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2 ¿Qué relación hay entre fe y belleza?

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 149-151)

Estas reflexiones sobre la actualidad de lo bello pueden ayudarnos a comprender la relación que existe entre la fe y la belleza: cuanto cada artista produce mediante las palabras o las formas, los sonidos o las líneas y los colores de su obra bella, lejos de capturar el Misterio, suscita un movimiento de trascendencia que lleva al observador de la escena del mundo que pasa, y, por consiguiente, de la fiesta de la múltiple y de la frecuente incomunicabilidad de los fragmentos, al reconocimiento del Infinito que se nos

ofrece en ella. La experiencia de lo bello es como una ventana a lo ilimitado, un rapto y una herida del alma, una llamada y un retiro que, por las coordenadas del tiempo, llama a lo eterno, y en las señales de la historia hace que aparezca y se esconda la luz de la gloria. Por consiguiente, la relación entre fe y belleza nada tiene de accidental, puesto que la fe en los fragmentos de las palabras y de los acontecimientos de la revelación reconoce el asomarse del Dios vivo, infinito y eterno: el discurso humano, que más que cualquier otro está destinado a decir lo inefable sin traicionarlo –el de las palabras prestadas a la Palabra divina–, está esencialmente llamado a hacerse acontecimiento de belleza. No por azar ni por accidente de itinerario, el lógos de la fe se abre al hýmnos, la reflexión a la

oración, la experiencia de Dios en la invocación y en la caridad a las formas del arte, en las que resplandece la humilde belleza del Altísimo. Por eso, no debe asombrarnos la invocación de san Francisco: «¡Tú eres caridad! ¡Tú eres belleza! ¡Tú eres humildad!». Como recordaba Juan Pablo II en la Carta a los artistas, escrita con ocasión del

Jubileo del 2000:

«En toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel “soplo” con el que el Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra de la creación. Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo divino del Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre, impulsando su capacidad creativa. Lo alcanza con una especie de iluminación interior, que une al mismo tiempo la tendencia al bien y a lo bello, despertando en él las energías de la mente y del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle forma en la obra de arte» (n. 15).

La belleza, en suma –aun con toda la fragilidad de sus formas mundanas–, es como un umbral entre la tierra y el cielo, donde la primera «transgrede» continuamente en dirección hacia el otro y lo eterno se asoma en la historia de los hombres. Por eso, tiene fuertes vínculos analógicos con Cristo, «el más bello de los hijos de los hombres» (Sal 45,3), «el bello Pastor» (Jn 10,11), el Amor encarnado de Dios.

3. El giro decisivo

Consideraciones como estas fueron las que inspiraron la afirmación del IV Concilio de Constantinopla (870), cuya importancia para la historia del arte difícilmente puede exagerarse: «Cuanto el discurso dice en sílabas, la grafía de los colores lo anuncia y lo hace presente» (DH 654). Sin esta declaración –que sancionaba definitivamente la condena de la iconoclastia, que rechazaba toda imagen de lo divino y de lo sagrado como idolatría– no hubiéramos tenido a un Giotto, a un Rafael o un Miguel Ángel, y tampoco a un Rublev, un Rembrandt, y todos los demás grandes protagonistas del arte de Oriente y de Occidente: al condenar el rechazo de las imágenes sagradas en nombre de la correspondencia entre el Lógos en palabras y el Lógos en la carne, entre la Palabra

dicha y la Palabra vista, esas expresiones sostendrán a la Iglesia, custodia del Verbo audible, y la ayudarán a hacerse promotora del Verbo visible, tanto en los gestos de la

caridad cuanto en las formas de la belleza. La conjunción, a primera vista paradójica, entre el «silabear del lógos» y la «grafía de los colores», sancionada en aquella

declaración, será el giro decisivo que producirá frutos extraordinarios: y si en Occidente el mensaje será comunicado por el artista con la fuerza de la luz y de las formas creativamente producidas por él mismo, en Oriente el iconógrafo será aquel que significativamente «escribirá» el icono, sirviéndose de líneas y de colores canónicos. En esta perspectiva es en la que se podrá pedir a todo artista de verdad que se enfrente con el desafío de expresar en lo finito de su obra algo de lo infinitamente bello, casi una sombra de Dios. En verdad, la transfiguración de la palabra evangélica en forma de belleza se ha realizado de manera extraordinaria en el icono: en este la línea delimita el espacio y circunscribe una forma, como hace la letra del alfabeto; dando forma al espacio, la línea lo in-scribe, mientras el color da luminosidad a la forma, haciendo emerger en ella de la tiniebla indefinida el resplandor de la luz. Se determina así un juego de despojamiento y de irradiación, de «kénosis» y de «resplandor»: la línea define la separación, el color manifiesta la unidad entre el Todo y el fragmento; gracias a su combinación, el Todo se ofrece en los fragmentos y estos albergan el Todo, evocándolo. El resultado es un evento de belleza, «kénosis» del «resplandor» y «resplandor» de la «kénosis». La medida de la no confusión, en la irrenunciable no separación, de estos dos movimientos, es la medida del arte, y puede decirse que esta medida se logra donde resulta evidente no tanto que no hay nada más que añadir, cuanto que no hay nada que quitar a la obra bella.

In document La Transmisión de La Fe - Bruno Forte (página 149-151)

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