TERCERA PARTE: La fe profesada
1. El Vaticano II y el redescubrimiento de la centralidad de la palabra de Dios para la fe
Uno de los grandes méritos del Vaticano II fue el «redescubrimiento» de la centralidad de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia. Para comprender en todo su alcance este fruto de la «primavera» del concilio, hay que hacer referencia al contexto en el que llegó a madurarse. En la época moderna, también como reacción a la Reforma que había acentuado con fuerza la función de la palabra de Dios en la existencia creyente hasta definir a la Iglesia simplemente como creatura Verbi, la mayoría de los católicos no
habían sido educados en un contacto directo con la Sagrada Escritura. Los textos de la Biblia se traducían en general del latín de la Vulgata y no de las lenguas originales, y los
fieles tenían incluso que pedir autorización a los presbíteros para leer algunas partes de la Biblia. En este contexto es en el que el Vaticano replantea la revelación no simplemente como comunicación de verdades doctrinales, sino como autocomunicación del Eterno:
«Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2).
A la luz del carácter personal de la revelación contenida en las Sagradas Escrituras, el concilio pondrá de relieve la centralidad de la palabra de Dios para vivir el encuentro con el Señor, que es el fundamento y el alimento permanente de la vida cristiana y eclesial. Continuamente generada por la fe suscitada por la Palabra que es Cristo mismo, la Iglesia actúa en la fuerza del Espíritu:
«Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que precede y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad» (DV 5).
Al tomar conciencia de que la Iglesia tiene su origen en el encuentro directo y personal con el Dios viviente mediante su Palabra, el Vaticano II llega a valorar la función central y decisiva de la Sagrada Escritura para la vida de los creyentes, como individuos y como pueblo, según cuanto muestra la Dei Verbum en sus capítulos. El primero trata
se comunica a sí mismo libremente y por amor a la criatura. El segundo presenta la transmisión de esta revelación mediante la tradición viva de la Iglesia, que de testigo en testigo, bajo la garantía del Espíritu y del Magisterio eclesial, hace llegar y ofrece a todo hombre y mujer la posibilidad del encuentro con Dios hecho Palabra por nosotros. El tercer capítulo aborda el carácter inspirado de la palabra de Dios, es decir, el hecho de que ella es Dios mismo que habla en el signo de su Palabra, y, por consiguiente, es única entre todas las palabras de los hombres, tanto en el Primer Testamento que prepara la plenitud de la revelación (capítulo cuarto), como en el Nuevo Testamento, que ofrece a los hombres el don del Verbo encarnado (capítulo quinto). Finalmente, el último capítulo –el sexto– trata el tema de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia: desde el punto de vista pastoral es el capítulo más importante, porque, a la luz de las premisas teológicas mencionadas, sitúa la palabra de Dios en el corazón de la vida de cada creyente y de la Iglesia toda como fuente viva, nutriente, a la que continuamente acudir para ser fieles a la tierra y, al mismo tiempo, al mundo que debe venir, aquel mundo que se ha revelado y se ha hecho accesible en la Palabra.
A cincuenta años del concilio es oportuno preguntarse por la recepción de esta profunda toma de conciencia de la relación constitutiva y esencial existente entre la palabra de Dios y la Iglesia. En la respuesta a esta pregunta deben subrayarse dos aspectos: el primero, objetivo, concierne al enorme trabajo bíblico que se ha llevado a cabo en estos años en la Iglesia católica. Karl Barth, el teólogo evangélico, autor, entre otras obras, de una monumental Kirchliche Dogmatik [Dogmática eclesial], poco antes
de morir (1968) –y, por consiguiente, en el inmediato posconcilio– admitía que con la primavera del Vaticano II la Iglesia católica se había convertido, entre todas las comunidades cristianas, en aquella en la que más abundantemente se proclamaba la palabra de Dios. Este dato nos remite al trabajo de traducción de la Biblia en muchas lenguas, a la catequesis bíblica, a la difusión de la lectio divina y a las diferentes
metodologías de interpretación de la Sagrada Escritura en la Iglesia. Nos hallamos ante una tarea llena de amor a la palabra de Dios y de posibilidades de encuentro con ella. Si pensamos, además, en la renovación litúrgica de la Iglesia católica, con la distribución de todo el texto bíblico en dos ciclos de lecturas feriales y tres de lecturas festivas durante el año litúrgico, podemos decir que a todos los fieles católicos se les ha ofrecido un contacto nutrido e íntegro con la palabra de Dios. Todo esto no podrá dejar de producir sus frutos en el tiempo.
