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Educar en la fe: posibilidad y fundamento a partir del Evangelio de Marcos

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 37-39)

SEGUNDA PARTE : La fe transmitida

1. Educar en la fe: posibilidad y fundamento a partir del Evangelio de Marcos

¿Es posible educar en la fe, si esta es un don? Y, si es posible, ¿sobre qué fundamento puede afirmarse a la luz del plan divino revelado en la historia? ¿Cómo educarnos a nosotros mismos y a los demás en la fe? La respuesta a estas preguntas se nos ofrece en la misma génesis de los escritos del Nuevo Testamento, comenzando con los evangelios, que nacen precisamente como narración orientada a suscitar la fe en Jesús y a introducir en ella, alimentando su crecimiento.

«Marcos –escribía el cardenal Carlo Maria Martini– presenta una catequesis, un manual para aquellos miembros de las comunidades primitivas que comienzan el itinerario catecumenal… Mateo es el Evangelio del catequista, es decir, el Evangelio que da al catequista un conjunto de prescripciones, doctrinas, exhortaciones. Lucas es el Evangelio del doctor, es decir, el Evangelio dado a aquel que quiere una profundización histórico-salvífica del misterio en una panorámica más amplia. Juan es el Evangelio del presbítero, aquel que da al cristiano maduro y contemplativo una visión unitaria de los varios misterios de la salvación»[18].

Lo que lleva al nacimiento y la formación de los evangelios es una intención pedagógica, un acto de amor: quien narra la vida de Jesús lo hace para hacer partícipes a los destinatarios de la experiencia que le ha transformado la vida.

Este aspecto pedagógico es particularmente evidente en el Evangelio de Marcos,

el más breve de los cuatro, el más antiguo, formado por un relato escueto y cautivante, «un itinerario catecumenal»[19]. Justo así, el segundo evangelio se presenta como un

camino, que parte de las preguntas del narrador y del destinatario, compromete a los

dos en la búsqueda y culmina en el encuentro con el Resucitado, del que surge todo y hacia el que está orientado todo. Se trata de un camino que implica, que pone ante

decisiones que deben tomarse con respecto a la propia vida. En este sentido, el relato de Marcos es «como un drama cuyo resultado no está previsto… Todo lector es invitado a realizar el itinerario de los personajes del drama tanto en la búsqueda de la verdadera identidad de Jesús como en la búsqueda de la propia identidad»[20]. En esta perspectiva, Pedro –figura central del relato– aparece como la voz del catecúmeno que se abre progresivamente y no sin esfuerzo a acoger la revelación del Hijo de Dios.

«El Evangelio de Marcos se presenta como la pista de un camino que va desde el miedo y la duda a la alegría y a la paz del encuentro… El drama de Jesucristo se presenta como parábola que todo ser humano está llamado a realizar: perder su vida para encontrarla»[21].

El camino que Jesús recorre desde Galilea hasta Jerusalén no es, en suma, un puro y simple trazado geográfico y cronológico, sino que es también un itinerario del alma, que estimula al «seguimiento».

Podría afirmarse que –precisamente con este objetivo– el Jesús de Marcos propone su identidad en un itinerario progresivo, para presentarse a la libertad del asentimiento

y no imponerse a ella. En el culmen del camino se encuentra una confesión explícita de fe puesta en labios de un pagano, el centurión romano al pie de la cruz: «¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!» (Mc 15,39). Esta confesión se anuncia desde el comienzo del evangelio: «Comienzo del evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). El itinerario que conduce a la profesión final está formado por una alternancia de revelación y ocultamiento, que fue definida como «secreto mesiánico»[22]. Con esta expresión se alude a la actitud mantenida por Jesús durante su ministerio público, dirigida a la ocultación de su identidad de Mesías, a veces a los discípulos (Mc 8,29s), otras veces a los destinatarios de los milagros (Mc 1,44; 5,43; 7,36; 8,26), y otras también a los demonios exorcizados (Mc 1,25; 1,34; 3,12), para declararla finalmente en el momento en el que comienza su pasión, cuando es abandonado por la muchedumbre y por los discípulos. Entonces es cuando Jesús se manifiesta abiertamente como el Cristo-Mesías: «El sumo sacerdote le interrogó diciéndole: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”. Jesús respondió: “Yo lo soy”» (Mc 14,61s).

