Comentario al discurso del Santo Padre a la Rota Romana del 27 de enero de 2007*
IV. Consecuencias del discurso papal en la preparación al matrimonio
Señalábamos anteriormente cómo el Santo Padre, en su discurso a la Rota
Romana del año 200450, manifestaba, además de reiterar la indisolubilidad del
matrimonio, como vínculo de justicia y amor, que la constatación de las verda- deras nulidades debería llevar a comprobar con mayor seriedad, en el momento del matrimonio, los requisitos necesarios para casarse, especialmente los concer- nientes al consenso y las disposiciones reales de los contrayentes. Lo cual cons- tituye un llamado de atención relativo a la preparación al matrimonio. Y en dicha preparación no puede faltar una toma de conciencia y una fuerte valoración por parte de los cónyuges, de la indisolubilidad del vínculo. Sería conveniente una presentación positiva de tal propiedad esencial, como señalaba el mismo Romano
Pontífice en su discurso del año 200251. Pero dada la interrelación de los aspectos
45. Cf. can. 1057 § 2. 46. Cf. can. 1063, 3º. 47. Cf. can. 1101 § 2. 48. Cf. can. 1134. 49. Cf. can. 1141.
50. Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana del 29 de enero de 2004, en AAS 96 (2004) 348-352.
51. Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana del 28 de enero de 2002, en AAS 94 (2002) 340-346.
positivos y la contrapartida de los aspectos negativos que el divorcio lleva consi- go, tampoco es conveniente dejar de advertir sobre los males del mismo.
Al respecto, podrían señalarse diversas líneas argumentales en pro de la
perpetuidad del vínculo52. En un orden genético, tal como va surgiendo la re-
lación del varón y la mujer ordenada al matrimonio, habría que hablar primero
del amor conyugal. Este ha sido puesto de relieve en el Concilio Vaticano II53; y
recogido especialmente en el discurso papal a la Rota Romana del año 199954.
Pero ese amor, que tiene características muy especiales que lo convierten en algo distinto de cualquier otro amor, aún en el plano de los sentimientos, porque pide exclusividad y perpetuidad, solo se convierte realmente en conyugal por el con- sentimiento matrimonial, con lo que significa de intervención de la voluntad que establece un compromiso perpetuo. Frente a la posible veleidad de los sentimien- tos, el acto de voluntad que constituye el consentimiento matrimonial, convierte
dicho amor en específicamente conyugal, con auténtico valor jurídico55. Y se debe
valorar este compromiso en el que el varón y la mujer realizan un acto humano de tal magnitud como pocos otros pueden realizarse en la vida terrena, un acto humano, natural y sobrenatural, que dignifica a las personas, las sana y eleva y
las proyecta al bien de la sociedad civil y de la Iglesia56. Por otra parte, el mismo
acto conyugal, que solo tiene sentido como verdadero acto humano en el legítimo matrimonio, es en el orden físico signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal. Si la persona se re- servase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no
se donaría totalmente57.
Por otra parte, la indisolubilidad el matrimonio está exigida por el bien de los hijos, así como por el bien de los mismos cónyuges, y también por el bien de
la sociedad58. El bien de los hijos es muy obvio que exige la indisolubilidad del
matrimonio, porque la educación de ellos se prolonga veinte y más años, y a ella cooperan tanto el padre como la madre, según sus propias características. Y como humana y cristianamente los matrimonios deben se generosos en la donación de
52. Cf. J. Bonet Alcón, Elementos de derecho matrimonial canónico, sustantivo y procesal, Buenos Aires, 2000, págs. 30-43; y J. Bonet Alcón, Camino matrimonial, Buenos Aires, 2004, págs. 106-120.
53. Cf. Gaudium et spes, 49.
54. Cf. Discurso a la Rota Romana del 21 de enero de 1999, en AAS 91 (1999) 622-627. 55. Cf. J. Bonet Alcón, Valor jurídico del amor conyugal, en AADC XI (2004) 57-84. 56. Cf. G. K. Chesterton, La superstición del divorcio, Buenos Aires, 1987, págs. 67-90;
Familiaris consortio, 18-20. 57. Cf. Familiaris consortio, 11. 58. Cf. Gaudium et spes, 47-52.
la vida, los hijos exigen prácticamente la acción benéfica conjunta sobre ellos de los padres, a lo largo de toda su existencia terrena. Y, negativamente, es fácil ver las nefastas consecuencias en los hijos, en el orden moral y psicológico, que se producen por la ruptura del matrimonio de sus padres.
