Miguel Hernando de Larramendi
Mauritania, situado en la periferia del mundo árabe, actúa como país bi- sagra entre el Magreb y el África Subsahariana. Desde que Francia le concedió la independencia en 1960 el Estado mauritano ha tenido que hacer frente a la fragilidad de su estructura socioeconómica, así como a un entorno regional que inicialmente consideró su independencia como una maniobra del colonizador francés para preservar sus intereses eco- nómicos, en un territorio que durante mucho tiempo había formado par- te del África Occidental Francesa (AOF).
La denominación oficial del Estado —República Islámica de Mau- ritania— refleja la voluntad de subrayar explícitamente el principal ras- go integrador de una población numéricamente reducida —3,1 millones de habitantes, pero étnicamente diversa—. El 70% de sus habitantes son arabobereberes, tradicionalmente pastores nómadas y comerciantes, y el 30% restante negromauritanos de varias etnias —toutcouleurs, peuhls, wolofs, soninké— tradicionalmente sedentarios a orillas del río Senegal. Las diferencias entre la comunidad arabobereber, que ha monopolizado los centros de decisión política desde la independencia, y las diferentes etnias africanas han sido recurrentes en temas como la educación y la po- lítica de arabización, la orientación exterior del Estado —hacia el mun- do árabe o hacia el África Subsahariana— o la distribución de los recur- sos económicos. Las nuevas tierras irrigadas en la orilla del río Senegal tras la construcción de presas reguladoras de su cauce constituyeron, por ejemplo, el detonante de los violentos enfrentamientos en 1989 entre la población arabobereber y negroafricana en Mauritania y Senegal. El re- torno y reinserción de los refugiados negro mauritanos que viven en Se- negal desde la represión llevada a cabo por el ejército mauritano —cues-
tión conocida como el passif humanitaire— es una cuestión cuya solu- ción definitiva es compleja pero necesaria para reforzar la integración nacional.
A este débil grado de integración nacional se une la escasez de re- cursos económicos de un país extenso pero fundamentalmente desértico. La economía mauritana se basa en la explotación y exportación de recur- sos naturales como el mineral de hierro y cobre, la pesca y desde febrero de 2006 el petróleo. Las expectativas generadas por la puesta en explota- ción de los yacimientos de petróleo no se han visto satisfechas hasta el momento aunque está previsto que los ingresos netos procedentes del petróleo se sitúen aproximadamente en un 3% de promedio del PIB no pe- trolero para dispararse a partir de 2012 alcanzando un 10% del PIB no petrolero. A estos recursos se une la ayuda extranjera que desde 1974 ha supuesto de media una quinta parte del PIB. La gestión de estos recursos se realiza a través de un sistema controlado por un número reducido de élites que aprovechan las redes de parentesco para reproducir un sistema clientelar que dificulta la creación de riqueza y alimenta la corrupción. El proceso de consolidación del Estado mauritano no ha supuesto la desa- parición del sistema tribal, el cual sigue siendo un actor clave para com- prender las dinámicas políticas, económicas y sociales del país.
La fragilidad del Estado mauritano ha contribuido a reforzar su sa- telización en el espacio regional. El Estado mauritano, que no fue reco- nocido hasta finales de los años sesenta ni por Marruecos ni por gran par- te de los países árabes, concentró sus esfuerzos bajo el impulso de su primer presidente, Mokhtar ould Dadah, en intentar obtener el reconoci- miento de la sociedad internacional. En su frontera norte el hecho de que Marruecos reivindicara Mauritania como parte integrante de su territorio, contribuyó a que la política exterior mauritana estuviera centrada en in- tentar crear un Estado tapón que le separara geográficamente de Marrue- cos. Es en este contexto geopolítico donde hay que insertar la sorpren- dente alianza entre los hasta entonces antagonistas —Marruecos y Mauritania— para repartirse el Sáhara Occidental tras la retirada espa- ñola del territorio en febrero de 1976. Con la anexión de Río de Oro, la zona sur del antiguo Sáhara español, el régimen mauritano aspiraba a re- forzar su seguridad. El desencadenamiento del conflicto armado y el he- cho de que el Frente Polisario concentrase entre 1976 y 1978 sus accio- nes militares sobre Mauritania, más vulnerable que Marruecos, agudizó las contradicciones internas entre la mayoritaria comunidad arabobereber
—próxima cultural, lingüística y étnicamente a la población del Sáhara Occidental— y la comunidad negro-mauritana indiferente ante un one- roso conflicto que amenazaba con poner en peligro los inestables equili- brios del Estado, obligando al régimen mauritano a buscar el apoyo mili- tar de Francia y Marruecos para hacer frente a los ataques del Frente Polisario. Tras el derrocamiento del presidente Ould Dadah y la retirada de Río de Oro en 1979, los sucesivos gobiernos mauritanos pese a sus di- ferentes orientaciones ideológicas y afinidades regionales han coincidi- do en la defensa de una neutralidad en un conflicto del que Mauritania no se siente parte.
