• No se han encontrado resultados

Consideraciones previas

La formulación de una cultura nacional, en el caso uruguayo, excluye del marco canónico toda consideración de aquellas manifestaciones que no corresponden explícitamente al segmento hegemónico eurocéntrico. Por tanto, las sucesivas historias de la literatura uruguaya, desde Carlos Roxlo y Zum Felde hasta los textos que forman parte del currículo educativo, prescinden de los productores culturales afrouruguayos en general y de sus escritores en particular.

Relegados a la manifestación folclórica, los afrouruguayos ven reducidos sus productos culturales (plástica, literatura, periodismo y música, entre otros) a un espacio y una forma específicos, donde lo afro es sinónimo de febrero y Desfile de Llamadas. A partir de esta simplificación, quedan en el olvido u omisión, solo por nombrar a algunos, Cayetano Silva (músico autor de la Mar- cha de San Lorenzo), Isabelino José Gares (poeta, dramaturgo y periodista), Pilar Barrios (poeta y periodista), María Esperanza Barrios (periodista y mili- tante racial), Iris Cabral (poeta y sindicalista), y podríamos seguir. Sin embar- go, estos artistas no se limitan a una cultura paralela, sino que avanzan en la construcción de un legado desarrollando y trasmitiendo identidad y pertenen- cia a su colectivo.

La cultura nacional es fiel a la Ilustración y, tal como la estudia Celia Amo- rós (2004), asume como premisa la universalidad del paradigma europeo oc- cidental, aunque la autora deja de lado que, en el caso de las culturas africanas subsaharianas y sus descendientes latinoamericanas, los procesos de apropia- ción son anteriores a los conceptos de tradicionalidad que pueden ser adjudi- cados a los europeos. Ciertamente, se produce lo que define como “criterios de funcionalidad con respecto a procesos crítico-reflexivos endógenos”, pero estos no están anclados en “sus raíces y sus horizontes, entre sus retrospec- ciones y sus proyectos y sus prospecciones de futuro”. Se trata de colectivos

1 Licenciada en Letras y magíster en Ciencias Humanas (UDELAR). Ensayista, investigadora y fundadora de la organización civil Diálogo Político de Mujeres Afrouruguayas.

difusos y comunidades que no solo fueron colonizadas sino desterritorializa- das y aculturadas. Los afrouruguayos necesitaron construir una nueva territo- rialidad y desde ella metamorfosear su herencia y tradiciones originarias. La definición que aporta Saskia Sassen (2008) sitúa en un lugar privilegiado la re- lación entre lo global y el territorio, universalizando este último concepto y su significado en lo nacional. Corresponde entonces preguntarse: ¿cómo se sitúan aquellas/os cuyo territorio histórico han sido la cocina, el corral o los zagua- nes? Desde esa alteridad institucional, se construye un espacio real y simbólico de liberación, un territorio de “poder” en condiciones de forjar la noción de pertenencia a un linaje, condición imprescindible para el posterior reconoci- miento de un legado.

La realidad de las subalternidades produce artefactos operativos cuando se formula desde el segmento dominante. Sin embargo, cuando nos encon- tramos ante situaciones de identidades negativas agravadas, la interpreta- ción de la producción cultural depende de los ideologemas hegemónicos, y entonces el análisis no incluye las formaciones periféricas, aun cuando más de una vez constituyen mayorías minoritarias por vía de la invisibilización2

o mediante la construcción de un estereotipo operativo a los objetivos del segmento dominante.

El primer discurso poético “sobre el negro”3 es adjudicado por Pereda Val-

dés (1936: 209) a Francisco Acuña de Figueroa (1790-1862), por su poema La madre africana, en el que el poeta declara su voluntad de denuncia sobre los horrores de la esclavización, en actitud solidaria hacia las víctimas del tráfico humano. No obstante, el sujeto de dicha solidaridad no es su par, sino que, tal como se observa al final del poema, es un “otro” sobre el que el yo estructura- dor elabora un relato en el que lo describe y establece los primeros cimientos de un estereotipo desde el lugar de autoridad que se atribuye como hablante culto y no negro.

2 En 2011, en Uruguay, se incluyó la variable étnico-racial por primera vez en un censo de po- blación. El porcentaje de personas que se autoidentificaron como “afro o negras” fue de 8,1%. 3 Resulta necesario sustituir el término afrodescendiente en este caso, debido a que este no se corresponde con el contexto en que se funda el presente trabajo, pues fue adoptado en diciem- bre de 2000 en la Conferencia Regional de las Américas, llevada a cabo en Santiago de Chile, que sirvió como preparación de la III Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discrimina- ción Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en 2001 en la ciudad de Durban. La adopción del término en dicha conferencia tuvo como objetivo el reconoci- miento de los descendientes de personas africanas que llegaron durante la época colonial al continente americano como parte del comercio de esclavos y que sufrieron históricamente la discriminación y la negación de sus derechos humanos (AECID, s. f.).

