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Relaciones de competencia y alianza entre las élites e influencia de los movimientos sociales

Estructura de las relaciones de competición y alianza en el interior: los pactos como estrategia de supervivencia y adaptación del autoritarismo

La continuidad de la clase dirigente28tras la independencia se afirma en Marruecos de forma más clara que en ninguno de sus vecinos del Ma- greb. La independencia plantea para la clase política el problema de la modernización del país. Hasta 1956 la burguesía, la monarquía y el pro- letariado se habían unido para obtener del colonizador las mayores cotas de independencia; empero, existían ya rivalidades entre ellos para ase- gurarse el control de la futura edificación nacional. Los notables rurales y los campesinos se vieron separados del juego político nacional a causa de su colaboración supuesta o real con el protectorado. Al comienzo, la burguesía tenía un lugar privilegiado controlando la burocracia y la ad- ministración. Pero sus proyectos de modernización inquietaban al cam- pesinado; ello unido a errores de cálculo político, posibilitó que el rey no desperdiciase la posibilidad de resituarse en el centro del sistema al mos- trarse el único intermediario posible entre el mundo rural y la burguesía nacional.

rante algún tiempo, estos dos nombres se fundan en una misma realidad. Se crea en 1943 por élites ilustradas urbanas para movilizar al pueblo marroquí en torno a la reivindicación de la independencia (istiqlal). La independencia supone un triunfo compartido del que el monarca se be- neficia en mayor medida como interlocutor privilegiado del gobierno francés. Por último otras fuerzas del mundo rural reclaman su protago- nismo en el reparto del poder.

Los dirigentes marroquíes son conscientes a la vez de la necesidad de transformar el país y de su propia impotencia. Aislados frente a las masas rurales y el proletariado urbano, esta élite intenta hacer un bloque compacto para mantener el statu quo del cual la monarquía y el islam son sus bases.

El rey en ciertos momentos tuvo deseos de ser el impulsor de una corriente de modernización, pero pronto fue consciente que ello entraña- ría procesos que no podría controlar. Así la legitimidad monárquica res- tablece la honorabilidad de los notables tradicionales aliándose con ellos. El soberano comprende pronto la importancia del dominio del mundo rural, por ello frena los esfuerzos del Istiqlal en este sentido. Re- lanza las asambleas locales haciendo de ellas un marco territorial en el que preservar las solidaridades étnicas sobre las cuales reposaba el régi- men anterior.29

Desde el punto de vista teórico, haciendo uso del utillaje analítico de Izquierdo (2007), tan solo en esta primera etapa de 1956-1960, con ciertas salvedades, podríamos hablar de un escenario de concurrencia de élites primarias que compiten por el poder pertrechadas cada una de dis- tintos recursos simbólicos y materiales. Tras los sesenta asistimos a un deslizamiento progresivo hacia un sistema hegemónico, en el que la mo- narquía y su círculo de próximos sería el hegemón, mientras que el resto de los actores serían secundarios con escasa autonomía funcional y tre- mendas dificultades para fraguar alianzas entre ellos ya que estas rela- ciones estarían trianguladas por la insoslayable presencia de la monar- quía.

Desde esta posición privilegiada y dominante la monarquía ha arti- culado distintos pactos políticos en respuesta a la evolución económica- social para mantener el control sobre el poder y los recursos materiales. En las distintas etapas ha intentado reunir en torno a su proyecto político un consenso en el cuerpo social; ha asumido un proyecto económico de desarrollo controlado, propulsando una modernidad universalizante que

hace del majzen el despertador de una sociedad civil con dificultades para emerger; ha impuesto una cultura política dominada por la tradición, pero dotada de un poder que trasciende lo local y le permite enfrentarse a situaciones cambiantes. La combinación de esos tres factores enumera- dos, revisados y redefinidos en función de nuevas mutaciones, permite al régimen concebir pactos político-sociales que le proporcionan la posibi- lidad de endogenizar los nuevos datos de la evolución político-social sin contradecirse y de aceptar reformas sin por ello condenarse.

Desde el punto de vista analítico tres grandes pactos o alianzas, con sus consiguientes fórmulas políticas,30han construido la arquitectura po- lítica marroquí: uno en los sesenta, otro a mediados de los setenta y otro en los noventa que abundando en su carácter inclusivo pervive en nues- tros días.