Las relaciones con el régimen iraquí de Saddam Husayn durante la invasión de Kuwait en 1990 situaron al régimen de Ould Taya en una po- sición de aislamiento internacional, en un contexto en el que las tensio- nes interétnicas se agudizaban en el país. El viraje internacional de Ould Taya mediante el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel y el apoyo a la «guerra contra el terrorismo» en el noroeste de África lan- zada por la Administración de Bush, alteraron de nuevo el equilibrio ge- opolítico siendo uno de los factores que aceleraron la caída del gobierno de Ould Taya en 2005.
La vida política mauritana ha ido acompañada desde el derroca- miento de Ould Daddah por un proceso de militarización acentuado du- rante los gobiernos de Ould Taya (1984-2005). La combinación entre autoritarismo y tribalismo político ha caracterizado este período dificul- tando la consolidación de la interesante experiencia que el país ha vivido entre 2007 y 2008 tras la elección democrática del presidente Ould Cheij Abdellahi.
Cincuenta años después de su independencia Mauritania afronta importantes desafíos. Entre estos retos se encuentra el reforzamiento de la cohesión social, la reducción de la pobreza y la creación de mecanis- mos de reparto del poder económico y la representación política entre los diversos grupos étnicos y culturales como condiciones necesarias para afrontar, con éxito, los desafíos de la democratización y el desarrollo.
5. El Egipto contemporáneo, entre reformas y
continuidad
Athina Kemou y Bárbara Azaola*
La historia del Egipto moderno está íntimamente ligada a la construcción del Estado egipcio. Según diversos historiadores, la llegada de Muham- mad Ali como gobernador del sultán otomano en 1805 puede ser consi- derada como el nacimiento del «Estado moderno» en Egipto.1En ese mo- mento es cuando comenzó a crearse un aparato de Estado que impulsó la reforma del ejército y de la administración en un proceso en el que Ayu- bi sitúa la génesis de la idea de «egipcianidad» a través de la institución del Estado (Ayubi, 1998). Desde finales del siglo XIX, y a pesar de las li-
mitaciones impuestas por la dominación colonial, ha existido una tradi- ción de vida parlamentaria que ha ayudado a perfilar el paisaje político contemporáneo egipcio. Tras la independencia del país en 1922 el pro- yecto liberal continuó hasta el golpe militar de los Oficiales Libres en 1952.
Egipto ha sido cuna de tres grandes ideologías que han tenido una gran influencia en el mundo arabomusulmán: el islamismo, el panarabis- mo y el liberalismo (Martín Muñoz, 2006: 4). De la experiencia liberal egipcia se pasó a un nacionalismo árabe representado en Naser a partir del pacto de Bagdad. El ideario se fue transformando en un nacionalismo solidario con movimientos de liberación árabes, que llevó a unir pero al mismo tiempo a dividir profundamente el mundo árabe (Kemou, 2007). A mediados de los setenta, bajo el mandato de Sadat, se produjo la transformación de un régimen de partido único a un sistema pluriparti- dista limitado. Este cambio político se produjo al tiempo que se aplicaba * Quisiéramos agradecer las informaciones y comentarios aportados por Amira Howeidy, Ibrahim El-Houdaiby, Wael Khalil, Basel Ramsis y Lorenzo Gabrielli.
su política de puertas abiertas, infitah (apertura), una orientación econó- mica que defendía el aumento de las exportaciones, la inversión extran- jera, el papel del sector privado y la liberalización del comercio. La con- fluencia entre las dos orientaciones políticas, socialismo y liberalismo, produjo la emergencia de una élite que integró a la mayor parte de la éli- te burocrática, de los oficiales y la burguesía urbana del incipiente sector privado.
Con la toma de poder de Hosni Mubarak, en 1981, el multipartidis- mo de fachada se mantuvo así como las políticas económicas liberales, más aceleradas todavía, pero sin dar paso a una apertura del sistema. El régimen sigue controlando la mayor parte de los recursos de poder y los procesos de acumulación a pesar del descontento popular y de la retórica internacional por una democratización del país.