• No se han encontrado resultados

Bernabé López García

Hay una imagen demasiado extendida que identifica Marruecos y su ré- gimen con un sistema unipersonal en el que el Rey es el centro y actor único todopoderoso. De «Monarquía feudal» se le califica, sin que este concepto termine por cuadrar a esa realidad composite que definiera Paul Pascon hace ya cuarenta años1y que ha evolucionado a ritmos contradic- torios desde entonces.

Nadie puede negar que institucional y constitucionalmente el Rey en Marruecos es el «único fusible», por utilizar una oportuna expresión de Felipe González que define con claridad la organización de un siste- ma político cargado de riesgos. El Rey se arroga el privilegio legislativo, tiene la última palabra en las iniciativas a tomar, preside los consejos de ministros, nombra por dahir los altos cargos, controla directamente todo un sistema de Consejos Reales Consultivos que le sirven para la gestión de temas concretos de vital importancia (como los derechos humanos, la educación, la emigración…), impulsa a través de fundaciones paraesta- tales proyectos sociales y promueve inversiones locales o regionales en función de un calendario propio y al margen de la política gubernamen- tal. Con sus Consejeros Reales2cuenta con un equipo paralelo que hace concurrencia al gobierno componiendo una suerte de gabinete en la sombra.

Naturalmente en un sistema así el Rey capitaliza los éxitos concre- tos3pero también acumula todos los riesgos, responsabilizado de la ges- tión del día a día y abocando a los demás integrantes del sistema a una elusión de la responsabilidad que termina siendo paralizante a todos los niveles: un primer ministro impotente, unos ministros convertidos en meros gestores, una administración bicéfala en donde prima la cadena de

delegación de poder que proviene del Rey a través de un omnipotente Ministerio del Interior que tutela todos los servicios administrativos re- gionales, provinciales y locales a través de los walis o gobernadores.

Dos ejemplos de los riesgos de un sistema como este: Uno, la ges- tión del terremoto de Alhucemas en febrero de 2004. La voluntad de dar- le primacía al Rey en la acción humanitaria tras el seísmo, combinada con problemas securitarios para el traslado del monarca a la zona sinies- trada y el temor a asumir iniciativas y responsabilidades por parte de las autoridades locales, provocaron un conflicto entre la población, las auto- ridades y los organismos de ayuda internacional que dificultaron enor- memente su labor.4Otro, la larga ausencia del monarca durante todo el primer semestre de 2008. Los ministros, bajo la presidencia del primer ministro, se han reunido entre tanto casi semanalmente en Consejos de Gobierno, en los que han aprobado numerosos proyectos de ley que no han podido pasar al Parlamento por requerir el aval del Consejo de Mi- nistros que debe ser presidido por el Rey y no se ha reunido entre el 13 de diciembre de 2007 y principios de julio de 2008. En su larga ausencia, todo ha debido esperar, incluida una ley de reestructuración de las com- petencias municipales, cuando apenas falta un año para la celebración de las elecciones locales.

Es ahí donde radica el nudo gordiano del bloqueo del sistema polí- tico.

En diversos discursos reales, en particular en el del Trono de julio de 2008, se insiste en la responsabilidad de los partidos políticos en el desarrollo del país y se vierten sobre ellos veladas acusaciones de ser los causantes de las carencias y los bloqueos del sistema. Marruecos cuenta con un amplio abanico de formaciones políticas, unas históricas y con arraigos en la sociedad y otras más coyunturales, entre las que destacan algunos partidos impulsados desde el poder, que cuentan también con un amplio clientelismo. El resultado es un panorama muy atomizado políti- ca y geográficamente en el que ninguno ha logrado nunca imponerse. Pero en donde estos actores, por secundarios que puedan parecer, cuen- tan como comparsas necesarios, como aguafiestas imprescindibles o como copartícipes de la farsa, participando en el reparto del botín. Algu- nos de los acontecimientos de más trascendencia en la reciente historia de Marruecos, para bien y para mal, como la marroquinización de 1973 y la Marcha Verde han tenido como impulsor de fondo al trabajo sordo de los partidos más nacionalistas e históricos.

