En el Egipto contemporáneo existen dos élites primarias principales: por un lado, Mubarak y sus aliados que constituyen el régimen y que contro- lan, directa o indirectamente, la casi totalidad de los recursos de poder egipcios; por otro, la organización de los Hermanos Musulmanes que controla el discurso ideológico-religioso. El resto de los actores mantie- ne un papel secundario en la escena egipcia y representa a las élites se- cundarias, ya que sus capacidades de poder no son autónomas sino que están determinadas por sus relaciones con las élites primarias.
Es importante subrayar que la clasificación de las élites que viene a continuación no significa que estas controlen, completa o exclusivamen- te, un determinado recurso, sino que esta división quiere subrayar la prin- cipal fuente de poder de cada una de las élites.
El Régimen Mubarak
El campo político egipcio está dominado por las élites vinculadas al Par- tido Nacional Democrático (PND). Este partido, presidido por el Presi- dente de la República, Hosni Mubarak, es el heredero directo de la Unión Socialista Árabe (USA), partido único creado por Naser en 1962 en el
que se integraron los diversos sectores que apoyaron el golpe de los Ofi- ciales Libres en 1952.
El proceso de reformas iniciado por Sadat a mediados de los setenta se tradujo en la reconversión de la Unión Socialista Árabe, que aunque cambió su nombre por el del PND continuó siendo la fuerza política do- minante en un escenario pluripartidista. Tras la llegada al poder de Hosni Mubarak en 1981, el proceso de cambios en el partido continuó. A las éli- tes vinculadas al poder, burócratas de Estado, cuerpos de seguridad y al- tos oficiales del ejército, se han incorporado nuevos actores procedentes de la burguesía nacida al calor de las reformas liberalizadoras del infitah. La principal fuente de poder de Mubarak y sus aliados se encuentra en el control del aparato estatal. El poder ejecutivo y legislativo está mo- nopolizado por el presidente gracias a un sistema presidencial centrali- zado y a una ley de emergencia que entró en vigor tras el asesinato del presidente Sadat en 1981 y que en 2008 todavía no ha sido derogada. Por otra parte, la Ley 66/1943, enmendada por la Ley 35/1984, declara la in- dependencia del poder judicial, estableciendo sin embargo una serie de restricciones.2En paralelo, el PND controla las dos cámaras del parla- mento egipcio, la Asamblea del Pueblo (Maylis Al-Sha’ab) y la Asam- blea Consultiva (Maylis Al-Shura), aunque desde finales de los años se- tenta ha habido otros grupos políticos con representación parlamentaria. El control sobre la administración se ha visto favorecido por una política de expansión del empleo público que se inició durante el nase- rismo y permitió la incorporación al mercado laboral de nuevos licencia- dos que tenían asegurado un puesto de trabajo en la administración al concluir sus estudios universitarios.3Para la puesta en marcha de esta po- lítica fue creado en 1962 el Ministerio de Mano de Obra e Inmigración. Aunque esa garantía desapareció de facto en 1990, en un país con una tasa de paro elevada —entre el 10% y el 20% dependiendo de las fuen- tes—, y donde la pobreza afecta al 43,8% de sus habitantes, según el Pro- grama de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la posibilidad de conseguir un trabajo, sobre todo en el sector público, continúa siendo un privilegio.
Así, el régimen de Mubarak se apoya, para mantener una relativa tranquilidad social y cierto control del pueblo, en los funcionarios y sus redes familiares, así como en el ejército. A pesar de las presiones de los organismos financieros internacionales, se mantiene un sistema de sub- venciones a productos alimentarios de primera necesidad como otro de
los instrumentos del régimen para evitar movilizaciones sociales. Entre 1981 y 1997 el porcentaje del gasto público destinado a estas subvencio- nes descendió del 13,9% al 5,6%. Tales prácticas, sin embargo, se han convertido en un handicap para el régimen egipcio, ya que este no es ca- paz de anular las subvenciones sin arriesgar su supervivencia.
El impulso de las recetas impuestas por parte de las instituciones de Bretton Woods y la política de reformas económicas del infitah, impul- sada por el Presidente Sadat, tuvieron como consecuencia la emergencia de nuevos actores económicos vinculados al sector privado. Sadat pri- mero y Mubarak después, han intentado ejercer su control sobre esta nue- va élite económica cuya importancia ha aumentado considerablemente al abrigo de las políticas de privatización. En esta dirección se enmarca la adopción, en los años noventa, de una ley orientada a los hombres de ne- gocios que les ha permitido presentar sus candidaturas a las elecciones legislativas sin necesidad de estar adscritos a ningún partido político. Ello ha hecho crecer el número de empresarios en el Parlamento egipcio de 7 en 1984 a 71 en 2000 (Said Aly, 2005).
