El régimen egipcio encabezado por el presidente desde el golpe de Esta- do de 1952, se basa en las relaciones de cooperación entre oficiales y
unas élites «civiles» que pertenecen tanto al sector estatal como al capi- tal privado. A los apoyos que recibe el régimen por parte del ejército, de las viejas élites vinculadas al Estado y del sector económico, se añade la nueva alianza tejida por Mubarak con una «nueva guardia». Esta nueva guardia está formada por importantes empresarios y una nueva genera- ción de tecnócratas que han alcanzado carteras ministeriales en los últi- mos gabinetes. Esta alianza se basa en el intercambio de favores econó- micos por respaldo político con el objetivo de preservar la estabilidad político-económica del régimen.
Esta tendencia renovadora dentro el régimen surge a raíz del clima de incertidumbre creado en torno a la sucesión de Mubarak. Los rumores surgidos acerca de la mala salud del presidente junto al vacío que supo- ne la no existencia de un Vicepresidente, que según el sistema institucio- nalizado tras la muerte de Naser es quien pasa a ser candidato único a Presidente de la República, ha acentuado el clima de competición intra- rrégimen. En 2002, fue creado un nuevo órgano dentro del partido, la «Secretaría Política» o «Comité de Políticas», a la cabeza del cual Mu- barak, presidente del partido, situó a su hijo Gamal. Bajo su dirección se engloban cerca de 150 jóvenes economistas, hombres de negocios y aca- démicos cercanos a Gamal, procedentes de las élites económicas, cultu- rales y científicas del país, así como académicos sin bagaje político. Su objetivo consistiría en «liderar» la transformación del PND desde un par- tido «patrocinado» por el Estado y dirigido por la vieja guardia, a un par- tido moderno y controlado por tecnócratas (El Ghobashy, 2003).
Gamal Mubarak pertenece a esta «alliance for profits», en términos de Waterbury (1994: 27), que apuestan por un proceso de liberalización económica a través de reformas estructurales que aumenten el poder del sector privado. En sus discursos introducen grandes planes nacionales, como el desarrollo de la energía nuclear y la supuesta independencia de la tutela norteamericana. Para reforzar las buenas relaciones del régimen con este sector empresarial, en los gabinetes ministeriales formados a partir de 2004, Mubarak ha incluido a tecnócratas y políticos de clara orientación económica, como Youssef Boutros-Ghali (Finanzas), Rachid Mohamed Rachid (Industria y Comercio) y Mahmoud Mohieldin (Inver- siones).27
El intento de Hosni Mubarak por traspasar sus funciones —Tawriz
al Sulta— a su hijo, ha encontrado resistencia por parte de los miembros de la vieja guardia que ve amenazada su posición en el régimen. A la vie-
ja guardia pertenecen tanto miembros adscritos al PND, como militares vinculados al poder y parte de la élite estatal más conservadora. Esta vie- ja guardia tiene a uno de sus máximos representantes en el general Omar Suleiman,28un hombre con el que hay que contar, director de los Servi- cios Egipcios de Inteligencia (Mujabarat) y mano derecha del presiden- te, que intenta preservar el papel de los militares en la escena política (Springborg y Sfakianakis, 2001: 58).
Algunos autores consideran que el ejército es una institución semi- autónoma respecto al control del Estado (Ayubi, 2006: 271). La autono- mía que ha ido ganando el ejército ha suscitado temores dentro del régi- men ante el riesgo de que una institución vital para su mantenimiento pudiera escapar a su control. Aunque Mubarak está estrechamente co- nectado con el aparato militar, en el que se formó y desarrolló su carrera hasta ser nombrado Vicepresidente del país en 1975, incidentes con man- dos militares, como el de Abu Ghazala,29le han obligado a prestar una creciente atención hacia las actividades del ejército. Su respuesta se diri- ge en dos direcciones: por un lado, intenta mantener satisfechos a los ofi- ciales otorgándoles ciertos privilegios económicos; por otro, limita sus derechos políticos e intenta crear una estructura jerarquizada que mini- mice el riesgo de un posible golpe por parte de los militares de rango me- dio. Paralelamente, se aplica una estructura de tipo soviético con rota- ciones frecuentes de los oficiales, y con un control personal de Mubarak sobre todas las promociones desde el rango de brigadier (Droz-Vincent, 1999: 18).
Sin embargo, las estrategias de Mubarak para mantener bajo su control al ejército no han impedido la división de intereses entre «nueva» y «vieja» guardia. Como lo subraya Walker,30en el caso de la sucesión de Gamal «toda la estructura militar y de seguridad podría fácilmente per- der sus privilegios, su trato especial y sus beneficios para retirarse».
