Las pérdidas, el ‘salvarse por un pelo’ y las transiciones pueden provocar una cla- ridad y una presencia intensas.
Cuando se les aprovecha bien, pueden convertirse en catalizadores poderosos que cambian las vidas de las activistas para siempre. Terrice Bassler perdió a su hijita de seis meses de edad, Clea, en 2001. Cuando conversamos sobre su vida y su muerte, Terrice me dijo algo que no he podido olvidar: me habló de cómo su hija le dio la libertad de pensar y actuar de manera diferente, de‘la temeridad que surge de haber perdido una hija’. Clea la impulsó a ir mucho más lejos en su ca- mino como activista, ayudándola a encontrar una forma de trabajar con equilibrio, fuerza y espiritualidad.
Me pareció algo inspirador y también me aterrorizó.
La idea de combinar abiertamente la espiritualidad y el activismo me resultó ins- piradora. Pero lo aterrador fue que no supe qué hacer con el miedo que se me clavó adentro a partir de lo que había vivido Terrice: el miedo a perder una hija, que es visceral, que te desgarra las entrañas. Me avergoncé. Lo escondí con cui- dado por todo el tiempo que fui capaz.
Hasta que me di cuenta que si no enfrentaba mi propio miedo a las pérdidas, no iba a poder escribir sinceramente sobre el tema para este libro.
Y esto significa, por fin, escribir sobre Čarna. Čarna no se quería morir.
Pensaba que cuando la conocí, ella ya estaba preparada. Hablamos durante horas de todo un poco, de su vida, su trabajo, el cáncer, la transición. Su mayor preo- cupación era lo que iba a suceder con la Organización Lésbica de Novi Sad (NLO) cuando ella estuviera demasiado enferma como para seguir adelante ... y cuando ella ya no estuviera. Su tristeza –y su ira– tenían como blanco únicamente a otras mujeres en la conferencia. Las que no la veían. Las que no la miraban a los ojos cuando ella hablaba del cáncer. La forma en que la hacían sentir como si estuviera ‘empequeñeciéndose’... desapareciendo a la vista de todas. Ninguna otra cosa la enojaba.
Pensé que estaba lista. Me equivoqué.
Čarna no se fue en silencio. La suya no fue, como ella decía, una ‘historia feliz’. Se apartó de los médicos porque ellos la privaban de su dignidad. Había rechazado la quimioterapia porque le vaciaba la mente, la presencia. Por encima de todo, quería estar presente. Despierta, conciente, y dispuesta a hacer el trabajo que amaba.
Tomé la decisión de suspender la quimioterapia después de seis meses. Ese tratamiento médico realmente me hacía mal. Ya no podía seguir sopor- tándolo.
En un momento, y no sé cuándo fue, se detuvieron mis procesos emocio- nales y de pensamiento. Me sentía como un árbol: ya no tenía más opi- niones ni mecanismos emocionales. No reaccionaba a nada; no podía ha- blar, no podía comer, no podía ir al baño. Lo único que hacía era vomitar y mirar un punto fijo. Tampoco podía dormir, simplemente estaba sumida en la oscuridad.
Dado que ese tratamiento no me estaba matando el cáncer, que seguía avanzando, decidí interrumpirlo porque había perdido toda mi energía, física, mental y emocionalmente.
Ya no tenía una actitud política y eso no era lo que yo quería. También había perdido mi dignidad humana: ya no podía bastarme a mí misma y por eso decidí que iba a abandonarlo, y que iba a intentar utilizar métodos alternativos.
Utilizar mi tiempo, cualquiera fuera el que me quedara, utilizarlo como yo quisiera. Eso es muy importante para mí, por lo menos poder controlar eso: qué hacer con el resto de mi vida. Porque no quería invertir mi tiempo, este proceso de morir, en el hospital; no quería dilapidar ese tiempo. Quería mantenerme activa.
Entonces se fue de vacaciones. Se enamoró. Probó con terapias alternativas. Si- guió viviendo.
