• No se han encontrado resultados

LA CONQUISTA DE SAGUNTO Y EL TRATADO DEL EBRO DEL 226 a.C Con 25 años Aníbal hereda el mando del ejercito en 221 a.C Pronto abandona

TEMA 7.- Hispania Romana hasta mediados del siglo II a.C.

3. LA CONQUISTA DE SAGUNTO Y EL TRATADO DEL EBRO DEL 226 a.C Con 25 años Aníbal hereda el mando del ejercito en 221 a.C Pronto abandona

la política de apaciguamiento y pactos con los indígenas, para emprender campañas de sumisión. En el año 220 a.C. sube a la Meseta Norte, ataca a los vacceos y somete a Helmántica (Salamanca) y Arbocala (Zamora o Toro). Esta victoria puso en sus manos casi todas las tierras que se extienden sobre el Tajo y buena parte del Duero. Entonces su ascendencia alcanza límites muy amplios, aunque existen ciertas tribus entre los vacceos, olcades y carpetanos que no reconocen su autoridad. Pero en líneas genera- les domina todo el Mediodía y Levante y tiene como aliados a los mas importantes núcleos de la Meseta, bien por conquista, bien por tratados de alianza o amistad, y el resto, al menos por temor, queda inmovilizado. Este hecho es importante, por primera vez en nuestra historia gran parte de la Península se integra bajo el mando o la iniciati- va de un solo poder, aunque extranjero. Livio dice que “tras la sumisión de los carpeta- nos, toda Hispania allende el Ebro era de Cartago, excepto Sagunto”.

3.1. La toma de Sagunto por Aníbal:

En el invierno entre 220-219 a.C. Aníbal debió meditar el ataque a Sagunto, cuya importancia y posibles consecuencias no ignoraba. Esperaría a la estación favorable, la primavera del año 219 a.C., para iniciar el asedio. Sagunto era una ciudad bien defen- dida que contaba con un excelente puerto de muy activo comercio. La ciudad, situada sobre un elevado cerro, estaba bien protegida por murallas en un circuito de 800 m. de largo por 100 de ancho. Las acuñaciones de la antigua Sagunto llevaban el nombre de

Arse, lo que parece indicar que éste era el viejo nombre de la ciudad, frente a la cual

convivía el poblado griego de Zaeynthos que ocupaba la parte principal de la ciudad. La aspiración de Aníbal a dominar Sagunto estaba justificada, ya que su impor- tancia económica era notoria. A su puerto llegaba un rico comercio explotador de mine- rales, especialmente hierro del ámbito de Teruel; y probablemente también mineral de hierro del Sistema Ibérico que iba a Sagunto o bien a Emporión y Marsella destinado a las colonias griegas de Occidente. Marsella debía centralizar el comercio de minerales de todas estas pequeñas ciudades costeras que le proporcionaban importantes mate- rias primas para su comercio. Ello justifica a su vez la insistencia de Marsella cerca de Roma para que defendiera su independencia frente a las pretensiones expansionistas cartaginesas. Porque la alianza que Roma mantenía con Marsella implicaba la defensa de sus colonias.

El pretexto para el avance de Aníbal hacia Sagunto se lo dieron las disputas en- tre Sagunto y sus vecinos, los turdetanos o tuboletas. La historiografía romana vacila y

76

acusa a Aníbal de alentar las rencillas al objeto de encontrar motivos para atacarla. Se dice que Aníbal acudió presto en ayuda de los turboletas atacando a Sagunto y poniéndola un estrecho cerco. Se atenía al pie de la letra al Tratado del Ebro que, fijando en el río Ebro el límite máximo de las conquistas cartaginesas hacia el norte, incluía consiguientemente la posible conquista de Sagunto. Ahora bien, Aníbal buscó pretexto en las disputas entre Sagunto y los turboletas para atacarla, lo que quiere de- cir que Aníbal tenia alguna evidencia de que había alguna vinculación o alianza entre Sagunto y Roma y que deseaba salvar su responsabilidad por no haber respetado la cláusula del Tratado del Ebro que garantizaba no sólo el límite del Ebro, sino también la independencia de los aliados de Roma. No se sabe con certeza que existiera realmente esta alianza, si Aníbal quiso ignorarla, o si entendía que había vinculaciones de Sagun- to con Marsella, pero no con Roma directamente, de modo que sólo Marsella era aliada de roma, pero no los aliados de su aliada. Por esta razón , en el curso del asedio a Sa- gunto, ante la reiterada petición de ayuda de Sagunto a Roma ésta no se decidió a acudir en su socorro pero envió una embajada, Aníbal se negó a recibirla, argumentan- do que no podía garantizar la vida de los mensajeros en aquella lucha tan enconada y difícil. Parece que Roma también vacilaba y carecía por entonces de razones absolutas para cargar con la responsabilidad de una guerra contra Cartago y una intervención directa en Sagunto.