El intento de liberalizar el mercado egipcio, acelerado en los años noventa, no supuso la desaparición total de las empresas públicas. Egip- to asiste a un constante crecimiento de la burocratización.4 Mubarak, consciente de la importancia que para la estabilidad del régimen tiene el control sobre el sector público, ha sido capaz de combinar políticas libe- ralizadoras impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o la Organización Mundial del Comercio (OMC), con la preservación de un sector público todavía importante aunque ha ido reduciendo sus dimensiones en los últimos años. El sector público si- gue teniendo peso relevante en algunos sectores de la economía egipcia como en parte del sector industrial, el agrícola, el petrolífero o la cons- trucción. Por su parte, la política de privatizaciones hizo crecer enorme- mente el peso del sector privado en la economía egipcia, que en 2000 su- ponía el 73%.
Esas dinámicas, burocratización y liberalización, dieron como re- sultado la convivencia de dos sistemas paralelos: uno que se refiere a la gran maquinaria del Estado, otro a sectores del capital privado. De tal manera, la frontera entre los dos sectores queda ambigua, algo que deter- mina una relación estrecha entre las respectivas élites, visto que la pros- peridad de las élites económicas del capital privado depende de sus bue- nas relaciones con el régimen político.
Otro recurso del que se ha servido el régimen de Mubarak ha sido la gestión y distribución clientelar de la ayuda procedente del exterior, principalmente estadounidense y de los países del Golfo. Egipto es el se- gundo receptor de ayuda estadounidense después de Israel, mucha de ella militar.
El control de la prensa y de los principales medios de comunicación ha sido utilizado por el régimen desde el período naserista como herra- mienta para asegurar el control de la sociedad. La televisión y la radio egipcias son en su casi totalidad de titularidad estatal. Sin embargo, el monopolio de la información visual se rompió en Egipto con la introduc- ción del canal vía satélite Al Jazeera en la década de los noventa. Este ca- nal, financiado por el emir y la familia real de Qatar, fue ganando espa- cio en el sector audiovisual, no solo egipcio sino de todo el mundo árabe, y ha sido considerado como la primera televisión «libre» en el mundo árabe por sus programas de debates abiertos a temas políticos y sociales (Guaaybess, 2005).
Los cambios introducidos por Al Jazeera alarmaron a los gobiernos árabes, que ante la ineficacia de unas medidas nacionales para luchar frente a un medio transnacional, se reunieron en el marco de Liga Árabe, en febrero de 2008 en El Cairo, para coordinar sus acciones ante el «pe- ligro» de la información emitida por esta cadena. Los 22 ministros de Comunicación reunidos, con la excepción del libanés y el qatarí, adopta- ron un protocolo según el cual las cadenas no pueden «ofender a los lí- deres, ni los símbolos nacionales o religiosos» ni «atentar contra la paz nacional, la unidad nacional, el orden público o los valores tradiciona- les».5
En un intento por recuperar la audiencia perdida por el canal paná- rabe, Mubarak lanzó en 1998 el primer satélite árabe propio, el Nilesat
101, que se amplió a Nilesat 102 en 2000 y que en 2007 emite cerca de 400 canales. A las cadenas por satélite hay que añadir los canales priva- dos aparecidos en 2001, como Dream TV —perteneciente al empresario Ahmed Bahgat y participada por la Unión de Radio y Televisión Egipcias URTE—, Al Mehwar —cuyo capital pertenece a un conglomerado de hombres de negocios— o Rotana, que han conseguido esquivar cierto control gubernamental.
Respecto a la prensa escrita, desde la época de Naser el régimen siempre ha ejercido un fuerte control sobre ella. A pesar de la pluralidad de la prensa escrita, el régimen de Mubarak no ha dudado en recurrir a
distintos tipos de tácticas para asegurarse el control de la información, desde aplicar la legislación que permite el encarcelamiento de periodis- tas por difamar al presidente y su familia, a imponer la censura sobre te- mas considerados tabú y el cierre de periódicos por «atentar contra la paz social» o «poner en peligro la seguridad nacional», amparándose en la ley de emergencia.
La educación es otro de los recursos utilizados por el régimen para reforzar su control sobre la sociedad egipcia. Egipto fue uno de los paí- ses árabes pioneros en el desarrollo de una infraestructura universitaria moderna, y a comienzos del siglo XXIes uno de los países de ingresos
medios que más ha aumentado el número de estudiantes de enseñanza su- perior. La universidad egipcia ha sido un espacio de movilización y con- testación política que el régimen siempre ha buscado tener bajo control. Sus aulas y pasillos constituyen un buen reflejo del clima político que se vive a escala nacional (Azaola, 2007a). La titularidad pública de todos los centros educativos durante el período naserista, garantizando la gra- tuidad a todos los niveles de la enseñanza, se vio afectada con la apari- ción de escuelas y universidades privadas, estas últimas bajo el mandato de Mubarak.6Con la creación de diez nuevas universidades privadas du- rante la última década, se ha intentado satisfacer la demanda de cuadros por parte del sector privado.
