QUINTA PARTE: La fe vivida
1. El hombre, custodio de la creación
La creación es entregada al hombre para que la guarde o custodie: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo guardara» (Gn 2,15). ¿Qué significado tiene esta llamada a la custodia? Creado por un acto de puro amor, conservado en su existencia para el constante realizarse de la donación originaria, el
hombre y, con él, el universo entero «habitan» en el misterio de Dios. Dios Trinidad, el Dios que es amor y eterna relación de amor, es el misterio del mundo, al mismo tiempo e inseparablemente su origen, su seno y su patria. La «casa» del mundo remite a la «casa» trascendente, íntima a cada cosa más que cada cosa a sí misma: la responsabilidad que la criatura libre y consciente está llamada a ejercer hacia cada una de las criaturas y hacia el conjunto de la «casa», que es el mundo, se enraíza en la relación de todo lo que existe con su «divina» casa, que es la Trinidad trascendente, al mismo tiempo revelada y escondida en toda la creación. La ética como «comportamiento» (en griego: éthos, con
épsilon inicial) remite a la ética como «morada» (en griego: ḗthos, con eta inicial): el
actuar moral debe ser consecuente con el reconocimiento del ambiente vital en el que actúa la persona, el penúltimo de las cosas creadas y el último del misterio divino que crea y sostiene el universo entero.
La finalidad de la creación no puede ser otra, entonces, que la del mismo acto creador: la gratuidad del amor, la pura y extendida belleza de amar. Creado por amor, el hombre está destinado a realizarse en la plenitud del amor: la gratuidad en la que tiene su origen constituye, en no menor medida, su sentido. El Dios del inicio es el Dios del cumplimiento, cuando será todo en todos y el universo será su patria. Este fin, para el que existe todo, es cuanto el lenguaje de la tradición judía y cristiana llama la gloria de Dios: el término expresa la potencia y el esplendor del Altísimo, su comunicación gratuita
y creadora con las criaturas, y, por parte de estas, el reconocimiento de la donación, el estar destinadas a acoger a Aquel que libremente y por amor se ha destinado a ellas: «El mundo fue hecho para la gloria de Dios»[103]. El comportamiento de la criatura libre y consciente será entonces éticamente responsable y espiritualmente fecundo si tiende a celebrar en cada elección la gloria del Dios vivo, es decir, a acoger su amor creador en el acto siempre nuevo de la donación de la existencia, de la energía y de la vida, y a responder al don con el don, al amor con el amor. Al vivir esta respuesta, la criatura realiza la verdad de sí misma según el proyecto del Creador: «Gloria Dei vivens homo, vita hominis visio Dei»[104].
La ética de la custodia de la creación, vivida para gloria del Creador, se expresa en tres formas fundamentales: el trabajo, el respeto y la fiesta. El trabajo lleva consigo la
impronta del amor fontal del Padre: mediante él, el hombre participa en la misma acción creadora de Dios con respecto a la creación.
«La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo»[105].
El trabajo establece con la creación una relación de transformación y de finalización, que nunca debería ser de instrumentalización y explotación. El trabajo exige tanto el reconocimiento de las cosas creadas en su autonomía propia y en su finalización con relación al proyecto de Dios, cuanto el respeto a la persona humana en su vocación a ser cooperadora de la acción divina en el mundo. En este sentido, la falta de trabajo ofende la dignidad más profunda del ser humano y debe considerarse como estímulo al compromiso y a la responsabilidad de todos, para que cada uno pueda expresarse de la manera apropiada a su vocación en el trabajo que está llamado a desarrollar. La relación que coordina la iniciativa laboral de la criatura humana con la dignidad de cada una de las realidades creadas se ha expresado en la tradición cristiana de manera significativa en la espiritualidad monacal benedictina del «ora et labora»[106]. El trabajo marca la jornada del monje como un elemento necesario de su vocación de glorificar a Dios, y entra armónicamente en el ritmo del tiempo cualificado de la alabanza del Altísimo, insertando en él la naturaleza con sus ciclos y sus estaciones. La interioridad del tiempo se une, así, a la exterioridad del espacio en un único proceso vital que es, al mismo tiempo, gloria del Eterno y realización de la creación en comunión con la persona humana y la comunidad de los hombres, no a pesar de, sino a través de las transformaciones que la actividad humana introduce en los ritmos de la naturaleza, sin por ello alterarlos[107].
La responsabilidad ecológica se expresa, además, en la relación de respeto hacia la
dignidad de toda criatura. Esta relación, hecha de sobriedad y de espíritu de pobreza, de atención y de escucha discreta, reconoce y acoge en toda realidad creada el evento de la donación por parte del Creador, que en ella se cumple, el milagro, siempre nuevo y sorprendente, del acto de existir. Esta relación puede caracterizarse con la categoría, propia de la tradición espiritual, de la reverentia. Esta puede ilustrarse con las
reflexiones de la Contemplación para alcanzar amor, con que concluyen los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola.
