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El sonido del silencio

El silencio genera vulnerabilidad.

Ustedes, integrantes de la Comisión de Derechos Humanos, pueden rom- per el silencio. Pueden reconocer que existimos, en toda África y en todos los continentes, y que todos los días se cometen violaciones a los derechos humanos debido a la orientación sexual o a la identidad de género. Us- tedes pueden ayudarnos a combatir esas violaciones y a alcanzar la plena realización de nuestros derechos y libertades, en todas las socieda- des, incluyendo mi amada Sierra Leona.

FannyAnn Eddy, intervención ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, 2004

En febrero de 2004, elegí no entrevistar a una activista lesbiana en el curso de la investigación para RUIR.

En ese momento, pareció una omisión muy poco relevante.

Como siempre, teníamos un presupuesto limitado y demasiado poco tiempo para completar la tarea. No podía localizar y entrevistar a todo el mundo (o por lo menos, eso fue lo que me dije a mí misma). Estaba en la mitad de un viaje de dos semanas por Sierra Leona, entrevistando a la mayor cantidad de activistas que podía. En mi agenda tenía a todas las activistas habituales, de alto perfil, hetero- sexuales, y me interesaba entrevistar a una gama bien amplia de mujeres, en aras de una mayor diversidad.

Así que les pregunté a mis colegas si conocían a activistas lesbianas con las que pudiera reunirme.

Después de un silencio incómodo y de algunas risas molestas, me dijeron que una mujer había estado intentando que el Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas

para la Mujer (UNIFEM) financiara un club para lesbianas en Freetown. ‘¿Te ima- ginas?’, me preguntaron, ‘¿Quién va a financiar algo así? Eso no es activismo en serio’.

Entonces me di cuenta que tenía que elegir: persistir en el tema, buscarla y tal vez granjearme la antipatía de las activistas tradicionales. No quería correr el riesgo de dañar esos vínculos nuevos, delicados, cuando tenía tan poco tiempo para con- seguir las entrevistas que necesitaba. Entonces opté por el camino más fácil, el que me planteaba la menor resistencia. Me convencí de que el día sólo tenía 24 horas y que yo tampoco podía hacerlo todo. Abandoné la idea de entrevistarla. Pero lo que me pregunté más tarde fue por qué había escogido esa opción en par- ticular.

Una respuesta muy simple es que resultaba más fácil no cuestionar el estatus quo. En ese ambiente conservador del África Occidental, donde las activistas estaban luchando por sus ‘derechos fundamentales’, donde hablar abiertamente de mu- tilación genital femenina todavía era tabú, parecía imposible hablar de activismo LGBTIQ. Acepté una jerarquía de derechos no explícita para la cual los temas LGBTIQ son menos importantes que otros o tienen más que ver con las opciones personales y los estilos de vida privada que con los derechos de las mujeres. Me dije a mí misma que podía buscarla más tarde, tal vez incluso podríamos po- nernos en contacto por correo electrónico.

Nunca tuve la oportunidad de hacerlo. A FannyAnn Eddy la encontraron brutal- mente asesinada en su oficina de Freetown la mañana del 29 de septiembre de 2004.xxiv

Si hubiera desafiado al estatus quo y sumado su voz a la de las activistas que com- partieron sus historias con nosotras, ¿eso habría marcado alguna diferencia? Nunca voy a saberlo con certeza.

Lo que sé es que mi elección no fue la correcta. Tuve miedo, y lo más cómodo para mí fue quedarme en mi propio mundo activista heterosexual en lugar de cues- tionarlo. A pesar de haberme definido como ‘aliada’ de l*s LGBTIQ durante 15 años, cuando tuve que demostrarlo en la práctica, no defendí mis valores. Y así entendí, de manera visceral, cómo es que con tanta facilidad podemos silenciar a otras activistas.

forma de activismo como menos importante, no tan prioritaria, en relación anues- tra propiajerarquía de derechos humanos. Así como sucede con los derechos in- dígenas, el VIH/SIDA, la discapacidad, los derechos de las trabajadoras sexuales; de l*s transgénero, de los intersex; colocando a determinadas voces en segundo plano en aras de la‘cultura’, la‘unidad’o elpatriotismo. O diciendo quetodavía no es el momento.

Y cuando les damos la espalda a algunas activistas por ser quienes son, o por aque- llo por lo que luchan, no sólo las estamos condenando al silencio sino que también estamos negándoles la posibilidad de ponerse a salvo. Hasta les estamos negando el derecho a vivir.

A las activistas, las consecuencias de todas estas cuestiones ligadas a la sosteni- bilidad se les presentan de muchas maneras diferentes e inesperadas.

La pérdida de memoria es una de ellas. Entras a una habitación buscando algo y al minuto siguiente no puedes recordar qué estás haciendo allí. Desde eso hasta perder la memoria durante un día entero. Escuchar tu música favorita ... y no ser capaz de nombrar las canciones.

Otro ejemplo: te despiertas por la mañana y descubres que no te puedes mover, tu cuerpo se rebela; simplemente dice no, ya no puedo más. Porque tarde o tem- prano, el estrés del trabajo lo absorbemos en el corazón, en la mente, en el cuerpo. A muchas que carecen del tiempo y del espacio necesarios para reflexionar y re- cuperarse, se les queda allí, dando vueltas en ciclos de auto-negación y abuso cada vez más intensos.

Con el tiempo, puede cobrar forma: una depresión, una crisis nerviosa, el suicidio, un infarto; una enfermedad cardíaca, cáncer,burnout; o puede brincarse una ge- neración.

Aquí presentamos algunas de las consecuencias.