La competición entre los dos grupos y su intento de preservar y/o incrementar sus capacidades de poder implicó la búsqueda de respaldo de Washington, aunque sus preferencias por Gamal u Omar no son uná- nimes. En octubre de 2007, Suleiman realizó un viaje a Estados Unidos con el pretexto oficial de mantener conversaciones sobre la seguridad de la frontera con Gaza. Para algunos observadores,31la razón de esta visita perseguía normalizar las relaciones bilaterales entre Washington y El Cairo, después de la cancelación de 200 millones de dólares de ayuda mi- litar como represalia por no haber controlado el tráfico de armas en la
frontera con Gaza y no haber facilitado la puesta en libertad del fundador del partido liberal Al Ghad, Ayman Nour, encarcelado desde 2006. Aun- que el viaje de Suleiman tenía probablemente el objetivo de lograr el apoyo de sectores políticos y económicos estadounidenses en su compe- tición con el hijo de Mubarak. También los miembros de la nueva guar- dia han aprovechado viajes a Estados Unidos para, más allá de la agenda oficial, mantener contactos reservados con miembros de la Administra- ción de Bush.
Ante la agudización de estas tensiones, Mubarak ha intentado tran- quilizar a ambos sectores descartando reproducir un modelo de Repúbli- ca hereditaria como en Siria: «No somos una monarquía. Somos la Re- pública de Egipto […] No somos Siria y Gamal Mubarak no será el próximo presidente de Egipto».32
Junto a la competición intrarrégimen, uno de los espacios de donde procede más presión es el religioso. El régimen, para contrarrestar la amenaza de los Hermanos Musulmanes, mantiene relaciones de alianza con los ulemas oficiales, reforzadas con el nombramiento en 1996 del
ShayjMohammed Sayed Tantawi como gran autoridad de la institución religiosa (Kodmani, 2005). Las relaciones entre el régimen y los ulemas son complejas y oscilan entre la interdependencia y la competición. Esta alianza ofrece legitimidad religiosa al régimen, ya que estos se presentan como los legítimos defensores del islam, recibiendo a cambio un impor- tante respaldo político-económico.
Paralelamente se ha tejido una alianza entre los ulemas y los Her- manos Musulmanes en un intento por preservar la autonomía de Al Az- har. Esta alianza, informal pero poderosa, entre ciertos ulemas y miem- bros de los Hermanos Musulmanes está presente en la institución del Frente de Ulemas de Al Azhar.33
Respecto a las relaciones entre el régimen y los Hermanos Musul- manes, tanto Naser, como Sadat y Mubarak han llevado a cabo una polí- tica que ha combinado el palo y la zanahoria que no ha impedido la cola- boración en diferentes momentos con la organización. A los Hermanos Musulmanes, la cooperación con el régimen les ha permitido tener ma- yor presencia en la escena política. Por otro lado, la organización ofrece al Presidente y sus aliados una oposición moderada de la que el régimen se sirve para reforzar sus credenciales pluralistas. La colaboración con el régimen ha generado fricciones dentro de la organización y puede haber contribuido a deteriorar su credibilidad ante la población. Muhammad
Mahdi Akif tomó las riendas de la organización en 2004, y un año des- pués anunció su apoyo, de una manera sutil, a la candidatura de Mubarak para un quinto mandato, argumentando que el Corán obliga a los musul- manes a obedecer a su líder. Estas declaraciones provocaron divisiones dentro de la organización (El Amrani, 2005).
Ante la necesidad de recibir un mayor apoyo por parte de las élites y el pueblo, los Hermanos Musulmanes se vieron obligados a dar un giro a su discurso religioso y a su lema «El islam es la solución». Potencian- do los puntos de encuentro con otros sectores ideológicamente antagóni- cos, su atención se centra en temas políticos-seculares como la limitación del número de los mandatos presidenciales permitidos, la reducción de los poderes del jefe del Estado, el levantamiento del estado de excepción o la liberación de los más de 20.000 detenidos políticos en las cárceles egipcias.
Los Hermanos Musulmanes mantienen estrechas relaciones con Arabia Saudí que se remontan a los tiempos de Naser. La organización también mantiene canales de comunicación con Estados Unidos. Aunque oficialmente no existen, el peso que la organización tiene en la sociedad egipcia impide que la Administración de Estados Unidos pueda evitarlos ante un escenario sucesorio marcado por la incertidumbre.34
Los grupos islamistas de tendencia radical, como Gamaat al Isla- miya y Yihad, mantienen relaciones de rivalidad no solo con el régimen, sino también con los Hermanos Musulmanes, a los que consideran trai- dores por su colaboración con el régimen. La rivalidad con los Hermanos Musulmanes se centra en su competición por el control del campo reli- gioso. La moderación del discurso por parte de los Hermanos Musulma- nes ha tenido un coste en términos de apoyo por parte de los sectores más conservadores, algunos de los cuales han acabado aproximándose a los grupos más radicales.