Las élites políticas
El proceso de apertura política iniciado por Sadat a partir de 1976 se vio acompañado de la legalización de ciertos partidos tradicionales que ha- bían sido prohibidos bajo el naserismo, como el Wafd, así como de otras fuerzas políticas de tendencia liberal o de izquierdas. En 2008 existen en Egipto, además del PND, 23 partidos legalizados, de los cuales solo una parte ha tenido representación parlamentaria.7
Los partidos políticos tradicionales no tienen peso significativo en la sociedad egipcia y su función es más bien simbólica, justificativa de un sistema pluripartidista. Existen partidos de oposición de distintas ten- dencias que han logrado contar con representación parlamentaria, como el Partido Naserista Democrático, el izquierdista Tayammu y los partidos de tendencia liberal como el tradicional Neo Wafd o el creado en 2004, Al Ghad.
Estos partidos políticos legalizados cuentan con sus propios órga- nos de prensa, que constituyen una herramienta relativamente útil para difundir su ideología entre la población, teniendo en cuenta que la im- presión y la difusión de estos periódicos se hacen con subvenciones del Estado, hecho que restringe aun más la capacidad de «oposición» al ré- gimen. El periódico Al Wafd es el más vendido de entre estos, aunque solo llegue al 3,4% de la población. Otra prensa de partidos la configu- ran Al Ahaly, del partido Tayammu, Al Araby, del partido naserista o Al- Shaab, del Partido del Trabajo, que desde 1998 se edita solo en formato electrónico tras haber sido cerrada por el régimen la edición en papel.
Junto a los partidos legalizados existen otras fuerzas políticas, tole- radas o reprimidas según la coyuntura. Las restricciones impuestas por la ley que regula la formación de partidos políticos en el país, unido a la fal- ta de apoyo popular de los partidos políticos tradicionales, han creado las condiciones para que surjan nuevas formaciones que muchas veces re- presentan coaliciones «atípicas» entre diferentes grupos de oposición.
La organización de los Hermanos Musulmanes (Al-Ikhwan al-Mus- limun)8representa la principal fuerza de oposición en la escena política egipcia. Su principal recurso de movilización se encuentra en una ideo- logía religiosa moderada, que le proporciona un importante respaldo po- pular. Al mismo tiempo, disfruta de una relativa base económica, obteni- da de sus seguidores en el país y en menor medida de fondos procedentes del exterior. Dicha capacidad económica permite a la hermandad finan- ciar una intensa labor social con las clases más desfavorecidas.
Su dilatada implantación desde los años veinte ha permitido a los Hermanos Musulmanes estar presentes en casi todos los ámbitos de la vida del país. Algunos de sus seguidores forman parte del ejército, de la burocracia del Estado y del mundo empresarial, como es el caso de Yus- sef Nada, fundador del banco islámico Al Taqwa en 1988.
Las élites económicas
Egipto se considera también «la madre de la liberalización árabe» con una trayectoria de reformas económicas liberales iniciadas con el infitah, cuyo objetivo era ampliar las bases sociales de apoyo al régimen.
Bajo el mandato de Mubarak el sector privado ha ido ganando cada vez más peso. Sin embargo, el aparato estatal mantiene un papel desta-
cado en la economía egipcia. El proceso de liberalización es controlado por el régimen y está diseñado de tal forma que intenta no crear friccio- nes con los intereses de las élites estatales. Gracias a esta combinación, el régimen ha sido capaz de aplicar las reformas económicas preconiza- das por los organismos financieros internacionales y de preservar, al mis- mo tiempo, su control sobre la distribución de los recursos.
La mayor parte de los actores del sector privado mantiene estrechas relaciones con el régimen. Algunos empresarios, además de contar con un fuerte poder económico, disfrutan del privilegio de formar parte del establishment político como miembros del Parlamento. El ejemplo de Osman Ahmed Osman, «el hombre que construyó la presa de Asuán», personifica la simbiosis entre el sector privado y el público a través de la compañía Arab Contractors.