Ocho meses duró el cerco a Sagunto, en el que Aníbal tuvo que emplear pode- rosas máquinas de guerra copiadas del mundo helenístico. La resistencia saguntina fue ejemplar ante la superioridad numérica y táctica de los cartagineses. Sagunto redobla- ba su heroísmo ante la esperanza de recibir ayuda de Roma. Los romanos, ante la ne- gativa de Aníbal a oírlos, se dirigieron al Senado cartaginés, pero éste, bien alecciona- do por los Bárquidas, les insistió en que la guerra había sido iniciada por Sagunto y no por Aníbal. Cuando la embajada romana volvió a Roma, los saguntinos habían sido aniquilados, después de rechazar toda oferta de paz. En una lucha tan cruenta como inútil, quemaron sus casas y sus bienes. Aníbal ordenó el último asalto, y la horrible matanza y el saque que toleró a sus soldados han sido recordados por la historiografía romana con tintes trágicos; los escasos supervivientes fueron vendidos como esclavos en toda España. El botín de guerra fue inmenso, sobre todo en metales preciosos; aunque como observa Tito Livio, la mayor parte de las riquezas habían sido destruidas y quemadas por sus dueños.

Con la toma de Sagunto Aníbal había dado un paso decisivo en el dominio car- taginés de Hispania. De su control sólo escapaba la franja costera catalana y el cua- drante noreste galaico. Roma había asistido impasible a la peligrosa recuperación del poderío cartaginés en la Península. Pero ante la toma de Sagunto, y la peligrosa aproximación púnica al Ebro, la propia Roma presta atención a las advertencias de sus aliados griegos, Marsella y Emporión. Hay desde entonces una decidida acción contra Aníbal y los cartagineses. Los hechos subsiguientes, la Segunda Guerra Púnica, inicia- da el 218 a.C. serán del máximo interés para Hispania y para el rumbo que tomará la Historia en Occidente. En efecto, la ocupación de España por Roma y la subsiguiente romanización introducen un cambio definitivo en el rumbo de la Historia de España; de ella surgen un largo periodo de unidad política y el cambio total de las estructuras so- ciales, económicas, religiosas y de la lengua y la cultura.

3.2. El Tratado del Ebro:

Polibio dice en sus escritos acerca del contenido de este Tratado: “Los cartagi-

neses no cruzaron el río Ebro en son de guerra”. Pero al hablar del Tratado del Ebro

precisa que constituía expresamente el no pasar el Ebro; y para nada menciona a Sa- gunto. En cambio, Tito Livio y Apiano afirman que en el Tratado del Ebro se garantiza-

77

ba expresamente a Sagunto. Tito Livio dice: “.y que se guarde la libertad de Sagunto y

el río Ebro sea el límite de uno y otro imperio”. Apiano expresa igualmente: “.que los saguntinos y los otros helenos de Iberia permanecerían autónomos y libres”.

Polibio fue fuente escrita tanto para Apiano como para Tito Livio, en consecuen- cia, hubo falsificación en Livio y Apiano, o bien hubo otra fuente que efectivamente afirmaba que Sagunto estaba incluida en el Tratado del Ebro como aliada de Roma, aunque no ha llegado hasta nosotros ningún testimonio a este respecto. De ahí que deberíamos inclinarnos a pensar en una falsificación de la realidad, así como que los romanos, de los que se conservan los únicos testimonios, eludan la tremenda culpabili- dad de la guerra que acabó con la aniquilación absoluta de Cartago.

Pero en la cuestión del Tratado del Ebro, y de la responsabilidad de inicio de la Segunda Púnica, debemos considerar tres circunstancias:

Que sólo poseemos fuentes parciales, las de los historiadores romanos, pero no las del bando cartaginés.

Que la guerra fue tan calamitosa y cuajada de consecuencias que nadie querría asumir las responsabilidades de ser causante del conflicto bélico.

Que Cartago estaba interesada en vengarse de Roma, pero aún tenia que afir- mar su dominio en la Península y no quería dar pretexto a Roma para que esta cortara su recuperación económica y militar por culpa de una guerra precipitada.

Un hecho parece bastante claro, y es que Sagunto no estaba incluida en el Tra- tado del Ebro del año 226. Luego amenazada, habría pedido alianza con roma y ésta, en vista del avance de los cartagineses, habría aceptado la petición de alianza. Sanctis afirma que Aníbal no estaba obligado a respetar esta alianza de Roma con Sagunto porque, si la alianza era anterior al Tratado del Ebro, había quedado invalidado por éste; y, si era posterior, resulta contraría a dicho tratado.

En resumen, parece evidente que tanto Roma como Cartago practicaron un do- ble juego para eludir la responsabilidad de un enfrentamiento, aunque ambos deseaban la ruina de su contrario: Cartago para acabar con su opresora; Roma para detener el peligroso poderío adquirido por Cartago en la Península. Así Cartago aprovecha la pro- vocación de Sagunto contra sus aliados los turboletas, con lo que podría asediarla y asaltarla en el 219 y con ello eliminar un poderoso enemigo dentro de su línea de tierra hispanas conquistadas. A su vez, Roma se asigna una alianza con Sagunto y entiende que los cartagineses, al tomarla, han violado este Tratado del 226 y la alianza que han pactado; pues es evidente que también Roma tiene interés en buscarse apoyo para sí o para sus aliados, como las colonias griegas de Hispania mediatizadas por la podero- sa Marsella.

4. EL DESEMBARCO ROMANO EN AMPURIAS. LAS CAMPAÑAS DE PU-

Outline

Documento similar