En cuanto al bien de los mismos cónyuges podemos recordar cómo Santo
Tomás59, entre una catarata de argumentos por los que demuestra que el matri-
monio debe ser indisoluble, señala que el amor entre uno y una será más fiel si se saben unidos indisolublemente. Igualmente será más solícito su cuidado acerca de todos los asuntos domésticos, si saben que han de permanecer unidos en la posesión de todas las cosas. También desaparecen así las discordias que necesariamente se darían si el hombre despidiese a la mujer, entre él mismo y los parientes de ella; y será también más firme el amor entre los familiares. También se quitan las ocasiones de adulterio, que se darían si el hombre pudiese abandonar a la mujer o viceversa; pues así se daría mayor facilidad para solicitar a un casado en otro matrimonio. Y el Santo Doctor, aún manteniéndose en el plano natural,
cita en su apoyo a la sagrada Escritura60.
En cuanto a que la indisolubilidad del matrimonio contribuya al bien de la sociedad, ello se hace evidente si consideramos cómo los novios perte- necen a diversos grupos sociológicos entre los que se establecen vínculos de amistad, relaciones sociales que contribuyen a la unión moral y al bien común de la sociedad. Y al multiplicarse los matrimonios se multiplica esa unión y esos vínculos. Se podría decir que la indisolubilidad del vínculo conyugal pone como “valor agregado” a la sociedad amor, veracidad, sinceridad, fidelidad, confianza, lealtad, y otras virtudes sociales, así como salud psicológica. Todo lo cual se convierte en elementos antisociales cuando se rechaza la indisolubi- lidad. Incluso, paradójicamente, esta propiedad esencial del matrimonio con- tribuye en gran medida a que exista libertad en la sociedad, porque no son los individuos atomizados los que pueden resistir al tirano, sino los sólidos bloques
de fidelidad61.
En el plano sobrenatural podemos hablar directamente de un argumento de fe que debe valer para todos los católicos, como es la palabra del mismo Je-
sucristo cuando dice “que el hombre no separe lo que Dios ha unido”62. Si a ello
se une la expresión del mismo Señor sobre los apóstoles y sus sucesores, acerca de que “el que a vosotros oye a Mí me oye, el que a vosotros desprecia a Mí
59. Cf. Contra gentes, l. III, cap. 123. 60. Mt. 19, 9; 1 Cor. 7, 10.
61. Cf. G. K. Chesterton, La superstición del divorcio, Buenos Aires 1987, págs. 67-90. 62. Mc. 10, 9; Mt 19, 6.
me desprecia”63, con la aplicación que el Magisterio de la Iglesia realiza sobre
la indisolubilidad del matrimonio, basándose en esas palabras del Evangelio, es suficiente para afirmar esta propiedad esencial del vínculo conyugal, aún cuando no existieran los múltiples y convincentes argumentos de orden natural. Aunque tal prueba no fuera suficiente para el diálogo con los no creyentes.
Y en este mismo plano se podría denominar convencionalmente argumen- to teológico, aquel en que la razón opera a partir del dato bíblico, como es el de la consideración de que el matrimonio está significando la unión de Cristo y de
su Iglesia64. Esta significación, cuando nos ubicamos en el orden sacramental, es
de tal modo eficaz, que puede decirse que los cónyuges cristianos participan del misterio de amor de Cristo y su Iglesia. Así lo expresa explícitamente el Código
de Derecho Canónico65. Lo cual implica la indisolubilidad del vínculo.
