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El mundo en llamas

Las activistas nos enfrentamos a horrores todos los días. Una violación perpetrada por una pandilla de hombres en Pakistán. La presencia del Ku Klux Klan en el sur profundo de los EEUU. Miles de familias obligadas a huir de sus hogares in- cendiados en Sudán. Un millón de personas masacradas en tres meses en Ruanda. Pensamos en esto, escribimos al respecto y nos despierta a media noche. Sin embargo, son muy raras las ocasiones en las que hablamos esos horrores y está bien que en la mayoría de los casos así sea. Porque, como indicó Susan:

Las activistas se enfrentan a un dilema: tienen que mantener su objetividad, guardar cierta distancia de los horrores a los que se enfrentan y así poder conservar enteras su capacidad y su compromiso de luchar contra ellos. Tie- nen que encontrar una manera de anestesiar sus sentimientos para poder seguir en la lucha diaria y tomar distancia, para mantenerse inmersas en todo eso durante tanto tiempo y ésa es una autoprotección sana.

No obstante, esto también nos deja a solas con las GRANDES preguntas, las que formuló Lama: ¿por qué una violencia tan terrible? ¿Cuándo va a cesar? ¿Qué sen- tido tiene pelear por la justicia en un mundo que permite tales sufrimientos? Algunas activistas recurren a su fe en busca de respuestas, y de la fuerza para se- guir adelante.

En Sierra Leona, Gladys Brima describió cómo su espiritualidad le aporta los prin- cipios y los valores que le permiten seguir actuando:

Hay muchos vínculos entre mi práctica espiritual y mi activismo. En tér- minos de mi trabajo por la paz, mi práctica espiritual me hace poner el acento en el amor, el perdón y la reconciliación. En mi activismo por la paz, como persona activamente no violenta, esos conceptos constituyen mis principios.

Amy Bonnaffons, en EEUU, explicó por qué su práctica espiritual es un elemento central de su activismo:

Tanto mi práctica espiritual como mi trabajo por el cambio social operan a partir del mismo núcleo: la compasión como meta. Mi práctica espiritual no tiene que ver sólo con desarrollar claridad y equilibrio sino también con cultivar la compasión y el amor para poder conectarme de manera más profunda con otras personas. Me ayuda a desarrollar la estabilidad y la sabiduría necesarias para abordar estos problemas, y también me aporta un marco de referencia filosófico útil (p.ej. que la vida debería guiarse por la compasión y la amabilidad), que me sirve como recorda- torio constante acerca de qué es lo que considero importante.

Para algunas activistas, la espiritualidad puede inclusive ser una herramienta de resistencia, como nos lo recordó Indrakanthi Perera:

Hay algo espiritual en las pequeñas acciones que se multiplican y dan lu- gar a manifestaciones masivas, como lo que ahora está sucediendo en Burma, liderado por los monjes budistas y que me llena los ojos de lágri- mas y el corazón de esperanza.

No tengo ninguna duda de que la espiritualidad me ha dado el apoyo ne- cesario para convertir algunos pequeños esfuerzos activistas en logros. Por ejemplo, cuando la policía de Sri Lanka detuvo a una amiga (una aca- démica británica) y amenazó con deportarla, fuimos a la estación de po- licía y comenzamos a cantar el metta sutra budista una y otra vez. Al prin- cipio amenazaron con sacarnos por la fuerza... Pero más tarde, cambiaron muchísimo y cedieron a todo lo que les exigimos para proteger la segu- ridad de nuestra amiga.

Para otras activistas sin embargo, conceptos como ‘fe’y ‘espiritualidad’están li- gados de manera dolorosa y, para muchas, inexorable, a las religiones organizadas, el patriarcado, la opresión y la violencia.

Además el auge de los fundamentalismos, ya sean cristianos, hindúes, islámicos o judíos, está erosionando décadas de logros en cuanto a los derechos de las mu- jeres que costaron muchos esfuerzos alcanzar. Derechos a nuestros cuerpos, a ele- gir a quién amar, a participar en forma activa y en igualdad de condiciones para darle forma al mundo en que vivimos. Peor aún: son cómplices con el ejercicio –y el encubrimiento– de la violencia.

nombre de las religiones organizadas muchas veces pierden a sus familiares y amig*s en el proceso. Algunas pierden sus vidas.

Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?

Porque la ironía es la siguiente: el activismo por los derechos humanos, por su propia naturaleza, nos obliga a hacernos las preguntas más fundamentales y per- turbadoras acerca de este loco mundo nuestro; a intentar entender, y darle algún sentido, a las razones que están por detrás de la violencia que resulta imposible comprender.

Pero sin tener tiempo para reflexionar, y con tan pocos espacios seguros a los que recurrir, ¿dónde encontramos respuestas para las preguntas que nos acosan? ¿Un respiro frente a las imágenes brumosas que llevamos adentro? Cuando a al- gunas de nosotras, como lo explicó Emily, ‘se nos ha despojado de nuestro sus- tento espiritual’ por ser quienes somos y por hacer lo que hacemos:

Cuando nuestros líderes religiosos son homofóbicos, ¿adónde podemos ir l*s activistas queer en busca de esa guía, ese sentido y esa renovación espirituales en las que otras personas pueden apoyarse?

¿Adónde recurrimos cuando los mismos lugares que alguna vez nos ofrecieron refugio ahora reniegan de nosotras, o deliberadamente nos condenan?