Resulta difícil considerar interacciones o diálogos culturales posibles cuan- do los horizontes de experiencia y expectativa son tan dispares que generan in- cluso diferentes éticas. A partir de la preservación y custodia de una identidad en condiciones de albergar diversas historias alternativas, los afrouruguayos transitan los intersticios de la cultura hegemónica.

Señala Castells (2001: 31) que “la identidad se construye siempre en un contexto marcado por relaciones de poder”, y es a partir de esto que construye una tipología conformada por tres tipos de identidad: legitimadora, de resis- tencia y proyecto.

La identidad legitimadora es introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para lograr racionalizar y extender su dominio. Forman parte de esta identidad las instituciones que conforman la sociedad civil (sindica- tos, iglesias, partidos cooperativas, etcétera). Esta identidad se encuentra en claro retroceso en nuestra sociedad debido al debilitamiento del Estado-na- ción, del trabajo, la clase social y los partidos como espacios referenciales de construcción de identidad, debido al avance de la sociedad red y el capitalismo informacional.

La  identidad  de resistencia es generada por actores que se encuentran en posiciones devaluadas o estigmatizadas por los que dominan, a modo de trin- cheras de resistencia y supervivencia que se basan en principios diferentes a los de la sociedad dominante.

Los conceptos de identidad y de cultura son inseparables, pues el prime- ro se construye a partir de un atributo cultural o un conjunto relacionado de atributos culturales. Nuestra identidad, por tanto, solo  puede consistir en la apropiación distintiva de ciertos repertorios culturales que se encuentran en nuestro grupo o en nuestra sociedad. Es así que la confrontación de proyec- tos periféricos y hegemónicos no se realiza en términos de igualdad, puesto que el grupo hegemónico se instala más allá del contexto de relaciones inte- rétnicas, mientras que los afro, como grupo no hegemónico, intentan simul- táneamente el ejercicio de su identidad y la inclusión en una sociedad a la que legalmente pertenecen.

Los productores culturales afrouruguayos invierten los términos del dis- curso dominante y transforman una identidad estigmatizada  en  motivo de  orgullo a partir de la resignificación de las representaciones sociales que se asociaron históricamente a este colectivo. Las tradiciones culturales legadas por sus ancestros y reelaboradas por las/os afrouruguayas/os a lo largo de su historia son los materiales simbólicos que utilizan para diferenciarse del resto de la población.

Vila de Prado (1999) reflexiona sobre la identidad en tanto constructo de orden simbólico que fija fronteras y hace lugar a la noción de pertenencia entre propios y ajenos.

Así, sostiene que

El imaginario étnico es considerado el anclaje de la identidad, sin embargo la memoria colectiva (y por lo tanto la identidad colectiva) es el producto de un proceso de transformaciones culturales y contactos sociales, a través del curso del tiempo, en los que de algún modo distintos grupos disputan por el espacio y los recursos (Vila de Prado, 1999: 5).

El legado

La “hiperintegración” promovida desde el segmento hegemónico exige a los productores del discurso alterno leer desde la periferia el horizonte de expecta- tivas de una cultura que, en aras de una supuesta inclusión, ejerce la exclusión de la diversidad. Sin embargo, la alteridad existe; durante el período colonial se expresaba en las Salas de Nación, que tendieron a desaparecer durante los pri- meros años de vida republicana. Luego de finalizado el proceso abolicionista y al tiempo que avanzó la modernización, el colectivo afro retomó su organiza- ción, ahora con el aporte demográfico de los afrobrasileños que huyeron de su situación de esclavizados. La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del siglo XX asistieron al nacimiento de un nuevo modo de presencia afrouru- guaya, por medio de La Conservación (1867) ingresaron a la prensa y desde allí crearon un espacio de poder simbólico propio en el que pudieron identificarse.

Las publicaciones autodenominadas “de la Raza” fueron numerosas, entre ellas se destaca Nuestra Raza, editada durante casi treinta años. Es allí donde se formó el Círculo de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores Negros (CIAPEN), en 1946, que editó su propia revista, en la que, entre otros, publicó Juan Julio Arrascaeta (1899-1988). El discurso del negro emerge desde las pri- meras incursiones periodísticas de los afrouruguayos, cuando el 22 de setiem- bre de 1872, en La Conservación, se publica el texto de Temoteo Olivera (sic) dirigido A los hombres de color:

Que si ellos creen que es mancilla el ser hombre de color;

Yo… en nombre de mi raza protesto… contra ese honor.

El yo enunciador se apropia de la voz estructurante del poema y se trans- forma en titular, ocluyendo la tercera persona o emisor externo del discurso

hegemónico, fundando un nosotros que se levanta ante un ellos, asumiéndose como el “otro” de pleno derecho y consolidando lo que será la “poesía negra uruguaya”.

Documento similar