Al aspecto objetivo deben unirse los caminos subjetivos de conocimiento de la Palabra, que se han multiplicado en la Iglesia, no solo por la difusión de la Biblia y la posibilidad directa de acceder al texto sagrado, sino también por la ampliación de la posibilidad de adquirir los instrumentos necesarios para profundizar en la Palabra, comenzando por el conocimiento de las lenguas bíblicas. Se han propagado los grupos de estudio y de profundización de la Escritura, se han impulsado metodologías de encuentro
con la Palabra, que han producido frutos extraordinarios, desde la experiencia de la lectio divina propuesta en particular por el cardenal Carlo Maria Martini, a la de muchísimos
itinerarios de fe, grupos de Evangelio, cursos bíblicos, que se imparten actualmente en todas las iglesias del mundo. Lógicamente, todo este trabajo no es siempre adecuado a la riqueza de la Palabra revelada y a las posibilidades que puede ofrecer a la vida del creyente y de la Iglesia; nos encontramos con reduccionismos y lecturas ideológicas que aplanan el significado del texto por urgencias inmediatas. Esto no quiere decir, sin embargo, que el trabajo realizado en estos cincuenta años haya sido deficitario. Como se dijo en el Sínodo de los Obispos sobre la palabra de Dios[47], debe reconocerse ampliamente el gran valor del Vaticano II y lo que ha representado para la vida de la Iglesia con respecto al redescubrimiento de la centralidad de la palabra de Dios en la vida del creyente y en la vida de la Iglesia.
Con respecto a los sujetos que anuncian la Palabra, debe observarse que el concilio promovió un nuevo compromiso de los laicos: hay experiencias de grupos, movimientos y asociaciones que se hacen promotores de evangelización en formas articuladas. Gracias a este nuevo protagonismo laical en el servicio de la Palabra se han multiplicado sus transmisores junto a los autorizados del magisterio de la Iglesia, de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos enviados a anunciar la Palabra. Escuchar y proclamar la palabra de Dios, con la confianza de poder encontrar en ella las coordenadas fundamentales que ayuden a discernir y afrontar las diversas situaciones humanas, es una adquisición fundamental del posconcilio. Con respecto a los destinatarios, el Vaticano II nos hizo estar atentos al hecho de que la palabra es dada por Dios para todo el hombre en cada hombre: es necesario evitar toda forma de espiritualismo desencarnado, casi como si la Palabra estuviera hecha para el alma aislada y no también para las elecciones históricas, que cada uno es llamado a vivir. No se restringe al grupo de los cercanos, sino que debe llevarse con pasión hasta los confines de la tierra. Por eso, no se puede amar la palabra de Dios sin tener al mismo tiempo un impulso misionero para llegar a todos los campos, movido por el deseo de comunicar la belleza del don de Dios: y esto porque en el origen y en el corazón de la Palabra se encuentra el amor con que Dios nos amó. La Palabra se transmite no solo noéticamente, sino existencialmente, contagiando la fuerza del amor de Cristo, dado a nosotros a través de su evangelio, los sacramentos, la comunión eclesial y la caridad. Todo esto hace que la Iglesia sea misionera, no por una exigencia extrínseca de ocupación de espacios, sino por obediencia a Dios y por la voluntad de llegar a todo hombre con el don más grande, que es el del amor divino que se anuncia y se ofrece en la Palabra.
¿Cómo acoger el mensaje del Vaticano II sobre la centralidad de la palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia? La respuesta a esta pregunta habrá de tener en cuenta las vivencias humanas que encuentra la Iglesia y a las que anuncia la buena noticia de la salvación. Asumir con discernimiento estas vivencias significa ante todo –en una
perspectiva de carácter «fundamental»– partir de la lectura de los signos de espera de la Palabra presentes en el contexto histórico actual, en particular de la necesidad de una
voz que rompa el silencio del mundo y de sus soledades y haga reconocer en el Verbo revelado sobre todo la buena noticia para todas las soledades. A esta espera
corresponde, más allá de toda medida de cumplimiento humano, la autocomunicación transformadora del Amor eterno: la revelación, ¡el Deus dixit! De la conciencia del
carácter interpersonal de este revelarse deriva la necesidad de la Iglesia para la
salvación, en cuanto criatura y casa de la Palabra. En ella es donde se acoge la Palabra en la obediencia de la fe, y se hace posible conocer y experimentar los frutos
de la gracia. Queda así trazado el camino de reflexión sobre el que proceder para profundizar en la relación entre la palabra de Dios y la transmisión de la fe en la experiencia viva y dinámica de la Iglesia donde esta se encuentre difundida.