«El primer punto es traer a la memoria los beneficios recibidos de creación, redención y dones
particulares… El segundo, mirar cómo Dios habita en las criaturas: en los elementos dando ser, en las
plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando y haciéndome entender… El tercero, considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en
todas cosas criadas sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc., dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc. El cuarto,
mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como la mi medida potencia de la suma y infinita de arriba, y así justicia, bondad, piedad, misericordia, etc.; así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas, etc.»[108].
El estupor y el asombro ante el evento siempre nuevo del amor, que es la existencia de la criatura, se convierten en espíritu de acción de gracias, pobreza receptiva del don, respeto y delicadeza hacia todo lo que existe. Escribe el teólogo ortodoxo Dumitru Staniloae:
«El santo deja percibir, en las miradas de todo ser humano, un comportamiento lleno de delicadeza, de transparencia, de pureza en el pensamiento y en los sentimientos. Su delicadeza se extiende también a los animales y a las cosas, porque en toda criatura ve él un don del amor de Dios, y no quiere que este amor sea herido, tratando estos dones con negligencia o indiferencia. Él respeta a todo hombre y toda cosa. Si un hombre sufre, o también un animal, les manifiesta una compasión profunda»[109].
La ética ecológicamente responsable anticipa en su relación con la creación algo del futuro prometido mediante el descanso y la fiesta: solo el hombre es capaz de pregustar
el día de la nueva creación, en el que se realizará plenamente la belleza de la presencia de Dios todo en todos. El día octavo, el día de la resurrección de Cristo, es prenda del domingo sin ocaso de la definitiva creación renovada. Celebrar el día del Señor es, entonces, exigencia profunda de una espiritualidad ecológica, que a la fiesta del hombre con su Dios invita al universo entero en la superación de las laceraciones, en la renovación de las relaciones entre hombres, animales y cosas, en vínculos de comunión y de paz con todas las criaturas. Un signo y un instrumento de estas relaciones renovadas es el descanso: este no es una simple cesación de las actividades productivas, sino la
regeneración de todas las relaciones, el tiempo en el que todo se ve y se transfigura en la perspectiva del šalom bíblico, de la creación unificada en Dios. Nada ilumina mejor el
sentido teológico y espiritual del descanso que la concepción judía del sábado, el día precisamente de la menuḥah, del descanso de Dios (cf. Gn 2,2 y Ex 20,11): «A lo largo
de todo el arco de la semana se nos llama a santificar nuestra vida empleando las horas del espacio. En el día del Sábado se nos concede participar en la santidad que está en el corazón del tiempo… El descanso limpio y silencioso del Sábado nos conduce a un reino de paz infinita, a la fuente de la consciencia de lo que significa la eternidad… La eternidad expresada en un día»[110]. El Sábado es el último día, como el Domingo es el primero: el «día séptimo» se corresponde con el «octavo» como el descanso con la fiesta; el cumplimiento vivido y gustado en el primero se conjuga con el nuevo inicio celebrado en esta. Un ejemplo de la capacidad de relacionarse con la creación en la armonía del descanso y de la fiesta es la espiritualidad franciscana de la «custodia»: inspirada en una relación de paz y de bien con el universo entero, también ella está cargada de la tensión anticipadora de la creación renovada. Francisco, en su Cántico de las criaturas, alaba al Altísimo «cum tucte le creature» y «per» ellas, es decir,
inseparablemente con ellas, por razón de ellas y mediante ellas, en un vínculo de comunión y de solidaridad con la creación. «Custodiar» la creación es al mismo tiempo vivir la paz del descanso sabático en solidaridad con ella, y abrirse a la fiesta de la donación siempre nueva del Creador con espíritu de «perfecta alegría». Francisco une la espiritualidad del Sábado con la experiencia gozosa del día del Resucitado[111].
Benito, Ignacio, Francisco ofrecen, por consiguiente, tres modelos elocuentes de las actitudes fundamentales propias de una ética y de una espiritualidad ecológicas, que, enraizadas en la fe trinitaria, hacen del hombre el custodio de la creación según el plan de Dios: trabajo y reverente acogida, descanso en la paz del cumplimiento y fiesta en la
alegría de un nuevo inicio aúnan al hombre y a la creación en una misma relación de amor, que participa del amor creativo de los Tres, y celebra, en la responsabilidad hacia la gran «casa» del mundo, la gloria de la Trinidad, «morada» trascendente y santa de todo cuanto existe.