(AUTOCRITICA)
La Primera Parte del trabajo expuesto ha tenido que salvar dos dificultades: la primera, la traslación al lenguaje de una función elemental, de una línea recta, con la pretensión de hacerla asequible a la mayoría. Aunque el concepto intuitivo es elemental, la deter- minación de una línea recta exige la previa definición del campo en que se inscribe, y la expresión de los pa- rámetros que la caracterizan y permiten representar. Ello comporta la necesaria cultura del lector sin la cual no es posible definir una línea recta determinada. La literatura aplicada resultará insuficiente para unos y excesiva para otros.
La segunda dificultad es geográfica: Estamos en Es- paña. Es decir, en el antiparaíso de la investigación. En España no es fácil encontrar información, por ele- mental que sea. Aquí, por ejemplo, nada ni nadie per- mite saber las mutaciones de las horas oficiales de los distintos países, respecto de las convenidas y figuran- tes en el Mapa Internacional de Husos Horarios. Nin- gún organismo incorpora responsables que a su vez sean capaces de asumir esa ignorancia, tratándola, al menos, de corregir. Y es mucho, si se consigue del Ins- tituto Nacional de Estadística, del Instituto Geográfi- co Nacional o del Servicio Geográfico del Ejército, la remisión al Observatorio Astronómico de Madrid, para comprobar la idéntica ignorancia que aflige sin
dolor a sus responsables. Anuarios astronómicos, bi- bliotecas, embajadas, amigos y teléfonos son testigos del esfuerzo. necesario para disponer de la informa- ción alcanzada, con la impresión personal de "riguro- sa" en casi todos los casos. De lo que puede estar se- guro el lector es de que no hay apaños ni amaños en los datos aportados. Solamente en la excepción de Ruanda (1981, inv.), ha sido imposible rebasar lo fia- do a la memoria de los voluntarios informadores.
Afortunadamente, empero, la regla o ley presumida y determinada no se cumple según la hora que mudan las humanas conveniencias, sino en el horario que fi- jan las leyes de la Mecánica Celeste, sobre el cual no le ha sido dado poder al hombre para introducir altera- ciones.
Por lo demás, está al alcance de casi todos la com- probación y reiteración de todo lo efectuado, para verse abocados a la constatación de la única conclu- sión posible: Admitir que la presentación de las epi- fanías marianas reconocidas por la Iglesia han dejado en el tiempo impresa una huella que permite compro- bar su maravillosa ordenación, inserta en una función rectilínea.
Para asombro de unos, o para desprecio de otros, ahí está la información alcanzada y verificable.
A partir de la constatación de esa ordenación,· su intrepretación -ya se ha destacado-, debe resultar subjetiva.
Posiblemente haya quienes consideren inválido, fe- ble o imaginativo el enlace con los Misterios del Rosa- rio. Tal vez puedan estos mismos encontrar una mejor interpretación. Porque la que aquí se ha sugerido, -buena o mala, mejor o peor- es, sobre todo, MUY PREOCUPANTE. Me explicaré.
Si la actividad sobrenatural constatable en las epi- fanías vistas pudiera cubrir por evocación los diferen- tes Misterios del Rosario, ello significaría que TO- DOS LOS MISTERIOS HAN SIDO YA ANUNCIA- DOS. Carecería de todo sentido que desde lo alto, y a lo largo de más de CUATROCIENTOS CINCUENTA AÑOS, se nos hubieran dado un conjunto extraordi- nario de signos alusivos a los últimos tiempos, purifi- cación del mundo y Reinado de Cristo, para que, una vez impresos y publicados en su totalidad, pueda ser despreciada la conclusión de haberse alcanzado los tiempos anunciados. "TODO HA SIDO DICHO".