El pacto político de los sesenta

La monarquía marroquí entendió en épocas tempranas que una de las condiciones de su supervivencia dependería de su política prudente y so- lícita respecto al mundo rural. Así se explica su alianza con las élites tra- dicionales (los notables rurales, la feudalidad) y el ejército, su control de la red de administración local y su firmeza frente al proletariado urbano (Marais, 1969: 1181-1184).

En los primeros años de construcción del nuevo Estado el monar- ca da la impresión de querer limitar las transformaciones de la sociedad de forma que no se trastoquen los equilibrios entre grupos. Los técnicos de clase media que en otros lugares animan los partidos únicos o los mo- vimientos militares aceptan adherirse a la política regia, siguiendo el ejemplo de una burguesía entrenada desde largo tiempo en este género de compromisos con el majzen. Este hecho permite a la monarquía re- construir su alianza con los notables rurales, con los grandes terrate- nientes sin perder los apoyos de la burguesía urbana asustada por el as- censo del proletariado.31El movimiento nacional y sobre todo el Istiqlal son los grandes perdedores políticos a quienes se les compensa mante- niendo su estatus económico de burguesía comerciante y notables de ciudad.

A partir de 1960 las élites locales constituyen el centro de gravedad del sistema en beneficio de la monarquía. De esta forma la monarquía re-

nuncia a cambios profundos para mantener su poder. Esta dependencia de las élites locales ha entrañado un inmovilismo de pesadas consecuen- cias en el dominio agrario, la administración, la educación, la política ex- terior y propició un proyecto económico muy conservador para no mo- lestar los intereses de los grandes terratenientes.

El pacto político de los setenta

Si en el primer período de la independencia la alianza fundamental res- taura el poder de los notables de la feudalidad, en este segundo momen- to se intentan calmar las expectativas de una burguesía ascendente arti- culando un pacto político con la tecnoburocracia y las clases medias. La tímida apertura del sistema autoritario de mediados de los setenta esce- nifica el cierre del estado de excepción,32cuyas secuelas represivas se- guirán dando dolorosos coletazos en las siguientes décadas.

En el ámbito económico la traducción de ese pacto se plasma en una política económica más dinámica y más voluntarista. Las estrategias durante la fase de 1973-1977 pasan por una mayor distribución de tie- rras,33la marroquinización34y la expansión del sector público. Con pos- terioridad, la dramatización de la crisis en 1983 acusa una mayor presen- cia del Fondo Monetario Internacional, propicia un retroceso del Estado y la expansión del liberalismo (Ben Ali, 1991: 64-72). La retirada del Es- tado de la economía tiene elevados costes sociales: congelación casi sis- temática de los salarios, aumento del precio de los productos de primera necesidad, paro y, lo que es más grave, la exclusión de las clases deshe- redadas que pueden encontrar en el integrismo la ideología que cimiente su descontento. El poder deviene su propio legitimador y para autoforta- lecerse se apropia de los recursos y símbolos del campo religioso (Tozy, 2000). Con la privatización inicia una estrategia destinada a proceder a una redistribución del poder económico. Con este reparto se intentaría «dar suerte a hombres nuevos» y se operaría a favor de la clase media en el seno de la cual conviven tecnócratas y mánagers. Sin embargo eso no significa que el hegemón prescinda de antiguos apoyos, sino más bien que diversifica y jerarquiza la naturaleza de los mismos.

El pacto de los noventa

En los ochenta Leveau mantenía que pese a haberse producido innume- rables cambios en el tejido social estos no habían encontrado traducción institucional y que el régimen se seguía apoyando en el mundo rural, aunque había diversificado notablemente sus respaldos. Ben Ali (1991) cree que la sociedad en continuo cambio sí ha propiciado respuestas del régimen político, que se han traducido en un cambio de los pactos socia- les de la monarquía con el fin de preservar su continuidad como maestro del juego. Este autor observa un retroceso del mundo rural y un creci- miento rápido de la urbanización, el declive de las élites tradicionales (Brahimi, 1992; Bras, 1991 y Sehimi, 1991), la continuada emergencia de la tecnoburocracia y clases medias y la exclusión masiva, como se ha visto, de amplias capas de la población. Puede parecer que estas trans- formaciones no afectan a la esencia del poder, pero contrariamente a las apariencias que hacen de este un régimen fijo, poco propicio al cambio «ha sabido endogenizar los nuevos aportes que constituyen la condición esencial a todo evolución moderna; […] ha mostrado su capacidad para renovar su base social y los medios necesarios para el control y la subor- dinación de la sociedad» (Ben Ali, 1991: 51).