Los grupos radicales habrían recibido apoyo desde la península Arábiga para alcanzar su objetivo de expandir el mensaje islamista por la región. Las acciones violentas de estos grupos dentro del país tuvieron impacto en la economía egipcia de los años noventa al estar dirigidas contra objetivos turísticos, afectando a intereses económicos controlados por Mubarak y sus aliados. El riesgo de nuevos ataques terroristas fue utilizado por el régimen como coartada para restringir las libertades so- ciopolíticas intensificando el arsenal de medidas coercitivas. Mubarak ha tenido algunos éxitos consiguiendo que algunos de los líderes de Gamat
al-Islamiya renunciasen públicamente desde la cárcel al uso de la violen- cia. La contrapartida ofrecida por el régimen fue la liberación de algunos líderes y miembros de la organización.
La existencia de una oposición no secular en Egipto, obliga al régi- men a una relativa colaboración con partidos políticos laicos. El partido Neo-Wafd, donde se integran miembros de la comunidad copta, pertene- ce a ese grupo de partidos que coopera con sectores del PND. El partido ofrece al régimen una relativamente «fiel» oposición secular y añade un perfil democrático a la escena política egipcia, a cambio de un trato pri- vilegiado por parte del régimen. Así mismo, el Neo-Wafd recibe apoyo económico-político por parte de grupos coptos estadounidenses. Algo parecido ocurre con el partido Al Ghad.
Las relaciones entre grupos moderados de la comunidad musulma- na y copta no han sido hostiles a lo largo del tiempo. Sin embargo, la prohibición de formar partidos políticos de base religiosa, oficialmente para la protección de la minoría copta pero más bien para evitar una ma- yor acumulación de poder de los Hermanos Musulmanes, generó friccio- nes entre las dos comunidades.
Respecto a las alianzas con el exterior, Mubarak forma parte de ese grupo de jefes de Estado árabes que aprovechan la coyuntura internacio- nal de la llamada «guerra contra el terrorismo» lanzada por la Adminis- tración estadounidense tras el 11 de septiembre de 2001, para debilitar a sus rivales y asegurar su posición hegemónica en el sistema. Las relacio- nes con Estados Unidos a nivel económico, político y militar a cambio de una fidelidad egipcia, pueden considerarse como un recurso adicional de poder a disposición del régimen frente a sus competidores. Desde los Acuerdos de Camp David en 1979, El Cairo ha recibido unos sesenta mil millones de dólares en ayuda militar y económica.35La ayuda estadouni- dense hacia El Cairo está estrechamente vinculada a los intereses norte- americanos en la región de Oriente Medio, es decir, garantizar la exis- tencia de un polo árabe moderado hacia Israel y permitir el control de las principales reservas energéticas del mundo (Álvarez-Ossorio e Izquier- do, 2005).
Sin embargo, el nuevo contexto regional tras la invasión de Irak en 2003, las críticas de Mubarak al proyecto del «Gran Oriente Medio» y la competición dentro del partido por la sucesión, crearon dudas sobre el apoyo norteamericano.
su «amistad» con Washington y descartan la posibilidad de un «ambien- te hostil» que pondría en peligro el equilibrio regional. La situación de paz con su principal «enemigo exterior» en la región, refuerza las fun- ciones civiles del ejército egipcio. Del lado israelí, la cooperación con Mubarak mejora su imagen internacional y descarta la posibilidad de una crisis en su frontera sur tras la retirada del ejército israelí de Gaza en agosto de 2005 tras 38 años de ocupación.
Tal como señala Izquierdo (2005: 60), «Palestina y el conflicto ára- be-israelí se convirtieron en el núcleo de las relaciones interárabes y del mundo árabe hacia el exterior». De tal manera, los Acuerdos de Camp David, junto a otra serie de factores, derivaron en la exclusión oficial de El Cairo de las organizaciones intra-árabes. El reingreso de Egipto en la Liga Árabe, en 1989, le ha permitido desempeñar el papel de mediador en diferentes asuntos problemáticos de la región (Siria, Líbano, Israel- Palestina). A pesar de los esfuerzos de El Cairo por recuperar parte de su prestigio como centro de los «círculos» árabe y musulmán, Mubarak y sus aliados no lograron imponer su voluntad en la mesa de negociación árabe. Su limitada influencia en la región se debe, entre otras razones, a su visible dependencia hacia Washington que, no obstante, no esconde sus preferencias por el establecimiento de una hegemonía regional saudí. Sin embargo, existe una cooperación entre Mubarak y las élites gu- bernamentales árabo-musulmanas «moderadas» que forman parte del denominado «eje del bien», según el discurso estadounidense, a causa de su coincidencia en preservar el status quo tanto dentro de sus regímenes, como en la región.