinculado al Ejército y supervisado por el monarca que actúa fuera de las grandes ciudades y cuyas funciones se vieron reforzadas tras los golpes de Estado.
Los diferentes cuerpos de inteligencia, la mayor parte de ellos crea- dos tras los golpes de Estado de los años setenta, establecen relaciones complejas entre ellos, ya que se ocupan de asuntos parecidos que van más allá de las prerrogativas iniciales para las que fueron pensados, no tienen fijadas de forma clara sus atribuciones, y el predominio de unos sobre otros depende de quien los dirige en cada momento.
Por su parte, el Ministerio del Interior juega un papel esencial en múltiples ámbitos de la vida pública y privada del país a través de un com- plejo entramado de direcciones generales y departamentos. El Decreto de 15 de diciembre de 1997 estableció varias direcciones generales en el in- terior del Ministerio (asuntos internos, seguridad nacional, fuerzas auxi- liares —fuerzas de ámbito local bajo el mando de los gobernadores que se ocupaban de los centros de detención secretos— e inspección general de la administración territorial) y, paralelamente a estas, otras direcciones de alcance muy amplio (colectividades locales, gestión del territorio, asuntos rurales, protección civil, cuadros administrativos y técnicos, coordinación de asuntos económicos, administraciones y servicios delegados, asuntos administrativos, asuntos sociales, etc.). Su funcionamiento en la práctica se asemeja al de un mini-gobierno que, debe recordarse, forma parte de los «ministerios de soberanía», es decir, de aquellos cuyos responsables son nombrados directamente por el monarca.11
Instituciones de carácter paraestatal.Consejos y comisiones permanen- tes o ad hoc, Fundaciones e Institutos que gestionan ámbitos concretos de la vida político-social marroquí. Estas instituciones escapan a cual- quier control democrático y no encuentran su contrabalanza en otras es- tructuras democráticas fuertes; el gobierno y parlamento quedan así des- prestigiados o arrinconados de forma sutil frente a este entramado de organizaciones a las que se suele presentar como más neutrales, mejor preparadas técnicamente y no contaminadas por el juego político (más egoísta) de los partidos. Algunas de estas entidades (como es el caso de las comisiones reales sobre la mujer, o sobre las elecciones) han sido creadas ad hoc para luego desaparecer una vez cumplida su función. Otras como las dedicadas a los derechos humanos (Consejo consultivo de derechos humanos, CCDH), los medios de comunicación (Alta auto-
ridad de la comunicación audiovisual, HACA), la cuestión amazig (Ins- tituto real de la cultura amazig, IRCAM) o la educación (Consejo supe- rior de enseñanza, CSE) o las diferentes fundaciones reales que poseen recursos enormes tienen una voluntad de permanencia y están vinculadas a palacio a través de sus consejeros (si bien una parte de sus miembros pueden ser elegidos por diferentes instituciones, y en 2008 por primera vez ha habido una revisión del presupuesto del HACA y el CCDH por el gobierno). Su papel ha sido esencial para cooptar a ciertas clases medias de la vieja oposición e incluso a sectores «entristas» del movimiento de derechos humanos, o como pago a ciertos servicios.
El gobierno.La pertenencia al gobierno12posibilita el acceso a redes de influencia de relevancia y permite la gestión de ciertos campos siempre que esta no sea cortocircuitada por palacio. A pesar de que tras la refor- ma de la Constitución de 1996 se ha fortalecido la figura del primer mi- nistro, ya se ha visto que el gobierno ha ido perdiendo prerrogativas fren- te a todo un entramado de personalidades e instituciones paraestatales que escapan al control democrático. El conflicto entre el gobierno y este «gobierno paralelo» aflora periódicamente sin que ello signifique un cuestionamiento serio de las reglas del juego. Además, una parte de sus miembros queda fuera de la elección popular: los denominados ministe- rios «de soberanía» (Exteriores, Justicia, Asuntos Islámicos e Interior), cuyos titulares son elegidos directamente por el rey.
Líderes de partidos políticos y élites parlamentarias. Estos tienen acce- so a recursos materiales y simbólicos de cierta relevancia pero sin una capacidad de decisión trascendente. En este sector de la élite asistimos a dos procesos distintos: una alta renovación de la élite parlamentaria y una moderada transformación de los órganos directores de los partidos; pese a ello, ambos decursos convergen en la ausencia de un cambio polí- tico sustancial, en el seno de la clase política o impulsado por ella, y don- de las relaciones entre sus componentes (en el interior de los partidos y entre ellos) son de competencia muy personalizada.
Las altas cotas de renovación del personal parlamentario marro- quí13no propician el surgimiento de una clase parlamentaria, homogé- nea, portadora de estilos de autoridad comunes, capaz de originar un consenso de fines y procedimientos, y de articular, asimismo una cultu- ra institucional propia. El alto grado de renovación menoscaba la auto-
nomía de la institución parlamentaria y no coadyuva a la materialización del proceso democrático. Así pues, estamos ante un parlamento excesi- vamente abierto y con previsibles dificultades para su institucionaliza- ción, afirmación que puede hacerse extensiva desde finales de los no- venta a la actualidad.
Por otro lado asistimos a una lenta y pausada regeneración de las altas instancias de dirección de los partidos. Los cambios en las secreta- rias generales o presidencias se producen en la mayor parte de los casos por desaparición física de sus líderes, en menor medida por agotamiento del ciclo político o defenestración, y de forma excepcional por abando- nos voluntarios. En los burós políticos, salvo los vuelcos sin precedentes de 2000 del Partido del Progreso y del Socialismo, PPS (Parejo, 2006b: 178) y de 2001 de la Unión Socialista de Fuerzas Populares, USFP (Pa- rejo, 2006a: 107) se ha ido produciendo una progresiva ampliación de los órganos de dirección manteniendo una cuota casi compensada de perma- nencia y renovación. Estos cambios a dosis homeopáticas en una arena partidista cada vez más fragmentada no han supuesto un revulsivo que propicie la emergencia de liderazgos fuertes, con capacidad integradora y con proyectos políticos movilizadores, no han implicado una innova- ción profunda de la cultura política, estilos y estrategias de acción políti- ca de la élite de los partidos.
Esta clase política ha optado desde los años setenta por confrater-