De cuya impresión es excesivo inducir que un Ro- sario que ha tardado más de noventa lustros en ser im- preso, espejo .y sugerencia del que rezamos, para con- templar episodios transcurridos a lo largo de CIN- CUENTA y NUEVE años de la Vida de la Santísima Virgen, se tenga que proyectar, en su componente profética, de una manera relampagueante e inmediata. El Rosario tiene muchos Misterios, que se proyecta- rán sucesivamente en el mundo y en la Iglesia peregri- na, sin respetar ni avalar las cábalas y las cuentas de cuantos, ansiosamente, quieren ver cumplido todo lo anunciado antes de lo que sea. Estamos en tiempos de advertencia, de aviso, de anunciación de los últimos tiempos. Y eso significa que el Rosario final ya ha em- pezado. El tiempo irá diciendo lo demás.
Más preocupantes que los "ansiosos", son, por con- trapartida, los "morosos" en aceptar la gravedad de los tiempos. Porque aquellos están condenados a re- plantearse continuamente sus elucubraciones, dado que el paso del tiempo les aborta a cada instante to- das sus previsiones. Y no me dirijo ahora a los más dé- biles, a los que han degenerado hacia la sintomatolo- gía propia de una enfermedad que se contrae en la ex- cesiva proximidad y trato frecuente de videntes y vi-
siones, y que en Psiquiatría tengo entendido que se diagnostica como "obsesión dominante".
En el reverso de la moneda, los excesivamente es- crupulosos para la aceptación de lainformación obje- tiva resultante de las epifanías marianas, buscan refu- gio tan peligroso como lo es su desconfianza en tan portentosos signos, que los más insensatos hasta pre- sumen y pregonan. Y esto es muy grave. Porque a los tales no les van a servir, para enmendar su desconcier- to, los febles argumentos en los que justifican su frí- volidad.
En la meditación de asociación de los Misterios del Rosario con las epifanías marianas que aquí se ha he- cho, se han tenido en cuenta ocho acontecimientos super-reconocidos por la Iglesia, que son todos los ca- sos en que este super-reconocimiento concurre. Y se han considerado tres casos "sub judice" muy singula- res: Garabandal, Montichiari y El Escorial. Quienes tengan algún motivo para recelar de la fiabilidad de estos acontecimientos, sean tan respetados como res- petables sean en su conciencia sus motivos, porque el mismo Dios respeta las conciencias. Pero cuando el motivo de su recelo se halle en el pasivo tópico de que "la Iglesia no los ha asumido todavía", lo que necesi- tan, seguramente, es un curso acelerado de Religión, con especial acento en el conocimiento del Evangelio y particular hincapié en la Historia de la Iglesia.
El teólogo francés René Laurentin ha afirmado que un acontecimiento como el de Lourdes no sería hoy reconocido como entonces. Comprendida la intencio- nalidad benévola, crítica y constructiva de su afirma- ción, se puede enteramente aceptar. Rigurosamente, no. Porque lo hipotético no es riguroso. Lo correcto es afirmar que estos suceos -Lourdes o cualquier otro-- son irrepetibles. No pretendo enmendar la pla-
na al admirado maríólogo,sino llegar más lejos. Estoy dispuesto a sostener con el Evangelio en la mano que la no concurrencia de aprobación eclesial inmediata o mediata, en los casos aludidos, puede ser un signo más de credibilidad para aquellos a quienes sea dado el don de la fe en cualquiera de ellos.
Quede claro, desde el principio, que otra cosa muy diferente fuera la concurrencia de descalificación jus- tificada, en cuyo caso habría que huir obviamente, de estos temas, como hay que huir, y a la mayor veloci- dad posible, de todo aquello que la Iglesia ha conde- nado expresamente a través de la competente jerar- quía.
En las meditaciones de asociación de los Misterios del Rosario con las epifanías marianas, se ha asociado Garabandal al cuarto Misterio gozoso. Y ello, por re- sultar así de una ordenación "encontrada", indepen- diente de toda humana voluntad de establecerla pre- viamente. Díganme ahora los ilustres doctores de la Iglesia, a cuya anónima identidad me remito, quién reconoció al Niño Jesús al tener lugar su Presentación en el templo. Porque, con todas las ingratas circuns- tancias que debió afrontar la Sagrada Familia en Be- lén, el Nacimiento, por ejemplo, fue conocido por grandes y pequeños (Magos y pastores). Y ello entra- ña reconocimiento.