Una cuestión aparte es si los partidos, al menos los que más han contado en el más de medio siglo de historia independiente del país, han sabido estar a la altura de las circunstancias o han respondido tan solo a los intereses particulares de su élite dirigente. La realidad es que, como demuestran algunas encuestas, apenas un 3% de la población se recono- ce en los partidos políticos.5

En 2005 se aprobó una ley de partidos que trataba de poner orden en el campo político obligándoles a unas reglas de comportamiento de- mocrático. Pero la ley no pudo acabar con la descredibilidad de los par- tidos, convertidos en apéndices secundarios del sistema. Las elecciones de septiembre de 2007 mostraron, una vez más, el despego de los electo- res hacia ellos. Pero sin la menor duda, sobre todo por la inutilidad a la que el sistema los condena.

Convertidos en chivos expiatorios del régimen, el hombre más pró- ximo al rey, Fuad Alí El Himma, antiguo compañero de estudios del Co- legio Real y ministro delegado de Interior, en realidad el número dos del régimen, inició en agosto de 2007 una operación de acoso, derribo y sus- titución de los partidos. Dimitiendo de sus funciones, se presentó como independiente a las elecciones de un mes más tarde en su región de ori- gen (Rehamna), acaparando el 72% de los votos y reduciendo a la nada a los partidos oficialistas, que habían ganado tradicionalmente las eleccio- nes en su circunscripción.6En el nuevo Parlamento, El Himma aglutinó tras de sí a un número importante (y calculado) de diputados, proceden- tes de pequeños partidos, para hacerse con un nutrido grupo parlamenta- rio que le aupó a la presidencia de la Comisión de Exteriores y Asuntos Religiosos y lanzó la idea de un Movimiento de Todos los Demócratas, con la pretensión de retar a los partidos a un ejercicio de clarificación. Como primer paso se produjo un drenaje hacia su movimiento de perso- nalidades políticas de distinta coloración, vinculadas algunas a partidos y otras no, que apoyaron su iniciativa. Más tarde se concretó ya la idea de constitución de un nuevo partido político, el Partido de la Autenticidad y la Modernidad, fruto de la fusión de los cinco partidos que se habían aglutinado en el grupo parlamentario (Al Ahd, PND, Alianza para las Li- bertades, Partido del Medio Ambiente y el Desarrollo y Partido de las Iniciativas Ciudadanas para el Desarrollo).

Dos comentarios sobre esta operación. El primero es que no parece una iniciativa novedosa sino la repetición por cuarta vez en la historia del Marruecos independiente del proyecto de creación de un partido real, que

mantenga la hegemonía en el sistema del actor principal. Todas las ante- riores han terminado en fracaso. La primera, ante las primeras elecciones legislativas de 1963, el ministro del Interior, cercano a Hasan II, Ahmed Reda Guedira, procedió a la creación de un Frente para la Defensa de las Instituciones Constitucionales (FDIC) para hacer frente al potente movi- miento nacionalista escindido en Istiqlal y UNFP. La operación terminó en empate y dos años después el FDIC se rompió por las luchas internas de los diversos elementos integrados en él. La segunda fue una operación concebida para descredibilizar a los partidos, potenciando a las persona- lidades independientes en los comicios de junio de 1977. Con esos inde- pendientes, elegidos con el apoyo descarado de la administración, se re- compuso el Reagrupamiento Nacional de los Independientes (RNI) animado por el Primer Ministro de la época, Ahmed Osman, cuñado de Hasan II. La operación fracasó una vez más por querellas intestinas que dieron lugar a la escisión del PND, perdiendo el RNI la mayoría guber- namental. La tercera experiencia la planteó ante las elecciones munici- pales de 1983, en pleno reajuste estructural, el también primer ministro Maati Buabid, que constituyó la Unión Constitucional (UC). Aunque lo- gró hacerse a duras penas con el mayor número de concejales, obtuvo menos votos que el Istiqlal. Un año más tarde, en las legislativas de 1984, logró superar a los demás partidos en votos y escaños pero se li- mitó a obtener un cuarto de los votos de la cámara.

Con el tiempo, el RNI y la UC se convirtieron en dos partidos más del atomizado panorama político marroquí.

Lo más probable es que el partido de Fuad Alí El Himma también se convierta en un partido más, con posibilidades de reunir unos cuantos concejales o diputados más que los demás, pero incapaz de constituir ma- yorías estables en las corporaciones o, en su caso, en el Parlamento. La experiencia local de Rehamna no es extrapolable a todo el país. Aunque descredibilizados y débiles, los partidos cuentan con su clientelismo y pese a que el aval real pueda animar a algunas decenas de millares de vo- tantes a favor de la nueva formación, en espera de dádivas oficiales para su región, no conseguirá imponerse sobre toda la maquinaria partidaria ni sobre una apatía generalizada que procede de la ausencia de fe en el sistema. Instrumento coyuntural de afirmación de la primacía del monar- ca en el sistema (el éxito de la experiencia está cifrado en el apoyo real que se le supone a su promotor), no promoverá ningún cambio sino que prolongará el statu quo.