Las élites primarias reaccionan ante las presiones políticas internas y externas,35así profundizan en el proceso de liberalización económica (adopción de la ley sobre las privatizaciones de las empresas públicas en 1990, negociación de los acuerdos de asociación preferente con la Unión Europea firmados en 1996, etc.) e inician una liberalización política cuyo pistoletazo de salida serían las dos reformas constitucionales acaecidas en 1992 y 1996 (Parejo, 2008).

La liberalización almohadillará la reformulación de las alianzas de los setenta en un pacto inclusivo y gradual en el que se diversifican los actores que lo suscriben. Los titulares del pacto son la tecnoburocracia, los nuevos agricultores, unas clases medias reforzadas (con una recupe- ración de la élite de la oposición), los empresarios36y con posterioridad se incorpora a las élites emergentes de los movimientos más musculados de la sociedad civil.

La novedad del pacto político de la liberalización es el ofrecimien- to a la oposición de asumir tareas de gobierno, una tentativa que se frus- tra en 1993 y que culmina en 1998 con el gobierno de Yusufi. Desde en- tonces los partidos de la antigua oposición37han profundizado en esta

línea de compromiso institucional participando en el gobierno de Yettú (2002) y en el actual de El Fassi (2007).

Relaciones con las élites exteriores

El destino y estabilidad del régimen están indisociablemente ligados al devenir de sus relaciones con Estados Unidos, Francia, España, y secun- dariamente con los organismos internacionales (BM o FMI) o las monar- quías petrolíferas. El vínculo se ha puesto en evidencia en una serie de asuntos en los que se sustenta la continuidad del régimen (inversiones, exportación de productos, demanda de préstamos, etc.). El anclaje de los lazos con la ribera norte del Mediterráneo y el mundo occidental en ge- neral a través de la opción por una economía liberal convierte a Marrue- cos en un país con una gran dependencia en el ámbito económico. El in- tento de retardar el estallido de las crisis internas que acosan al régimen y asegurar su continuidad frente a las amenazas percibidas (explosiones sociales, entorno regional inestable, radicalización de los sectores sala- fistas del islam político, pérdida del Sáhara Occidental, etc.) es uno de los motivos que han impulsado las nuevas políticas económicas. Si en los años setenta se buscó fundamentalmente el apoyo en las monarquías pe- troleras, desde los años ochenta es el mundo occidental quien sostiene el peso principal del edificio económico (Leveau, 1987: 32). Marruecos se presenta estrechamente ligado a los avatares de la economía internacio- nal. El modelo económico elegido agudiza su dependencia, poniendo énfasis en las exportaciones dirigidas al mercado europeo (la produc- ción puede considerarse más determinada por la demanda externa que por la interna) y la búsqueda de financiación e inversiones extranjeras. El recurso al endeudamiento y al patrocinio de los organismos financie- ros internacionales hipoteca las posibles vías de salida de la economía marroquí.

Los cambios en el contexto político y económico, nacional e inter- nacional, han provocado sin duda dinámicas difícilmente controlables por los decisores políticos. Los principales organismos financieros inter- nacionales (Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional), las gran- des potencias del centro del sistema (acuerdo de asociación con la UE de noviembre de 1995) o grandes actores económicos como las empresas transnacionales (Vivendi en el caso del sector de la comunicación) influ-

yen en la toma de decisiones a escala nacional. Estas políticas ya no solo son impuestas por los estados del norte sino que siguen una lógica ma- croeconómica difícil de controlar. Son factores, sin duda, que ejercen cierta influencia sobre la cultura clientelista del país, que no por ello de- saparece sino que debe seguir otros canales.

Por todo ello las relaciones con las élites exteriores es fundamental, principalmente con Francia (apoyo decisivo al nuevo monarca del ante- rior presidente Chirac, que ha sido reafirmado por su sucesor Sarkozy) y Estados Unidos (acuerdo de libre comercio de 2006), pero de forma cre- ciente con España (a pesar del período de crisis durante el segundo man- dato del PP, la alianza privilegiada se ha mantenido en todo su esplendor retórico durante las presidencias de J. L. Zapatero). Los dos países europeos han resultado claves para que Marruecos se haya convertido en el principal beneficiario de las ayudas de la UE a su entorno inmediato o que se le otorgue en octubre de 2008 un estatuto avanzado en sus rela- ciones con la Unión.38

La estructura del sistema de poder: del autoritarismo