Ahora bien, esta insistencia que la catequesis prematrimonial debería te- ner sobre la indisolubilidad del vínculo que se contrae, debería insertarse en un contexto pastoral y litúrgico que, en la mayor medida posible, vaya impregnando la vida toda de los novios. El noviazgo cristiano es un período de la vida lleno de dulzura y emoción para los que lo viven, y muy grato y hasta fascinante para los que lo contemplan. Este período debe ser evangelizado, purificado, elevado,
transfigurado, a la luz de la fe66. En realidad comienza una especie de catecume-
nado, como en el caso del bautismo de adultos67. Es un nuevo camino para buscar
y tender a la santidad de a dos, comunitariamente.
Es también como un noviciado. De suyo, “novio” y “novicio” etimológi-
camente significan lo mismo68. El noviciado tiene como meta la consagración a
Dios en una congregación religiosa, y el noviazgo tiene como meta el matrimonio que es una especie de consagración religiosa, lo cual requiere que la maduración humana sea acompañada por la oración en común y la vivencia religiosa de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía y la reconciliación, asumiendo riquezas comunitarias de los mismos hasta entonces desconocidas.
Por otra parte ese período debería ser considerado también como un semi- nario, al modo de los que se preparan a la recepción del sacramento del Orden sagrado, dado que el matrimonio está llamado a un ejercicio permanente y en alto grado del sacerdocio bautismal.
63. Lc. 10, 16. 64. Cf. Ef 5, 32. 65. Cf. can. 1063, 3º.
66. Cf. J. Bonet Alcón, Camino matrimonial, Buenos Aires 2004, págs. 175-182. 67. Cf. Familiaris consortio, 66.
Las analogías indicadas tratan de expresar la relevancia y el justo enalteci- miento de este período de la vida humana, pero, como toda analogía, tienen algo de igual y algo de distinto. Lo igual es más bien lo genérico, la necesidad de una preparación a fondo, dado que el matrimonio es una vocación a la santidad que llena toda la vida de las personas. Lo distinto está en lo propio, específico, de la indicada preparación. Así en el aspecto doctrinario de la misma habrá que poner un acento especial en el conocimiento del matrimonio y de la familia, no solo teórico sino valorativo, que se ordene a una toma de posición vital, que adhiera firmemente a esa vocación, viendo en ella la concreta voluntad de Dios referida a la propia persona. Habrá que realizar una maduración en la fe y una síntesis de fe y cultura, de naturaleza y gracia. Esto resulta tanto más importante cuanto el matrimonio constituye de suyo como un lugar teológico en el que lo natural y lo sacramental se unen íntimamente.
Por otra parte el camino matrimonial, en esa etapa del noviazgo, debe re- correrse con una intensa vida sacramental. Los signos sacramentales, purifican y elevan el tiempo de noviazgo, que es a la vez tiempo de discernimiento y de preparación. Habría que dar una renovada importancia a la antigua celebración de los esponsales, a los efectos de que, a partir de ellos, se pudiera vivir con más intensidad la preparación al matrimonio.
Una ayuda importante se puede encontrar en el Libro de las Bendicio-
nes69, donde se nos ofrece la Bendición de los prometidos, cuya finalidad es la
de ayudarlos “a que se preparen mejor para el matrimonio”. Para la Iglesia este Rito constituye uno de los deberes de los padres cristianos y de las formas de apostolado familiar que debería incluirse en la educación de los hijos. Los padres pueden fomentarlo e incluso realizar el rito de la bendición, ya que el Bendicional prevé esta posibilidad.
Toda la importantísima preparación doctrinal, pastoral y litúrgica al matri- monio, no puede olvidar la fuerza que tiene el ius connubii, que corresponde a to-
dos los fieles70, por lo que dicha preparación no podría revestir una obligatoriedad
tal que su omisión constituyera una especie de impedimento matrimonial, lo que
sería contra derecho71. Por lo cual todo lo indicado debería ser presentado de una
forma sumamente atractiva, para que con espontaneidad concurrieran los novios; y no solamente los que podrían ser calificados de selectos.