En el quinto Misterio, y como segundo ejemplo ---que se podría seguir, en rica reflexión, en todos los casos- la admiración de los doctores de la Ley, ante la sabiduría del Niño perdido, es signo de reconoci- miento también.
En el cuarto Misterio, contrariamente, la "luz" le es concedida a un anciano y a una criada. Los docto- res, sacerdotes y mandamases no se enteraron. Dios no quiso, por lo que sea, ser reconocido al efectuarse
su Presentación en el templo, por los importantes ni por los más. Si el anciano Simeón hubiera esperado, "prudentemente", a que el Sumo Sacerdote recono- ciera al Señor, no hubiera alcanzado la singularísima gracia que le fue dada, ni hubiera podido tomar el Di- vino cuerpecito en sus manos, para que todos pudié- ramos saber que aquella Criatura habría de ser "blan- co de contradicciones, destinado para ruina y para re- surrección de muchos...".
Hubo personas que conocieron la profecía de Si- meón o las alabanzas de Ana, y "pasaron", tal vez es- perando que el Sanedrín se pronunciara. La Santísima Virgen, empero, dejó grabar en su Corazón todas aquellas experiencias. También ha habido muchos que han disfrutado y enriquecido su alma con las conside- raciones de la condición Inmaculada de la Concep- ción de María, y otros que se perdieron las maravillo- sas reflexiones de Duns Scott, porque la Iglesia "no había aprobado" lo que es dogma solamente desde 1854. Hubo algunos que experimentaron gracias ex- traordinarias antes de que Lourdes o Fátima se apro- baran, consecuentes con esas manifestaciones. Hay personas que creen haberlas recibido en El Escorial entre las que me cuento, o en Garabandal. Benditas sean.
De manera que una epifanía mariana enlazada con un Misterio del Rosario, puede ser identificada por muchos signos, y no hay ninguna razón que impida le- gítimamente pensar que uno de estos signos, en algún caso, pueda ser, precisamente, que no se produzca el reconocimiento eclesial en mucho tiempo.
Personalmente puedo afirmar, con toda verdad, que los motivos de descrédito que me ha sido dado conocer en tomo a Garabandal o El Escorial, son ab- solutamente inicuos. Si a ellos se separa lo falso, lo ca-
lumnioso o lo temerario, no restan sino algunos luga- res comunes, cuya vacuidad queda de manifiesto cuando se aplican al Evangelio. Las "frases teológi- cas", como la ya denunciada de "Un Dios Padre no hace teatros a sus hijos", tienen menos contenido que un globo de aire con agujeros, cuando se remite al teólogo de turno al Evangelio.
Por el contrario, cuando estos extraordinarios e im- portantísimos sucesos, que han desarrollado kilóme- tros de literatura a la que se ha supuesto inspiración celestial, no han podido ser desmentidos ni descalifi- cados a la distancia de bastantes años, y aun de mu- chos años, es entonces cuando la mínima sensatez obliga a plantearse estos mismos temas con toda serie- dad.
y curiosamente, no han sido reconocidos aún aque- llos sucesos cuya referencia al Rosario, hace sospechar ya esa circunstancia. No acaban de reconocerse las epifanías marianas que evocan los Misterios en los que el Señor no fue reconocido. Ello es otro motivo de meditación y de aval del planteamiento efectuado.
La aprobación de El Escorial y de Garabandal com- porta la aceptación de la gravedad de los tiempos en que estamos inmersos, y no es eso lo que se dice en las homilías dominicales, ni siquiera en la correspon- diente al último domingo del "tiempo ordinario". Es por ello por lo que dedico esta reflexión a jerarquía, sacerdotes y religiosos. No se trata ahora de asustar a nadie; se trata de recordar, simplemente, que estamos en tiempo de vela.Setrata, simplemente, de despertar a la realidad.