Y luego se empezó a morir.
Pensé que ella sabía lo que iba a sucederle. Lo había tomado con tanta calma. Con tanto realismo. No porque no le importara, o no la entristeciera. Pero era lo que le sucedía. Y eso era todo.
Sin embargo, cuando llegó el momento, cuando la realidad la golpeó y la vida re- almente comenzó a escapársele de las manos, ahí fue cuando se resistió. Ahí fue cuando dijo no, esto no es justo. Yo tengo que vivir. Yo quiero vivir.
Durante ese tiempo nos hablamos y nos escribimos por correo electrónico, pero a ella le quedaban pocas fuerzas para cualquiera de las dos cosas.
Čarna murió la mañana del 3 de junio de 2006. Tenía 32 años de edad.
Y aquí estoy yo. Viva y enojada y contando esta historia sin saber para qué lo hago. Buscando el final feliz y las moralejas y simplemente sintiéndome vacía. Yo quería que esto tuviera un sentido. Que ella pudiera brillar en estas páginas, exigiéndonos que la escucháramos y que aprendiéramos.
Enfrentarnos a lo incómodas que nos sentimos frente a la enfermedad. Especial- mente a la enfermedad que es terminal.
Cuando te asesinan, de alguna manera las otras te reconocen. Pero en este proceso por el que te vas empequeñeciendo ... ni te reconocen ni te aceptan.
Morir por la causa, el martirio: eso lo podemos celebrar, lo podemos considerar una razón para seguir adelante. Combustible para la resistencia.
Pero las enfermedades lentas, complicadas, que se prolongan durante meses o años, esas son otra historia. Porque ¿adónde nos puede conducir el empezar a pre- ocuparnos por esa clase de declive? Es una caja de Pandora. Un abismo. Estamos rodeadas de cáncer. ¿Y el VIH/SIDA? Es algo interminable.
Es cierto. La enfermedad, la muerte, están en todas partes, y no tienen fin. Como activistas elegimos mirar a los ojos a algunas formas de la muerte. ¿No es esa la naturaleza misma del trabajo que hacemos? Entonces, ¿por qué no podemos mirarlas de verdad a todas?
Todas estamos muriéndonos y todas estamos viviendo. Lo que sucede es que no queremos hablar de la parte que corresponde a la muerte. Eso pensaba yo hasta que hablé con Marieme y ella se refirió abiertamente a la enfermedad, la muerte y la negación:
La enfermedad es la transformación de lo emocional en lo físico; tiene que salir de alguna manera ... Por eso algunas activistas han muerto, y otras todavía viven con cáncer.
Pero de la enfermedad no se habla. La niegan, al cáncer no quieren verlo. La negación es su estrategia ... y se basa en no hablar de lo que temen. Por eso van a tratarse cuando ya es muy tarde; saben que algo tienen, pero asumirlo implicaría aceptar que tienen que cuidarse. En lugar de aban- donar el activismo, se fuerzan hasta que el cáncer ya está bien avanzado. No se van a Europa a tratarse.
Las mujeres no quieren ver que su salud se está deteriorando, no quieren percibir las señales ... Seguimos trabajando, seguimos explotándonos a nosotras mismas porque sentimos que si no lo hacemos nosotras... enton- ces nada se hace ...
A menos que las propias activistas empiecen a abordar estos temas, el si- lencio en torno a ellos persistirá.
Tarde o temprano, la mayoría de las activistas deberá enfrentarse a la enfermedad. La gran pregunta es: ¿vamos a hacerlo solas y asustadas? ¿O vamos a enfrentarla de manera solidaria, rodeadas por nuestras amigas y con el apoyo de ellas? Y cuando abandonemos este mundo, ¿nos desvaneceremos y seremos olvidadas? ¿O se nos recordará por nuestro espíritu, por el amor que entregamos, el empuje, la pasión?
Podemos elegir si queremos hacerle frente juntas ... o que nos venza a cada una por separado. También podemos elegir cómo decidimos cuidar de nuestros cuerpos.