TERCERA PARTE: La fe profesada
4. La Iglesia, criatura y casa de la Palabra
La Iglesia es la casa de la Palabra, la comunidad de su transmisión y de su interpretación, garantizada por la guía de los pastores, a los que Dios quiso confiar a su pueblo:
«La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles. Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella» (DV 21).
La lectura fiel de la Escritura, por consiguiente, no es obra de navegadores solitarios, sino que debe vivirse en la barca de Pedro: el anuncio, la catequesis, la celebración litúrgica, el estudio de la teología, la meditación personal o de grupo, la inteligencia espiritual madurada en el camino de la fe, son igualmente canales que nos familiarizan con la Biblia en la vida de la Iglesia. Acompañado por la Iglesia Madre, ningún bautizado debe sentirse indiferente ante la palabra de Dios: escucharla, anunciarla, dejarse iluminar por ella para iluminar a los demás, es tarea que compete a todos, cada uno según el don recibido y la responsabilidad que le es asignada, con la pasión misionera
que Cristo pide a sus discípulos, sin excluir a ninguno (cf. Mc 16,15). Desde los sacerdotes a los diáconos, desde los padres a los catequistas, desde los consagrados a las consagradas, desde los teólogos a los maestros, desde los miembros de asociaciones y movimientos a cada individuo bautizado, todos son la Iglesia, engendrada por la Palabra –Ecclesia creatura Verbi– y que anuncia la Palabra –Ecclesia praesentia Verbi–.
El Verbo encarnado extiende los frutos de su obra al universo entero mediante el envío de aquellos que, en la fuerza del Espíritu, dado por él, serán sus testigos con las palabras y la elocuencia de la vida. El Resucitado, en efecto, encarga a los apóstoles (cf. Mt 10,2) que hagan discípulos a todos los pueblos, anunciándoles la Palabra de la vida y garantizándoles la fidelidad de su ayuda hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,19s). El universalismo de la salvación exige que este anuncio sea llevado a todo hombre y a todo el hombre, hasta el retorno glorioso del Hijo del hombre (cf. 1 Cor 11,26). Aquel que actualizará la presencia salvífica del Señor Jesús, garantizando a través del ministerio apostólico de la predicación y del testimonio de todo el pueblo de Dios la fiel transmisión de la Palabra, será el Espíritu Santo: los Hechos de los Apóstoles nos presentan en
directo la compenetración entre el Espíritu, la Palabra, los enviados de Cristo y la comunidad por ellos congregada para realizar en el tiempo la misión recibida del Resucitado. «Vosotros sois testigos de esto. Y yo os enviaré lo que mi Padre prometió…» (Lc 24,48s; cf., por ejemplo, Hch 1,8; 5,32). La Iglesia de los orígenes crece y camina «en el temor del Señor, llena del consuelo del Espíritu Santo» (Hch 9,31), mientras «la palabra de Dios se difunde y se multiplica el número de los discípulos» (Hch 6,7).
Por otra parte, todo el Nuevo Testamento demuestra el inseparable vínculo entre el nacimiento, la existencia y el desarrollo de la Iglesia y la Palabra de los testigos, vivificada por el Espíritu: lo afirma ya con evidencia el más antiguo testimonio escrito de la fe cristiana: «Nuestro Evangelio no se difundió entre vosotros solamente por medio de la palabra, sino también con fuerza y con Espíritu Santo y con profunda convicción…» (1 Tes 1,5). La predicación de la buena noticia se cumple «en el Espíritu Santo enviado desde el cielo» (1 Pe 1,12), hasta el punto de que el ministerio apostólico llega a definirse como «ministerio del Espíritu» (2 Cor 3,8) y la comunidad edificada mediante él como una carta escrita en los corazones «con el Espíritu del Dios viviente» (2 Cor 3,3). Pero son sobre todo las promesas de Cristo las que muestran la continuidad entre la misión del Hijo, Palabra de Dios, y la Iglesia, criatura y casa de la Palabra, garantizada y realizada por el Espíritu: en analogía con Aquel, sobre el que desciende y permanece el Espíritu y que bautiza en Espíritu Santo (cf. Jn 1,33s), la comunidad de los discípulos está llena del Espíritu y lo da (cf. la escena de Pentecostés en Hch 2). El Espíritu es en los discípulos fuente de agua viva (cf. Jn 7,39), y será él el Consolador, que morará junto a ellos y en ellos: «Yo pediré al Padre que os envíe otro Consolador que esté siempre con vosotros:
el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, puesto que no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, pues permanece con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,16s).
El Espíritu será para los discípulos la memoria poderosa de Jesús, el Maestro que les enseñará todo, habilitándolos para el testimonio (cf. Jn 15,26), es decir, para ser memoria viva y actualizadora del Crucificado Resucitado: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; pues no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que oye y os anunciará el futuro» (Jn 16,13). Esta actualización permanente de Cristo Jesús en su pueblo, realizada por el Espíritu Santo especialmente mediante el ministerio del anuncio y la acogida de la palabra de Dios, es lo que en sentido teológico define la Tradición: esta no es la simple transmisión material de cuanto fue dado al comienzo a los apóstoles, sino la presencia activa del principio fontal –el Señor Jesús, dador de Espíritu Santo– en toda la historia de la comunidad congregada por él. La Tradición viva es la comunión del Espíritu Santo en su dimensión temporal, la comunión por él establecida entre la experiencia de la fe apostólica, vivida en la comunidad originaria de los discípulos, y la experiencia actual del Cristo proclamado en su Iglesia. La Tradición es la continuidad orgánica del edificio en crecimiento, que es el Templo santo, sostenido siempre por el fundamento apostólico y conservado unido por la piedra angular, que es Cristo, y vivificado siempre por el Espíritu, por medio del cual Dios habita en él (cf. Ef 2,19-22).
La tradición apostólica une así la congregación escatológica iniciada por el Señor con la realizada en el tiempo por el ministerio apostólico, hasta la recapitulación final en Cristo de todos y de todas las cosas. La comunidad de los discípulos se reconoce convocada por la palabra apostólica, fundada sobre el testimonio de aquellos que tuvieron inicialmente la experiencia del Señor, guiada y enseñada por ellos y por cuantos se asociarán en el ministerio de la Palabra y de la comunión, comprometida a transmitir a los demás su propio ser como presencia actual del Señor y de su misterio pascual en el Espíritu. La Tradición no es sino Evangelio vivo, anunciado por los apóstoles en su integridad, procedente de la plenitud de su experiencia única e irrepetible, y transmitido por la vida de la Iglesia, que anuncia la Palabra y convoca y santifica a los salvados. En esta perspectiva, la Tradición es como la historia del Espíritu en la historia de su Iglesia:
«La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito, todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Hch 2,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida» (DV 10).
En este sentido, la Iglesia no existe ni existirá nunca sin la palabra de Dios, pero, a su vez, la Palabra no nos llegará nunca sin la Iglesia: Scriptura sola, numquam sola
vivirá nunca por sí sola, sino en la Iglesia y para la Iglesia–. Y la Iglesia –criatura de la Palabra– vivirá, a su vez, de la palabra de Dios y a su servicio.