La última reflexión está dedicada a quienes, de un tiempo a esta parte, han empezado a hacerle las cuen- tas a la Santísima Virgen desde el día 27 de noviem- bre de 1830. Ellos se extrañarán de que en este estu-
dio se muestre un suceso muy anterior y se contemple la manifestación de Guadalupe, ocurrida en el siglo XVI. .Puede ser que quienes me conocen lo atribuyan a una demanda de mi particular devoción, y se equi- vocarán. Sehan estimado "todos los casos posibles y debidamente informados". Ocurre que la primera ma- nifestación registrada con datos cronológicos fiables se localiza en la ciudad de Méjico y en el año 153l.
La formidable y progresiva galopada emprendida por Santa María desde 1830 tiene su plena justifica- ción en sus antecedentes. Todos estos Misterios co- menzaron en el instante de la Inmaculada Concep- ción, verdadera referencia del principio del Protoevan- gelio y de todo el Evangelio, prólogo e introducción de su verdadero Primer Capítulo, que, como lo con- templamos en el Rosario, es la Anunciación del Angel a Nuestra Señora, donde queda imprimida para siem- pre la promesa del Reinado de Nuestro Señor Jesu- cristo.
En la plenitud de los tiempos se produjo la EN- CARNACION DEL VERBO, y en la plenitud de los tiempos se anunció SU REINADO. (VINO A SU PROPIA CASA Y LOS SUYOS NO LE RECIBIE- RON). Pero también en otra plenitud de los tiempos, conoció la Iglesia la espiritualidad de la Misericordia y del Amor dimanante del SAGRADO CORAZON DE JESUS, quien ha vindicado muy clara y transpa- rentemente para SI el ansiado Reinado. Y esa última plenitud de tiempos, abrió un formidable interrogan- te para todos los fieles desde el siglo XVII.
Tantas veces hemos dicho que el Señor jamás ha querido hacer nada sin el precedente concurso y cola- boración de Su Madre, y nunca nos hemos preocupa- do de buscar el antecedente materno introductorio .de la espiritualidad compasiva y amorosa del SAGRADO
CORAZON. Dadle vueltas a toda la Mariología, y a toda la Historia, y a toda la Historia dela Iglesia, y no hallaréis en concordancia sino estas maravillosa pa- labras nominativas:
SANTA MARIA DE GUADALUPE
Sí. Ella, es la Anunciadora dulcísima de la nueva espiritualidad de la Misericordia y el Amor. Ella, la que se anticipa, con un amoroso lenguaje inconfundi- ble, a producir el primer diálogo histórico constata- ble de la Madre con sus hijos. Ella, la que estampa su retrato -símbolo de A m o r - en la tilma de un humil- de indio, la cual, al encanto del prodigio, se torna im- perecedera. Y por más que manos humanas hayan osado alterar el original, nada puede impedir ya la dis- ponibilidad de su aliento de Amor y de Compasión. Y se nos muestra gestante. ¿Gestante de qué, en el siglo XVI? Gestante del Sagrado Corazón. Gestante del Amor de los Amores. Sí. Santa María de Guadalupe canceló entonces los tiempos en que se cuajaron los misterios- de la FE y de la ESPERANZA, para anun- ciar definitivamente, la arribada de los tiempos del Amor.
El Reinado del Amor tiene Rey. Se dio a conocer en Francia en el siglo XVII y se llama SAGRADO CORAZON DE JESUS. Pero el Reinado del Amor tiene Reina Madre también. Sedio a conocer en Espa- ña en el siglo XIV, y con los españoles fue al Nuevo Mundo que quería evangelizar. Y allí... vino a los su- yos, y los suyos no La recibieron. Desde entonces, cuantas veces ha vuelto a su propia casa ...
El Reinado del Amor tiene Reina Madre también. Se dio a conocer en España, es española y se llama SANTA MARIA DE GUADALUPE.