El itinerario que Marcos propone es mistagógico. «En la primera parte se trata

de reconocer progresivamente quién es Jesús. Luego, una vez reconocido, Jesús lleva a los discípulos y destinatarios a caminar detrás de él, recorriendo el camino hasta la cruz»[23]. Podemos preguntarnos cómo se utilizaba «este texto en la comunidad o en las comunidades que lo vieron nacer»[24]. En el plano literario, el Evangelio de Marcos

contiene todos los signos distintivos que hacen de él un discurso y una acción dramática, que exige ser proclamada de una sola vez, sin interrupción. Una hipótesis sugerente es que el relato de Marcos se leía durante la noche de Pascua, en la vigilia entre el sábado y el domingo de resurrección. Para algunos de los que escuchaban, nuevos miembros de la comunidad, esa noche era el punto de llegada de la iniciación cristiana: al terminar la lectura completa del relato evangélico iban a ser bautizados y llamados a participar por primera vez en el banquete eucarístico. Como la estructura de la cena pascual judía incluía un relato dramático –la hagadah («narración»), que constituía el hilo conductor

del rito–, así la vigilia pascual cristiana de los orígenes contaría con un relato análogo, el del Evangelio de Marcos precisamente. «Después de la lectura del Evangelio de

Marcos –sostiene Standaert–, se dirigían al río o al mar para bautizar a los catecúmenos y, luego, volvían a reunirse todos juntos para el banquete eucarístico celebrado a primeras horas de la mañana»[25].

Así pues, el segundo evangelio no es una simple compilación informativa: el

itinerario propuesto quiere ser performativo, es decir, inducir al oyente a decidir sobre

su misma vida ante Jesús, el Hijo de Dios. Del encuentro con este relato no sale uno indemne: quien hace de él una lectura de fe, queda marcado de manera profunda. En él todo nace del amor del Dios que se revela y que ha conmovido y transformado al narrador, cuya obra tiene el objetivo de suscitar en los corazones este mismo amor. De esto podemos deducir que en la educación en la fe todo nace del amor y tiende al amor. Dios se reveló a los hombres por amor, con el deseo de hacerles partícipes de su

vida. Quien cree –al igual que los evangelistas– quiere transmitir por amor a los demás el don recibido, introduciéndoles en la experiencia de la caridad de Dios. Nos ponemos a buscar el Rostro divino por una profunda necesidad de amor. En las fuentes de toda educación en la fe se encuentra el amor. A menudo se trata de un amor herido, como, por ejemplo, el de unos padres creyentes que ven a sus hijos alejarse de la vida de fe, o el del responsable pastoral que experimenta lo difícil que es a veces transmitir el don de la fe a los demás, especialmente a los jóvenes, en la complejidad del tiempo en el que vivimos. El deseo de comunicar la belleza de la fe desafía, sin embargo, a este amor herido y lo impulsa a no claudicar.

Con frecuencia, quien se aleja de Dios lo hace porque nunca ha experimentado verdaderamente la grandeza de su don. ¡No es exagerado pensar que muchas veces el amor divino es más ignorado que conscientemente rechazado! Educar en la fe consistirá, entonces, en dar a conocer este amor de manera creíble, con el testimonio de la palabra y de la vida, de forma que se atraiga a él y se comunique con la elocuencia silenciosa de quien lo experimenta e irradia su belleza de manera convincente y contagiosa. Educarse en la fe, a su vez, consistirá en aceptar el desafío de ponerse a buscar el amor infinito, abriéndose a todas las ayudas posibles en el camino del encuentro cada vez más profundo con Dios. A la luz del carácter performativo del Evangelio de Marcos se

puede afirmar, en suma, que la educación en la fe es un itinerario no solo posible, sino necesario, y que este surge de la voluntad de Cristo y de su amor, para culminar en la experiencia creciente de este mismo amor, que libera y salva y al mismo tiempo capacita para amar. También para la relación de amor con Dios es válida la ley característica de todo amor verdadero, expresada genialmente por Dante con referencia al amor apasionado de Paolo y Francesca en el Canto V del Infierno:

«Amor, que a nadie amado amar perdona, por él infundió en mí placer tan fuerte

que, como ves, ya nunca me abandona» (103-105).

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 37-39)

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