El sector empresarial egipcio se agrupa en torno a diferentes orga- nizaciones, como la Asociación de Empresarios de Egipto, la Federación de Cámaras de Comercio Egipcias y las Cámaras de Comercio Extranje- ras en Egipto (americana, británica, alemana, francesa). Al margen de es- tas organizaciones corporativas se han creado otras estructuras mixtas conectadas con el exterior, que desempeñan un papel menos formalizado pero igualmente relevante, a través de un contacto directo con la cúpula del régimen. Algunos de los grandes empresarios tienen acceso directo a Mubarak a través del Consejo Presidencial Egipcio Americano, órgano consultivo establecido en 1995 para «profundizar en los negocios del sector privado entre Estados Unidos y Egipto, y en la apertura económi- ca del país». Este órgano está formado por treinta de los principales hom- bres de negocios de ambos países con intereses en Egipto, designados por el propio Mubarak (Momani, 2003). En 2001, este Consejo se rees- tructuró y pasó a denominarse «Consejo de Negocios Egipcio America- no». En julio de 1997, Mubarak hizo nombrar como portavoz del Conse- jo a su hijo Gamal, asegurándose de esta forma un mayor control sobre este importante segmento del sector privado (Galal y Lawrence, 1998). El sector turístico ha sido otro de los ámbitos económicos en los que el sector privado ha demostrado un mayor dinamismo. Pese al estan- camiento que conoció en la década de los noventa como consecuencia de los ataques terroristas de grupos islamistas radicales, está conociendo un momento de expansión tal y como muestran las cifras: en 2007 el país había sido visitado por casi diez millones de personas que dejaron en el país más de ocho billones de dólares.9
Las élites religiosas
Según la Constitución de 1971, vigente hoy en día, el islam es la religión del Estado egipcio, aunque el mismo texto reconoce la libertad de creen- cia y de culto.10Los coptos constituyen la comunidad religiosa minorita- ria más importante del país. Dependiendo de las fuentes, su número os- cilaría entre el 5% y el 10% de la población.11
Respecto a la comunidad musulmana, los ulemas oficiales son el Gran Muftí de Egipto, responsable de regular la emisión de fetuas ofi- ciales a través de la institución de Dar al Ifta, y el Shayj de la mezquita de Al Azhar, la mayor autoridad religiosa del país (Arigita, 2006: 18-28). En 2008 estos cargos los ocupan, respectivamente, el Shayj Ali Gomaa y el Shayj Mohammed Sayed Tantawi. Estas dos instituciones religiosas, junto al Ministerio de Bienes Religiosos (Awqaf), dependen del gobierno que se encarga, además, de designar a sus máximos representantes.
La importancia de la mezquita-universidad de Al Azhar12 como centro del saber musulmán sunní y la irradiación de sus alumnos por todo el mundo islámico, facilitan la creación de redes de cooperación entre las élites religiosas de diversos países musulmanes y también ayudan a man- tener una cierta unidad doctrinal con los musulmanes instalados en paí- ses no islámicos.
Progresistas o conservadores, los ulemas mantienen su influencia en el país gracias a la ideología religiosa que van desarrollando, más o menos acomodaticia al poder político, así como por su capacidad de in- fluir religiosamente en otras poblaciones. En época de Naser, a través de la Ley nº 103 de 1961, la mezquita-universidad quedó bajo control del Estado, convirtiendo a los ulemas en funcionarios a su servicio. Desde entonces la estrecha colaboración entre el islam institucional y el régi- men no ha cesado.
En el campo político religioso existen, junto al islam moderado, grupos de tendencia radical, entre los que destacan Al Gamat al Islamiya y Al Yihad. Ambos comparten un discurso religioso radical y han recu- rrido al uso de la violencia, sobre todo durante la década de 1990. La im- portante presencia de grupos islamistas en la sociedad egipcia y sus rela- ciones con organizaciones extranjeras de ideología similar, han favorecido su infiltración en distintos sectores del Estado, como el ejér- cito (Azarva, 2007: 8).
suelen vivir en la periferia de las grandes ciudades y que no han contado con oportunidades de movilidad social, beneficiándose poco de las re- formas económicas liberalizadoras adoptadas por el régimen (Ayubi, 2006: 264).13
Al abrigo de la globalización han surgido en los últimos años nue- vas formas de predicación. En Egipto se ha asistido al nacimiento de un nuevo tipo de autoridad religiosa que no cuenta ni con la formación tra- dicional de los ulemas de Al Azhar, ni queda bajo su control. Tal es el caso del predicador egipcio Amr Khaled. Licenciado en Empresariales, se ha servido de los recursos proporcionados por las nuevas tecnologías, Internet y canales de televisión vía satélite, para transmitir su mensaje re- ligioso en un estilo «moderno». Intenta de esta forma atraer a una nueva burguesía surgida con el proceso de privatizaciones de los años noventa