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INMIGRANTES Y REPOBLACIÓN.

TEMA 11. LA SOCIEDAD HISPANA.

32. INMIGRANTES Y REPOBLACIÓN.

La afluencia de gentes romanas e italianas a la Península cubrió en gran parte las bajas de la población hispana de los tiempos de las conquistas. Pero fue extraordi- nariamente importante, no sólo por el elevado número de colonos y emigrantes, sino también porque trajeron su cultura, su modo de vida, la lengua, etc. y porque domina- ron todos los aspectos de la vida social y económica. Diseminados prácticamente por toda Hispania, darían el más fuerte impulso al cambio de vida hispana; tanto más cuan- to que los comerciantes no despertaba, entre los hispanos, recelos y temores, con el ejército o los hombres de la administración.

El establecimiento de ciudadanos romanos en los terrenos conquistados fue el medio por el que Roma garantizó normalmente sus conquistas y su autoridad suprema. La ubicación en Hispania de colonos italianos asentados en ciudades de modo oficial aportó grandes ventajas para la propia Roma: primero consolida la conquista, pues las colonias servían para defender las tierras conquistadas, y segundo, resolvieron pro- blemas de densidad demográfica, económicos y sociales de la población romana.

Los asentamientos oficiales de itálicos canalizaron la emigración masiva italiana en los tiempos de las guerras civiles, desde el 80 a. C. hasta la paz hispana de Augus- to, en los años anteriores a nuestra Era.

Entre la deductio (repartición de tierras del ager publicus entre los veteranos de guerra), practicada por Escipión en el año 205 a. C. y las fundaciones augusteas de Caesarugusta, Asturica. no menos de 50 ciudades hispanas recibieron colonos. Resul- ta difícil cuantificar el número de colonos asentados por deductio a lo largo y ancho de toda Hispania. Deductio que los gobernadores romanos hicieron extensibles a fieles itálicos destacados como auxiliares y aun a servidores hispanos del ejército y de la ad- ministración. Con esta política Roma amplio la base ciudadana fiel a Roma y de esas ciudades puedo extraer contingentes para el ejército cuando, desde el final de la Re- pública, Roma y también Italia empezaron a cansarse de dar sus hijos al servicio de los ejércitos romanos. Hispania sería una de las principales zonas de reclutamiento.

El resultado de esta política de asentamientos en Hispania arroja, según estima- ciones, al cambio de Era en torno a unos 300.000 itálicos varones, lo que supondrá alrededor de un millón como total de itálicos o descendientes de itálicos. Pues Roma ya llevaba dos siglos de asentamientos ininterrumpidos, con varias generaciones que viv- ían en medios económicos privilegiados.

Cada colonización con varones licenciados en ciudades, con tierra de cultivo más su propio botín y soldadas, oscilaba entre 1500 y 3000 en cada ciudad. Sobre es- tos números hay que añadir un número probablemente mucho mayor de comerciantes y gentes del servicio de la administración, asignados a la recaudación de tributos; casi

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todos estos emigrantes eran itálicos, pocos romano; y entre ellos se debió practicar el arrendamiento de las tierras del ager publicus, la explotación de minas, industrias de salazones y otros bienes del Estado romano. Y, por supuesto, la gran mayoría de estos negociantes fijaron en Hispania su residencia definitiva, pues aquí tenían sus propieda- des.

Hay que tener en cuenta en los asentamientos itálicos y romanos en Hispania a la gran multitud de heridos de guerra, que terminaron por fijar aquí su domicilio. Tam- bién los tránsfugas, traidores a Roma, formarían un elevado porcentaje de emigrantes; debido a las feroces luchas contra lusitanos y celtíberos, y en la que no pocos soldados romanos se pasarían al enemigo o desertarían.

Dentro de esta fuerte corriente migratoria hay que tener en cuenta a los emigran- tes producidos por las luchas políticas en Italia, subsiguientes a las proscripciones de las guerras civiles del siglo I a. C. Gente de todas las clases sociales, incluso del orden ecuestre e hijos de senadores. También, por ejemplo, los componentes del ejército de Sertorio, de los cuales la gran mayoría se quedaría en Hispania confundidos con los lusitanos y celtíberos ante el temor de la represalia política si volvían a su patria.

Desde el año 200 a. C., es decir, tan pronto como Roma decidió la anexión de las tierras hispanas, comienzan a primar los intereses económicos, pues eran los que habían decidido la anexión de Hispania. Entonces ya aparecen sociedades de nego- ciantes.

El cúmulo de industrias y comercio púnico es asumido en gran parte por empre- sarios romanos. Cierto que el desarrollo de la industria y comercio fue lento, porque Roma no tenía experiencia suficiente, ni técnicos especializados en este campo, como los griegos y fenicio. Pero no se registran en las fuentes animadversión de los indíge- nas hacia los negotitatores. Los indígenas debieron de continuar al servicio del nuevo dueño, Roma. Desde el siglo I a. C., ya pacificados los lusitanos y célticos, las explota- ciones industriales y las consiguientes sociedades se multiplican en la Bética y Sierra Morena.

Causas principales de tal afluencia es que cuando los países que bordean el Mediterráneo oriental se habían arruinado por las largas guerras de finales del s. II y comienzos del I, como las de Mitrídates; la Península pacificada y rica como ninguna en minas, ofreció las mejores perspectivas al capital romano y al alto poder adquisitivo de Italia, donde se había concentrado el oro mediterráneo y de Oriente. Los refugiados políticos fueron buen estímulo a estas empresas, porque invertían su capital en la Península y, aquí estaban libres de las más directas represalias.

Hispania era considerada entre los romanos como un buen lugar de refugio, donde la abundante prosperidad permitía, rehacer la vida del desterrado.

El flujo migratorio itálico hacia los lucrativos negocios hispanos fue muy grande. Esta abundancia de emigrantes hizo crecer muchísimo la población de cives romani en Hispania.

Respecto a la procedencia de los colonos itálicos, Menéndez Pidal sostiene la hipótesis de una emigración suritálica. El valle del Ebro fue ampliamente habitado por gentes oscas, sabinas y samnitas. La explicación históricas se basaría en la pobreza general del Mediodía de Italia, donde sus mejores tierras se hallaban en manos de vie- jas familias de la nobleza romana.

También muchos emigrantes procederían de Etruria. La venganza de Sila se cebó en esta zona, y muchos etruscos se unieron a Lépido en Cerdeña el año 78 a. C. y luego pasaron a Hispania con Sertorio y Perpenna.

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La pluralidad itálica tarjo a Hispania un latín arcaico y voces de los dialécticos itálicos que perviven en las hablas de la Península. Ello se explica por el aire rústico y provinciano de estas gentes que trajeron su lengua: la mayor parte de los que queda- ron en Hispania eran licenciados del ejército. Habían sido reclutados muy jóvenes. Conservaban el habla de su tierra escasamente latinizada y a lo sumo conocían un latín muy elemental.

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