Para muchas activistas, el descanso simplemente no es una opción.
Desde que comencé a trabajar, nunca paré. En Jamaica no hay cómo pa- rar, no hay ningún lugar donde puedas irte a descansar ... Desde las seis de la mañana ya me están llamando, las 24 horas del día.
A veces me llaman a las tres de la mañana y me encuentro con un hom- bre o una mujer homosexuales bañados en sangre, o tengo que ir a la casa de ellos que fue destrozada.
Otras, necesitan que les lleve a sus casas porque están aterrados, o que alguien les acompañe hasta que logren llegar a la puerta de su casa. A veces mi compañera me dice que esto le está haciendo mal, pero yo tengo que hacerlo.
Yvonne, Artis, Jamaica De todas las preguntas que hicimos durante nuestra investigación, la que tenía que ver con el descanso pareció ser la más difícil y la más cargada.
De lo que más estaba cargada era de culpa. Porque no importa cuánto tiempo haya pasado desde que una activista se tomó un descanso como correspondía –muchas nos dijeron que lo habían hecho20 añosatrás– la idea de necesitar un descanso, ya sea en forma de vacaciones, un retiro o un sabático, parecía ser algo de lo que había que avergonzarse.
Aunque pocas veces lo admitieron en voz alta, en las palabras de las activistas subyacía la sensación de que, en su opinión, no semerecíanhacer una pausa y descansar: no habían hecho lo suficiente como para ganárselo.
En pocas palabras, descansar parecería un acto de egoísmo.
Es el contexto. ¿Cómo podría alguien hacer una pausa, tomarse un tiempo para sí misma, cuando está rodeada de otras que sufren? ¿Cuando hay tanto trabajo por hacer? ¿Cuando todas las que la rodean esperan que trabaje sin parar, como lo se- ñaló Marieme...? :
Trabajé día y noche durante 20 años. Todo el mundo me decía que des- cansara ... Pero inmediatamente después me preguntaban cuál iba a ser mi siguiente proyecto.
Esto no quiere decir que las activistas nunca descansen, sólo que para que lo hagan se requiere de un proceso complicado, que no se da con mucha frecuencia. Y cuando las activistas hacen una pausa, por lo general ésta no suele resultarles muy relajante.
Primero, es muy difícil que la activista se tome ese momento para sí. Muchas ve- ces lo usará para cuidar a sus familiares, como por ejemplo su madre anciana, su padre anciano, su pareja, sus hij*s.
Segundo, muchas activistas trabajan inclusive en las raras ocasiones en que se to- man un descanso. Aun si no trabajan en el sentido físico del término, por lo ge- neral dedican una gran cantidad de tiempo y energía a preocuparse por el trabajo, en lugar de descansar.
Por último, son demasiado pocas las oportunidades de que disponen las activistas para descansar y renovarse, como por ejemplo retiros y sabáticos.
La ironía es que aun cuando las activistas se enteran de que existen esas pocas opor- tunidades, les resulta muy difícil aprovecharlas, por las mismas razones por las que les resulta difícil tomarse un descanso bajo cualquier otra forma. Porque les preo- cupa que sólo ellas pueden hacer el trabajo y entonces si se ausentan, nadie lo hará. Les preocupa lo que van a pensar sus colegas. Les parece que es algo egoísta. Susan y Albert Wells me dieron un ejemplo excelente de este fenómeno. Diecio- cho años atrás, cuando convirtieron su casa –el bellísimo Windcall Ranch en Mon- tana– en un retiro no estructurado para activistas, con todos los gastos pagos, en- viaron 3.000 folletos de invitación a activistas de todo EEUU. Me contaron que estaban nerviosa y nervioso porque pensaban que les iba a caer encima una lluvia de solicitudes. Así que se prepararon para un penoso proceso de selección. Pero ese primer año sólo se postularon 30 activistas.
Con el tiempo descubrieron que, en promedio, quienes se postulaban habían es- peradotres añosentre el momento en que recibieron el formulario para asistir a una sesión de retiro y el momento en que efectivamente lo enviaron.
¿Por qué?
A algunas personas tal vez un retiro de esa clase simplemente no les haya inte- resado, pero en el caso de otras, como lo observó Susan, la respuesta está en la cultura del activismo:
Luego nos encontramos con otro obstáculo para ir a Windcall, un fan- tasma que persigue a mucha gente en el campo del cambio social y que pone en peligro tanto su salud como su eficacia. Hay una ética del trabajo en las organizaciones sin fines de lucro que todavía está muy viva y que es perjudicial, esa que alienta a la gente a dejar de lado sus propias necesidades en atención a la importancia de su tarea. Esa que sostiene que las personas que están comprometidas de verdad deben estar dispues- tas a luchar contra el Goliat de la injusticia social sin importar cuáles sean los costos personales que eso implique.
Inclusive cuando aquellas personas que podrían convertirse en residentes sienten que sus organizaciones sobrevivirían a sus ausencias, a diario re- cuerdan con preocupación la montaña de trabajo atrasado que se acumu- lará y las estará esperando a su regreso. También saben que tomarse un tiempo libre incrementará la carga de quienes trabajan con ellas. Es fácil para muchas de esas personas llegar a la conclusión de que las conse- cuencias pesan más que sus necesidades personales y que hacer una pausa para descansar es una indulgencia que ni ellas ni sus organizaciones pue- den permitirse.xix
Las activistas toman cada día decisiones acerca de su bienestar. Del suyo ... y del de l*s demás. Con tanto para hacer, y con tantas injusticias por reparar en el mundo, casi siempre eligen atender primero a l*s otr*s.
Porque no sienten que tengan derecho a descansar.