Sin cuya consideración, la actividad mariana detec- table desde el año 1830, se presenta decapitada de su origen, de su introducción y de su fundamento.
y a cuyo honor y gloria se añaden, a modo de pun- to final, las finales palabras que completan la expre- sión del Sacramento de nuestra Fe:
EPILOGO
EL MONTE EVEREST I
Como queriendo avizorar, alma adentro, el recorri- do que transcurre entre la manifestación de Nuestra Señora del PILAR Y el culto al INMACULADO CO- RAZON DE MARIA, dio mi pensamiento con un ár- bol, al que se me ocurrió llamar el ARBOL DE LA VIDA. Su celestial semilla tiene el nombre de NUES- TRO SEÑOR JESUCRISTO.
Por artes de divina agricultura fue sembrada esta Semilla en el centro mismo de la tierra, y allí formó sus raíces, germinando espléndidamente. A los subte- rráneos caminos que fijaron su asentamiento dieron algunos el nombre de catacumbas, y, todos los días, Inmaculada Jardinera lo atiende, prodigándole con agua de oración y fertilizantes martiriales, cuidado y amor indescriptibles.
Así surgió, erecto y poderoso, un formidable tron- co con miles de ramas al que llamamos PILAR. Di- cen que los que se apoyan en él, reciben generosamen- te el calor de la FE.
Pasó el tiempo. Y en la primavera de la Iglesia se cubrió el árbol de verdes hojas, a cuyo amparo y a cu- ya sombra han hallado cobijo muchas generaciones ávidas de ESPERANZA. Los hombres han dado a ca- da una de estas hojas miles de nombres diferentes, se- gún pueblos, regiones y países. Es el caso que todos han pretendido dar con el nombre que piensan que
corresponde mejor a la excepcional Jardinera del ARBOL DE LA VIDA.
Llegó el tiempo de la floración, y se mostró un bo- tón que parecía como cualquiera de los que -como nos lo muestran las camelias- debía devenir en otra hoja admirable, y no fue así. Era, por fin, un botón de flor. Quiso la misma Jardinera dar nombre a esta flor, considerando el tomado para cada una de las ho- jas, y así vino a tomar aquella flor el nombre de GUA· DALUPE.
La flor de GUADALUPE dio finalmente su fruto, desde entonces conocido como el SAGRADO CO- RAZON DE JESUS.
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Pensando en este ARBOL DE LA VIDA, me dije un día
- "Si la Mariología estuviera hecha con los nom- bres de nuestras montañas, GUADALUPE sería el MONTE EVEREST".
11
Ningún poeta novel, ningún aprendiz de poeta, al tener que culminar en rima consonante un verso de enlace con otro verso terminado en la palabra CRUZ, podría despreciar fácilmente la palabra LUZ. Las pa- labras CRUZ y LUZ, en el idioma castellano, se bus- can una a otra como si se complementaran, como si se profundizaran.
Jugando con ellas en mi pensamiento, me dije así: "EL SAGRADO CORAZON DE JESUS ES LA LUZ DE LA CRUZ".
No me gustan las cruces de madera, porque lama- dera, por sí misma, no tiene ni da luz. Las cruces de madera no sirven sino para arder. No hay más cruz verdadera que el mismo Cuerpo de Nuestro Señor en la Cruz, sugerencia y modelo de una nueva CRUZ MISTICA, hecha toda de luz y llamada IGLESIA.
La Iglesia es una CRUZ DE LUZ, hecha para que los hombres y Dios vengan a ser una misma cosa en El. La Iglesia es una CRUZ MISTICA hecha toda de LUZ.
Una cruz se compone de dos elementos rectos que se enlazan ortogonalmente y se anclan en el suelo por la base del primero. Todos sabríamos hacer una cruz. Pero, ¿quién podría hacer una CRUZ DE LUZ donde los hombres y Dios vinieran a ser una misma cosa en EL?
Yo conozco al Divino Ingeniero que la concibió y