El problema no está en los partidos, sino en el papel que desempe- ñan en el sistema. Y mientras este no cambie, dando protagonismo real a los partidos y poniendo límites a los poderes del Rey, no habrá cambio en Marruecos. Sin olvidar que hay otros terrenos que también exigen una «separación nítida» entre monarquía y Estado como es el terreno de las relaciones económicas y financieras, como señalaban Rémy Leveau y Mounia Bennani Chraïbi,7para hacer posible el cambio en el país. Pero cambios de tanta envergadura exigen una verdadera refundación de Ma- rruecos.

Notas

1. Ver en http://www.uam.es/otroscentros/TEIM/Revista/reim4/pascon.htm su artículo publicado en Lamalif en 1967.

2. Los «Guardianes del Templo», en expresión de la revista Le Journal

hebdomadairedel 26 de abril-2 de mayo de 2008: «Les 40 nouvelles stars du Makhzen».

3. El más evidente, a ojos occidentales, fue la modificación de la Muda-

wana, la ley que regula el estatuto de la familia y de la mujer.

4. Véase Ángela Suárez Collado, El terremoto que cambió el destino de

Alhucemas. De la crisis humanitaria al desenclave y desarrollo del Rif, en http:// www.uam.es/otroscentros/TEIM/tesinas.htm, Memoria de DEA curso 2007/08. 5. Según la «Encuesta sobre los valores» del Informe del Cincuentenario de 2006, solo el 13% de la población se declaraba satisfecho con la acción de los partidos y apenas un 1% de los jóvenes se encontraba adherido a un partido.

6. El más votado de los partidos solo obtuvo un 15%. Con todo, teniendo en cuenta que la abstención en su circunscripción fue incluso un 5% mayor que en 2002 (58% frente al 53% anterior), la cifra real de sus votantes fue tan solo del 27,4% de los inscritos.

7. En «Maroc 1996: institutions, économie, société», Acteurs et espaces

politiques au Maroc et en Tunisie, Les travaux du Centre Marc Bloch, Cahier 8, Berlín, noviembre de 1996.

4. E pur si muove? Lógicas del poder y proceso de

transición en la República Islámica de Mauritania

Raquel Ojeda García y Alberto López Bargados

Introducción

La República Islámica de Mauritania, que alcanzó la independencia de Francia en 1960, ha experimentado uno de los procesos de transición de- mocrática más interesantes del contexto árabe y africano. Tras décadas de regímenes autoritarios, un golpe de Estado militar, ocurrido el 3 de agosto de 2005, llevó al poder a un colectivo de militares aglutinados bajo las siglas del Consejo Militar para la Justicia y la Democracia (CMJD), dirigido por el coronel Ely ould Mohamed Vall. Aunque en principio las declaraciones aperturistas de los golpistas contasen con el escepticismo de la comunidad internacional, el cumplimiento riguroso del proceso de transición en sus distintas fases, culminado con la segun- da vuelta de las elecciones presidenciales el 25 de marzo de 2007, obligó a un cambio de sentido en dicha comunidad, que pasó progresivamente a apoyar un proceso que finalizó con éxito con la victoria y proclamación de Sidi ould Cheikh Abdallahi como nuevo Presidente de la república. Ante una experiencia de transición juzgada por diversos observadores como ejemplar, y prácticamente como inédita en el contexto del mundo árabe y musulmán, en el presente capítulo nos interesamos esencialmen- te por las transformaciones que han afectado a lo largo de dicho proceso a las élites mauritanas y a su particular forma de gestionar el poder, con el objeto de analizar si la lógica que domina tales relaciones ha sido puesta verdaderamente en cuestión por el proceso de transición. Asimis- mo, prestamos atención a algunos de los problemas que el gobierno sali- do de las urnas debía afrontar, incluyendo en última instancia la sorpren- dente oleada de actos terroristas que el país ha sufrido desde finales de

2007, y que sin duda va a condicionar la agenda de la comunidad inter- nacional en un país altamente satelizado como Mauritania.

Las élites mauritanas: radiografía de la gestión poscolonial del