La preparación más inmediata al matrimonio consiste precisamente en que los novios intervengan, en diálogo con el sacerdote o diácono, en la toma de con-
69. Cf. Bendicional, Barcelona, 1986, 1ª parte, c. I, VI, 93-100. 70. Cf. can. 1058.
ciencia del valor profundo del sacramento del matrimonio como participación de la unión de Cristo y de su Iglesia; también de que ellos son los ministros del sacramento y, por tanto, instrumentos de la comunicación mutua y recíproca de la vida divina; de que comienzan un camino de santificación en el que deberán crecer juntos, haciendo de su amor humano un reflejo del amor divino en el seno de la Trinidad; y, en fin, que se introducen en un sublime misterio que los supera infinitamente, penetrando en el paraíso terreno del que nunca deberán salir sino por la puerta del Paraíso celestial.
En cuanto a la celebración litúrgica del sacramento72, deberán los novios
preparar juntos la liturgia de la Palabra, eligiendo las lecturas, meditándolas previamente, compenetrándose de su significado, asumiendo su mensaje de salvación.
En cuanto al consentimiento matrimonial, que es el momento esencial de la celebración, el varón y la mujer se dan y aceptan mutuamente, física y espiri- tualmente, de forma muy total, asumiendo la fidelidad para toda la vida, con un compromiso de amor fijado por la voluntad, superior a los sentimientos y capaz de superar las dificultades de salud, de enfermedad o cualesquiera otras, fidelidad capaz de hacer revivir el amor por siempre, con la fuerza de Dios, “hasta que la muerte los separe”. En el momento de expresar el consentimiento los novios estrechan y aprietan sus manos derechas, con un gesto que muestra ante Dios y la Iglesia la unión de voluntades para constituir una comunidad de vida y amor.
En la ceremonia tiene lugar también la bendición y entrega de los anillos, otro gesto cargado de simbolismo. Los novios se han transformado en cón-yuges, es decir, que están unidos al mismo “yugo”; son “esposos”, están “esposados”, como encadenados, con un yugo suave, dulce, y unas “cadenas” que aseguran el amor y la felicidad terrena, y constituyen el mayor acto de libertad que el hombre puede realizar. El valor de los anillos no deviene de su valor material sino de lo que ellos significan, de que simbolizan una realidad sagrada, un nuevo status con el que el varón y la mujer se perfeccionan. Estos anillos se llaman comúnmente “alianzas” porque simbolizan precisamente la alianza conyugal, definitiva, que se realiza en el sacramento del matrimonio.
La bendición nupcial es otro momento muy importante en la celebración. Se trata de una bendición especial, grande, solemne, emparentada con las gran- des bendiciones de la liturgia romana, como la bendición del agua bautismal o la consagración del crisma. Con las manos extendidas sobre los esposos el sacerdote se dirige a Dios, Padre santo, que hizo al hombre a su imagen y los creó varón y mujer, a fin de que, uniéndose en su cuerpo y en su corazón, cumplieran su mi-
sión en este mundo. El Señor quiso que la unión de los esposos fuera signo de su alianza con su pueblo y revelara el misterio de la unión de Cristo y su Iglesia. Tras el recuerdo de las maravillas que Dios ha obrado en el pasado la oración pasa a la súplica en beneficio de la comunidad presente y participante y se pide que bendi- ga a los esposos derramando sobre ellos la fuerza del Espíritu Santo, para que por las riquezas del amor que los ha unido sean realmente un solo corazón y una sola alma, practiquen las buenas obras, eduquen a sus hijos con la luz del Evangelio, y los preparen así para incorporarse a la familia del cielo. Se pide después que el Señor bendiga a la esposa, para que cumpla sus deberes de esposa y madre y alegre el hogar con la ternura de su amor; y también se pide que el esposo cumpla con sus deberes de esposo fiel y padre generoso. Esta bendición actualiza, aplica y realiza en beneficio de los cónyuges que la reciben, “la única bendición que no
fue abolida/ por la pena del pecado original,/ ni por la condenación del diluvio”73;
bendición primera de la creación nunca desmentida, y elevada a la fuerza de sa- cramento por el misterio pascual de Jesucristo.
Es sumamente conveniente que el sacramento del matrimonio sea acom- pañado por el sacramento de la Eucaristía; en lo posible, con la celebración de la Santa Misa, el sacrificio y sacramento del amor por excelencia; al menos deberá procurarse que los esposos, debidamente preparados, reciban la sagrada comu-
nión74. Así el amor humano es consagrado, es asumido en la esfera de la caridad
divina.